Wednesday, May 18, 2011

Jacques Ranciere: El espectador emancipado y La noche de los proletarios

Filosofia de la emancipacion

Dos libros del francés Jacques Rancière, La noche de los proletarios (Tinta Limón) y El espectador emancipado (Manantial) toman distintos campos –uno, noches furtivamente literarias de obreros en 1830; otro, el teatro, las artes visuales y la política- pero confluyen en una obra cohesionada por el eje de la emancipación como apuesta filosófica y la igualdad como premisa.

Con la publicación local de El espectador emancipado (Manantial) y La noche de los proletarios (Tinta limón), la obra del francés Jacques Rancière (Argel, 1940) se consolida como una de las propuestas mas consistentes del mercado filosófico actual. Bajo la premisa de la igualdad de las inteligencias, apuesta por una filosofía de la emancipación. Esta línea tiene expresado su núcleo en El maestro ignorante, de 1987, donde Rancière trabaja sobre –o contra- la pedagogía para afirmar que la igualdad no debe ser tanto perseguida como tomada como punto de partida, porque la intención de abolir la distancia –entre el que sabe y el que ignora- reproduce la brecha una y otra vez, en tanto estructura la relación consolidando que uno sabe lo que el otro ignora y también como debe aprenderlo; hace del saber una posición y no un conjunto de conocimientos.

Este esquema vale tanto para el maestro (“embrutecedor” si no parte del saber que todo ignorante tiene, y su capacidad de aprender comparando lo que sabe con lo que halla), como para el intelectual comprometido con la identidad obrera (“extraña tentativa de construir un mundo alrededor de un centro del que sus ocupantes no sueñan mas que fugarse”), como para la dramaturgia que, presuntamente contra la degeneración en espectáculo del teatro, quiere “dar a los espectadores los medios para cesar de serlo”, asumiéndoles una estructural pasividad.

En las más de quinientas paginas de La noche de los proletarios (de primera publicación en 1981), Rancière toma como protagonistas a una serie de obreros manuales de la década de 1830. Y se ocupa de estudiar, sin metáfora, sus noches: el tiempo que oficialmente debería destinarse a reponer energías para la explotación diurna, transformado por estos “tránsfugas” en intersticios donde juntarse a leer y escribir. De ahí nació el primer periódico obrero en Francia. Esos proletarios literatos -dice el autor en la entrevista hecha por el Colectivo Situaciones (del que Tinta Limón es sello orgánico) que abre el libro-, concibieron “la emancipación como una manera de vivir la desigualdad según el modo de la igualdad”; allí hay un saber del –y no sobre- el oprimido. Rancière, que participo con Louis Althusser y Etienne Balibar de la escritura de Para leer El Capital, discute con la idea de la determinación material de la conciencia, y con la de salvación teleologica, ya que una liberación sensible, perceptiva, es inmediatamente actuante. También critica a la crítica debordiana del espectáculo (que separa entre los que saben y los manipulados), y, de fondo, la discusión es con el platonismo: su teoría de la ilusión y la verdad oculta, y su política de asignación de lugares y competencias jerarquizadas en la ciudad para cada uno según su función.

El espectador emancipado es original de 2008 pero su solidaridad teórica con La noche… es intima: “la emancipación comienza –dice- cuando se cuestionan las asignaciones de facultades perceptivas y expresivas dadas a las posiciones sociales”, lo cual “suspende la ancestral jerarquía que subordina a quienes trabajan con la manos a quienes recibieron el privilegio del pensamiento”. En esa línea, se trata de disolver la oposición entre mirada y acción, y reconocer la potencia activa del espectador, afirma Rancière. Así, el estatuto de las imágenes, sus diversos regímenes y las condiciones de su potencialidad política, es un núcleo problemático donde la filosofía se torna arsenal al servicio de las tensiones sociales.

Para explorar la posible politicidad del arte –en El espectador emancipado-, Rancière discute la noción de política. No es, dice, en primer lugar el ejercicio o la lucha por el poder, ni su marco es en principio el de las instituciones, sino que su sustrato es previo: “la política es la actividad que reconfigura los marcos sensibles en el seno de los cuales se definen los objetos comunes”. O en otros términos, “es la practica que rompe el orden que anticipa las relaciones de poder en la evidencia misma de los datos sensibles”. Y comienza, la política, “cuando seres destinados a habitar el espacio invisible del trabajo, que no deja tiempo para otra cosa, se toman el tiempo que no tienen para declararse coparticipes de un mundo común”. Son líneas de El espectador que parecieran versar justamente sobre La noche.

Rancière hace de la filosofía un trabajo por munir de recursos una verdad ética: la igualdad. Por ejemplo, critica el discurso académico por “aplicar el presupuesto de la desigualdad aun cuando se ocupa de la emancipación”, y contrapone al modelo investigador-objeto, un concepto le permite estudiar la tradición y los textos proletarios: la “igualdad poética del discurso”, el hecho de que “los efectos de conocimiento son producto de decisiones narrativas y expresivas que tienen lugar en la lengua y el pensamiento común, es decir en un mismo plano compartido con aquellos que estudiamos”.

Se trata de concebir la función política de la sensibilidad: regímenes de relación entre el ver, el hacer y el decir, que definen lo posible. Para Rancière, la experiencia estética (uno de los temas centrales de El espectador), se roza con la política si se define como experiencia de disenso entre regímenes sensibles. Lo cual se opone a pensar la politicidad del arte como una adaptación mimética o ética de los productos artísticos a fines sociales, modelos que niegan “el trabajo poético de traducción” que es el corazón del aprender y el aprehender.

[En Perfil Cultura]

Con la esperanza entre los dientes, de John Berger (Alfaguara)

Pobreza global

Pensar la pobreza es responsabilidad elemental de una sociedad que la produce y reproduce; pensar la riqueza de los pobres es replantear el problema, abriéndole puntos de quiebre. Los pobres son la mayoría, dice Berger, aquellos cuyas vidas no cuentan. Londinense nacido en 1926, Berger empezó su vida expresiva como pintor, fue luego un galardonado novelista, se mudo a la campiña francesa y es uno de los ensayistas mas respetados desde la década del setenta, con sus textos sobre artes plásticas, el acto de mirar y la vida campesina (Mirar, Modos de ver, De sus fatigas, Puerca tierra).

Migrar se ha vuelto el principal medio de supervivencia, dice en El infinito, ahora, segundo y breve texto de este libro compuesto por artículos diversos, que en su mayoría fueron previamente publicados en medios de prensa. Algunas pinceladas de la percepción activa, amorosa, de Berger, dan vida al libro, como cuando –en el texto citado- discute las nociones de deseo y de libertad, mostrando la banalidad sumisa de sus acepciones corrientes. Varios textos, sin embargo, parecieran abusar del prestigio ganado por el autor con obras anteriores. Textos como ¿Dónde estamos?, que empieza diciendo: “quiero hablar al menos algo acerca del sufrimiento que existe hoy en el mundo”, y, bajo ese espectro inabarcable, despliega un decir que no conquista nada, no afina ni sorprende: confirma y se indigna. En un lugar común tras otro, se traza el itinerario del bienpensantismo global, por supuesto éticamente irreprochable, en su posicionamiento del lado de los mas débiles, pero militando un maniqueísmo polar donde George Bush y los suyos son casi el mal encarnado, de manera que todo es obvio, y el único problema es la –temporaria- correlación de fuerzas entre tiranos y desesperados.

Los textos donde se acerca a sitios en conflicto armado, como Palestina, presentan algunas personas y escenas materiales que son una referencia tangible, un problema imaginable, a diferencia de las diatribas genéricas contra los intereses estadounidenses o la “tiranía global”, quejas que hallan dignidad en su lamento, y nunca encuentran algo en si´ mismo que forme parte “del estado de cosas”; nunca se salpica siquiera, digamos, con la piedra que tira. John Berger este año cumple ochenta y cinco. Ya nos dio libros hermosos, osados, importantes; este último puede verse como la adhesión de una voz de prestigio a la refutación de la fiesta del consumo, del futuro ya llegado del capital virtual.

[En Rolling]

Psicodelia y ready made, de Diedrich Diederichsen (Adriana Hidalgo)

Genealogia de lo no vivo

[en Rolling Stone]

El anterior libro local del crítico alemán, Personas en loop (de 2005), tuvo una recepción aclamativa. DD teorizaba segmentos del mundo pop con recursos filosóficos, ofreciendo categorías para la humanidad posmoderna tomadas de practicas contemporáneas, como el loop, que seria un movimiento circular –ya no la vieja línea recta- donde de la repetición nace la diferencia; ahí sigue a Gilles Deleuze, complejo pensador francés cuyas figuras parecieran dar éxito a quien las roce con nueva indumentaria.

Psicodelia y ready-made, segundo y flamante libro de Driederichsen (1957) editado en Argentina, reúne artículos que fueron publicados en diversos medios europeos; algunos de sus temas son: la psicodelia como emancipación de objetos de su contexto sensible normal, y su coincidencia, en ese punto critico, con el ready-made (técnica cuyo emblema es el mingitorio expuesto en un museo por Marcel Duchamp); las ambivalencias del punk como limite de la contracultura; o la relación entre pornografía y pop, las drogas en los sesenta y ahora, y la presencia de la ciudad en la lírica pop, para mencionar tres casos donde avanzan la superfluidad y endeblez asertiva.

DD despliega una amplia erudición pop, es lucido y encuentra asociaciones y sentidos no evidentes de distintos cuerpos de la cultura, como cuando critica al minimalismo como estética del poder, a la figura de artista –creativo, sin jefe concreto- transmutada en modelo del empresario libre. Son hallazgos de intervención contemporánea, pero propios de la derrota. De las raves por ejemplo dice que no querían terminar nunca porque bailaba allí la generación carente de utopía, de futuro. La utopía y la contracultura, declaradas muertas, son empero la vara fantasmal que explica y valora la mayoría de las piezas culturales que desfilan en Psicodelia y ready-made, clasificadas ansioliticamente entre izquierda y derecha.

Los textos sobre “culturas juveniles y diáspora” y “las generaciones” son ya insustanciales, tristes. Asume su derrotismo, pero sin siquiera desde la alegría potencial de lo germinable en tierra yerma; no se habla de la derrota: es la derrota hablando. DD repasa las herencias fallidas, pone precisión en sus historias. Pero ese precisionismo se da en el plano categorial, es decir, afinando abstracciones. Acaso la famosa distancia critica, sumada a la derrota histórica, potencie el deseo del escritor de demorarse en los efectos nominales de lo que investiga, en una perdida de carnadura y elocuencia poética, de sentido en la enunciación; y en el imperio técnico de los enunciados suele perderse de vista por que importa el asunto del que se habla. Acaso por eso, en el prologo se abunda en justificaciones del sentido que puede tener ponerse a repasar objetos y temas del siglo veinte no viendolos como ensayos sobre problemas que, de otro modo, tambien tenemos, sino como restos infecundos por carencia de horizonte utopico (la herencia del 68, el poder liberador que supo tener la droga, o lo contestatario del punk); una genealogía –cool- de lo no vivo.

Las comidas profundas, de Antonio Jose Ponte (Beatriz Viterbo)

Para devorarselo

Magistral prosa en estos ensayos sobre comida que arrancan como novelas. El primer anana en llegar a Europa, el gusto adulto por platos odiados en la infancia, la sustitución de carne por alfombra macerada en limón: a cada cosa, el cubano radicado en Madrid le da el aire suficiente para que luzca su conexión universal. Una delicia.


[en Rolling]

El caballero que cayo al mar, de HC Lewis (La bestia equilatera)

Liberal al agua!

En la segunda mitad de los treinta, años de recuperacion post-crack, el caballero newyorkino Henry Standish se dedica prosperamente al negocio bursátil, tiene esposa hermosa e hijos felices. Pero de pronto cae en cama a pesar de su fiel salud, y solo sale para salir: sale de su vida cotidiana, de su ciudad, de tierra firme. Se va hasta Hawai; no sabe por que, pero estar a la deriva le sienta bien. En el regreso, en barco por el Pacifico, ¡ah el accidente!, y vestido impecable -cuando el siglo veinte todavía guardaba mucho de la formalidad del diecinueve-, Mr Standish cae al agua: splatsh.

Fue solo después de la segunda guerra mundial que la subjetividad moderna extendio su crisis radical, de manera que cuando Standish cae, tenemos ahí, cabeza visible y cuerpo sumergido, al racionalismo tecnico, al individuo conciente de si, que domina el cuerpo y sus pasiones; el sujeto sin misterio ante el insondable abismo del cielo y el océano, la naturaleza que es la nada, solo objeto, cuyo presunto silencio, sin embargo, mientras el astro de fuego sube al cenit y baja al horizonte, corroe –liquida- las verdades comprobadas y sostenidas con disciplina que hacen o hacian del mundo visto desde Mr Standish un lugar sabido; la nada se revela infinito, y tal escala mide la vida. Lewis (1909-1950) escribio una novela breve y muy pilla: porque su galante deduccionismo expositivo disimula su oscuridad motora, y porque su tema amenaza con ejercer el acaudalado “genero naufragio” pero sin embargo…

Se trata de un “rescate” y no es chiste: el sello capitaneado por Luis Chitarroni hizo traducir por primera vez al castellano esta bella perlita del 37.


[En Rolling]

El hombre sentado, de Ariel Magnus (Eterna Cadencia)

Basándose en la película de Roy Andersson Canciones del segundo piso, Magnus (porteño, 1974) pergeño una novela situada en Suecia a días del año 2000, compuesta por microhistorias interconectadas, en capítulos de una brevedad que pareciera corresponderse con la dimensión histórica y moral de sus personajes, pequeños hombrecitos frustrados, corrompidos, sentados en permanente silencio en el mejor de los casos. En Estocolmo, capital de un país de gente blanca, grande, fría, con calles pulcras como si no fueran el exterior sino parte de un interior mas amplio, todas las escenas –casi viñetas- tienen como telón de fondo el mayor embotellamiento que recuerde la nación, causado por una secta que asegura imprescindible sacrificar a una joven virgen arrojándola desde un precipicio para evitar el Apocalipsis del cambio de siglo.

Bajo esta atmósfera de extraña tragedia, de gracia gris, Magnus (ganador del premio La otra orilla con su divertida Un chino en bicicleta) narra muy cerca de sus personajes: un mago que serrucha por accidente –o destino verdadero- el abdomen del voluntario de ocasión; un gerente de recursos humanos atormentado por “tener” que ejecutar, caso a caso, un plan de despidos masivos; hombres diminutos y acobardados, casi una versión humana del vacío. Expuestos con una suerte de humor piadoso, transportan una crítica filosa a la sociedad hiper civilizada. Lo que se dice bien escrito: cada frase instala un punto sensible, las escenas se requieren sin atropellarse, la prosa con reflexiones justas y floreos lacónicos; una precisión, inteligencia y peso en la hoja coherentes con la calidad material de edición de Eterna Cadencia.

[Publicada en Rolling Stone]

La insurreccion que viene (Tiqqun) / El llamamiento (miembros del Partido imaginario)

Al calor de las revueltas suburbanas de los últimos años, llegan de Francia dos libros breves pero contundentes que actualizan la crítica radical.

En 2007, dos años después de la ola de ocupaciones callejeras, quema de autos y enfrentamientos con la policía en suburbios de Paris y otras ciudades francesas, una brigada anti-terrorista fue a Tarnac, pueblo de 350 habitantes, para apresar a grupo-comunidad de jóvenes acusado de sabotear trenes de alta velocidad. No aparecieron pruebas y fueron liberados; salvo uno, Julien Coupat, acusado de ser el autor de La insurrección que viene: “lo cual demuestra la naturaleza policial del concepto de autoría”, declaró desde su celda (entrevistado por Le Monde). Salio en 2009 bajo fianza pero lo importante es que el libro, de hecho firmado colectiva y casi anonimamente por el Comité Invisible, tras la persecución estatal se convirtió en una suerte de best seller en su categoría, arenga de critica radical y subversión por éxodo. Como si faltara mas, un hiper conservador locutor de la Fox News (Glenn Beck) salio al aire diciendo que era un libro peligroso y maligno, y su edición estadounidense llego al best-seller de Amazon.

La insurrección…, un llamado al combate contra el orden de trabajo, consumo, entretenimiento y explotación, dice que los bajoneados no estamos deprimidos: estamos en huelga. Huelga de vida. Llama a la acción directa –sabotaje y expropiación- y la deserción en focos: las comunas autónomas. En Argentina lo editaron varios sellos del under editorial, uno de los cuales (Hasta que llegue el silencio, rebautizado Folia), también publicó un libro hermano, El llamamiento, firmado por “Algunos miembros del Partido imaginario”. El llamamiento es mas sólido como texto y menos directo en su interpelación; ambos libros (que circulan por Internet y los aglutina el sitio de Tiqqun, ex revista de filosofia, bloom0101.org) se inscriben sensible e inmediatamente en una misma inquietud, con puntos de fuerte compañerismo con Marx, Debord, Deleuze, Spinoza, Bakunin; trafican muchas lecturas, pero digeridas, no repetidas. Y pasan por discusiones y problemas de filosofía y política contemporaneas sin entrar en código, sino siguiendo el calor de lo común, lo que puede hablar, en principio, a cualquiera. Son europeos: suponen un marco de abundancia de recursos de sobrevida –lo precisan-, y un craso desierto afectivo –contra el que se alzan. Alertan que vivimos el triunfo desarrollado del liberalismo existencial, definido en que cada uno tiene su vida y es dueño de ella (“hasta la experiencia es concebida como propiedad”), donde somos maquinas de supervivencia, en carrera hasta caer entre otros igualmente indiferentes: tal es la operatoria del control bajo dominación política del trabajo, que, dicen, es “el modo de existencia impuesto victoriosamente sobre los demás, al tiempo que, paradójicamente, mantiene a los trabajadores en una superfluidad precaria”.


[En Rolling Stone]

Si me queres, quereme transa, de Cristian Alarcon (Ed Norma) - Reseña

De dealers y macumbas

[Para Rolling Stone Argentina]

De noche en las aguas del Río de la Plata, una pequeña balsa de madera flota a la deriva hacia el océano: lleva ofrendas a Oxún, diosa orishá. Las entregó en el borde de Quilmes Alcira, una hija de bolivianos venidos de Potosí, que rinde el culto de raíces africanas esperando bienestar en su negocio -o su vida- de distribución de cocaína peruana en la capital argentina. El periodista testigo, por su parte, es un chileno formado en La Plata, que con esta investigación de las bandas narcotraficantes en las villas de Buenos Aires consolida, después de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, un trabajo de sumergirse y visibilizar caras de la ciudad que la ciudad oculta.

“No todas las historias tienen una voz que las cuenta”, dice Alarcón (1970). Más que una historia, aquí, un mundo (¿narcocultura?), que puede ser visto como marginal o, en cambio, como expresión neurálgica del neocapitalismo: movilidad transfronteriza y re-territorialización, percepción de negocio, gestión de recursos, cálculo sobre la Ley y sus instituciones. El futuro llegó hace rato y los inmigrantes suelen tener posición privilegiada para ver crudamente la actualidad. Recién llegados, exentos de los clichés perceptivos con que el medio local se inunda a sí mismo, realistas pragmáticos.

El libro está armado coralmente, entre policías, abogados y varios transas villeros de distinto calibre, que Alarcón hace relatar sus historias en primera persona, además de construir, él, segmentos de referencias y contextos, y también relatos en primera persona, porque el autor, años tejiendo vínculos con sus “fuentes”, afectó y fue afectado: devino personaje. Devino padrino, sí, padrino, del hijito de esta dealer Alcira, también dueña de un conventillo y repostera –transa multitasking.

Cuando el riesgo es el único capital, el narco ofrece ascenso social. El narco es traer a la familia, extender el clan. El narco es hacerse respetar, matar cuando hay que matar… Una organización al mismo tiempo de beneficio dinerario y dominio territorial, donde la vida es uno de los elementos reglados y cotizados por esta guerra, esta economía. Todos los transas que contaron su historia al autor mataron o mandaron matar, casi todos estuvieron encerrados, todos sufrieron muertes violentas de familiares; todos siguen y vuelven a empezar.

Los años de investigación, de estar sumergido, de cuidarse, del autor de esta pieza que reivindica el periodismo contemporáneo, pueden entenderse como una curiosidad ávida hacia un entorno específico y en principio desconocido donde se juegan los problemas universales: la vida y la muerte, el amor, el cuidado de los hijos, el poder y la riqueza, la traición y la fraternidad, la aventura. Un entorno “pobre, sórdido, violento y vital” que Alarcón muestra, no juzga.

La santa negacion - reportaje a Greil marcus


En Rastros de Carmín. Una historia secreta del siglo XX, el crítico norteamericano sitúa al punk en una corriente que lo une con el situacionismo, el dadaísmo, también la escuela de Frankfurt y hasta grupos herejes medievales de cristianos libertinos. Una obra escrita para cambiar el mundo, que Anagrama volvió a distribuir en nuestro país, después de varios años agotada y a veinte su edición original en ingles.

El principio del libro es el fin: la proclama punk de no hay futuro y la identificación de Johnny Rotten (cantante de Sex Pistols) con el anticristo, gritada como para lastimar el aire que atraviesa y mostrar que, efectivamente, todo es una mierda. Nada es cierto, resume Marcus aquel espiritu, salvo nuestra convicción de que el mundo que se nos pide que aceptemos es falso. Se trata de una negación de los hechos sociales que conlleva la afirmación de la propia libertad critica y creadora; de una afirmación que se abre paso a fuerza de negaciones.

En 1977, Marcus, que venia de publicar dos años antes el trascendente libro sobre la historia de Estados Unidos contada a través de su música, Mistery train, vio un recital de los Pistols en San Francisco (su ciudad natal), y se preguntó de donde salía ese alarido. E hizo de su pregunta una experiencia: se dedico diez años a investigar, escribir y editar Rastros de Carmín. Pero no puede decirse que sea un especialista. Porque mas que tomar una parcela del mundo (lo que lo supondría de algún modo fijo), persigue las manifestaciones en distintos momentos y lugares de esa fuerza cuyas expresiones encarnan una voluntad de cambiar el mundo, y aunque no dejan monumentos, e incluso parece que, tras su paso, nada cambio, los que fueron afectados saben que nunca nada podrá ser igual, porque ahora hay un parámetro distinto para juzgar todo lo que advenga.

Marcus plantea su propio criterio historiografico, es decir, de relevancia historica de los acontecimientos. Las quinientas paginas del libro están sostenidas por la pasión con que el autor arma un linaje entre el Cabaret Voltaire dadaísta del Zurich de 1916 y 17, la Internacional Situacionista fundada en Paris por Guy Debord a fines de los cincuenta (y su precursora, la Internacional Letrista), también Minima Moralia, de Adorno, y se remonta hasta los adanistas de la Hermandad del espíritu libre, que en los siglos doce y trece decidieron vivir como si, por ser la encarnación de Dios en la tierra, el pecado fuera imposible para el hombre, o el único pecado obturar el deseo.

Mi punto en Rastros de carmín –cuenta el autor– es que algunos movimientos, que no tienen relacion directa de herencia o causalidad ni tampoco se hubiesen reconocido mutuamente –¿Guy Debord junto a Johnny Rotten?-, son sin embargo parte de una misma historia.”

Marcus nació en 1945, estudio teoría política en Berkeley y se dedico al rock como editor de criticas de discos de la Rolling Stone desde 1969. Para los amantes del rock –ni hablar del punk-, entendido como trinchera de autoafirmación de una percepción del mundo y una estética del vivir, difícilmente haya libros tan hermosos como Rastros de carmín, ya que muestra cuánto anida en el rock una manera de estar en el mundo que riñe con el mundo y, a la vez, se nutre de raíces tanto cercanas como muy remotas en la historia, sin que siquiera le haga falta conocerlas. ¿Por qué necesitaría conocer sus raíces quien evita la carga del mundo heredado? La influencia corre por afinidad atávica, lazos invisibles, complicidad transhistórica:

“Esta sinuosa historia empezó para mí –cuenta Marcus- cuando sentí lo que me pareció una especie de ciega afinidad entre los grafittis de Mayo del 68 en París y los grafítis y slogans de los Sex Pistols. Luego descubrí que Jaime Reid, el genial diseñador gráfico de los Pistols, había reconocido y adoptado ese lenguaje desde un principio, pero mientras, encontré de casualidad un libro llamado Mayo de 1968 y la cultura del cine, donde encontré pasajes de Debord y de Raoul Vaneigeim. Eso me llevo a leer La sociedad del espectáculo, y me di cuenta de que todo el proyecto punk estaba allí en juego, en este libro estrictamente hegeliano (que a la vez es la mejor versión para los siglos XX y XXI de los Manuscritos económico-filosóficos de Marx). Raro, pero pensé, ¿cómo fue que pasó esto? Así que seguí buscando, y encontré una historia de tipos buscándose unos a otros a través de las décadas, o siglos, buscando pero sin saber a quiénes y quedándose cortos justo antes de tocarse: en el espacio entre sus dedos anhelantes encontré la historia que quise contar”.

Para contar su historia, Marcus describe carnalmente situaciones históricas que trastocan lo posible, entornos como la comuna de Paris, o el tipo de movilización social que quedo disponible al terminar la segunda guerra mundial –y su excitado sentido de la vida. Se mete también, detalladamente, con las figuras que muestran aquello de lo que los movimientos que le importan se distancian, como por ejemplo la historia de Michael Jackson, o el propio Adolf Hitler; y también con teorías que ensayaron explicaciones sobre la sociedad occidental industrial y posmoderna. El libro resulta una pletorica morada de artistas, militantes, historias personales y grupales, lugares y proyectos, revistas y libros, recitales y discos: la vitalidad histórica no tiene sitio asignado. Se rastrea en las huellas de los criterios de inconformismo, y de ordenamiento bajo el principio del placer, que deja a su paso; arrebatos expresivos con el impulso de cambiar el mundo y el efecto de cambiar la vida.

“La gente joven siempre quiere cambiar el mundo. En los sesenta quizá la diferencia fuera que la gente hablaba de salvar el mundo, que no es lo mismo –dice Marcus, actualmente profesor en varias universidades estadounidenses, con un libro sobre los Doors en proceso y uno recién publicado sobre Bob Dylan-. Pero creo que hay poder transformador en cualquier forma de arte y de discurso; trabaja persona a persona: alguien escucha una canción, lee un libro, escucha un discurso, ve una película o una obra teatral, que ha sido dirigida al público en general pero le afecta en un modo específico, lo transforma, llegando a veces a que esa obra, a través de un proceso misterioso, le da a esa persona libertad, un sentido de propósito, y luego hace cosas que no hubiera hecho. A dónde eso puede llevar, es otra cuestión. ¿Podría conducir a la transformación de la sociedad, o a parte de ella, o a una forma de arte, o a un sentido global de estilo y comportamiento? Posiblemente. Algo cambió a Guy Debord, él convirtió ese cambio en un lenguaje que otros quisieron aprender, como grupo comenzaron a hablar, desarrollando tanto un análisis como una burla de la sociedad contemporánea que a su vez se convirtió en un lenguaje que otros comenzaron a hablar. Aun estamos a mucha distancia de conocer cuáles han sido o serán los efectos de esto”.

En su apuesta por los cruces, por los efectos incalculables del gesto radical, Marcus arma un espectro de fraternidad contracultural, de cuerpos que, para existir, huyen de lo que hay. Pero no éxodos puros, sino huidas que fugan atentando contra lo habido (rajan). Más de uno puede sentirse súbitamente acompañado, al leer Rastros de carmín. Encuentra a quienes encaran su época de frente para huir por la puerta de atrás. A partir de ahí los caminos son oscuros, en varios sentidos, pero los que se encuentran son todos pares. Ahí no hay jerarquías. Dadaístas del 16 como Hugo Ball, Tristan Tzara, Richard Huelsenbeck (cuyas vidas Marcus investigó hasta el final: “porque su vejez era tan inspiradora y fascinante que me rompía el corazón”), pensadores como Marx, Nietzsche o Adorno, agitadores críticos como los situacionistas (cuyos efectos en la eclosión del 68 estan minuciosamente relatados), todos bailan, en la obra de Marcus, junto a rockeros mas o menos mugrosos como Jonathan Richman, Iggy Pop, los Buzzcocks o las Slits.

“No distingo entre vanguardia y cultura popular, no las pienso como categorías separadas. A través de la mayor parte de la historia, las vanguardias artísticas o políticas –inmanentes, autoafirmadas, por axial llamarlas- ignoraron lo popular. Y especialmente la idea de que lo popular en sí mismo podía constituir la vanguardia. La idea de que una vanguardia es una elite que está al servicio del modelo de pequeño grupo –y tantos grupos de los últimos dos siglos, con grandiosos nombres y manifiestos, fueron hechos por muy pocos integrantes, hasta dos o tres- que entiende mejor el mundo que la otra gente, pero de una manera tan rara, críptica y gnóstica, que sus escritos pueden ser inaccesibles para cualquier otro, y esa separación quizá sea el objetivo. Los dadaístas, por ejemplo, incluyeron imágenes de la cultura popular –como por ejemplo propagandas publicitarias- en sus poemas y collages, de la misma manera que hizo Picasso, aunque, tal vez, con cierta condescendencia”.

Como dato color marginal, cabe mencionar que Marcus integro una banda de rock de criticos y escritores como Matt Groening y Stephen King. “Casi ninguno sabia tocar; solo chillabamos como cabras”.

Devoto argentino

Preguntado por su metodología de investigación y escritura, Marcus devuelve piropos hacia la Argentina:

“Mi método es el merodeo. Doy vueltas, juego, salto de una cosa a la otra. Por eso es que amo Rayuela, de Cortázar, libro que, si puedo ser ridículamente fantasioso, me impactó como una versión de Rastros de carmín -o al revés-. Mi hija me la dio; ella estaba haciendo un doctorado sobre estudios culturales y había comenzado a investigar la comunicación cultural durante la última dictadura en Argentina –cómo algunas personas continuaban diciendo la verdad según la veían, cuando eso podía llevarlos a la muerte-. Pasó casi dos años investigando en Buenos Aires, y, cuando la visitamos con mi esposa, resulto mi ciudad favorita del mundo. Quedamos ambos muy impresionados por nuestra ignorancia de uno de los mejores lugares del mundo, y me refiero a todo el país. Fuimos a las cataratas del Iguazú, que hicieron ver a las del Niágara como una canilla que gotea, y los glaciares en Patagonia, que sólo puedo comparar al Gran Cañón. Pero Buenos Aires –una combinación de Barcelona y Chicago- fue una emoción todavía más profunda. Y por supuesto aprendimos un poquito sobre la historia del país, su arte, su política, su periodismo, su sentido de la vida.

[Publicado en Perfil Cultura]

Encuentro Literaturas americanas, Rosario

[Para Perfil cultura]

Organizado por el centro cultural Espanha de Rosario, el primer encuentro “Literaturas americanas” convocó a figuras de la crítica, la academia y la literatura hispanoparlante; César Aira, Noé Jitrik, Martín Caparrós, el español Ignacio Echevarría y el nicaragüense Sergio Ramírez, entre muchos otros, disertaron sobre distintas dimensiones de la historia y la actualidad de la(s) literatura(s) latinoamericana(s).

Un congreso de literatura no necesariamente resulta un congreso literario. El aburrimiento –premisa de la sociedad del info entretenimiento- es un temor lícito aún ante la oferta de autores y autoridades pluralmente reconocidas y tópicos de interés. Porque lo que divierte sin entretener, lo que al menos hace presentir alteración subjetiva -y no mera sustitución de material simbólico-, no son tanto temáticas ni nombres propios como modos: movilizaciones de la pausa, zonas de silencio como condición de escucha, interpelaciones que trastocan lo obvio, que instalan una verdad de la enunciación, que no escinden el concepto transmitido del afecto propio del lazo comunicativo.

César Aira fue quien más literariedad dio al encuentro Literaturas americanas, en el panel sobre “textos fundadores de las literaturas nacionales”. Compartió un hermoso ensayo sobre Amalia, novela de José Mármol de mitad del siglo diecinueve: el verdadero índice de que hay una literatura nacional, empezó diciendo, es cuando se puede hablar mal de ella; hablar bien puede hacerlo cualquiera, sin sentimiento de pertenencia. “La novela de Mármol es perdonable”, “poniendo buena voluntad se deja leer”, afirmó el novelista argentino más prolífico a un auditorio ya cautivado. “El reconocimiento de la buena literatura carece por naturaleza del sello nacional”, aseveró después; propuso distinciones entre la lectura -gusto y sensibilidad en primer plano- y la escritura –exigente trabajo de realización-, iluminó la anatomía histórica del gusto –naturalizaciones de lo arbitrario-, y, tras proponer hipótesis formalizables, con poder de intervención en relatos y campos de conceptos de la literatura, fue deslizándose como naturalmente hacia un efecto literario, envolviendo a los presentes en una especie de cuento encantador donde contó que Mármol llenó su vida de Amalias, se casó con una, luego con otra, ¿cuántas podría haber conocido a razón de una por mes?, y a una por semana, una por día, una por hora, aparecían cientas, miles y miles, y cuántas Amalias hubiera conocido Mármol a una por segundo: “un número inverosímil históricamente, pero verosímil como marca única de la multiplicidad”, cerró ante el más estruendoso aplauso del congreso, en uno de los momentos con más de público (unas doscientas personas, poco más) de los tres días que duró; la muerte de Kirchner, el día previo a la inauguración, mermó seguramente la afluencia, dado el monopolio del duelo activo de los ánimos colectivos (impresionante, por cierto, que en todo el congreso sólo dos de veintisiete expositores -el director del encuentro, Martín Prieto, y la profesora Susana Zanetti- hicieron fugaces referencias a la coyuntura nacional).

Otro que preparó una conferencia no dominada ni por el comentarismo periodístico ni por el repaso archivo técnico de la academia, fue el joven poeta guatemalteco Alan Mills, en el panel sobre lenguas y dialectos de la literatura americana; recordó el Popol Vuh y se detuvo en el cuento de Borges La escritura del Dios (situado en el mundo maya): Borges es un hacker, dijo, que sabe infiltrarse en un sistema y aprehender su código matriz; mientras que el indigenismo de un Miguel Angel Asturias se acercaba al lenguaje indígena mediante la recreación de su prosodia, prosiguió, Borges buscaba encarnar su perspectiva cosmogónica.

El guatemalteco Mills festejó a Borges; el crítico español Ignacio Echevarría festejó a la literatura argentina, “con mucho la más vital de las castellanas”, y aseguró que Espania es metrópoli editorial (triangulando las consagraciones internacionales), pero no estética ni cultural, y que, incluso, autores argentinos que iban “a triunfar” a Espania, pagaban el costo de quedar excluidos aquí del canon local (Fresán, Lázaro Kovadlo, Patricio Pron, dijo).

El mexicano Fabricio Mejía, en la mesa “La crónica, género fundador de un continente. Derivas contemporáneas”, enhebró un relato sobre la crónica en nuestro continente, desde los diarios de Colón hasta nuestros tiempos de cultura audiovisual; definió al género como “el arte de un objeto hallado”. Sus compañeros de mesa, Martín Caparrós y el chileno Alberto Fuguet, hablaron cada cual de su relación con el género, y aportaron algunos comentarios: Fuguet dijo que la mejor novela latinoamericana de los últimos anios es la crónica de Leila Guerriero Los suicidas del fin del mundo, e hizo público que usa la mentira cuando escribe, “porque a veces la realidad se equivoca”. Caparrós retomó este punto -en uno de los escasos momentos de asociación colectiva-, y enfatizó que para transmitir lo que se impuso como verdadero en una situación, no siempre sus elementos literales son los más convenientes, y que por lo tanto en ese “mentir” hay una ética. Lamentablemente, en esta promisoria mesa el único avance sobre los motivos del auge actual de la crónica (al que el moderador Osvaldo Aguirre se refirió como “inflación”), fue Caparrós testimoniando que el género permite escapar a la -ya por casi nadie creída- pretensión de objetividad del periodismo.

El metro revisitado, de Marc Auge, Fodo de cultura economica - Reseña

El metro parisino, o sea el subte: decenas de líneas e incontables estaciones, cuyos nombres, a su vez, refieren a avenidas, edificios públicos, plazas, museos, monumentos dedicados a hitos de la historia francesa: militar, política, cultural. Dentro del ‘‘metro” aparece una crasa enumeración de modos de pedir limosna y diarios disponibles para leer bajo tierra; recuerdos de cómo era el subte antes y del recorrido urbano en que consistía la rutina infantil del autor. Palabras en francés: realmente muchas (además, algunos giros de traducción ibérica que parecieran no ser ningún idioma): difícil de soportar para cualquier lector no se diría nacionalista, sino sencillamente nacional. Aunque es cierto, suele ser valorada esta transferencia fetiche de los puntos en que efectivamente la historia de Francia es la de Europa, la de Occidente. Augé versa sobre su ciudad, su oficio de etnólogo y él mismo; pero el etnocentrismo es asumido explícitamente.

No queda muy claro, por otra parte, por qué el afamado autor de la categoría no-lugar regresa -con este pequeño libro bellamente editado en la colección Arco de Ulises de Paidós-, al tópico, más de veinte años después de haber publicado El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro. Aquí, la creatividad conceptual del ex presidente de la Escuela de altos estudios en ciencias sociales de París alcanza forjar nociones potentes, que trascienden su origen, cuando más se abstrae de su inmediatez. No tanto sobre el subte, por ejemplo, como del estar con otros, de la “masa común”, donde la solidaridad, dice, comporta fraternalismo pero también mecanicismo; y no tanto de la antropología como de la escritura en general: momento individual del ser común, repetición ritual que habilita novedad, acierto expresivo que constata existencia del autor y visibiliza identidad con el lector.

[Publicado en Perfil Cultura]