Friday, November 02, 2012

Reseña de "El entramado", de Christian Ferrer (Ed. Godot)


La fábrica de la infelicidad

El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo. Ed Godot
Christian Ferrer

[Rolling Stone, Octubre 2012]

¿Es un poeta, Christian Ferrer? Es evidente que no, porque escribe ensayos sobre subjetividad contemporánea en prosa corrida y con significado cristalino –pero un cristal prismático, que descompone la llana luz blanca en líneas de colores con sentidos abiertos-; porque se apoya, aunque sin ostentar, en un profuso conocimiento de la historia humana, y, sobre todo, no es poeta porque no es poético su móvil; su intención es política: conmover el lazo emotivo y material del lector con el mundo señalando poderes donde pareciera haber espontaneidad. Una y otra vez, cuando habla de las grandes deidades contemporáneas –el espectáculo, la tecnología, la mega industria, la genética-, recurre a puntos de la historia remotos para mostrar el sentido del presente respecto de una diversidad posible –desde la “breve hoja de parra que bastaba a la mujer habitante del Edén para disimular su ardor” hasta el Imperio Mongol o los anarquistas cubanos de fin de siglo XIX-. Podría vérselo como un francotirador, que se cuida a resguardo de las oleadas del ambiente desde un punto de mira donde puede atisbar la organización y avance del enemigo para lanzar sus estocadas; pero la imagen es infiel a un pensador que si algo no toma como herramienta neutral es la técnica y su vinculo con la muerte. La técnica es acaso su campo de estudios primordial; baste recordar la revista que fundó e integra, Artefacto, o su libro Mal de ojo. Crítica de la violencia técnica. Pero Ferrer despeja, mas bien, al tecnicismo, al determinismo tecnológico, de los análisis. Internet, dice por ejemplo, no solo no es la vía a un paraíso utópico de la red horizontal, sino que ni siquiera es un invento novedoso: viene preparándose hace siglos, mediante la conversión de las cosas todas en informaciones codificables, mensurables, y mediante el adiestramiento centurial del sentido de la vista, acaparada por pantallas ahora pero que en realidad nació en la vida corporal no por una compulsión a mirar, sino un llamado de lo visible –las formas de la luz- a ser visto.
Las formas de la felicidad son el problema primordial de este libro, y su gesto político fundante: la felicidad no es una meta a ser alcanzada sino una pregunta a ser habitada, sopesada y experimentada. Es un libro de sabiduría, sin citas bibliográficas pero con nutrientes claros –Nietzsche, la tradición anarquista, el situacionismo, por ejemplo-, que desnaturaliza los deseos obvios de nuestra vida, y no da respuestas ni salidas, exponiendo, así, nuestra necesidad de recetas, píldoras de alivio.
Para esta labor en cierto punto aguafiestas, Ferrer escribe con palabras siempre sometidas a una exigencia de belleza, como si no fuera verdadera la palabra exenta de compromiso poético; problemas hondos y conclusiones hasta pesimistas, pero siempre, si se habla, tiene que ya causar un regocijo, porque la formulación del problema es el espacio para libertad.

Tuesday, September 18, 2012

Reseña de Dario Santillan. El militante que puso el cuerpo, de Hendler/Pacheco/Rey (Planeta)


Vida para el muerto

Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo.
Ariel Hendler/ Mariano Pacheco/ Juan Rey


“Alguien que honró la vida como pocos es conocido solo por su muerte”, empieza este libro estremecedor dedicado a biografiar al militante del MTD de Lanús asesinado por la espalda por la Policía Bonaerense en la estación Avellaneda, donde había entrado para ayudar a las víctimas de la cacería policial; estaba de rodillas junto a caído Maximiliano Kosteki, a quien no conocía: ¿Qué vida es la que muere así, en ese acto último de solidaridad absoluta, y objeto de la saña de los agentes armados del statu quo?
La historia argentina bien podría contarse a través del desfile de sus cadáveres públicos, y la construcción de ese relato es una disputa: qué muertos cuentan, cuaales quedan anónimos, cómo se significan las vidas que mueren públicas. Los desaparecidos transformados en puras caras de foto 4x4, los pibes de Cromañón vistos como “cerebros infraalimentados” (Spinetta dixit), Axel Blumberg como hijo proodigo del país blanco, o los muertos en la represión del 19 y 20, de los que nadie recuerda nombres, mucho menos cuáles vidas, cuáles imágenes de vida, fueron asesinadas ahí. Kosteki y Santillán son los muertos a partir de los cuales la gobernabilidad en Argentina tiene vedada la salida represiva. Pero este libro se dedica a la vida. Cae repetidamente en la gramática del ejemplo y el culto a la personalidad. Tiene sin embargo tanto caudal de testimonios e información empírica, que se impone la carnalidad de un pibe común, de barrio humilde, convencido de su fuerza y de que puede construirse un sueño colectivo desde abajo y cada día, que tenía veintiún años cuando lo mataron y que había dedicado su cuerpo y alma a la línea de creación de derechos que más lejos llegó en su impugnación del orden neoliberal.

Por AjV para Rolling Stone

Reseña de "Mejor que ficcion" y "Antologia de la cronica latinoamericana actual"


Crónica de nuestros mundos
Dos antologías simultáneas recogen selecciones de la crónica periodística en castellano y consolidan su auge continental.

Mejor que ficción, Jorge Carrión (Comp.), Anagrama
Antología de la crónica latinoamericana actual, Darío Jaramillo Agudelo (Comp.), Alfaguara

La aparición de una antología muestra el auge de un género, y en este caso salieron dos al mismo tiempo. En el plano local ya había aparecido La Argentina crónica (compilado por Maximiliano Tomas), la colección Crónicas del continente dirigida por Daniel Riera en el sello Libros del Náufrago, y la revista de crónicas Anfibia, dirigida por Cristian Alarcón. Es notable: desde que la prensa escrita tiene que gestionar su crisis ante la hegemonía de la cultura audiovisual, diarios y revistas hacen textos cada vez más breves, con más imágenes, la información se organiza en cuadros y listas que puedan aprehenderse de un vistazo; los medios gráficos se adaptan a la subjetividad del zapping y la navegación. Sin embargo, la crónica, el género periodístico que requiere mayor tiempo de lectura, se constituyó como trinchera de valor específico de la prensa escrita ante las nuevas condiciones del info-entretenimiento. Asume la afectación del autor inmerso en los escenarios que investiga; transmite las atmósferas donde las cosas tienen su sentido (son sentidas); ofrece un viaje distinto al de la temporalidad redundante de la saturación mediática; nos invita a conocer y no solo enterarnos, y a imaginar.
Entre los dos libros que ahora arman una selección de piezas salientes del género en castellano (casi “en Latinoamérica”, porque si bien la editada por Carrión es hispanoamericana, solo dos de los veintiún autores/textos son españoles), ofrecen inmersiones desde el sillón en las escolas cariocas, en el África subsahariana, en vidas de íconos del espectáculo o la cultura, en el mundo swinger o en suburbios marginales de las metrópolis latinas, entre tantas; ambos libros suman setenta y cuatro crónicas, y comparten doce autores: Juan Villoro (Mx), Leila Guerriero (Arg), Alberto Salcedo Ramos (Co), Juan Pablo Meneses (Ch), Cristian Alarcón (chileno radicado en Argentina), María Moreno (Arg), Julio Villanueva Chang (Perú), Fabrizio Mejía Madrid (Mx), Pedro Lemebel (Ch), Jaime Bedoya (Perú), Gabriela Wiener (Perú) y Martín Caparrós (Arg). La calidad general de los textos es excelente; las técnicas de escritura bien pueden reclamarse literarias; la agenda, por supuesto, es periodística. “Los cronistas latinoamericanos de hoy encontraron la manera de hacer arte sin necesidad de inventar nada”, afirma Agudelo en su prólogo con sospechosa satisfacción, y añade que “la crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Latinoamérica”: cuanto menos, imprudente. Pretende cerrar una definición  del género y establecer un canon continental; Carrión, en cambio, prologa su volumen con más interés que autoridad, y lo cierra con un generoso Diccionario de cronistas hispanoamericanos de los últimos sesenta años.

Por AjV para Rolling Stone

Reseña de Gira la noche, de Lucia Mazzinghi (Paradiso)


Aliento del Riachuelo
La silenciosa tragedia de un pianista de tango ilumina la oscura zona sur de Buenos Aires, con una prosa experimental que muta según el ánimo de su historia.

Por AjV para Rolling Stone

La vida es un lento y permanente proceso de demolición, decía Fitzgerald, y la metáfora del vaso a medias lleno o vacío bien podría afinarse por esta disyuntiva posible entre ver descomposición o bien la liberación de elementos para nuevas composiciones. En ese estado incierto de la materia vive Carmelo, el protagonista de esta segunda novela de Mazzinghi (Bs.As., 1975), triste pero atento al éxtasis potencial. Carmelo es un pianista de tango que mora en una pieza, aunque la novela no dice pieza, dice cuchitril, o covacha o escondrijo, en una búsqueda del lenguaje propio de la afectividad ambiental no de Argentina, ni siquiera porteña, sino de San Telmo, Constitución, La Boca, el sur de la ciudad. En siete pegajosos días de febrero, con el carnaval de fondo, trascurre la novela de este tanguero trágico, nunca melodramático; entre conventillos superpoblados, supervivos con paredes decadentes, conventillos sórdidamente vitales, entre transas y travestis y señoras del barrio, entre chicos que juegan a la pelota contra el paredón de un desarmadero, en la vida pudriéndose y regenerándose anda Carmelo. Herido de amor, abandonado y ensartado en la nostalgia de Olga, Olga de risa burbujeante, Olga que era la alegría toda, o al menos así la ve ahora que la tiene para siempre perdida, un agujero negro de misterio desde el día en que se las tomó. Carmelo la recuerda, mira por su ventana, sale a deambular, y toca, toca; Carmelo toca porque si no, no es. Toca tangos con el cielo y el infierno, en el bar de su amigo Villalba; toca muy lejos de los circuitos de posible consagración, porque el éxito es, siempre, la reproducción del poder de los que se las saben todas. Carmelo prefiere la ignorancia a la impostura, sabe entregarse al piano desde su no saber: sentarse, estar y tocar. En la materialidad invisible de su música, arma, inventa, conmueve a las almas espectadoras que aplauden a rabiar pero nunca dejan de ser distantes. Toda la vida de Carmelo es aguantar en la descomposición para poder servirse como materia germinal de formas nuevas, cuya belleza, empero, las conecta con el fondo de la historia –de la belleza-. Es un bicho, Carmelo, pianista mugroso, y Gira la noche narra eso: el plano bichezco de la ciudad, las existencias que no replican modelo alguno, y que por lo tanto su sola presencia amerita narración. Algo felisbertiana, algo arltiana, algo irlandesa, exprime el jugo pastoso de la ciudad. Un viejito que vende quiniela es todo un cuento en un solo párrafo, para esta prosa donde el oído es la conexión primera con el mundo, una prosa experimental, lírica, musical, discontinua y de ritmos variables, pegajosa como la ciudad que describe; un poderoso vaho de aliento para la narrativa argentina actual. 

Friday, June 29, 2012

Reseña de Mason & Dixon, de Thomas Pynchon (Tusquets)


Aventura y emoción
Por AjV para Rolling Stone

Feliz noticia para los amantes del mundo: reedición en tapa blanda (mil páginas a $102) de una de las más hermosas aventuras que dio la literatura. Basada en hechos reales, década de 1760, un astrónomo y un agrimensor británicos –Mason y Dixon- viajan por el globo, primero a Ciudad del Cabo y a la demente isla de Santa Elena a medir el “tránsito de Venus” (los datos geofísicos son importantes para el Imperio), y, luego, a dirimir una disputa de límites entre estados de la aun colonia norteamericana, con el trazado minucioso de una línea recta extensísima, paralela al ecuador,  que separa lo que un siglo después serían bandos en guerra, el norte industrial y el sur esclavista; pero de ambas latitudes huye la línea al internarse hacia adentro en el continente “joven”, en territorio desconocido, donde la naturaleza salvaje, los indios, los franceses de Canadá, los jesuitas y hasta maestros del feng-shui chino, conforman un paisaje de realismo histórico donde cualquier cosa puede pasar, porque la imaginación y la paranoia creativa son parte de la esa realidad moderna.
Esta novela-mundo trata sobre prácticamente todo. Pero el motorcito afectivo que sostiene la curiosidad y el sentido del relato, es la amistad, el compañerismo. Y es en la convivencia, en el conocimiento cercano, donde se da el más detallado estudio del misterio y lo insondable. Compañero Mason, compañero Dixon, héroes y rozagantes herederos de Quijote y Sancho. Pynchon empezó a escribirla en la década del 70 y recién la publicó en el 97; con Mason y Dixon reformula la historia estadounidense, dándole la gran epopeya moderna que no había tenido (¿Moby Dick?), contada con una narración posmoderna, arborescente, fractálica, multidimensional, nunca presa de su destino; una prosa en sí misma libertaria, para leer toda la vida.




Reseña de Retromania, de Simon Reynolds (Caja Negra)


Mucho cadáver exquisito
[Por AjV para Rolling Stone 2012]

Nada tan a la moda como el pasado. El futuro llegó, pero no es lo que era; avanzamos de espaldas, reviviendo los recovecos de lo ya hecho… ¿Vivimos una época estéril, de actividad febril pero estéril, donde todos los hallazgos, todos los efectos de novedad, vienen disponibles del pasado? Homenajes, retornos, antologías, aniversarios y reediciones masterizadas, pero también refugios de las nuevas estrellas en la calidad inventada y genuina de las raíces: con tecnologías futuristas, el presente se organiza como jungla del ayer. ¿Realmente la orientación cultural del siglo veintiuno es un ecosistema de repeticiones, limadas por su sobreabundancia, y no se inventa nada?, pregunta Simon Reynolds, pero su pregunta es retórica, una pregunta del que no quiere creer lo que ve, y formula su interrogante antes de hacer la sistematización empírica del furor nostálgico.
Tras el conjunto de ensayos breves Después del rock, con Retromanía la editorial Caja Negra continua la introducción en Argentina de trabajo de Reynolds, crítico musical británico nutrido en filosofía francesa contemporánea, y refirma, asi, un incipiente ascenso de la cultura pop como entidad teorizable en el panorama letrado local; que esta tendencia se base en traducción de obras foráneas (como hicieran también Interzona y Adriana Hidalgo con libros del alemán Driedrich Diedrichsen, o Paidós con el ultimo volumen del estadounidense Greil Marcus) muestra que todavía hay mucho terreno local para explorar desde el ensayo de critica cultural. Como sea, el presente libro de Reynolds trabaja un problema –el progreso técnico pavimentado con los materiales est/éticos del pasado- que no es en absoluto extranjero a estas pampas, y esto vale para experiencias tan disímiles en todo sentido como la revalorización del tango, el 25 aniversario de Soda Stereo o la juventud identificada con el doctor Cámpora. El material analizado en Retromanía también es vasto: 440 páginas donde se revisa el furor retro en lo distintos géneros del pop, en la moda, en el cine, donde se cuestiona el efecto de las nuevas tecnologías de almacenamiento, circulación y consumo, se visita el extremo “caso” japonés, la historia del ascenso retro y el ocaso de los futuristas, la obsesión con diferenciadas zonas del pasado inmediato, etcétera. Su empiria es tan abundante porque en realidad Retromanía desarrolla menos una hipótesis que un señalamiento. Y como Reynolds es un impresionante erudito del amplio mundo pop, un vademécum de músicos y conjuntos, termina resultando que, aunque le desagrada explícitamente la “necrofilia” hoy dominante, su libro es un material de lujo para los amantes retro: leerlo con internet al lado es puente para miles y miles de horas de consumo entretenido del pasado.

Reseña de El Viento que Arrasa, de Selva Almada (Mar Dulce


Muñecos de Cristo

La primera novela de la entrerriana nacida en 1973 continua con firmeza la literatura que ya venia publicando en las colecciones de relatos Mal de muñecas y Una chica de provincia. En el calor infernal de la frontera santafecino-chaqueña, un pastor evangelista queda varado con su hija adolescente; llegan a lo del mecánico de la zona, que vive, con su ayudante también adolescente, rodeados de autos viejos y el monte. La calor es el trasfondo de sus existencias, una brea que ralentiza los acontecimientos acorde a una prosa lenta y prolija, que arma la situación (es prácticamente novela de una escena) como atestiguándola, no aclara nada, no explica, no reflexiona: abre el mundo para encontrar y contar esta historia, que es minima pero, vista de cerca, universal: el cielo puede caer sobre sus cabezas. La vida campesina, la muerte, la soledad, el desarraigo y las creencias, la crianza y el rencor, temas presentes. Un viejo asunto: Dios o la naturaleza, la palabra divina o hacerse león en el monte, como quería Atahualpa. Cuando el argumento coincide con un esquema estereotípico, sale a la luz el artificio y se siente la voluntad autoral de conducir hacia un objetivo la trama, con impulsos un poco forzados; mostrar la arrogancia de atribuirse la palabra divina, verbigracia, es como derribar puertas ya abiertas… En cambio, una vez que la novela –legible en una tarde- va por donde quiere estar, la orquestación narrativa vuelve a agazaparse, a entregarse a esos cuerpos, dos viejos con identidades fuertes y cuerpos nostalgiosos, y dos ternuras de dieciséis años que ya saben lo que es sufrir. Una gran curiosidad por su mundo anima los mejores momentos del relato, como de alguien escondido en los arbustos para poder percibir y narrar a salvo de este sol tremendo.

[Por AjV para Rolling Stone]

Reseña de El Basurero de la Historia, de Greil Marcus (Paidos)


Basura que has de salvarnos

[Por AjV; publicada en Rolling Stone 2012]

Ineludible referente mundial de la critica de rock de los últimos treinta y cinco años, Greil Marcus (San Francisco, 1945) muestra en esta colección de textos que el verdadero crítico es crítico de la cultura, que no trabaja en una disciplina especial sino en la puesta en narración de las cosas que corren contenidas en una obra. “Cosas” que son historias de vidas, que plasmaron en libros, películas, canciones, el cruce de alguna frontera; esas historias no dialogan con su disciplina (el pop, el blues, la novela, el cine), dialogan con el mundo: registran las exigencias radicales que le hacen al mundo los “individuos contingentes”, individuos que no coinciden con su función. Personas –desde Bob Dylan hasta autores de thrillers sobre nazis, desde Robert Johnson hasta el situacionista francés Guy Debord- que “disuelven la distancia con su cultura” y, desde ese protagonismo arrebatado, cambian la historia. Porque la historia no tiene un lugar de tramitación consagrado; hay movimientos que la cambian aunque no se note: esta es una de las premisas del autor desde sus obras cumbre como Rastros de carmín o Mistery train. El arte no se remite a embellecer. Como señala Pablo Schanton en el prologo, Marcus “toma los hechos culturales como acontecimientos históricos y los acontecimientos históricos como hechos culturales”. Con una clara raigambre benjaminiana, lee materiales de la cultura popular bajo la idea de que fuera de los monumentos, las guerras y las instituciones, hay en el presente un reservorio de fuerzas en latencia: el pasado, que puede relampaguear en el presente a través de lo que gesta la cultura popular. El basurero de la historia nos salva del destino evidente.
Herman Melville, William Faulkner, Susan Sontag y John Wayne pueblan los artículos del libro: parece un libro neto de cultura estadounidense (reseña libros de Peter Handke y de Wim Wenders porque hablan de EEUU). Sin embargo, en cada texto se nota que Marcus toma esos referentes porque son lo que lo rodean, lo que tiene a mano para conformar su agenda que no es nacional; su criterio de interés y relevancia es el de determinado tipo de situaciones donde entran en juego disputas éticas, eventos culturales, en principio apolíticos, donde empero encuentra pugnas entre la libertad y la opresión. Asi, leemos sobre cosas desconocidas como la crónica sobre Deborah Chessler, o la comparación entre dos libros periodísticos sobre campesinos blancos del sur estadounidense, y, aunque no haya “antecedentes de contexto para identificarse”, la conmoción es palmaria. Marcus no aburre nunca porque escribe desde un vínculo pasional con aquello de lo que habla.

Reseña de HHhH, de Laurent Binet (Seix Barral)


Nazis a la vuelta

Premio Goncourt a la primera novela, HHhH se sumerge en el heroísmo y las masacres de la segunda Guerra Mundial.

[Por AjV; publicada en Rolling Stone 2012]

Elogiada en su Francia natal y varios países de Europa, llega esta opera prima de Laurent Binet (nacido en el 72 aunque no parezca en la foto de solapa), que hizo el servicio militar en Eslovaquia y vivió en Praga: la capital checa, donde transcurre su historia, sobre dos soldados de la resistencia que en 1942 saltaron en paracaídas desde un avión ingles a Republica Checa, sangrientamente controlada por Alemania como media Europa. Su mision,  matar a Reinhardt Heydrich, no solo dictador del país, sino quien diseñó la solución final para la cuestión judía;  Heydrich era el segundo de las SS detrás de Heinrich Himmler; “HHhH” son las siglas en alemán de “el cerebro tras Himmler es Heydrich”.
En la Praga del 42 transcurre la historia de Binet, que no es suya, sino real de la Historia, pero por otra parte la Historia no está en otro lado que en los relatos actuales del pasado, entonces si se convierte a un personaje verídico en uno literario… Reflexiones sobre esta problemática salpican la narración. El autor cuenta cómo piensa, en su vida cotidiana, la historia y el libro que esta escribiendo; aparece su padre, sus novias, su cuarto. Narra escenas donde el jerarca nazi, por ejemplo, reta a un subordinado, y al capitulo siguiente critica el abordaje que utilizó, mostrando lo falaz o simplemente inventado que era.
Como quería Piglia para los cuentos, Binet cuenta una historia que cuenta otra historia: un relato de acción y heroísmo cuenta la historia de la escritura de una novela bajo la pregunta sobre la relación entre ficción y memoria histórica. Ensambla una novela histórica basada en hechos reales con un diario de su escritura. Construye con mucho talento el thriller del atentado contra Heydrich, la tan conmovedora como precaria red de insumisos que lo gestan; transmite la pasión que le genera la vida de aquellos muertos que quiere homenajear. Por supuesto que, desde las monumentales Crónicas del propio Churchill hasta Las Benévolas de J. Little (pasando por K. Vonnegut, C. Malaparte, V. Grosmman…), literatura sobre la segunda guerra abunda. Binet propone esta reflexión “en voz alta” metida en la novela sobre su propia confección, interrogando lo que llama “el poder de la literatura”; acaso, también, al hacerse a sí mismo protagonista, intenta refutar la escisión autor-obra. La pregunta por el vínculo pasado-presente tiene una cúspide dudosa: un combate que dura varios días es contado fechando las jornadas en 2008. Trae la escena del pasado intacta, como un bloque entero –con nazis y mártires- que incrusta en nuestro siglo. Como si no hubiera hoy posibles (por no decir evidentes) rasgos compartidos por el nazismo y prácticas actuales, -digamos la subjetividad genocida o la concepción nazi del hombre-, o sea, como si no hubiera mal en el consenso triunfante.  


Reseña de La Cuadratura de la Redondez, de Ariel Magnus (Interzona)


Locura ricotera
Ariel Magnus inventa un filólogo enloquecido en su interpretación sistemática de las letras más movilizantes del rock en castellano.


La cuadratura de la redondez. Interpretación anotada de las letras de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. 

Ariel Magnus –Bs. As., 1975- cuenta que llevó su computadora a arreglar, y el gordo pelado del local informático Kazachok se la devolvió con una carpeta de archivos de regalo, que contenía el trabajo de un filólogo –Atila Schwarzman- que hizo una lectura interpretada de las letras de Patricio Rey y sus redonditos, editada, luego, para su publicación, por un pequeño séquito de beodos del filólogo, que agregan incontables notas al pie donde ellos a su vez interpretan al “redondólogo”, además de incluir sus peculiares lecturas de las letras y chicanearse por doquier. Y aun Magnus –que firma solo la primera y la última pagina del libro, oficiando de descubridor del material- vuelve a interpretar todo el paquete... Ese carácter huidizo del origen de las palabras homenajea al fundamento misterioso de la banda, Patricio el Rey.
Los análisis de Schwarzman son cada vez más delirantes, y cuenta el séquito que terminó en un loquero. Interpreta letra por letra de los primeros discos; termina con una especie de dialogo glosado hecho todo de frases el Indio. Las pastillas de Música para pastillas “aluden a todo aquello capaz de convertir una energía en otra”, “la bestia pop” se refiere al cine como genero; el devoto exégeta es bien ocurrente, y acaso el proyecto sea de comedia (una del séquito, extranjera, oye “¡fue gol, fue gol!” en el “fuego, fuego” de Humano roto y mal parado).
Lo que muestra Magnus (autor de novelas como El hombre sentado y Un chino en bicicleta) es que cualquier cosa puede leerse en las letras del Indio. Burla a las interpretaciones develadoras o descifrantes de lo que “quiso decir” el poeta: son cualquiera, poco serias, y Magnus las caricaturiza, extremando los vicios académicos como el dogmatismo, la perdida de relación real con el mundo, el internismo institucional de las interminables notas al pie; sobre todo el absurdo de aplicar ciencia a la poesía. Su método es el cualquierismo: “esto está muy Shangai” significa “patas para arriba, como están los chinos vistos desde aquí”, “No se muy bien sobre que pierna bailo”, “a veces me agarra” y “gas nervioso” se refieren a La Renga, Virus y Soda Stereo respectivamente. Mas allá de la parodia al academicismo (que por otra parte es golpear puertas ya abiertas),  las cosas que en potencia pueden ser evocadas, vividas, en las letras de la banda, quedan relegadas tras el impuso cualquierista: todo al fin y al cabo es un chiste. En ningún momento parece que se diga algo porque es importante que se diga. Ese carácter necesario, imprescindible, que adoptan las letras ricoteras en su uso y recreación, es olvidado por una lectura para la cual la apertura a cualquier cosa puede prescindir del peso de las cosas y quedarse con el cualquiera, concluyendo que todo da lo mismo.

 Por AjV; fue publicada en Rolling Stone una version mas breve.

2001 dice presente - Reseña de La comuna de Buenos Aires, de Maria Moreno (Capital Intelectual)

[En Rolling Stone, noviembre 2011]

Dos mil uno es un tema del dos mil once. Maria Moreno (narradora, critica y periodista) ofrece, en casi cuatrocientas paginas, un generoso mosaico de visiones, treinta y cinco textos entre crónicas, apuntes de libreta y, sobre todo, entrevistas, a intelectuales, militantes barriales, asambleístas, trabajadoras de fabricas recuperadas, activistas travestis, periodistas cercanos al mundo popular; gente movilizada por lo abierto en el agite dosmilunista: cuerpos en los que la historia se reencontró con su esencia mutante tras años asfixiada con el fatídico tufo de su presunto final.  
Hoy el libro, en sus diálogos sobre las asambleas, sobre la obsolescencia de la categoría pueblo (ante la multitud) o el grito colectivo Que Se Vayan Todos, pareciera una publicación a destiempo, salvo que entendamos que la actualidad se organiza con distintas lecturas de 2001 –que lo profundizan, le responden, lo capturan, le temen-. El ritmo, las texturas, voces y colores de La comuna… radican en que, de diversos modos, los valores disputados oportunamente en esta época –época de consumo y de basura, de fiesta y de miedo-, en sus paginas vuelven a abrirse como pregunta, en su potencialidad; como ser, por ejemplo, la critica experimental al neoliberalismo y a la represión, pero también la apelación a vecinos indignados, incluso los agites en estaciones de tren o por territorio, y explícitamente en los pibes que tomaron los secundarios el año pasado -y quien sabe de las micro organizaciones autónomas alejadas de toda representación, en esa “cocción por abajo sin la que no puede cocinarse nada por arriba”, como dice en el libro la vieja militante obrera Elsa Mura. Todos los textos fueron hechos entonces (2002), y puede leérselo como un libro sobre aquel momento o como la puesta en cuestión de si es que pasaron diez años desde 2001 o en cambio son diez años de 2001.

Agustin J Valle

Thursday, March 22, 2012

El guacho Martin Fierro, de Oscar Fariña (Ed Factotum) - Reseña

Muertos vivos

El guacho Martin Fierro – Oscar Fariña (Factotum ediciones)

Pintó el arrebato se llama el primer libro del poeta Oscar Fariña (Asunción, 1980; vive en Buenos Aires desde chico), y en este, el quinto, volvió a pintar: esta vez le arrebata el Martin Fierro a la fosilización escolar, a la vieja tradición patria que lo sacralizó y garantizó su recuerdo pero restringiendo sus usos. Con una inocencia fresca, no ingenua, Fariña se olvida del “lugar en el ser nacional” destinado al largo poema de Hernández, y lo recrea con un protagonista pibe chorro, un villero vital que sufre, goza, odia, ama y, sobre todo, canta; arrebata, Fariña –que también grafica con dibujos el relato poético-, falta el respeto, y asi homenajea y renueva la vitalidad del gran libro argentino. Manteniendo la estructura dramática y la cadencia lírica, las aventuras y desventuras del gaucho encarnaran como naturalmente en el mundo de los pibes. Yo no soy cheto estudiado/ ma si me pongo a rimar/ no tengo cuándo acabar/ y me hago viejo cantando:/ las cumbias me van brotando/ como el meo al escabiar.

La actualización histórica mantiene intocadas algunas tensiones de las que da cuenta el cantar; del orden emocional, y sobre todo, del orden de clases -y la pulsión libertaria, que, también, protagoniza el gesto del autor, una libertad sesudamente elaborada. Antecedente ineludible es El Martin Fierro ordenado alfabéticamente, de Pablo Katchadjian (2007, Ed. IAP). Dice Cesar Aira que hay literatura nacional cuando pueden surgir criticas internas; sólo cuando hay un nosotros consistente, podemos darnos el lujo de discriminar. Los trabajos de Fariña y Katchadjian ejercen una crítica que no niega lo criticado: toma lo muerto en su fertilidad renovadora.

[Rolling Stone febrero 2012]

El Estado posnacional, de Pablo Hupert (Ed. Pie de los hechos) - reseña

El Estado de las cosas

Desde que murió Néstor Kirchner salieron varios libros sobre la era política signada por su nombre con “ismo”; el de Beatriz Sarlo, el de Horacio González, el de J.P. Feinman y en buena medida el último de Caparrós, por nombrar algunos. Este, primer libro publicado de Hupert, historiador porteño nacido en 1972, probablemente sea el mejor. Exento de oscurantismos expresivos (que elitizan el pensamiento), salvado de la agenda mediática, alejado de rencillas binarias estériles, no busca criticar ni defender; busca comprender. No resuelve “el dilema del kirchnerismo” (ni los obstáculos para su profundización, ni él mismo como obstáculo para los contras), sino que lo enmarca -como ocupante en principio contingente- en una lectura de la mutación en la naturaleza del Estado, con un hito de condicionamientos populares en 2001, y una capacidad “creativa” y de “aprendizaje político” para, en los años siguientes, modificarse, sobrevivir y reproducirse –ahí sí el kirchnerismo perfila como nombre singular.

Hupert es un historiador sin vínculo con la universidad, aunque escribió un libro inédito sobre la toma de Filosofía y Letras de mayo del 99 junto al antropólogo Andrés Pezzola y al también historiador Ignacio Lewkowicz, cuyo pensamiento y obra (Sucesos Argentinos, o el fundamental Pensar sin Estado) sitúan el punto de partida de El Estado posnacional. No solo a nivel conceptual y de narración histórica, sino también de la política práctica del historiador, como oficio que estudia no tanto el pasado, sino –con el pasado como taller- el cambio, y la distinción del presente. Es una dimensión ética, porque implica totalmente a quien estudia en lo que piensa; la colección editorial inaugurada por Hupert se llama Pie de los hechos, que -dice en solapa- “no hace biblioteca, edita lo que se piensa ignorando”.

Hupert no tiene vida académica; tampoco mediática. La foto de solapa –sonrisa escuálida y simpática, un ojo mucho menos abierto que el otro, nariz y orejas que dan judaísmo al nerd humanista posando junto a su colección VHS de Cosmos y las Grandes Obras del Pensamiento Universal- invita a pensar en algún tipo de freak, mas o menos encerrado, que coordina un taller, desde 2007, en el que basa el libro, manteniendo el registro conversacional, y elabora una red de nociones para pensar ateamente al Estado que se acabó pero en realidad no, que volvió pero reinventándose, que toma como reconstrucción propia los valores impuestos por la “infrapolítica” de una sociedad movilizada. Ciento veinte paginas de aire fresco para las inquietudes que quedan fuera de la verdad dicótomica de la época, con una apuesta nunca del todo clara pero a la que se le va despejando el terreno: la “política del nosotros”.

[Rolling Stone diciembre 2011]

El niño del año, de Franco Rinaldi (Mondadori) - Reseña

No se sabe lo que puede un cuerpo

Franco Rinaldi está acostumbrado -pero no del todo acostumbrado- a que lo llamen Franquito por doquier, aunque nació en 1980. Mide un metro con nueve centímetros, usa silla de ruedas y sus huesos son frágiles “como tallarines antes de echarlos a la olla”, pero se pone a escribir y te ametralla a sopapos. Licenciado en ciencias políticas en la UBA, periodista de profesión, su primer libro es un descarnado relato yoico, de tono –y seguramente mucho contenido- autobiográfico, donde la osteogénesis imperfecta con la que le tocó nacer no es la protagonista; sí lo es una pregunta por la vida, por cómo es esto de vivir, los placeres, los dolores, la salud, los logros, reconocimientos y humillaciones, los deseos y alegrías y las imágenes del morir: preguntas comunes a todos, pero, quién sabe, acaso, “facilitadas” como necesidad de pensar para quien vive cada día con la realidad del escollo especial y su reflejo en los rostros ajenos. Ágil, rítmico, El niño del año es un texto inteligente, lúcidamente compulsivo, honesto, a veces permisivo sin argumentación ni gracia como cuando califica a Arturo Jauretche de “pensador menor” o espeta que “este país no esta preparado para que lo gobierne una mujer”. El titulo alude al “Premio persona” que Rinaldi recibió en 1992 en la categoría Niño del año (ya participaba de un programa de radio en su Salta natal). La historia de dicha “consagración” amaga articular el texto, prolongándose luego en descripciones del trato que el autor recibió por parte de personalidades como Juan Castro, Mirtha Legrand y Mauro Viale (quien le preguntó al aire si había pensado suicidarse). Sin embargo, el género principal es el erótico-romántico, las mujeres, el deseo carnal de un alma apasionada que sufre con el mismo cuerpo con el que goza y prueba lo que puede.

Pocas disciplinas son tan interesantes e inútiles como la etimología -decía Borges-, que cuenta el origen de las palabras, o sea lo que ya no significan. Sin embargo cabe recordar aquí que el término “anodino”, que nombra lo insulso, insignificante, esconde en su historia el significado “sin dolor”. Pero Rinaldi discute, complejiza la asociación entre dolor y sentido, desde la cita de Emil Cioran con que abre el libro: “Mientras no sufrimos, vivimos en la falsedad. Pero cuando empezamos a sufrir, solo entramos en la verdad para echar de menos lo falso”. La lectura de sus recuerdos de fracturas (“cuatro o cinco al año”), cirugías y “discapacidades” –alta necesidad de ayuda- no puede no dar lastima, y al mismo tiempo no puede dar lastima, por la admiración instintiva hacia la fuerza, medida por los obstáculos que alguien enfrenta y por lo que elabora con el material que le toca.

Los años de Menem, de Alfredo Pucciarelli (comp) - SXXI

Genealogía del orden neoliberal

Coordinado por Alfredo Pucciarelli, Los años de Menem (Siglo XXI) estudia los mecanismos del orden político y la conformación del modelo acumulativo de la década del noventa.

Los años de Menem es el tercer libro sobre historia reciente hecho por Alfredo Pucciarelli y su equipo de investigadores y editado por Siglo XXI, después de Empresarios, tecnócratas y militares y Los años de Alfonsín (Pucciarelli es doctor en Filosofía con especialización en Ciencias Sociales y coordina dos grupos de UBACYT). En este volumen se aborda la construcción del orden neoliberal -como reza el subtítulo-, con su conllevada pregunta por el menemismo como remodulación del peronismo. Ya en la introducción (escrita por Paula Canelo, Mariana Heredia, Mariana Gene y Pamela Sosa) se plantea que el menemismo mantuvo el característico “pragmatismo ontológico” del peronismo, pero se alejó de su tradición en cuanto borró de su cosmovisión la presencia pesada de un adversario social –los sucios oligarcas.

Este objetivo de estudiar rupturas y continuidades también es implementado por el único articulo escrito por Pucciarelli, sobre la consolidación política del menemismo en sus primeros años, donde comienza desde el progresivo ocaso del gobierno alfonsinista, y señala que las lógicas de construcción de poder bautizadas luego como menemismo, estaban ya presentes en el periodo radical, sobre todo en torno a Enrique Nosiglia, aunque también se deja planteado que Eduardo Angeloz se perfilaba netamente como administrador de la reforma neoliberal. Además, el proyecto general del libro se propone revisar la década menemista a los fines de un ulterior estudio que identifique las interrupciones, o bien continuaciones reformuladas, de sus mecanismos de producción de desigualdad, en la primera década del siglo veintiuno –cabe esperar, por supuesto, un venidero trabajo de Pucciarelli y su equipo.

La perspectiva plantea sistemáticamente una atención simultánea a lo macro y lo micro, y, especialmente, un abordaje de lo social concentrado sectorialmente. De ese modo complejiza la visión del menemismo, enriqueciendo la visión politicista de la historia con una interrelación donde dirigencia estatal, instituciones corporativas, partidos políticos, grupos económicos y profesionales técnicos de la reforma económica confluyen en un proceso cohesionado, que lleva como sello simple el nombre de neoliberalismo. Los investigadores parten de las preguntas (o “paradojas”) más insistentes en las diversas interpretaciones del período, como ser los motivos del “apoyo popular” a un gobierno anti popular, o la deslegitimación de la política durante el afianzamiento del sistema de democracia electoral.

Este abordaje sectorialista lee la época según las relaciones entre las fuerzas de poder organizadas y dominantes (así las dos partes del libro llevan en sus nombres al “Peronismo, radicalismo y las fuerzas armadas” y a los “Economistas, empresarios y Estado”). Bajo el argumento discutible de que fue una época de llamativamente baja conflictividad social, Los años de Menem cuenta una historia de los sujetos que escriben la historia –aunque no tal como esos sujetos la cuentan-, y su relato margina al ciclo de luchas populares comenzado con el Santiagazo en el 93 y con hitos como el indomable sindicato de municipales jujeños liderado por Carlos Perro Santillán, las dos Marchas Federales, la incendiaria cadena de puebladas en localidades arruinadas por la privatización de YPF, o el persistente sostén intolerante hacia la impunidad de los HIJOS, en fin: no estudia, el libro, signos del agite popular, del caldeo de formas de rabia –o de alegría alternativa- que sacudieron al sistema político el primer año de la década siguiente, aun cuando reconoce abiertamente que fue “el levantamiento popular de fines de 2001 el que terminó con el modelo de dominación hegemónica de los noventa”. Atiende a la interioridad de los poderes.

Varios artículos presentan buenos constructos de información, y así dan carnadura -nombres, números, oficinas, decisores concretos- a los procesos que el imaginario común a veces naturaliza al punto de mistificar. Sin embargo, en general el libro sobreabunda en un desplazamiento típico de la escritura académica, el pulso de demostrar y justificar prima sobre la inventiva y el descubrimiento; hay menos hipótesis que técnicas demostrativas, basadas, ademas, en citas a otros papers. Tanto trabajo en explicar lo que se va a hacer y en apoyarse en lo ya hecho por otros termina por expulsar el riesgo y la osadía investigativo-conjetural (como si se jugara con nueve defensores). Lo que resulta con demasiada frecuencia en un hasta conmovedor retaguardismo del discurso científico respecto de los saberes sociales; una sistematización sólida, inundada de superfluidad de de tan rezagada respecto del saber sensible colectivo. Se considera por ejemplo “temprano” haber señalado en 2002 que en los años noventa se produjeron “declinación económica, decadencia social y degradación política” (por Pucciarelli, quien, por otra parte, en reportajes actuales muestra una robusta lucidez en la política actual); también sucede mucho en las conclusiones finales de los textos, tomados por una demostración fría y desapasionada de lo obvio.

[Perfil noviembre 2011]

Friday, October 21, 2011

Reseña de "El kirchnerismo, una controversia cultural", de Horacio Gonzalez


El Director de la Biblioteca Nacional y referente fundamental del espacio Carta Abierta, desarrolla en este libro una serie de rodeos en torno al kirchnerismo, “anómala” criatura según la calificación acuñada por Ricardo Forster y retomada parcialmente por González, quien logra, empero, domar su complejidad en pasajes esclarecedores, con su pletórico lazo escrituril -pareciera no haber casi zonas del pensamiento político-filosófico no moduladas como herramienta por la prosa neologística del autor y sus operaciones de anatomía de los discursos sociales en pugna.

González, suerte de vademécum cultural argentino, procede tanto por erudición como por intuición. Bajo dos preceptos principales, a saber, que “el kirchnerismo no tiene textos” y que no puede reducírselo al peronismo, el libro se organiza en tres partes: la primera, “Militancia y fortuna de Néstor Kirchner”, sobre lo que podría denominarse el cerco problemático básico del recorrido kirchneriano (su posición en los setenta, su desenvolvimiento político y profesional durante la Dictadura, el cuño algo ignoto del Grupo Calafate, su enriquecimiento durante la función pública, etc.); la segunda, “La recepción cultural del kirchnerismo”, analiza los pronunciamientos de distintos intelectuales respecto del gobierno (como Nicolás Casullo, León Rozitchner, Martin Caparrós, Ernesto Laclau, Beatriz Sarlo), para, finalmente, abordar “La cuestión del mito y la historia abierta”, donde ya da por buena la voluntad transformadora del ex presidente y su esposa, y repasa -sin rigor pero con justa elocuencia- las medidas del Gobierno que considera políticas hacia un país mas igualitario, para señalar los bordes tanto de la potencia como de las fragilidades del proceso en curso, en vistas a su pretendida profundización.

Es un libro serio en sus contiendas y honesto en sus deseos. Esa misma honestidad visibiliza sus debilidades, como el llamativamente craso modo en que asocia la condición política a la aceptación de impurezas e incompletudes, y, sobre todo, el racconto histórico casi obsesionado con la palabra “profundo”, donde el kirchnerismo encarna corrientes que estaban “dormidas” y “en espera” en la historia, pero en esa atención hacia lo subterráneo, se pasa por alto lo obvio, y se elude en el relato el peso especifico de, primero, la década del noventa de los Kirchner, y, segundo, el carácter decisivo del trastocamiento de las condiciones de gubernamentalidad producido por las movilizaciones populares de 2001 y 2002.


[en Cultura de Perfil]

2001 dice presente - La comuna de Buenos Aires, de Maria Moreno – Capital Intelectual



Dos mil uno es un tema del dos mil once. Maria Moreno (narradora, critica y periodista) ofrece, en casi cuatrocientas paginas, un generoso mosaico de visiones, treinta y cinco textos entre crónicas, apuntes de libreta y, sobre todo, entrevistas, a intelectuales, militantes barriales, asambleístas, trabajadoras de fabricas recuperadas, activistas travestis, periodistas cercanos al mundo popular; gente movilizada por lo abierto en el agite dosmilunista: cuerpos en los que la historia se reencontró con su esencia mutante tras años asfixiada con el fatídico tufo de su presunto final.

Hoy el libro, en sus diálogos sobre las asambleas, sobre la obsolescencia de la categoría pueblo (ante la multitud) o el grito colectivo Que Se Vayan Todos, pareciera una publicación a destiempo, salvo que entendamos que la actualidad se organiza con distintas lecturas de 2001 –que lo profundizan, le responden, lo capturan, le temen-. El ritmo, las texturas, voces y colores de La comuna… radican en que, de diversos modos, los valores disputados oportunamente en esta época –época de consumo y de basura, de fiesta y de miedo-, en sus paginas vuelven a abrirse como pregunta, en su potencialidad; como ser, por ejemplo, la critica experimental al neoliberalismo y a la represión, pero también la apelación a vecinos indignados, incluso los agites en estaciones de tren o por territorio, y explícitamente en los pibes que tomaron los secundarios el año pasado -y quien sabe de las micro organizaciones autónomas alejadas de toda representación, en esa “cocción por abajo sin la que no puede cocinarse nada por arriba”, como dice en el libro la vieja militante obrera Elsa Mura. Todos los textos fueron hechos entonces (2002), y puede leérselo como un libro sobre aquel momento o como la puesta en cuestión de si es que pasaron diez años desde 2001 o en cambio son diez años de 2001.

[Rolling, Sept 2011]

Cuando nacían los deseos - Vicio propio, de Thomas Pynchon


Sus mas de cuatrocientas paginas la hacen breve novela para ser de Pynchon –por ejemplo la anterior, Contraluz, pasa las mil trescientas-. Transcurre en Los Angeles en el ocaso de la década del sesenta; Doc, el protagonista, es un detective privado, pero uno bastante particular: fumado todo el día con una riquísima variedad de hierbas cannabicas, es un ejemplar de la convivencia entre hippismo psicodélico y el amor playero de los surfers y su endless summer.

Además de “breve” es mas “legible” que las novelas icónicas de Pynchon, autor de una de las obras mas importantes de la literatura contemporánea y hombre cuya biografía –y cara- son un misterio, aparte del dato de que nació en 1937 en Nueva York y de una foto blanco y negro que lo muestra jovencísimo. En sus obras maestras de la novela posmoderna, como El arco iris de la gravedad (1973) o Mason y Dixon (publicada en 1997, escrita durante décadas) cunden la arborescencia y la digresión, el tiempo desquiciado y el desplazamiento geográfico radical; en Vicio propio, en cambio, la historia esta bastante circunscripta a un momento y un lugar. Pero la prosa sigue siendo exuberante y mordaz, y la trama, repleta y deslumbrante. La caliente ex novia de Doc le pide ayuda porque su amante, magnate del mercado inmobiliario, ha desaparecido; la trama de intrigas –formalmente, casi una novela negra- pasea por un enorme arco de personajes y tensiones de la época, desde surfers que dedican su vida a meterse en olas imposibles como leales adoradores en el puño de Dios, un doctor que inyecta anfetaminas por doquier, motoqueros neonazis, drogones inmunes en su cuelgue a las conmociones del entorno, policías que quieren ser estrellas de televisión, traficantes de heroína, ex combatientes de Vietnam tornados hippies, primores felices de sexualidad sin moral, y hasta visionarios fanatizados con una red de computadoras, la prehistoria de internet… Sin embargo, en esta novela hilarante, son el racismo, el odio de clase y la violencia de la propiedad privada –sobre todo inmobiliaria- lo que constituye el punto álgido de su emplazamiento histórico. Con una permanente banda sonora de fondo –es para leer con el Grooveshark al lado-, Doc, entrañable mezcla del Dude Lebowski y Philip Marlowe, se mete y se mete en la historia sin saber bien por que; con su “memoria de fumeta”, un instinto de justicia y de cuidado a los frágiles lo mueve, así como una especie de militancia contra la tristeza que le da una percepción: el fin de una época, que, contrastado con la magnitud de sus sueños, podría temerse que nunca llegó a ser.


[Rolling Stone Septiembre 2011]

Wednesday, July 27, 2011

Oliverio Coelho, Un hombre llamado Lobo (Duomo)

Aventuras del hombre gris

Sexta novela del autor nacido en 1977 en Buenos Aires, editada desde España por un sello italiano, Lobo se suma al hermoso coro que cuida la orgullosa llama de la literatura en Argentina. Y deja atrás el prestigio de Coelho como palabrista, las loas por su destreza con los “vocablos”, que suponen que un buen escritor es alguien con talento para las palabras. La vida gris de Silvio Lobo nos recuerda que un buen escritor trabaja en una forma de decodificar el mundo, y una forma de expresar que sabe cuales palabras usar porque sabe con que vida habla.

En sus novelas anteriores, Coelho saldó una obsesión con el lenguaje oscura pero pícara. En esta, su lenguaje se le hizo natural, y campea una especie de obsesión serena por el mundo. En un periplo por Caballito, Almagro y el centro porteño, Temperley, Carmen de Patagones, Viedma y el chato interior bonaerense, narra situaciones de escala corporal, pero, paradojas, acercar la lupa devuelve lucidez panorámica, y esa narrativa micro ambiental da con hallazgos de alcance transversal: epocales, tipologicos, a veces éticos; formas de ser. Silvio Lobo, inspector municipal que a los cuarenta dejó la casa materna, y Marcusse, el fabuloso -y ludópata- detective privado que contrató para buscar a su mujer en fuga, Estela; son personajes chiquitos y universales a la vez, personajes que podrían calificarse de patéticos, porque las cosas sobre todo les pasan, presas vitalicias de las circunstancias. Pero sin embargo, en este realismo de la extrañeza, realismo de lo imaginado (y no de la obviedad yoica del autor), estos personajes rotos, mal parados, son especimenes perfectamente válidos para conmoverse con lo que está en juego en una vida.

Alma Guilermoprieto, Desde el pais de nunca jamas (Debate/Mondadori))

Latinoamerica de ayer y de hoy

Informarse no es lo mismo que conocer; el conocimiento viene ligado a una experiencia. Algunas obras logran conectarnos con la experiencia del conocimiento, y no meramente con su producto. Es una de las aspiraciones de la crónica como género periodístico, y puede lograr, como esta compilación de la periodista mexicana, que los datos tengan –o recobren- sentido: su efecto sensible en el entorno mundano donde existen. Se leen, entonces, estas crónicas de Latinoamérica, olvidándose de que se está leyendo, es como si el texto no estuviera, como si visitáramos hechos, personas, lugares, situaciones, campamentos guerrilleros en El Salvador de los primeros ochentas; calles, plazas y bares cubanos durante los días de la visita del papa Juan Pablo Segundo; la selva chiapaneca en los años previos a la existencia publica del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, pero también el masivo mundo del umbanda brasileño, la lucha libre femenina en Bolivia…

Alma Guillermoprieto nació en México DF pero hizo carrera en Estados Unidos, es desde hace treinta años la cronista sobre asuntos latinoamericanos en medios de prensa estadounidenses de primera línea, como The new yorker o National Geographic, y ha recibido numerosos premios. Desde el país de nunca jamás reúne una selección de sus crónicas, organizada en tres secciones: los ochenta, los noventa, los dos mil. Hay crónicas que son largos perfiles de personajes, como Mario Vargas Llosa y Eva Duarte de Perón; y hay “rarezas”, como una crónica sobre el grupo Menudo (si, donde debutara -por así decir- Ricky Martin), que muestran la policromía del subcontinente. Pero sobre todo, el libro muestra una inquietud, primero en torno a la violencia política, revolucionaria y contrarrevolucionaria (Salvador, Sendero Luminoso en Perú, Granada invadida por Estados Unidos), y luego, en los textos mas recientes, en torno al poder del narcotráfico, la corrupción política estructural y la violencia social naturalizada que apareja, sobre todo en crónicas mexicanas, como la que cuenta sobre la epidemia de tormentos y asesinatos de mujeres en el norte. Los textos fueron escritos para el público estadounidense, y eso se nota en la mezcla de gravedad social, indignación política y asombro folclórico; pero más aun en las tres crónicas dedicadas a Cuba y Fidel Castro. Guillermoprieto no se ahorra tomar postura; lo hace mediante el recorte de los hechos, el encuadre, pero sobre todo, el tono. No transmite teorías que interpreten lo que cuenta, pero las notas articulan su carga informativa en una consistencia afectiva lograda por el arte del relato, por contar cada historia como un mundo, uno de los muchos mundos del mundo.

David Byrne, Diarios de bicicleta (Mondadori)

Cuando visita Buenos Aires, Berlín, Estambul u otras ciudades, el ex líder de los Talking Heads se mueve pedaleando. Además escribe, saca algunas fotos, y en Diarios de bicicleta cuenta lo que ve, lo que eso le evoca, lo que opina. Para fetiche de fanáticos; fuera del prologo, suerte de manifiesto ciclista, Byrne escribiendo es un músico fuera de serie.

(Rolling Stone)

Wednesday, May 18, 2011

Jacques Ranciere: El espectador emancipado y La noche de los proletarios

Filosofia de la emancipacion

Dos libros del francés Jacques Rancière, La noche de los proletarios (Tinta Limón) y El espectador emancipado (Manantial) toman distintos campos –uno, noches furtivamente literarias de obreros en 1830; otro, el teatro, las artes visuales y la política- pero confluyen en una obra cohesionada por el eje de la emancipación como apuesta filosófica y la igualdad como premisa.

Con la publicación local de El espectador emancipado (Manantial) y La noche de los proletarios (Tinta limón), la obra del francés Jacques Rancière (Argel, 1940) se consolida como una de las propuestas mas consistentes del mercado filosófico actual. Bajo la premisa de la igualdad de las inteligencias, apuesta por una filosofía de la emancipación. Esta línea tiene expresado su núcleo en El maestro ignorante, de 1987, donde Rancière trabaja sobre –o contra- la pedagogía para afirmar que la igualdad no debe ser tanto perseguida como tomada como punto de partida, porque la intención de abolir la distancia –entre el que sabe y el que ignora- reproduce la brecha una y otra vez, en tanto estructura la relación consolidando que uno sabe lo que el otro ignora y también como debe aprenderlo; hace del saber una posición y no un conjunto de conocimientos.

Este esquema vale tanto para el maestro (“embrutecedor” si no parte del saber que todo ignorante tiene, y su capacidad de aprender comparando lo que sabe con lo que halla), como para el intelectual comprometido con la identidad obrera (“extraña tentativa de construir un mundo alrededor de un centro del que sus ocupantes no sueñan mas que fugarse”), como para la dramaturgia que, presuntamente contra la degeneración en espectáculo del teatro, quiere “dar a los espectadores los medios para cesar de serlo”, asumiéndoles una estructural pasividad.

En las más de quinientas paginas de La noche de los proletarios (de primera publicación en 1981), Rancière toma como protagonistas a una serie de obreros manuales de la década de 1830. Y se ocupa de estudiar, sin metáfora, sus noches: el tiempo que oficialmente debería destinarse a reponer energías para la explotación diurna, transformado por estos “tránsfugas” en intersticios donde juntarse a leer y escribir. De ahí nació el primer periódico obrero en Francia. Esos proletarios literatos -dice el autor en la entrevista hecha por el Colectivo Situaciones (del que Tinta Limón es sello orgánico) que abre el libro-, concibieron “la emancipación como una manera de vivir la desigualdad según el modo de la igualdad”; allí hay un saber del –y no sobre- el oprimido. Rancière, que participo con Louis Althusser y Etienne Balibar de la escritura de Para leer El Capital, discute con la idea de la determinación material de la conciencia, y con la de salvación teleologica, ya que una liberación sensible, perceptiva, es inmediatamente actuante. También critica a la crítica debordiana del espectáculo (que separa entre los que saben y los manipulados), y, de fondo, la discusión es con el platonismo: su teoría de la ilusión y la verdad oculta, y su política de asignación de lugares y competencias jerarquizadas en la ciudad para cada uno según su función.

El espectador emancipado es original de 2008 pero su solidaridad teórica con La noche… es intima: “la emancipación comienza –dice- cuando se cuestionan las asignaciones de facultades perceptivas y expresivas dadas a las posiciones sociales”, lo cual “suspende la ancestral jerarquía que subordina a quienes trabajan con la manos a quienes recibieron el privilegio del pensamiento”. En esa línea, se trata de disolver la oposición entre mirada y acción, y reconocer la potencia activa del espectador, afirma Rancière. Así, el estatuto de las imágenes, sus diversos regímenes y las condiciones de su potencialidad política, es un núcleo problemático donde la filosofía se torna arsenal al servicio de las tensiones sociales.

Para explorar la posible politicidad del arte –en El espectador emancipado-, Rancière discute la noción de política. No es, dice, en primer lugar el ejercicio o la lucha por el poder, ni su marco es en principio el de las instituciones, sino que su sustrato es previo: “la política es la actividad que reconfigura los marcos sensibles en el seno de los cuales se definen los objetos comunes”. O en otros términos, “es la practica que rompe el orden que anticipa las relaciones de poder en la evidencia misma de los datos sensibles”. Y comienza, la política, “cuando seres destinados a habitar el espacio invisible del trabajo, que no deja tiempo para otra cosa, se toman el tiempo que no tienen para declararse coparticipes de un mundo común”. Son líneas de El espectador que parecieran versar justamente sobre La noche.

Rancière hace de la filosofía un trabajo por munir de recursos una verdad ética: la igualdad. Por ejemplo, critica el discurso académico por “aplicar el presupuesto de la desigualdad aun cuando se ocupa de la emancipación”, y contrapone al modelo investigador-objeto, un concepto le permite estudiar la tradición y los textos proletarios: la “igualdad poética del discurso”, el hecho de que “los efectos de conocimiento son producto de decisiones narrativas y expresivas que tienen lugar en la lengua y el pensamiento común, es decir en un mismo plano compartido con aquellos que estudiamos”.

Se trata de concebir la función política de la sensibilidad: regímenes de relación entre el ver, el hacer y el decir, que definen lo posible. Para Rancière, la experiencia estética (uno de los temas centrales de El espectador), se roza con la política si se define como experiencia de disenso entre regímenes sensibles. Lo cual se opone a pensar la politicidad del arte como una adaptación mimética o ética de los productos artísticos a fines sociales, modelos que niegan “el trabajo poético de traducción” que es el corazón del aprender y el aprehender.

[En Perfil Cultura]

Con la esperanza entre los dientes, de John Berger (Alfaguara)

Pobreza global

Pensar la pobreza es responsabilidad elemental de una sociedad que la produce y reproduce; pensar la riqueza de los pobres es replantear el problema, abriéndole puntos de quiebre. Los pobres son la mayoría, dice Berger, aquellos cuyas vidas no cuentan. Londinense nacido en 1926, Berger empezó su vida expresiva como pintor, fue luego un galardonado novelista, se mudo a la campiña francesa y es uno de los ensayistas mas respetados desde la década del setenta, con sus textos sobre artes plásticas, el acto de mirar y la vida campesina (Mirar, Modos de ver, De sus fatigas, Puerca tierra).

Migrar se ha vuelto el principal medio de supervivencia, dice en El infinito, ahora, segundo y breve texto de este libro compuesto por artículos diversos, que en su mayoría fueron previamente publicados en medios de prensa. Algunas pinceladas de la percepción activa, amorosa, de Berger, dan vida al libro, como cuando –en el texto citado- discute las nociones de deseo y de libertad, mostrando la banalidad sumisa de sus acepciones corrientes. Varios textos, sin embargo, parecieran abusar del prestigio ganado por el autor con obras anteriores. Textos como ¿Dónde estamos?, que empieza diciendo: “quiero hablar al menos algo acerca del sufrimiento que existe hoy en el mundo”, y, bajo ese espectro inabarcable, despliega un decir que no conquista nada, no afina ni sorprende: confirma y se indigna. En un lugar común tras otro, se traza el itinerario del bienpensantismo global, por supuesto éticamente irreprochable, en su posicionamiento del lado de los mas débiles, pero militando un maniqueísmo polar donde George Bush y los suyos son casi el mal encarnado, de manera que todo es obvio, y el único problema es la –temporaria- correlación de fuerzas entre tiranos y desesperados.

Los textos donde se acerca a sitios en conflicto armado, como Palestina, presentan algunas personas y escenas materiales que son una referencia tangible, un problema imaginable, a diferencia de las diatribas genéricas contra los intereses estadounidenses o la “tiranía global”, quejas que hallan dignidad en su lamento, y nunca encuentran algo en si´ mismo que forme parte “del estado de cosas”; nunca se salpica siquiera, digamos, con la piedra que tira. John Berger este año cumple ochenta y cinco. Ya nos dio libros hermosos, osados, importantes; este último puede verse como la adhesión de una voz de prestigio a la refutación de la fiesta del consumo, del futuro ya llegado del capital virtual.

[En Rolling]

Psicodelia y ready made, de Diedrich Diederichsen (Adriana Hidalgo)

Genealogia de lo no vivo

[en Rolling Stone]

El anterior libro local del crítico alemán, Personas en loop (de 2005), tuvo una recepción aclamativa. DD teorizaba segmentos del mundo pop con recursos filosóficos, ofreciendo categorías para la humanidad posmoderna tomadas de practicas contemporáneas, como el loop, que seria un movimiento circular –ya no la vieja línea recta- donde de la repetición nace la diferencia; ahí sigue a Gilles Deleuze, complejo pensador francés cuyas figuras parecieran dar éxito a quien las roce con nueva indumentaria.

Psicodelia y ready-made, segundo y flamante libro de Driederichsen (1957) editado en Argentina, reúne artículos que fueron publicados en diversos medios europeos; algunos de sus temas son: la psicodelia como emancipación de objetos de su contexto sensible normal, y su coincidencia, en ese punto critico, con el ready-made (técnica cuyo emblema es el mingitorio expuesto en un museo por Marcel Duchamp); las ambivalencias del punk como limite de la contracultura; o la relación entre pornografía y pop, las drogas en los sesenta y ahora, y la presencia de la ciudad en la lírica pop, para mencionar tres casos donde avanzan la superfluidad y endeblez asertiva.

DD despliega una amplia erudición pop, es lucido y encuentra asociaciones y sentidos no evidentes de distintos cuerpos de la cultura, como cuando critica al minimalismo como estética del poder, a la figura de artista –creativo, sin jefe concreto- transmutada en modelo del empresario libre. Son hallazgos de intervención contemporánea, pero propios de la derrota. De las raves por ejemplo dice que no querían terminar nunca porque bailaba allí la generación carente de utopía, de futuro. La utopía y la contracultura, declaradas muertas, son empero la vara fantasmal que explica y valora la mayoría de las piezas culturales que desfilan en Psicodelia y ready-made, clasificadas ansioliticamente entre izquierda y derecha.

Los textos sobre “culturas juveniles y diáspora” y “las generaciones” son ya insustanciales, tristes. Asume su derrotismo, pero sin siquiera desde la alegría potencial de lo germinable en tierra yerma; no se habla de la derrota: es la derrota hablando. DD repasa las herencias fallidas, pone precisión en sus historias. Pero ese precisionismo se da en el plano categorial, es decir, afinando abstracciones. Acaso la famosa distancia critica, sumada a la derrota histórica, potencie el deseo del escritor de demorarse en los efectos nominales de lo que investiga, en una perdida de carnadura y elocuencia poética, de sentido en la enunciación; y en el imperio técnico de los enunciados suele perderse de vista por que importa el asunto del que se habla. Acaso por eso, en el prologo se abunda en justificaciones del sentido que puede tener ponerse a repasar objetos y temas del siglo veinte no viendolos como ensayos sobre problemas que, de otro modo, tambien tenemos, sino como restos infecundos por carencia de horizonte utopico (la herencia del 68, el poder liberador que supo tener la droga, o lo contestatario del punk); una genealogía –cool- de lo no vivo.

Las comidas profundas, de Antonio Jose Ponte (Beatriz Viterbo)

Para devorarselo

Magistral prosa en estos ensayos sobre comida que arrancan como novelas. El primer anana en llegar a Europa, el gusto adulto por platos odiados en la infancia, la sustitución de carne por alfombra macerada en limón: a cada cosa, el cubano radicado en Madrid le da el aire suficiente para que luzca su conexión universal. Una delicia.


[en Rolling]

El caballero que cayo al mar, de HC Lewis (La bestia equilatera)

Liberal al agua!

En la segunda mitad de los treinta, años de recuperacion post-crack, el caballero newyorkino Henry Standish se dedica prosperamente al negocio bursátil, tiene esposa hermosa e hijos felices. Pero de pronto cae en cama a pesar de su fiel salud, y solo sale para salir: sale de su vida cotidiana, de su ciudad, de tierra firme. Se va hasta Hawai; no sabe por que, pero estar a la deriva le sienta bien. En el regreso, en barco por el Pacifico, ¡ah el accidente!, y vestido impecable -cuando el siglo veinte todavía guardaba mucho de la formalidad del diecinueve-, Mr Standish cae al agua: splatsh.

Fue solo después de la segunda guerra mundial que la subjetividad moderna extendio su crisis radical, de manera que cuando Standish cae, tenemos ahí, cabeza visible y cuerpo sumergido, al racionalismo tecnico, al individuo conciente de si, que domina el cuerpo y sus pasiones; el sujeto sin misterio ante el insondable abismo del cielo y el océano, la naturaleza que es la nada, solo objeto, cuyo presunto silencio, sin embargo, mientras el astro de fuego sube al cenit y baja al horizonte, corroe –liquida- las verdades comprobadas y sostenidas con disciplina que hacen o hacian del mundo visto desde Mr Standish un lugar sabido; la nada se revela infinito, y tal escala mide la vida. Lewis (1909-1950) escribio una novela breve y muy pilla: porque su galante deduccionismo expositivo disimula su oscuridad motora, y porque su tema amenaza con ejercer el acaudalado “genero naufragio” pero sin embargo…

Se trata de un “rescate” y no es chiste: el sello capitaneado por Luis Chitarroni hizo traducir por primera vez al castellano esta bella perlita del 37.


[En Rolling]

El hombre sentado, de Ariel Magnus (Eterna Cadencia)

Basándose en la película de Roy Andersson Canciones del segundo piso, Magnus (porteño, 1974) pergeño una novela situada en Suecia a días del año 2000, compuesta por microhistorias interconectadas, en capítulos de una brevedad que pareciera corresponderse con la dimensión histórica y moral de sus personajes, pequeños hombrecitos frustrados, corrompidos, sentados en permanente silencio en el mejor de los casos. En Estocolmo, capital de un país de gente blanca, grande, fría, con calles pulcras como si no fueran el exterior sino parte de un interior mas amplio, todas las escenas –casi viñetas- tienen como telón de fondo el mayor embotellamiento que recuerde la nación, causado por una secta que asegura imprescindible sacrificar a una joven virgen arrojándola desde un precipicio para evitar el Apocalipsis del cambio de siglo.

Bajo esta atmósfera de extraña tragedia, de gracia gris, Magnus (ganador del premio La otra orilla con su divertida Un chino en bicicleta) narra muy cerca de sus personajes: un mago que serrucha por accidente –o destino verdadero- el abdomen del voluntario de ocasión; un gerente de recursos humanos atormentado por “tener” que ejecutar, caso a caso, un plan de despidos masivos; hombres diminutos y acobardados, casi una versión humana del vacío. Expuestos con una suerte de humor piadoso, transportan una crítica filosa a la sociedad hiper civilizada. Lo que se dice bien escrito: cada frase instala un punto sensible, las escenas se requieren sin atropellarse, la prosa con reflexiones justas y floreos lacónicos; una precisión, inteligencia y peso en la hoja coherentes con la calidad material de edición de Eterna Cadencia.

[Publicada en Rolling Stone]