Friday, October 16, 2009

Reseña de los Cuentos completos de Fogwill, en Perfil Cultura

Nota: el efecto y la apreciación de los buenos libros se maceran con un tiempo que excede al periodístico. Lo cual es parte del motivo por el que esta nota me parece salió medio feucha; pero aguanto las ideas.
Fogwill aunque Fogwill

Nueve veces está escrita la palabra Fogwill entre tapa, lomo y contratapa del compendio que abona la canonización del eximio polemista (mientras se reedita Vivir afuera, novela, se agotó Los libros de la guerra, artículos; y después de los movimientos análogos con sus congéneres Mario Levrero y O. Lamborghini). Polemista, publicista, nombre marca: ¿cuánto deberá su éxito a su comportamiento público como escritor? No: no reclamar higiénica separación entre vida pública y obra. Suprimir el contexto lleva a sacralizar al texto –sin origen, se fetichiza en palabra santa- y al autor -objetivado como abstracta figura matrizante-. Además, su personaje público se trabaja como proyecto desde los propios textos de esta movilizante colección.
Diecisiete sobre veintiún cuentos fueron escritos entre 1974 y 1983. Todos admirablemente leídos en el prólogo de Elvio Gandolfo, quien, por otro lado, abre y cierra con el rankeo, el mapeo jerarquizante de las letras argentinas, en un libro donde se ostenta repetidamente ser el más dotado del clan en potencia narrativa (por ejemplo en Otra muerte del arte, única pieza hasta ahora inédita).
En la mayoría de los primeros cuentos, esa potencia narrativa (más: enunciativa) mantiene amarres en la capacidad física de contar. Parecieran estar escritos de un tirón de aire por el mismo narrador, un yo que cuenta reflexivo y autoconciente (“siempre yo diciéndome yo”). Incluso los relatos en tercera persona centran en el narrador, porque la verdadera protagonista es la capacidad de narrar. Mucho meta relato, cuenta que cuenta y cambia las reglas de súbito, un tipo de exposición del artificio que lo aleja de Borges, Cortázar, incluso Manucho. Como si dijera: te muestro que es invento, te cambio las premisas en el camino pero seguís enganchado porque querés ver cómo termina el cuento, o más bien cómo sigue el modo de contar. El ejercicio de la narrativa es en realidad el protagonista del conjunto; explicitado con prepotencia visceral en Música, conceptualizado en Sobre el arte de la novela.
Logra un estilo de contar muy directo pero exento de estereotipo: persigue una médula generativa del habla argentina. Y mecha con zonas de complejidad expresiva con en vericuetos del lenguaje (Reflexiones), a veces problematizando la conciencia con memoria, sueños, drogas (Help a él o el impresionante Restos diurnos).
Además encontrará el lector el repertorio esperable de tópicos fogwillianos: mujeres, sexo, saberes mundanos (de rico y de campo y calle), una inteligencia advertida de todo, armas, militancia setentista, arte y literatura. Transversalmente, una preocupación por la autoridad. Fogwill diagnostica una sociabilidad guerrera y actúa en consecuencia (“En guerra es bueno que cada cual se sienta mejor que los demás”).
Y está esa sociología de enorme tipólogo, suerte de psicología semio-mercantil (La chica de tul de la mesa de enfrente, brillante). Calcula: se la pasa calculando y es una manera de contar (ejemplo La cola, muestra fogwilliana de que peronistas somos todos).
Acaso resignado, literatura, podría decirse, de la derrota socialista (magistral La luz mala), hay en el libro una pelea: inercia versus resistencia a la subordinación de la vida al beneficio. Disputa entre la historia clandestina de las pasiones y su movilización reglada moderna, de notable factura en Memorias de paso, breve tratado de cultura occidental.
Una y otra vez la verdad obvia del mercado encarna en personajes como fatalidad. Pero en varios cuentos no: el hostil polemista respeta a los que no se venden. La poética de su despliegue narrativo es refugio subterráneo para hebras de corte a la naturalización capitalista, como en el hermoso (y pichicieguista) Cantos de marineros en las pampas, oda a la militancia bárbara –ese puro estar- contra la civilización del autoritarismo burocrático, a la pluralidad precaria de la intemperie contra el cobijo ordenado del fortín: eterna e invencible épica del hermoso fracaso.
¿Afecta la canonización a la riqueza del texto? Las mismas operaciones de presencia autoral (en texto y contexto) y autovalidación estilística que lo distinguen de las previas figuras consagradas de escritor (un gran escritor inventa un modo de serlo), esas mismas operaciones aperturistas respecto de lo que se puede y no con la literatura son las que devienen amenaza de clausura cuando arrean la corriente hacia la capitalización yoica. ¿Perderá misterio el consolidado, será como el ludo la literatura, con rebote en la meta? Todavía sobra fuerza y belleza en estos cuentos para que la canonización ceda como tigre de papel al vínculo del cuerpo con las palabras, a través suyo con el mundo.

Sunday, October 04, 2009

Santiago López Petit, entrevista


"HAY QUE POLITIZAR EL MALESTAR"


Por Agustín J. Valle para Perfil Cultura, sept 09
Catalán nacido en 1950, trabajaba de químico en una fábrica hasta que estudió Filosofía, se doctoró en París y hace quince años enseña en la Universidad de Barcelona y organiza revistas y colectivos políticos. Ex militante de Autonomía Obrera, en Breve tratado para atacar la realidad (Tinta Limón) parte de la derrota histórica del proletariado para pensar la vida –propone odiarla- cuando la realidad coincide absolutamente con el capitalismo.

“Este libro tiene por objeto una sola cosa: la realidad”, dice la contratapa de su primer título editado aquí. Vino a presentarlo y cuenta que “está construido retomando La sociedad del espectáculo, de Guy Debord, porque también quiere explicarlo todo; es entre ambicioso e ingenuo. Los conceptos que aparecen -el Estado-Guerra y el fascismo posmoderno, la movilización global y el poder terapéutico, la fuerza del anonimato y la política nocturna-, fueron construidos en los debates de los colectivos a los que pertenezco en Barcelona, como Espai en blanc. Y tiene filosóficamente dos grandes fuentes, francesas en Foucault y sobre todo Deleuze, e italianas en el operaísmo de Mario Tronti, Negri, Raniero Panzieri, pero por debajo hay una lectura de Heidegger y de Carl Schmitt, y de Lautreamont y Artaud.”
¿Qué es para usted la filosofía?
Para mí la filosofía es casi una manera de vivir. Una determinada relación del pensamiento con la vida, que tiene que ver con el hacerse imposible vivir. Es difícil pero no es cuestión de especialistas. Viene, la filosofía, de una perplejidad ante el mundo que para mí hoy pasa por poner la interrupción en el centro. Pensar es algo que se vuelve posible cuando se interrumpe este movilismo capitalista redundante. En esta movilización por lo obvio, este presente eterno, el pensamiento crítico detiene, abre un paréntesis, lo que Husserl llamaba epojé. Cortar el sentido común que te dice que las cosas son lo que son y que la vida es la vida. Entonces lo que aparece es la vida como cárcel. La realidad es con lo que choco cuando mi querer vivir quiere cambiar lo que el mundo organiza como mi vida. Por eso la realidad es nuestro problema, y la vida, campo de batalla: es preciso odiar la propia vida para liberar el querer vivir.
¿Sobre ese “querer vivir”, o sobre “la fuerza del anonimato”, puede fundarse una política práctica cotidiana?
El pensamiento crítico tiene que ser capaz de construir una estrategia de objetivos (frente a la crisis, más salario, frente al paro, salario garantizado, etc), pero a la vez debe ser vaciador de horizontes, hundir las propias categorías políticas para irlas reconstruyendo. Debe ponerte en juego radicalmente, pero también con un costado posibilista. Ambos momentos son necesarios, pero no tengo claro que un espacio de anonimato los articule. Más bien lo veo como un gesto radical que logra abrir un espacio común, de comunidad. Por ejemplo aquí el que se vayan todos, o cuando la guerra de Irak, en Barcelona ver salir a la calle con cacerolas para golpear -un gesto traído de Argentina- gente de toda clase, que no estaba allí ni como estudiante, ni como inmigrante ni como intelectual, era un espacio anónimo. El desafío sobre eso es construir una política. Pero un espacio del anonimato tú no decides abrirlo, se abre.
¿Cree que la duración es imprescindible para la creatividad política de lo que llama espacios del anonimato?
No veo un vector tiempo construido sobre la fuerza del anonimato. Por ejemplo los espacios de anonimato que se abren en los suburbios parisinos cuando se queman coches (esa mercancía que hay que desear), no se suman ni se mantienen. Quizá haya un archipiélago que una estos espacios, un contagio, pero exigirles una búsqueda de duración y objetivos es fatal políticamente. El movimiento por la vivienda digna en España, otro ejemplo, no tenía reivindicación alguna, y movilizó dos veces veinte mil personas. La consigna era “No tendrás casa en la puta vida” y “Ni vida en tu puta casa”. Este movimiento no tenía dónde ir; abrió, politizó y terminó. Cuando se quiso convertir en un derecho a la vivienda, superponiendo un discurso jurídico, se hundió, se liquidó el gesto radical de ponerte frente al abismo. Esa institucionalidad quizá haga al movimiento más duradero, pero le saca su potencia de vaciamiento de la movilización obvia.
¿A qué llama abismo y por qué le parece necesario?
El querer vivir es ambiguo. Su mínimo es el instinto de supervivencia. Y en la movilización global capitalista funciona neutralizado políticamente. La gente está viviendo y en cierto sentido no pasa nada. Nosotros hemos pensado por ejemplo en lo que llamamos los yo-marca. El que gestiona su vida como empresario de sí mismo. El currículum, por ejemplo, es una obsesión, en Europa. El que no es marca tiene un estigma. Sin proyectos e iniciativas que mostrar en el teatro de los emprendedores, quedas estigmatizado. Ahora, aunque algunos sean producidos como vidas sobrantes, todos somos sustituibles: nuestra vida se sostiene como vida constantemente en crisis.
¿Una crisis estructural y ya no de transición tipo gramsciana?
Hoy, la vida privada ahoga; es una vida privada de vida. Produce miedo, y enfermedades del vacío -pánico, depresión- que se gestionan farmacológicamente. Allí el capitalismo terapéutico te dice que tus malestares se resuelven hacia adentro de tu vida, y te da recursos y servicios de autogestión de la vida para el mercado; la vida concebida como capital humano. Por eso creo que odiar la vida en pos de liberar el querer vivir empieza por politizar el malestar.












Reseña de Burundanga!, de Edgardo Cozarinsky (Mansalva)

ERUDICIÓN EN BUENOS AIRES QUEER
Con su nuevo libro de relatos inclasificables, el también cineasta Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires 1939) parece ser uno de esos tipos que puede tomar cualquier cosa y contarla con exquisitez, divirtiéndose, además, sin parar: las 78 páginas dan la sensación de estar escritas en el instante justo previo a la carcajada, como si hubiera logrado congelar la inminencia del estallido, ese punto del humor en que lo rígido anuncia su desmoronamiento en la hilaridad. Entre minucias de botánica urbana psicoactiva, anecdotarios de levantes homosexuales con tacheros presuntamente heteros, y amplia erudición cafetinera sobre papas asesinados, la narración se sitúa en el fino punto donde no sabés si está hablando en serio o en joda y eso hace a la desopilancia general.
Abiertamente absurdos son dos textos de la primera parte, Mis amores con Dumbo y con Bambi y La última cirugía de Elena Ceausescu. En uno, los animales, tras su cuarto de hora en Disney, apelaron a violentas cirugías estéticas para adaptarse al exigente mundo del espectáculo, y conquistan sexualmente al argento narrador. En la otra, la esposa del último dictador pro soviético en Rumania huye y se alía con el argentino Dr Maskarovich, que hace remodelamientos totales: damas suizas de la alta sociedad se transforman en arañas pollito gigantes, cosas así. El contenido es netamente humorístico, de manera que la rigurosidad y alta cultura del registro narrativo resulta satírico en tanto muestra que cualquier verdura podría contarse con altos ribetes.
AjV - Rolling Stone sept 09

Reseña de Ceviche, de Federico Levín (Negro absoluto)

Satori pre bulímico

Peruanos y voracidad nocturna en el Abasto; primera entrega de una saga en la colección de policiales que dirige Juan Sasturain.


Héctor El Sapo Vizcarra es “una burbuja rellena de carne y bañada por una pátina de sudor espeso que en otro mundo sería la delicia de algunos hedonistas sin culpa ni cura”. Tal vez no ese pero hay otro mundo, siempre: aquí mismo en éste. Pasa que el trabajo de verlo es arduo, hay que lograr cierta frecuencia en la disposición de los ojos, o de las papilas gustativas. Por la boca incorpora El Sapo al barrio del Abasto: sus calles en carne viva, su acústica social, sus olores que resumen el planeta, y, sobre todo, el universo de los peruanos: restoranes impredecibles, músicos algo incaicos, redes narcotraficantes, mujeres sabrosas, funerales que son fiesta y banquete, personajes mandados a hacer para la literatura, el ocultamiento, la aventura posible hoy acá.
“Si su departamento es una pecera, El Sapo es el pez gordo. Se desplaza por su hogar con pasos cortos y rápidos, se cansa y suda, habla en voz baja para que nadie lo escuche: le dicen El Sapo, se calla y duda”.
Levín escribe y describe con una musicalidad luminosa; en sus mejores tramos, leer resulta una experiencia de sorpresa y de ingravidez: uno flota al ritmo lúcido y poético de la prosa mientras El Sapo lidia con su gorda masa, especie de Ignatius J. Reilly (de La conjura de los necios) más ateo y de mejores intenciones. Hedonista trágico, está encerrado en su vida, desarreglo formal que duerme a cualquier hora y guarda su mayor regularidad en el escabio. Lo mueven el hambre y el aburrimiento; lo llevan de periodista gastronómico outsider a escritor del policial que él mismo protagoniza: investiga una muerte. Sucedió en un restorán, mientras él comía un ceviche celestial que quedó trunco; ahora El Sapo quiere saber, quiere comer, quiere entrarle al mundo por algún lado y meterse lo mejor que encuentre en la boca y así alcanzar su “satori pre bulímico”.
La lectura estimula jugos gástricos y metafísicos, y acaso sea no tan rica para los amantes de las tramas policiales ingenieriles (hay incluso algo de forzamiento en algunos mojones de la búsqueda) como para los de la escritura, esa desacralización del lenguaje que permite descubrir –inventar- nuevos sentidos de las cosas que se sienten. (De hecho la novela anterior de Levín, Igor, fue reseñada como experimental, macedoniana, gombrowicziana).
El músico “Intestino” Delgado, el transa dudoso “Sudor de Sombra” y el capo narco “Indio Mineral” son personajes que El Sapo encuentra. También el linyera Dionisio, verdadero Sancho pillo, informante clave. Auténtico cronista del barrio, porque aquel que nadie quiere ver es el que mejor puede verlo todo; tan excluido y negado como figura callejera que ni siquiera se le ocultan las cosas, resulta privilegiado para relatar la verdad no calculada de los demás.
AjV - Rolling Stone, Sept 09

Tuesday, September 22, 2009

Reseña de Delitos a largo plazto, de Jake Arnott



TORTURADORES ERAN LOS DE ANTES


Los trajes de marca hechos a medida y la siempre vigilada elegancia conviven, en este gángster londinense de los sesenta, con una crueldad de grado cero: no siente nada mientras lleva la batuta de una sesión de picana eléctrica –exitoso invento argentino-, ni mientras acaricia pies desnudos con un encendedor prendido para estimular un relato. El loco Harry. Harry Starks. Levanta mucha plata en chanchullos varios y es dueño del club nocturno Stardust. “Jefe de una banda de torturadores” según la policía y -hay que decirlo- la Justicia. Harry Starks, de físico imponente, sonrisas y miradas implacables; gángster judío, gángster homosexual, gángster con brotes psicóticos y miedo sólo a la locura; Harry Starks, entrepeneur eufórico y sin miramientos, cruel y desreglada voluntad de poder.

Publicada en Inglaterra en 1999 (hecha serie por la BBC en 2004), esta primera novela de una saga de tres está diseñada para entretener: ágil, visible, estructurada, con calculado vaivén emocional. Pero también busca funcionar como novela histórica y hasta de diagnóstico social. Se compone de cinco historias contadas por cinco personajes vinculados a Harry. El epicentro es el barrio londinense Soho en 1964, cuando estallaba la crisis de las formas culturales burguesas. Pero detrás de la -por así decir- profusión capilar y las palabras de amor y paz, detrás de las sustancias usadas para la expansión de la conciencia y la comunión fraterna, había redes delincuenciales de abastecimiento: mafias. Pedazos de “viejo mundo” que se refuncionalizan al servicio proveedor del nuevo. Harry Starks es de la vieja escuela. Un caballero. Un ladrón, un extorsionador, un torturador y asesino, pero con códigos, lo cual acaso permita y contribuya a que caiga bien: hay mal en las cosas pero al menos tiene un orden lógico, una predictibilidad. ¿Hijos de puta eran los de antes?
El personaje tortura sin sufrir ni excitarse, frío. Y la novela repite (palabras más o menos) que “hace lo que necesita para conseguir lo que quiere, son negocios”, es decir que la insensibilización del gángster respecto del sentir ajeno existe como recurso del ansia monedista. Sería, la figura del gángster, la encarnación del capitalista salvaje: las cosas todas miden lo que valen en el mercado monetario y las acciones se organizan en función de la maximización de la ganancia. Negocios. Cruel y reglada voluntad de tener. Pero todo eso es una experiencia (quizá más que el tener el apropiarse), una fauna y hábitat correspondientes, como insiste Harry, no a una actividad marginal, sino a una fase constitutiva de la economía, un segmento ilegal de la economía que es una sola. Epígrafe de Brecth: ¿Qué es robar un banco en comparación con fundar uno?

Por Agustín J. Valle - publicado en Rolling Stone agosto 09

Tuesday, August 04, 2009

Reseña de La virgen cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara (Eterna Cadencia)

Paraíso de mierda
Como una flor que surge en un basural con tal exhuberancia como para que su despliegue fuerce –aún sin perder fragilidad- un reacomodamiento de lo demás en torno suyo: así está escrita la historia de esta madura primera novela y así es el proceso que vive su protagonista. Que no es, en rigor, ni la “travesti santa” villera a la que le habla la Virgen y con su prédica milagrosa comienza a organizar el barrio, rescatar a los pibes de la densa oferta de atajos a la muerte que les presenta el mundo, ni tampoco es la periodista policial que en principio se acerca a ella para escribir su historia y salvarse ganando algún concurso con esa representación mediática, no: la protagonista de esta historia es la comunidad villera, la villa misma, y la única salvación posible deriva de juntarse.
¿Qué es una villa? La autora evita contestarlo desde los clichés del temor clasista o la buena conciencia progresista. Con un registro casi delirante, pletórico pero de lectura veloz, entre el desgarro y la fiesta (en diálogo con Spinoza y Nietzsche, Aira y Cucurto), ajusta la pregunta desde una ética y en pos de una fertilidad imaginativa: ¿qué puede una villa? Su esplendor vitalista puede hacer de cualquier cosa un recurso, puede redefinir qué es la riqueza y la belleza, y hasta puede resultar, después de su impiadosa destrucción a manos de la valorización capitalista del espacio urbano, un paraíso perdido.
Publicada en Rolling Stone de Julio

Entrevista a Gabriela Cabezón Cámara en Debate

http://www.revistadebate.com.ar/2009/07/24/2114.php

Reseña de El comienzo de la primavera, de Patricio Pron (Ed Mondadori)

¿Holocausto? Yo, argentino.

Castillos medievales rodeados de nieve, sombras presionando desde “el fondo de la Historia” y cavilaciones en tren a través de la Selva Negra son el grandilocuente marco de una búsqueda de piezas del pensamiento metafísico del siglo veinte menospreciadas, búsqueda cuya motivación última es en verdad tan oscura como la relación de los individuos alemanes con su pasado, a veinte años de la caída del muro y sesenta y cuatro de la del Tercer Reich. ¿Obedecían los alemanes a la máquina social nazi desde el mismo impulso de sentido común desde el que cada uno obedece la máquina social que le toca?, parece ser una de las opciones en juego.
Ganadora del español premio Jaén de Novela (vigésimo cuarta edición), la cuarta novela del rosarino nacido en 1975 y emigrado en 1999 (primero a Germania y luego a España) impresiona en principio por la solidez de su prosa, por la condensación de tópicos mayores -como la tradicional tensión entre naturaleza y técnica en la cultura alemana- en la que podría si no ser “mera” descripción material de imágenes y situaciones. Como si el propio estilo, minuciosamente pulcro y cerebral, de frases largas sin cabos sueltos, diera cuenta de los temas que subyacen movilizando la historia de los personajes.
Un joven argentino viaja a Alemania para buscar a un filósofo ya anciano; quiere conocerlo, estudiar con él, traducirlo y difundirlo aquí. La novela tributa a Roberto Bolaño por apostar a la épica de la búsqueda de un autor misterioso, oculto y protagonista de un gran acontecimiento del intelecto y el espíritu. También acierta en que -como el chileno con la literatura y los literatos en 2666 y Los detectives salvajes, de la que toma el nombre de un personaje- sea una historia no tanto de filosofía como de filósofos. Hombres con un metié que constituye su delirio y su grandeza, la miel y el tormento de su alma, personajes románticos que emanan sentido. Y también como el chileno aunque acotado, apuesta por un esquema de relato coral, vía una lógica de mamushkas: el narrador cuenta que un personaje cuenta que otro contó que… así nos pasea por el sitio a Leningardo, por un crudo invierno danés y la Berlín oriental en los ochenta.
Pero sin embargo, y más allá de que en comparación con la hondura riqueza y la belleza trágica de las grandes novelas de Bolaño Pron es una sombra, hay que señalar que allí donde Bolaño apuesta por lo abierto, Pron apuesta por el cierre, el orden, y que allí, en lo oculto perseguido, donde Bolaño pone una fuente de singularidad vitalista, Pron pone a Hitler.
Pareciera sugerir El comienzo de la primavera que todo Occidente debe hacerse cargo de Alemania, uno de los pueblos más cultos de la tierra orquestando la más atroz masacre, el centro de la filosofía durante al menos dos siglos que desembocaron en la más acabada máquina deshumanizante. En ese marco, la deriva de Pron es triste: una filosofía que plantea la discontinuidad, esto es, la dimensión de desorden e incalculabilidad entre las sucesiones de hechos, la concepción no determinista del decurso de las cosas, termina asociada no a una libertad creativa sino a la locura individual o la aberración asesina colectiva.
Una versión algo más brevea salió en Rolling Stone de Julio.

Entrevista a Patricio Pron en Debate

http://www.revistadebate.com.ar/2009/07/03/2063.php

Thursday, June 18, 2009

Entrevista a Martín Sabbatella en Zoom

http://www.revista-zoom.com.ar/articulo3123.html

Sunday, June 14, 2009

Reseña de Conquista de lo inútil, de Werner Herzog (Entropía)

en Rolling:
http://slcarchivo.blogspot.com/2009/06/resena-de-conquista-de-lo-inutil-de.html

Reseña de Indignación, de Philip Roth (Mondadori)

publicada en Rolling Stone:
http://slcarchivo.blogspot.com/2009/06/resena-de-indignacion-de-philip-roth.html

Reseña de Bizarra, de Rafael Spregelburd (Ed Entropía)

Publicada en Rolling:
http://sololascosas.blogspot.com/2009/05/resena-de-bizarra-de-rafael-spregelburd.html

Entrevista a Tom Lupo en Zoom

http://www.revista-zoom.com.ar/articulo3081.html?var_recherche=lupo

Entrevista a Julio Raffo en Zoom

http://www.revista-zoom.com.ar/articulo3033.html?var_recherche=raffo

Entrevista a Rafael Spregelburd en Debate

http://www.revistadebate.com.ar//2009/03/20/1727.php

Ana María Shúa - Entrevista en Debate

http://www.revistadebate.com.ar//2009/04/08/1795.php

Alberto Fuguet sobre Andrés Caicedo - en Debate

http://www.revistadebate.com.ar//2009/04/24/1833.php

Entrevista a Griselda Gambaro en Debate

http://www.revistadebate.com.ar//2009/05/15/1907.php

Monday, April 06, 2009

Reseña de Las Teorías Salvajes, de Pola Oloixarac, en Rolling Stone

http://melpomenemag.blogspot.com/2009/03/filosofia-politica-bloggeril.html

Entrevista a Pola Oloixaraac

http://www.revista-zoom.com.ar/articulo2959.html

Sunday, March 01, 2009

Entrevista a Naty Menstrual en Debate

http://www.revistadebate.com.ar/2009/02/20/1632.php

Entrevista a Félix Bruzzone en Debate

http://www.revistadebate.com.ar//2009/02/27/1649.php

Tuesday, February 17, 2009

Reseña de La novela luminosa, de Mario Levrero, en Rolling Stone

http://sololascosas.blogspot.com/2009/02/resena-de-la-novela-luminosa-de-mario.html

Reseña de Madrid, de Daniel Krupa, en Rolling Stone.

http://sololascosas.blogspot.com/2009/02/resena-de-madrid-de-daniel-krupa.html

Sunday, February 08, 2009

Jorge Fernández Díaz - entrevista en Debate

http://beta.revistadebate.com.ar//2009/01/23/1549.php

Hebe Uhart - entrevista en Debate

http://beta.revistadebate.com.ar//2009/01/30/1567.php

Sergio Pujol sobre Atahualpa Yupanqui en Debate

http://beta.revistadebate.com.ar//2009/02/06/1580.php

Entrevista a Franco Bifo Berardi en ALMA Magazine

Crisis de la civilización

Intelectual al servicio de la vida cotidiana, pope del medioactivismo europeo, Berardi es un lúcido crítico del capitalismo neoliberal en la era informática. Atento a la íntima relación entre economía y salud, propone una lectura de la crisis financiera y una “nueva cultura de la frugalidad” que pueda superarla, además de señalar límites y justificaciones al entusiasmo por el flamante nuevo gobierno en Estados Unidos, donde él vivió a principios de los 80...

Friday, January 02, 2009

Entrevista a Alberto Laiseca en Debate

http://www.revistadebate.com.ar/2008/12/30/1478.php

Tuesday, December 23, 2008

Reseña de Pagaría por no verte, de Juan Sasturain, en Rolling Stone

http://slcarchivo.blogspot.com/2008/12/un-detective-suelto-en-bs-as-resea-de.html

Reseña de Los culpables, de Juan Villoro, en Rolling Stone

http://www.interzonaeditora.com/prensa/prensa.php?idPrensa=471

Reseña de Salvatierra, de Pedro Mairal, en Rolling Stone

http://sololascosas.blogspot.com/2008/05/salvatierra.html

Reseña de Guerrilleros, de Rubén Mira, en Rolling Stone

http://sololascosas.blogspot.com/2008/05/vasos-comunicantes.html

Reseña de Rant, de Chuck Palhaniuk, en Rolling Stone

http://sololascosas.blogspot.com/2008/06/rant-de-chuck-palhaniuk-resea.html

Reseña de El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero, en Rolling Stone

http://sololascosas.blogspot.com/2008/08/el-sndrome-de-rasputn.html

Reseña de Hacé que la noche venga, de Leonardo Oyola, en Rolling Stone

http://sololascosas.blogspot.com/2008/12/resea-de-hac-que-la-noche-venga-de.html

Informe sobre los estudiantes de periodismo y comunicación

http://www.revista-zoom.com.ar/articulo2870.html

Informe sobre Roberto Bolaño en Debate

http://beta.revistadebate.com.ar//2008/11/14/1313.php

Entrevista a Mario Bellatin en Debate

http://beta.revistadebate.com.ar//2008/11/21/1350.php

Entrevista a Carlos Chernov en Debate

http://beta.revistadebate.com.ar//2008/11/28/1375.php

Alfredo Fraschini: Tango, tradicion y modernidad - Revista Debate

http://beta.revistadebate.com.ar//2008/12/12/1415.php

Entrevista a Gillespi en Debate

http://beta.revistadebate.com.ar/2008/12/05/1394.php

Thursday, November 20, 2008

Tute

http://beta.revistadebate.com.ar//2008/10/24/1236.php

Abelardo Castillo

http://beta.revistadebate.com.ar//2008/10/31/1263.php

Juan Diego Incardona

A la versión virtual le falta este pedazo:

Elinterpretador.net es la revista más importante surgida de la Facultad de Filosofía y Letras en esta década; dispone un riquísimo banco de textos, opera puentes intergeneracionales (fundada por estudiantes, colaboran profesores como Christian Ferrer, Jorge Panesi, Diego Tatián) y, sobre todo, contra la dispersión hace patente la productividad de un circuito cultural. Incardona la dirige y diseña con una estética oscura, no complaciente, recordando siempre las bajas pasiones y la cercanía mortuoria; rasgos casi opuestos al clima de los relatos de Villa Celina.

¿Hay puntos de contacto entre la escritura de VC y el proyecto de El Interpretador?
Al Interpretador le interesa mucho la literatura que se vincula de modo fuerte con la realidad, la política, la historia. Por su puesto que toda la literatura se vincula, pero en algunas eso se evidencia de modo más fuerte. Antes era mensual y ahora la hacemos trimestral para editorializar completamente el número, todos los textos son encargados y están centrados en un dossier. Los últimos fueron sobre el río, sobre el trabajo y ahora haremos uno sobre la pobreza, siempre hablando de su presencia en la literatura. Queremos meternos con temas que tengan con ver con lo nacional y con la tradición, armar un canon propio a partir de esa excusa temática. Ese interés por pensar al texto en un contexto, a la literatura vinculada directamente con otra cosa, quizá es el genoma común del consejo editor. No buscamos el arte por el arte, literatura como entretenimiento, ninguno de la revista tiene esa visión. La literatura es un discurso que participa de la historia y también moldea el imaginario.
¿Alrededor de cuántas visitas recibe?
Cuando era mensual, unas tres mil diarias; desde que es trimestral, mil quinientas o dos mil diarias. Es que aparte de la gente que va directo, hay muchos que llegan buscando cosas de literatura argentina. Si uno busca un autor argentino contemporáneo, en la primera página de resultados de Google aparece siempr eel Interpretador, es impresionante. Realmente dimos cuenta de toda una época, en cinco años. Trabajamos mucho la verdad. Todo lo que leímos, lo que escribimos, los mails que mandamos, el diseño. Todo por necesidad de expresarnos y aprendiendo sobre nuestra propia práctica, como un oficio. Además, cuando la fundamos no había en internet una revista literaria, con tapa, sumario, contratapa, periodicidad. Buscamos desde este soporte nuevo inscribirnos en la tradición de revistas culturales argentinas, que es gloriosa; humildemente, por supuesto, uno trabaja para eso.
¿Cuánta importancia le da a la operatividad social de la revista, su labor tejiendo red de vínculos?
Me interesa mucho eso, igual creo que es un fenómeno de la época, muy positivo. A partir por un lado de internet, que permite que la gente se conecte rápidamente, se lea entre sí, y el fenómeno de las lecturas en vivo que se extendió tanto en los últimos años en Buenos Aires, se armó un combo social que hizo que se juntara gente que quizá en otras épocas estaría más aislada, porque la escritura es algo muy solitario. Con esto se conocen, se hacen amigos, novios, proyectos. Y El Interpretador participa de toda esa red.

Sobre Roberto Bolaño

http://www.revistadebate.com.ar/2008/11/14/1313.php

Dani Yako

http://www.revista-zoom.com.ar/articulo2776.html?var_recherche=yako

Wednesday, October 29, 2008

Revista Barcelona

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Daniel Link

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Germán García sobre OScar Masotta

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Sebastian Wainraich

“La radio penetra más que la tele en la vida de la gente”

DATA BASE
Conductor de Televisión Registrada en Canal 13 junto a Gabriel Schultz, debe su mayor salto a la fama su segmento humorístico Kitsch en el programa de Roberto Pettinato, Duro de Domar. Hoy conduce Metro y medio de 18 a 20 en La Metro, una de las FM más escuchadas; actúa en teatro monólogos humorísticos de stand up que él mismo escribe, y acaba de publicar –en editorial Sudamericana- su segundo libro de cuentos, Ser feliz me da vergüenza. Se asienta como una de las figuras más sólidas de la mediósfera actual y no es advenedizo: hace radio desde los dieciséis años, cuando debutó con un programa sobre el club de sus amores, Atlanta. El judaísmo de Villa Crespo es uno de los universos en torno a los cuales define su perfil de cómico inteligente y anti estrella, cualidad esta última en sintonía con el espíritu de TVR: reírse de la televisión.

¿Puede deducirse por tus comienzos que llegaste a la radio por impulso futbolísitco?
No, me gustaba el fútbol pero más la radio. De chiquito sí, quería ser relator, pero después pasó. A la cancha iba mucho antes pero estoy abandonando, ahora voy muy poco, de visitante no se puede ir y además Atlanta juega en horarios absurdos. Los partidos me sigue gustando verlos por tele; no así los programas sobre fútbol, me aburren, son como Intrusos del fútbol. Alejandro Fabbri me gusta, el de Víctor Hugo y [Roberto] Perfumo también, los que están más tranquilos, tienen ganas de hablar del juego. Me pasa lo que supongo nos pasa a todos, prefiero mil veces ver un partido que tipos discutiendo.
En la tele sin embargo parece haber más horas de debate y análisis que de partidos.
Puede ser, está parejo. Seguramente no merece tanto comentario.
¿Pero ese exceso televisivo de palabras no sucede en todos los temas?
Sí. En estos días se habla de la cantidad de medios que hay en Argentina, especialmente en Buenos Aires, lo que está buenísimo sobre todo para nosotros los periodistas porque nos da trabajo, pero seguramente no son necesarios tantos diarios y tantas radios y tantos canales y revistas. En mí es una contradicción, porque por otro lado también me gusta que existan; lo que pasa es que estaría bueno que cada uno tuviera un dueño distinto. Son tres o cuatro dueños de todo.
Sin cara, además...
Sin cara, no sabemos bien quiénes son. Bah, el grupo Clarín se sabe que están la señora y [Héctor] Magnetto. Después [Daniel] Hadad es otra cara visible. El resto no sé quiénes son. El grupo de la radio [Metro] es CIE pero ahora se va. Además son “los mexicanos”, no sabes quiénes son; el Chavo, no sé quiénes son los mexicanos. Pero hay mucha información por todos lados. A lo mejor hay que dejar lugar a otras cosas que pasan.
¿TVR es una respuesta al exceso de medios?
No es tan pretencioso. Es un programa divertido que tiene una mirada subjetiva sobre la televisión, no mucho más, pero bien trabajado y con cierto prestigio, es ya como un clásico también de la televisión. Algunos dicen que somos los fiscales de la tele, yo no creo que sea así: es sólo una visión. Es un clásico por la calidad del programa, sólo eso. Es indiscutible. Alguna vez dijeron también que TVR y Duro de Domar son dos programas con fanáticos que no son fanáticos de la televisión. Es común que vengan los invitados al programa y nos digan que por nosotros se enteran de todo lo que pasa en la tele. Me pasa a mí también, llego los sábados a la productora y veo todos los informes y ahí me entero de muchas cosas. No estoy mirando mucha tele. No es una posición, me gusta la tele, sino que no tengo tiempo, prefiero hacer otras cosas.
Me comentaste por teléfono que siempre te hacen las mismas preguntas cuando te entrevistan...
Sí, dos: si me gusta más la radio o la tele, y por qué el rol del perdedor. La primera prefiero evitarla porque no sé qué decir. Y la otra... En realidad, más que perdedor es una persona normal. Los que están en la tele casi todos parecen ganadores, winners. Entonces tal vez al lado de eso ser normal parece perdedor. Pasa que no es necesario ser totalmente transparente en la tele. Yo en TVR soy presentador del programa, no tengo que contar todo lo que es mi vida, muestro una faceta de mí y tal vez se vean otras cosas sin que me de cuenta. En la radio a lo mejor sí el personaje se parece bastante a mí. Mucho. Porque son dos horas por día, digo opiniones, confluye todo en mí, hago chistes.
¿Qué ventajas humorísticas da el rol relativo de perdedor?
Todas. Me parece que la incertidumbre, la angustia, la pregunta, te lleva al humor.
¿Te sentís dentro de una línea de humoristas?
Hay un montón que me gustan. Pero se persigue mucho esa cosa de encasillar, buscar parecidos. Yo empecé con Woody Allen, obviamente, algunas cosas de Groucho Marx, el Súper Agente 86, Seinfeld. Por ese lado. También algunos escritores graciosos como [Roberto] Fontanarrosa.
¿Y escritores no humorísticos quiénes te gustan?
Isaac Bashevis Singer es uno de mis favoritos. Milan Kundera pasó de moda en mi vida pero lo leí mucho en una época. Poe, Kafka, esos son más clásicos. Los cuentistas argentinos, Abelardo Castillo, Borges, Bioy Casares.
¿Y argentinos vivos, aparte de Castillo?
Andrés Rivera, después más jóvenes como Guillermo Martínez, Marcelo Birmajer. Un chico que escribió dos novelas, Alejandro López. Leo todo lo que me llega, hasta [Jorge] Bucay; tal vez lo dejo en la décima página, pero me gusta leer todo. Si no me pasa nada lo dejo, no lo leo por esfuerzo. Me gusta Houllebecq, es como una especie de Bukowski con argumentos. Me gustaba mucho Bukowski de adolescente.
¿Cómo eras de adolescente?
Con rulos. Y más inmaduro, creo, no sé.
¿Escribís de hace mucho?
Desde siempre. Antes hacía más que nada guiones para radio teatro. Después guioné a Fernando Peña en algunas obras de teatro suyas. Y ahora estoy con los cuentos. Todo lo que hago lo hago porque me gusta, y tengo la enorme suerte de que puedo vivir de eso y puedo vivir bien. Me gusta mi trabajo. A lo mejor algún día tenga que trabajar de algo que me disguste, y tendré que hacerlo.
¿Le pensás alguna responsabilidad especial al laburo en los medios?
La responsabilidad es un compromiso que tengo de prepararme y hacerlo lo mejor posible. Saber que cierta opinión puede tener repercusión en un montón de gente. Pero lo más importante es saber que lo hago cien por ciento comprometido, con todo.
Porque la tele y la radio no son lugares menores en la sociedad, ocupan lugares muy dentro de la vida de la gente.
Me parece que más la radio que la tele. Si bien hay gente que te dice que los sábados se queda en su casa a la noche para ver TVR, la radio tiene una penetración más puntual en la gente, es otro tipo de convivencia, más íntima. Igual, la tele es más avasallante.
¿En qué sentido?
Y, repercute mucho en la gente. Se cree mucho en lo que sale en tele, a la gente le parece que todo es verdad. La radio es más tranquila en ese sentido. La tele juzga bastante. Y el espectador también juzga. En la radio somos más relajados.
¿Cuáles son los efectos más nocivos que le encontrás a la tele?
Es muy difícil determinar eso. Habría que hacer estudios muy profundos en la gente. Igual no me gusta que se prohíban cosas en la televisión. Creo que cada uno debería poder ir a una universidad para aprender a distinguir qué le hace bien y qué no le hace bien ver por la tele. Yo no le mostraría a mi hijo a Norita Dalmasso muerta desnuda con las piernas abiertas, y eso América lo mostró.
¿Vos te sentís muy expuesto?
No tanto, la verdad. Lo estoy, entre un programa como TVR y en la Metro todos los días, pero no lo siento tanto.
Pregunto además porque por tu labor en TVR, algunos de los escarchados pueden...
Sí, pueden querer vengarse en sus programas. Pero me tiene sin cuidado. Una sola vez me enojé, dos minutos y se me pasó. Fue cuando [Jorge] Rial dijo, estando embarazada mi mujer, que yo tenía una amante. Me agarró una bronca que se me pasó enseguida; para él es moneda corriente hacer eso, lo hace cada día, es su manera de vengarse o digerir su enojo.
¿Qué bronca tenía?
Justo él había empezado con Gran Hermano y nosotros pasamos un informe donde él aparecía diciendo que Gran Hermano era un programa nazi y ahora lo conducía. Y bueno, se enojó. La diferencia es que nosotros no nos vamos a meter en la vida personal de los seres humanos, vamos más a lo profesional. Para mí no están mal las contradicciones, son lógicas, vivimos en plena contradicción todo el tiempo; en todo caso habrá que ver por qué se contradice, si porque evolucionó su opinión o porque la vendió por guita o por interés.
¿Qué cosas de las que venís haciendo te ponen más orgulloso?
Del programa de radio estoy muy orgulloso. Tiene sus mejores y peores momentos, pero en términos generales estoy orgulloso. Es un programa que respeta mucho la radio, que está muy trabajado, hay artística, hay guión a veces porque otras también hay improvisación, hay mesas, hay charlas, hay variantes. Cuatro personas diferentes por lo menos estamos frente al micrófono, hay buenos climas de humor, llegamos a momentos interesantes. Tiene ritmo. Y en TVR me siento orgulloso de estar. Porque yo soy una partecita, importante, pero no soy ni creador ni productor ni editor. Ahí me siento orgulloso de los compañeros que tengo. Algunos informes de TVR dan orgullo. Hace poco, por ejemplo, en México estuvieron con centroamericanos que quieren migrar a Estados Unidos, iban en los trenes de carga; después hicieron otro con las FARC. Y algunos sobre temas más triviales pero editados de forma impresionante.
¿Se plantea como un programa sano TVR, oxigenante?
Trata de reírse de la televisión, desdramatizar la tele. Desde ese punto de vista se puede decir que es sano, tranquilizador.
Al mismo tiempo forma parte de los circuitos que permiten que la tele sea sin salida, ¿no?, tele sobre tele al infinito. En uno de tus cuentos aparece la adicción televisiva como uno de los caminos a la infelicidad.
La tele se retroalimenta todo el tiempo. Pero cualquier adicción es un problema me parece, cualquier cosa en exceso es un problema, un kilo de chocolate es un problemón. La tele es adictiva porque son trescientos mil canales y programas, no termina más, siempre hay algo, siempre parece importante, siempre hay alguien opinando con el que vas a estar de acuerdo o en desacuerdo, entonces te dan ganas de verlo: si estás de acuerdo para compartir y si estás en desacuerdo para enojarte. Muchas veces buscamos algo en la tele para enojarnos, “a ver qué dice este hijo de puta”. Creo que Neustad tenía tanto rating por eso, entre otras cosas.
En la película sobre Howard Stern, cuando es el más escuchado de la radio newyorkina, dicen que la mitad lo oye porque lo ama, la otra mitad porque lo odia y todos porque quieren escuchar qué dice después. ¿Reconocés alguien de acá con ese talento?
[Fernando] Peña puede ser que tenga ese talento. Igual peña se divide en... Je, te iba a decir que se divide en dos: se divide en mil. Pero están por un lado los personajes, que es una genialidad, arte puro, inalcanzable, brillante, y todos los adjetivos elogiosos que quieras ponerle. Y después está el Peña persona que, ahí sí, a veces lo odio cuando lo escucho. Yo lo adoro a Peña, pero hay veces que lo escuchás y te dan ganas de matarlo, como otras estás de acuerdo. Al ser literal y directo, tiene esas cosas.
Para la radio es uno de los tipos ideales ¿no?
Es el mejor. El mejor del mundo. Si existiera en el primer mundo alguien como él, nos hubiéramos enterado. A lo mejor hay alguno en otro país tercermundista. Cuando está concentrado con las voces es lo mejor del universo, cuando está inspirado es una obra de teatro cada día.
Volviendo a la tele como universo autosuficiente, ¿creés que mucha gente vive su vida entera en contacto con los medios?
Hay un contacto permanente. Hay teles en los bares, en el subte, en todos lados. Los medios se retroalimentan todo el tiempo, en la radio se habla mucho de tele, en las revistas también, estamos todos unidos hablando de las mismas cosas y la gente es espectadora de eso. No importa tanto si los programas son buenos o malos, sino qué dijo, qué no dijo, cuánto midió. En la política también, se habla menos de plataformas, propuestas, ideas, que de cómo nos cae el candidato, la imagen que tiene, con quién se pelea. Como en los programas de fútbol, que se habla de las transferencias más que del juego.
¿Tenés relación con la política?
Sí, me interesa, me preocupa. Me parece que el país depende bastante de eso.
Aunque no sabemos cuánto.
No sabemos cuánto. No sabemos cuán independientes somos de los gobiernos, cuánto depende de nosotros y cuánto de ellos.
O de otros.
Sí, de otros, lo que no tienen caras. Pero es facilista también decir que nosotros no manejamos nada. Yo prefiero pensar que somos protagonistas, que podemos cambiar las cosas, si no no tiene gracia. En realidad somos protagonistas. Seguramente hay crisis y cambios políticos que no vamos a poder impedir ni alentar, pero antes que quedarse de brazos cruzados esperando eso, me parece que está bueno tomar iniciativa.
¿Y qué herramientas sentís que tenés como ciudadano?
¿Para qué, para hacer la revolución?
Para sentir que tenés cierto poder.
Hay una herramienta básica que es la comunicación. Pero hay que ver qué buscás. Si buscás cambiar el mundo, me parece que no tenés herramientas, pero si buscás estar bien, ser solidario con los demás, tenés un montón cada día.
¿Que pensás del Gobierno?
Pienso como la mayoría en ese sentido, me parece: todos queríamos que a este Gobierno le fuera bien, salvo a los opositores que lamentablemente nunca quieren que le vaya bien al oficialismo. Pero hay males que me siguen llamando la atención, esa cosa de estar enojados y confrontando todo el tiempo. A ver... Estoy tratando de pensar cosas buenas del Gobierno. Estoy más cerca de ellos que del campo, en el conflicto, de todas maneras me parece que lo tienen que solucionar, pero es una opinión bastante ligera la mía al respecto.
publicado en Debate
Acompaño con un comentario que hice en Rollling Stone del broli de SW:
Wainraich ataca de nuevo
Ser feliz me da vergüenza y otros cuentos – Editorial Sudamericana

El segundo libro de cuentos del talentoso conductor de TVR ilustra absurdos que empapan las relaciones interpersonales con relatos anecdóticos de tono autobiográfico. Cierta facilidad prosaica resulta en facilismo literario. Las narraciones son a la vez obvias e inverosímiles con diálogos superficiales, aunque varios planteos ingeniosos logran punzar sitios donde descansan cómodamente convencionalismos sociales.

Hermenegildo Sábat

“Esto es la vida tal como yo la quería”

DATA BASE
Casi no precisa presentación. Montevideano del 33, se instaló en Buenos Aires en el 66. Después de trabajar en Primera Plana y en La Opinión ingresó a Clarín en 1973, desde donde sus dibujos –sus colores, su trazo, sus ideas sin palabras- se hicieron parte de la vida cotidiana de millones y millones de argentinos. Además de su labor periodística, realizó numerosas muestras de pintura -disciplina que también enseña-, hizo libros gráficos que homenajean sus pasiones –Borges, Pessoa, Lautrec, Django Reinhardt, por ejemplo- y es clarinetista aficionado.

A esta altura, las manos de Sábat son obra del arte. Un callo rojo corona su dedo mayor, apoyatura del lápiz. Las yemas de sus dedos gordos aplandas, hundidas por el pincel. Aún si no firmara sus caricaturas políticas, generaciones enteras reconocerían la autoría. Porque en el diario trabaja como periodista poniendo en juego prácticas propias del artista, y esa singularidad es la que no se olvida, la que es parte carnal de la cultura local. De allí que sea uno de los nombres con más prestigio –si no el que más- del gran diario de los argentinos, Sábat, quien combina una voluptuosa constancia con un modo de fidelidad a sí mismo sí mismo que pasa por “combatir diariamente a nuestro gran enemigo, la repetición”.
Su rol en la comunicación social masiva acaba de ser reconocido con la designación como miembro de la Academia Nacional de Periodismo: “Es algo muy raro esto que ha pasado –reflexiona, modesto, con Debate-, y uno tiene que estar muy agradecido”. Sin embargo, declara: “No tengo tiempo para pensar en mí mismo. Hace mucho que decidí hacer lo que hago y quiero aprovechar el tiempo para hacerlo”, y efectivamente parece estar más enganchado con la publicación de su nuevo libro, Que no se entere Piazzolla. Contribución a la iconografía apócrifa del gran músico (que el Fondo de Cultura y la Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes coeditaron en un volumen a la altura de las ilustraciones).
Accedió a una entrevista con Debate, “lo cual es totalmente excepcional”, aclarando que no quería hablar del episodio en que la Presidenta de la Nación criticó en Plaza de Mayo una caricatura que hizo de ella con labios sellados, después del cual sufrió un asedio periodístico monotemático y muy dañino al tan preciado aprovechamiento del tiempo. Así, nos recibió en el departamento amplio y antiguo del centro porteño –decorado con más obras ajenas que propias- en que da clases de lo que mejor sabe hacer: poner el cuerpo a la expresión gráfica.
¿Qué lugar ocupa en su vida la enseñanza?
Este es un lugar creado para obtener la satisfacción de estar con gente. Muchos vienen hace años, porque acá se respeta a la gente. El respeto no es un producto de consumo que se vende en el supermercado: o se practica individualmente o no existe. Pero yo no puedo poner en la puerta un cartelito que diga “taller de respeto”.
¿O sea que el taller atenúa lo solitario de la tarea de pintar?
Pero esto es un lugar de ejercitamiento, no es un lugar donde la gente viene a sublimar ideas o percepciones. Acá se le dice a la gente cómo hay que agarrar bien un lápiz, cómo hay que trabajar la pluma, los pinceles, cómo se hace bien una acuarela, cómo se pinta bien. Después, las mejores cosas no se hacen acá. Eso me da tranquilidad. Al mismo tiempo, yo no trato que la gente haga lo que yo hago, al contrario.
¿Algunos vienen sí a parecérsele?
Algunos creen que lo que yo hago es un curso de caricatura. Y en la caricatura hasta diría que interviene cierta conformación de mis ojos: yo soy astigmático, y en el astigmatismo hay una deformación de la imagen, creo que algo de eso interviene. El Greco y Modigliani eran astigmáticos, por ejemplo.
¿Pero la caricatura tiene que ver con una mera deformación formal?
La gente cree firmemente eso, que la caricatura es simplemente una deformación de la imagen. Yo no entro en juego dialéctico, pero creo que la caricatura es una exaltación de valores. Aunque esos valores sean negativos. El problema es que lleva mucho tiempo conocerse a uno mismo y es más difícil aún conocer a los demás, uno lo que puede hacer son aproximaciones. Sobre los gobernantes con el tiempo uno puede tener mayor certeza, pero ese tampoco es el objetivo central: el trabajo tiene que ver con ilustrar sin palabras situaciones. La palabra genera confusiones. Y hay palabras que son sometidas especialmente a la confusión, como por ejemplo la palabra democracia. Palabras abusadas.
¿La caricatura periodística habilita a su vez otro registro de comprensión para el lector del diario?
Tiene la particularidad de que invita a sugerir cosas. Pero también hay que ser preciso: no siempre se acierta.
¿Guarda arrepentimientos?
Mirá, creo que el que no se considera equivocado es un tipo peligroso. Yo no estoy condicionado para ser perfecto. A la gente que viene acá le planteo que hay tres etapas: la primera es un reconocimiento de los materiales de trabajo. La segunda etapa es una meseta muy larga, interminable: qué hacer. Ahora, una vez que las cosas están hechas, cuando se toma cierta distancia viene la contra pregunta: qué estaba pensando cuando hice eso. Ahí sí aparecen motivos de disgusto.
¿Pero esos disgustos no constatan que uno creció, cambió?
No sé si creció o cambió. No. Daría sensación que, llegado cierto momento, la vida se ve como una calesita: siempre se pasa por los mismos lugares. Y llega un momento en que hasta podés predecir, habida cuenta de la repetición de los hechos, lo que puede pasar, con moderada certeza. Pero el enemigo de nuestro trabajo, ciertamente, es la repetición. Tanto en el diario como en mis libros y en los cuadros que hago.
¿La repetición como enemiga del arte?
¡Enemiga del hombre! Ahora bien, hay gente dentro del mundo del arte que de la repetición ha hecho una profesión, y hasta un gran negocio. No vamos a hacer citas. Repeticiones que suceden como consecuencia de que hay un mercado, innegablemente. ¿Pero somos concientes de que estamos haciendo lo mismo, o es que somos así, la misma cosa?
¿Usted siente un combate diario con ese peligro?
Sí, sí. Sí. Por eso mis mayores admiraciones van dirigidas a tipos que no se han repetido. Gente que habitualmente no fue muy exitosa. Quiero ser preciso con una cosa: aún cuando las cosas que yo haga fuera del diario tengan mérito, yo siempre voy a ser reconocido como dibujante del diario. No hay forma de evadirme de eso. Ese dibujo, esas líneas, se multiplican por miles, miles. Cualquier otro esfuerzo, un libro, una exposición, no pueden competir con esa evidencia.
Es un reconocimiento cuantitativamente mayor, pero no todos los reconocimientos valen lo mismo, ¿no?
De acuerdo, pero no es sólo cuantitativo, porque al ignorarse todo lo otro... se trata de eso. ¿Cuánta gente va a una exposición exitosa? ¿Quinientas? Las ediciones de mis libros son de mil, dos mil ejemplares, y hasta ahora ninguno se reeditó. Pero a mí me motiva hacer libros. Los libros generalmente son o libros póstumos o casi póstumos. Entonces yo el planteo que me hice es que quiero ver los libros que yo mismo me hago, en vez de que haya otro que diga algo sobre mí. Tengo hechos ya cerca de treinta libros. Algunos no estarán en el mercado, no interesa: los hice y me siento tranquilo.
¿Pero le gustaría que se redistribuyera su prestigio entre el caricaturista político y el pintor?
No pienso en eso. Son evidencias, yo hablo de evidencias, no de juicios. Noooo, porque aparte no, yo estoy muy contento con el trabajo que hago en el diario, no me quejo, ya te digo, he podido vivir gracias a eso. Hay que aceptar ciertas cosas.
¿Usted si quisiera podría jubilarse en el diario?
Creo que sí, pero voy a seguir trabajando. Me van a tener que echar a mí. En la medida en que pueda seguir trabajando en el diario existe la posibilidad de que siga haciendo libros y dando clases. Esto es la vida tal como yo quería que fuese. Partamos de una evidencia: esta es una sociedad muy frustrada. No lo podemos negar. Eso genera una especie de fiebre de protagonismo, se ve todos los días. Entonces la gente decide muchas veces hacer las cosas que no sabe porque piensa que con las cosas que sabe hacer no tendría protagonismo. En la medida en que yo hago lo que hago, dibujar y pintar, cada vez tengo más limitaciones.
¿Por qué?
Porque voy mirando lo que hicieron otros, y entonces me agarro la cabeza. Uno no puede ser conformista respecto de su propio trabajo, hay que seguir admirando a los grandes artistas.
¿Sus conocimientos recaen como exigencia para su propia producción?
No, porque hay que aprender a trabajar. Como todo: se aprende a trabajar. No estoy metido en soliloquios de impotencia. Antes sí, cuando estaba frente a la tela vacía me sentía muy discapacitado. Pero hay que trabajar de modo que eso no suceda, porque las cosas empiezan e inevitablemente terminan. Si lo que uno hace no es bonito o no tiene razón de ser, bueno, es un reflejo directo de lo que soy. Lo que yo no puedo arreglar es esa fiebre de protagonismo. Me lleva un poco a aislarme. Ciertamente, con la edad que tengo -tengo setenta y cinco años, no soy un nene-, a esta altura, por lo menos debería saber quién soy. Yo no tengo problema. Hace muchos años que decidí hacer esto, y las exposiciones públicas son muy duras.
¿En qué sentido?
Hacer un dibujo y que lo vean los demás, es una sensación muy crítica. No hago las cosas para lucirme, ni para que me digan “nene, que bueno que sos”. Yo no sé qué parte mía no mostré. Yo no practico el perfil bajo, hago una vida sencilla, que es diferente. No estoy en el ruido. Porque no tengo tiempo, ¿cuánto más voy a vivir? No soy eterno. Entonces, yo me dedico a trabajar. Quiero hacer las cosas que hago; yo no tengo frustraciones. Tengo un tipo de vida que yo mismo diseñé. Vivo en Vicente López y me traslado en mi coche, el diario está en Constitución, y viajo con música. La música me prepara para el trabajo que voy a hacer; en el trabajo no escucho música. Yo disfruto el trayecto.
¿Qué música suele escuchar en el auto?
Hay algunas cosas que no se puede poner porque son tan absorbentes que te inhiben de manejar. No voy a poner un quinteto de Bartok; hasta diría que es peligroso. Pero puedo poner al sexteto de Julio De Caro, o el quinteto de clarinete de Mozart.
Usted toca el clarinete, ¿verdad?
Tengo un clarinete, que es un instrumento muy fulero. Te impone práctica. Los dedos no hay problema, el problema es la emisión del sonido, la embocadura. Ambroise Bierce en el Diccionario del Diablo dice que hay dos instrumentos peores que un clarinete: dos clarinetes. El tipo sabía lo que decía. Pero es el instrumento que quise estudiar siempre; tengo tres o cuatro, pero poco tiempo para dedicarle. Ya te digo, no se puede hacer todo, se pueden hacer algunas cosas nomás. Yo sé lo que tengo que hacer. Cuando pinto, en mi casa, después estoy todo el día pensando en lo que hice y cuando vuelvo me conecto nuevamente desde lo que procesé en el día. Para ese trabajo se necesita un alto grado de concentración que tenés que crearte vos.
Muy distinto al trabajo en el diario ¿no?
Completamente. Porque el trabajo del diario es periodístico, depende de otras cosas, la pintura depende de mí, tengo que yo mismo inventarme todo.
¿Dibujar sobre música es darse un gusto?
Es una devolución de atenciones. El libro de Piazzolla no es una biografía, es un homenaje. A un hombre excepcional, ¿no? Haber percibido los sonidos de esta ciudad es una cosa extraordinaria. Era un tipo muy trabajador también, que nunca se dio por satisfecho, siempre buscó cosas que lo alentasen a seguir haciendo otras cosas.
¿Abordarlo a él sobre él es un modo de conectarse con la ciudad?
No busco que se generen lecturas colaterales. Es sobre Piazzolla. El día que quiera hacer un libro sobre Buenos Aires lo haré, o no, no sé si voy a llegar. No creo.
¿Antes de instalarse aquí ya tenía un vínculo afectivo con Buenos Aires?
Mi madre era porteña, nació en La Boca, entonces yo venía desde niño. Pero hay una diferencia esencial entre venir como turista y ser residente. Buenos Aires es una ciudad que yo quiero mucho, es una ciudad difícil, sin duda ninguna, pero no tengo quejas: es una ciudad que me permitió ser lo que soy.
¿Tiene alguna melancolía por el pasado porteño?
No sé. Yo recuerdo el barrio de La Boca cuando era niño, muy distinto de lo que es ahora. La Boca no era un barrio, era una comunidad: si alguien se enfermaba, todo el mundo colaboraba. De allí salió el primer diputado socialista del continente, Alfredo Palacios. Mi abuelo fue elector de Alfredo Palacios. Entonces yo tengo una cantidad de cosas ahí que me llevan a visitar el barrio, y hoy parece Kosovo, una ciudad bombardeada. Yo no puedo hacer nada, más que seguir yendo.
Su abuelo Hermenegildo, también pintor y caricaturista político, era abuelo paterno ¿no?
Sí, Sábat. Murió antes de que yo naciera. Es una cosa de determinismo genético. Yo creo en eso, hay un determinismo genético que se manifiesta en mucha gente, no en todos.
¿Su padre a qué se dedicaba?
Papá era profesor de literatura, fue escritor también e investigador de teatro. Llegó a ser técnicamente Director General de la Enseñanza Secundaria en Uruguay. En casa no había dinero pero había libros. Yo me crié rodeado por libros, y sigo rodeado por libros, que es lo que a mí me motiva.
¿Su padre llegó a ver su desarrollo profesional, que siguió los pasos de su abuelo?
Sí. Supo bien quién era yo. Respecto de mi abuelo y yo, todo indica que la raza se va deteriorando. Las cosa que hacía él eran buenas. Y no estoy seguro de poder decir lo mismo de lo que yo hago.
¿Tiene trabajos propios favoritos?
No, porque yo tengo una especial fruición por mirar enfocadamente lo que hago en el momento en que lo estoy haciendo, pero después estoy siempre pensando en lo que voy a hacer, no en lo que ya hice.
publicado en Debate

Pedro SAborido

“Nuestro principal capital es el Canal 7”


El productor y guionista de Peter Capusotto y sus videos, programa de culto actual de la televisión argentina protagonizado por el también guionista Diego Capusotto, cuenta cómo será la temporada a punto de empezar.

El año pasado, un personaje televisivo difundido de boca en boca y masificado en internet (dos datos sugerentes para pensar alteraciones en la otrora caja boba), actualizó desde el humor el estatuto del universo referencial peronista y ofició, además, como el más lúcido crítico de rock. Desde este lunes cinco de mayo, a los velozmente clásicos personajes como Luis Almirante Brown, Pomelo, Lalo Ranni y Roberto Kennedy, que la dupla Saborido-Capusotto pergeñó después del suceso que había sido Todo por $2, se agregarán varios nuevos. A las 23, en ningún otro canal que el 7.
¿Cómo será esta temporada?
El primer programa será todo nuevo. Después aparecerá lo, no sé como decirlo, conocido, clásico, Pomelo, Juan Carlos Pelotudo. Tenemos ganas de renovar un poco el stock, necesitamos que vayan surgiendo sorpresitas para evitar el embole de la rutina. Como somos un equipo chico, de diez personas, que laburamos afuera del canal, notamos muy rápido cuando algo empieza a rutinizarse, entonces lo dejamos descansar un rato y lo agarramos después con más frescura.
¿Cuál diría que es el principal capital del programa?
Estar en el Canal 7. Porque no hay presiones. Ni de rating ni de que aparezca otra figura del canal para promocionarlo ni de nada. Es un canal que no te apura, entonces le vas encontrando la vuelta. En otros programas o la pegás de entrada o durás tres episodios. Un programa mide diez puntos y ya dan sensación de fracaso. En el 7 no tenés esa presión. Nosotros más que atarnos a una fórmula nos atamos a una forma de hacer el programa que no nos desespere. Concentramos la energía no en levantar el rating sino en la calidad de las cosas. De hecho nos pasó el año pasado que hubo tres o cuatro programas que se nos habían automatizado, estaba como mecánico. Por eso ahora también armamos nuevos personajes. Queremos que el programa guste; yo no lo haría sólo parar saciar mi necesidad de expresarme.
¿Hubo posibilidad de ir a otro canal?
Esta vez teníamos una onda para ir al 13, pero sabíamos que se nos iba a complicar. Más exigencia en un montón de cosas, no podíamos asegurar un año entero haciéndolo. Que esté en el 7 es parte del programa. Uno también decide hasta dónde corre la línea para vender más o no. Sabés que en un programa, como en un revista, ponés un buen ojete y sale. Pero determinada gente que venía siguiéndote te deja. Es un programa que no salió por encargo sino por un interés genuino de hacer algo. Todo va saliendo a medida que avanzamos y encontramos nuestros límites. Trabajamos con un solo actor, más allá de algún extra ocasional mínimo. Casi no salimos de una cuadra a la redonda para grabar. Y esa simpleza en la producción nos deja poner la energía más en los guiones, en las ideas, en las canciones, en la edición. En un canal más grande nos terminaríamos enfermando haciendo el programa. La gente queda hecha mierda de hacer televisión, y no vale la pena, estresate en una guardia de hospital.
¿Cómo es la dinámica de producción de guiones con Capusotto?
Nos encontramos con Diego y charlamos. Partimos de nada, son pocas las cosas que uno trae de antemano. Salen charlando las cosas. Después yo la escribo la idea para ver si resiste y el real tamaño. A veces, pocas, salen racionalmente los personajes, de cosas que pensamos serían graciosas, o a veces de alguna boludez que es graciosa en Diego, un mono, un clisé, un yeite. Lo mejor es cuando charlamos con Diego y uno hace reír al otro, te entusiasmás y vas rumbo a la idea. Pero eso es más que nada al principio de los ciclos. Por eso nosotros tratamos de parar un mes en el medio, que en un punto es lo anti televisivo, pero evita caer en un automatismo del que es difícil salir. Paramos todo y nos concentramos nada más en que salgan ideas. Este año seguramente lo hagamos.
¿Se pueden contar los sketches nuevos?
Sin detallar, hay un cantante satánico, hay una especie de Palito Ortega de izquierda de los setenta, hay una fan, hay un grupo pop que se pasaron con el Rivotril y gracias a eso triunfaron, quedaron tarados y funcionan mejor... Hay clases para Pymes de rock, hay un emo, que es como un darkie de fotolog, son odiados por los heavy metal, se peinan como los darkies antes, medio langui, bien de cibercultura. Es lo más actual que hacemos, en verdad alguien nos señaló que era un emo, nuestra background cultural se termina en el 79 más o menos.
¿Los videoclips que pasan seguirán la misma línea de clásicos no mainstreem?
Sí, toda cosa vieja, porque lo nuevo se ve todo. Estas son cositas incluso olvidadas, tanta cosa nueva tapa muchas cosas buenas, es como el BAFICI, “vení a ver lo nuevo”, y qué se yo si lo nuevo es bueno, puede ser una mierda la novedad. Mostramos cosas de hace treinta años que están buenísimas, y es nuevo también, para el pibe que lo escucha por primera vez. Y vamos a seguir pasando sólo clips donde se vean los músicos tocando. Hay mucho material, todo de Marcelo Iconomidis, amigote nuestro. Ahora vamos a poner una serie de bandas de rock en los setenta tocando en la mansión Playboy, con Hugh Hefner de smoking presentando a Deep Purple, ponele. Es un formato clásico, un par de sketches cómicos y números musicales.
Pero los sketches no son sólo cómicos: dicen cosas, más allá de si es buscado o no, sobre el rock, sobre la política, el peronismo. Por ejemplo, el Beto Cuantró.
Está bueno que la gente tenga una lectura de algo propia. Muchas veces no son adrede, no planificamos dar tal mensaje, pero por ahí está porque está implícito en uno, no lo niego. Uno vez alguien me dijo, Che, este Beto Cuantró siempre canta del mundo mejor que está por venir y siempre le pasa algo malo, y por ahí sí, por ahí es así, un idealista, como fuera Dylan o en algún momento León Gieco, un tipo que canta que algo mejor vendrá se lo lleva puesto un tren.
¿Se imagina la huella a futuro que está dejando el programa, el estilo humorístico?
No tenemos afán. Espero que me traten bien cuando no tenga trabajo, que todos los patrones que me vieron cuando hacía el programa me tiren algo. Pero sí, está bueno pensar eso, nos pasó con Todo por $2 que el programa se cayó del aire y seguimos haciéndolo como show en el teatro por cuatro años, con Montalbano [el director], Alberti y Diego [Capusotto]. También ves algunas huellas cuando la publicidad toma cosas. Aunque eso no sé si es bueno.
Muestra que hay algo creativo. Pero ustedes parecen sustraerse de la banalización publicitaria.
La publicidad se apropia enseguida de lo que aparece. Hace poco había una oferta de un chicle para que Diego hiciera de Pomelo, con otro personaje, para una gran camapaña nacional, qué se yo, y está bien, podés hacer unos muy buenos mangos de ahí, pero terminás haciendo una cagada, tirás a la mierda todo lo que venís haciendo, y deshaciendo un personaje en dos semanas, cuando vos tranquilamente podés seguir haciéndolo, trabajándolo, meses, años. Esa cosas de “uy, funciona, hagámoslo mierda ahora, saquemos toda la que podamos y salgamos corriendo”. Y después la nada. No te digo administrar las ideas, pero hay que dejarlas crecer y que se desarrollen tranquilas, no apurarlas, como al Frepaso digamos, esta cosa con los medios de que crecen las cosas y después no tenés dirigentes, porque son crecimientos falsos de las cosas, te lo hacen crecer los demás. Eso lo aprendí mucho del Negro Fontova [compartieron por ejemplo el programa Delicatessen], que la cosa vaya creciendo como tiene que crecer, no inflarla, que vaya tranquila. Entonces, eso de crear huella, por ahí sí. A veces digo “¿cómo nos verán”. Deben decir: estos tipos siempre andan de costado por ahí. Cuando hacen Todo por $2, cuando hacen el teatro, siempre terminan laburando en un costadito, nunca el centro del asunto, y siguen. Y sí. Vox Dei, o Spinetta, no están en el centro del asunto pero siguen. No están cagados en guita pero hacen lo que hacen. Hay caminos laterales donde podés trabajar. Esa es la idea, estar por ahí.

publicado en Debate

Fernando Noy

“Este es un país amnésico para el placer”

Agitador del circuito under-gay-delirante de los ochentas, la Noy no es sólo un sobreviviente de aquella época festiva: el año pasado se reeditó su biografía de Batato Varea (fruto de seis años de investigación y entrevistas), salió su tercer libro de poesía, La Orquesta Invisible, y el diecisiete de Noviembre, día de su cumpleaños, el poeta recibió la noticia del regalo que le hizo la diseñadora Laura O., la edición de Hebra Incompleta, que compila sus tres volúmenes poéticos. “Es el regalo más bello que me han hecho en todas mis encarnaciones”, dijo sobre la cuidadosa edición que también porta sus dibujos.
Además de la bonanza literaria, los domingos a las 23 hace Hora por Noy en radio Nacional, donde invita a “poetas que fraguan su poesía y artistas que leen poemas ajenos que aman”. Noy sigue siendo un “poseído por la poesía” (incluso autodenominado “peroratero poético”), aunque ha cambiado: hoy le tiene “fobia a los escenarios” y en la charla con Debate tomó agua.

¿Cambió su modo creativo entre el furor de los ochenta y la actualidad?

Hay cuento japonés en que un hijo le dice al padre ¿Qué haces ahí, padre, en tu trono de piedra? Ven con nosotros a conocer el mundo de las maravillas, y él contestó: no, yo ya no viajo, yo ya soy todos los paisajes. Creo que a esta altura, con tantos excesos de equipaje, imposibles incluso de numerar, porque son tantos, llegó el momento del Sahara fabuloso y frío de la lucidez absoluta, y de la limpieza y la creación y recreación, del Fénix; renací de cenizas del champagne y otros venenos inolvidables. Ya no bebo, ya soy todas las terrazas de vino y los manantiales de Baco; yo ya no bebo porque soy Baco. Culpar a la cirrosis sería reducirlo a una cosa muy técnica: yo soy todas las uvas de todos los viñedos, ¿para qué beber? Yo si fuera un vino sería rozado, dulce y maricón.
Igualmente, Para escribir necesito la ebriedad de la vida, del instante; la santa casualidad. Cuando me preguntan cuál es mi libro favorito, les digo que leo la ventanilla, o a mis costados, que leo los lugares donde la vida está narrándose. Yo no sé si yo plagio la realidad o si el mundo convoca a alguien para que quede testimonio de toda esta cosa tan efímera y gigantesca que es la realidad, y tan vacía.

¿Cómo trabaja ese testimonio poético?
Bueno, con la poesía no hay tema. Cuando me dicen que escriba sobre algo, de algún medio pro ejemplo, me cuesta ceñirme al tema, cosa que en poesía directamente no existe, si uno es fiel a la latencia de lo poético. Uno no puede intervenir más que con su mano su lápiz y su papel, porque está recibiendo un dictamen que a veces es un enigma para uno mismo. Cada vez que bajan estos textos creados, son la solución de un misterio por medio de otro misterio mayor. No se puede ir detrás del poema, sino sucumbir ante él, que apareció y está.
Es difícil agregar al menos un solo verso nuevo, y cuando descubrís que un texto nuevo que te cayó tiene su propia vida, ahí es cuando decís bueno, esta estrella el mundo la tiene que ver. Pero estrellas que no tienen que ver con la carpeta roja de Hollywood.

Hablando de estrellas, había un travesti en Castelar que se hacía llamar Streya, hace como cuarenta años, plena época de mataputos. Streya tenía como sesenta años y había sido boxeador de peso pesado y era quien andaba cuidando a todos los travestis, era como una gesystapo. Ella justo en un carnaval se rompió la pierna, entonces yo, con trece años, debuté en un carnaval con su traje de ella, que era la reina. Ibamos a los corsos de barrios bravísimos del oeste, y la Streya iba en su Fitito y se bajaba con los zapatos en la mano a golpear a cualquiera que quisiera manotear su traje y a mí. Nunca viví tan intensos carnavales; bueno, salvo luego en la santa Bahía. Dice Caetano: “el carnaval es un invento del diablo que Dios bendijo”.

¿Cómo fue su estadía en Bahía?
Fui allá cuando justo habían vuelto Gilberto y Caetano Estuve en una mansión que habían comprado los Rolling Stones y luego la dejaron abandonada, en la que el año anterior había estado Janis Joplin. A mí me encantan los carnavales de barrio, pero en carnavalia Bahía es la Meca. Muchas veces, en medio de las escolas en que desfilaba, tenía que irme en medio del baile a esconderme bajo una palmera y escribir toda la poesía que me bajaba. Claro, imaginate, el maquillaje mental estaba a full, entonces bajaba todo. El poema también es un pájaro en la multitud atrapado por una sola pluma.
Y también la conocí a María Betanha, trabajé en la organización de su primer show abierto y gratuito en Salvador. Qué mujer, Dios mío. Yo me pregunto, ¿De dónde vienen las cantantes? Me parecen el colmo de la sacralidad.

¿Las cantantes más que los cantantes?
Yo creo que soy una cantante frustrada. Aunque no me puedo quejar: he tenido mis bandas, he cantado en Cemento. Androrock se llamaba mi espectáculo: rock ausente de una definitiva sexualidad. Yo hacía tres salidas distintas, con tres looks diferentes: el primero tenía un tono rastafari, el segundo el contratango, y el tercero el rock & roll. El vestuario me lo hacía Rolly Von Von, un precursor estético, que ahora ya no vive por el maldito SIDA, y eran verdaderas producciones plásticas. La banda se llamaba Tetra Break y tenía ocho músicos. En cada corte un invitado especial que hacía monerías para que la gente se entretuviera: Batato Barea, que aparecía y por ejemplo cantaba canciones de María Elena Walsh con toda una voz gruesa y deformada. Entonces había un gran artista plástico, Von Von, una loca con ganas de ganar como era yo, y un genio en ciernes como Batato.
Ahora ya padezco de fobia de los escenarios, estoy en otro momento de mi vida. Se puede decir que fui la primera figura andrógina que hizo rockanrol, pero bueno, acá se olvidan de todo.

¿Usted siente un olvido?
Muchas cosas importantes se han olvidado. Es un país amnésico para el placer, le encanta recordar las heridas y las cicatrices, pero creo que la alegría es un músculo que también hay que cultivar. Ansiedad, angustia y fatalidad es el triunvirato que nos rige en los medios. Yo trato de no caer en esa cosa común de quejarse, el torneo de tragedias. Ya se sabe dónde están los pantanos, se sabe lo que se ha hundido, pero hay tanta flor saliendo de la basura. Por eso cuando hablan del under, el under de los ochentas, por favor, el under no fue: el under viene.
Hace poco por ejemplo estuve viendo una puesta de dos minas con poemas de Osvaldo Lamborghini (con quien he compartido noches hasta el alba, porque en esa época con las anfetaminas nunca dormías), espectacular. Hay un montón de lugares todas las noches, una marea de aplausos hacia gente que se viene, es maravilloso. Ahora es siempre; si no te largás es nunca, y si no insistís es jamás.
¿Usted qué está planeando a futuro?
En un par de meses se estrena mi nuevo monólogo, protagonizado por Verónica Piaggio, Hij...la exhalación. Hij.. es un sonido comodín, que sirve para referenciar cualquier estado de intensidad; la exhalación del placer y del odio conjuntamente. Y también está listo mi cuarto libro de poemas, Piedra en Flor.
Publicado en Debate

Hugo Mujica

Hugo Mujica, poeta y cura
“Mi gente es la que no cree”

Antítesis de lo común, la vida de Hugo Mujica. En primer lugar porque su obra poética le depara un pasar económico holgado; cuatro ediciones hizo ya Seix Barral de su Poesía Completa­ y goza además de una sólida presencia en España. En su departamento de Libertad y Posadas tiene una biblioteca impresionante, unos diez metros de largo por cuatro de alto; ha estudiado Filosofía, Antropología, Teología y Bellas Artes, por lo que “iba para pobre seguro”. En 1961, a los diecinueve años, dejó su empleo fabril y emigró a Nueva York. Vivió allí hasta el 70; fue, por ejemplo, amigo de Allen Ginsberg. Después, en su búsqueda por “el sentido”, se internó siete años en un convento de la orden Trapense con voto de silencio. Ahí comenzó a escribir. Luego estuvo luego un año viviendo en el campo bonaerense, solo, donde escribió su autobiografía y, apenas hecha, la quemó; después, en el 83, se ordenó sacerdote católico: hoy, el poeta celebra misa todos los domingos en la Iglesia Patrocinio San José. El motivo actual para entrevistarlo es la publicación –vía Seix Barral- del libro de cuentos Bajo toda la lluvia del mundo.
Los cuentos muestran situaciones de soledad muy dura.
Cuentan momentos en que cada vida puede trazar un línea, como diciendo basta, llegaste, para enfrentarse con la vida entera, manifiesta, sin el paliativo del mañana. Y sí, testimonian una soledad muy fuerte. En la confesión, por ejemplo, pasa mucho que la gente grande te dice “doctor”, porque con los únicos que hablan es con los médicos. Hay mucha soledad. Yo tengo otro tipo de soledad, no de carencia sino de convivencia conmigo. Escribir para mí es una tarea absolutamente solitaria; pero la soledad mayor de escribir es con relación a lo que estás escribiendo. La obra es inefable para uno mismo.
Pasaron dieciocho años de su último libro de cuentos, ¿qué cosas lo llevan a escribir relato, poema o ensayo?
A mí me interesa el acto creador de la poesía: capta lo que no hay. Los otros géneros trabajan con eso captado; la poesía es el relámpago y los otros géneros el trueno. Mi libro anterior es un ensayo sobre el acto creador [Lo Naciente, Ed Pre-Textos], y en España vi que circuló como poesía; si bien está escrito poéticamente, la diferencia es que yo tenía una intención antes de escribirlo -la idea de que el acto creador es el silencio-, mientras que poesía se escribe sin intención previa. Claro que al tocar un tema como ese también acontece el acto creador, que para mí es poético en el sentido de un lenguaje flexible, tembloroso.
¿El pensamiento carece de la capacidad de “traer al ser algo que no era”?
Heidegger dice que el pensador piensa el ser y el poeta nombra lo sagrado. En el pensamiento lo que traés lo insertás en un discurso que se confronta con una tradición. El poema, en el instante, se cierra en sí, es su propia ley.
¿No hay acaso poesías sí escritas en diálogo con corpus previos?
La quintaesencia de la poesía para mí es traer el no ser al ser, y la mayoría de los poetas trabajan sobre lo que ya es. Mi locura es el acto creador, ese instante es lo más cercano que tenemos a la comprensión absoluta de nada. Porque es el instante de haber nacido. Nos lleva a ese lugar en el cual no éramos y de repente aparecimos; el acto creador repite ese acto inaugural. Poesía es ser el misterio; el pensamiento quiere revelarlo. Yo quiero custodiarlo.
Si la poesía es el reducto de la creación del que se nutren otros discursos, ¿tiene, aún siendo poco leída, una función social?
Es un reservorio de sentido. Pero las cosas esenciales no están en la funcionalidad, eso quizá sea una urgencia epocal nuestra. Todo lo estético, precisamente, trae a la existencia la gratuidad. ¿qué pasaría si la vida se resolviera en la gratuidad y no en la funcionalidad? Las cosas son sencillamente por la gloria del ser, y volvemos a Heráclito: en el medio del mundo hay un niño que juega. El arte es el lugar de lo que se justifica a sí mismo aconteciendo.
¿Cómo se predispone para el acto creador?
Se aprende. En realidad, se desaprende. Yo estuve siete años en un monasterio. En los dos primeros, a la mañana laburábamos y a la tarde era la formación, que en mi caso consistía en ir al bosque a estar solo. Me indicaban estar en el bosque y no rezar, “porque rezar es sacar cuentas”, uno está invirtiendo; era aprender a estar, sin por qué ni para qué. La sabiduría de hoy es desaprender; el yo actual es incapaz de novedad porque está saturado. Mi poesía es producto de ese despojo.
Antes del convento...
En Nueva York me agarró el hippismo, los asesinatos de los dos Kennedys, Luther King, Malcom X, una época riquísima.
Cuando se piensa en esa época hoy día se habla más de las flores que de los fusiles.
Y quedaron los fusiles: la guerra en Irak y Afganistán siguen la de Vietnam. La contracultura murió con el hippismo, porque con el hippie por primera vez el contestatario no venía con un libro abajo del brazo. Varias veces dije cínicamente que el hippismo fue un brote afectivo en la racionalidad sajona. A los latinos y los negros nos llevó mucho tiempo entenderlo porque vivíamos franeleando desde siempre; para ellos tocarse era novedosísimo.
¿Tenía preceptos similares al cristianismo, amaos los unos a los otros?
Eso lo tienen todos, el precepto hippie era más bien “amarse los unos sobre los otros”. El cristianismo es la vida medio desnuda, casi sin ideología. Consagra la vida. Dios creó el mundo, no la religión.
¿Qué del cristianismo tiene actualmente poder vital, para usted?
Muy poco. Nietzsche hablaba de cuando los valores no valorizan; el cristianismo ya no tiene incidencia, no transforma, puede informar, moralmente sobre todo, pero ya no es un acontecimiento; quedó la organización de lo que fue un acontecimiento. En los evangélicos tampoco pasa nada; trabajan con un fanatismo básico, en lugar de con aburrimiento burgués como el catolicismo, pero no está aconteciendo eso que llamamos lo sagrado. Lo sagrado sigue estando todavía en lo estético. Después de todo la religión es un fenómeno estético. No en vano se nos ocurrió que Dios era un creador.
¿Cómo es para usted celebrar misa?
Es experimentar la pertenencia; yo pertenezco a esos gestos inmemoriales. Me convertí de grande, lo que está muy bueno, porque uno entra como adulto y comprende como adulto, mientras que en general los que están en la Iglesia comprendieron como niños y después nunca más revieron lo que habían aprendido, entonces si van a la facultad tienen conocimientos sociológicos de adulto y religiosos de niño.
¿Y cómo lo alberga la Iglesia siendo usted tan distinto en un punto?
En todos los putnos. Mi vida está muy marcada por una necesidad de libertad. Para mí la libertad es abrir un espacio en lo que hay instituido, y yo en la Iglesia abrí un espacio singular que fue respetado. Aristóteles decía que hay tres caminos al ser, o a Dios: la verdad, que sería el pensamiento, la bondad que sería la ética, y la belleza que es la estética. Yo tengo la mirada estética, veo en términos de lindo o feo. Por algo entré en un monasterio y no en una parroquia. Y lo que siento que puedo dar ese sentido que encontré en la vida, cuya figura central es esa imagen irresistible del Cristo en la cruz. La gente de la parroquia no es mi gente; mi gente es el que no cree. El que busca, no el que se sentó a disfrutar de lo encontrado. Creo más en el ateo ferviente que en el cristiano resignado; creo más cerca de Dios al ateo que pelea por resolver la existencia y no encontró el comodín de Dios para tapar el agujero.


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Egle Martin

“Me siento más brasileña que argentina”

La señora del swing, defensora del candombe argentino, modernizadora del teatro de revista argentino en la segunda mitad de los cincuenta, es dueña de una historia riquísima, repleta de anécdotas en primera persona con personajes como Dizzy Gillespie, los miembros de la generación bossa nova brasileña y un tal Astor Piazzolla, con quien grabó un disco (“Astor Piazzolla – Egle Martín”) y a quien, según ella contó, le rechazó una oferta matrimonial. Su biografía cuenta tanto la historia de la música porteña y su vínculo con la bossa que Jorge Pistocchi (fundador de la mítica revista El Expreso Imaginario) está entrevistándola parar escribir el libro de su vida.
Vive en el sudoeste de Barracas en una casa chorizo de 1890, reformada y sobre todo acondicionada por ella, atiborrada de objetos, cuadros, plantas, telas, instrumentos y decoraciones que hacen sentir que uno entró por una puerta a otra ciudad, medio africana, medio brasileña, todo Egle. La dama goza contando su historia y saca a relucir fotografías, o reproducciones de diarios alemanes que la pusieron en primera plana cuando, en 1959, fue al país germano y cantó con la Sinfónica de Berlín en anfiteatros con hasta cincuenta mil personas.
Ese pasado inmenso tiene hoy, empero, una presencia juvenil. El espectáculo Identidad la ubica a Egle sobre el escenario de La Vaca Profana (viernes 18 próxima presentación) cantando boleros, candombes, bossa, algún tango, rodeada de siete jóvenes talentos musicales. Entre ellos, hace gala de su glamour, su canto excepcional y, fundamentalmente, de la alegría pura que le surge haciendo música: “Es gracias a la música que estoy viva. A mí lo que más me gusta es improvisar. Me siento como volando en el escenario. Cuando las personas te dan las gracias yo siento que les llegué al alma. Es una sensación increíble. Me acuerdo que una de las emociones más fuertes que tuve era ver en vivo a Vinicius de Moraes. Éramos muy amigos, nos queríamos mucho y nos llevábamos muy bien, era fantástico. Yo siempre andaba por detrás del escenario, y veía cómo la gente le daba las gracias.”
¿Cómo se dio esa amistad? ¿Usted ya tenía vínculo con la cultura brasileña?
Yo hablo portugués normalmente sin haber aprendido nunca, y como vengo del jazz la bossa me es fácil. Pero siempre me pregunté por qué me sentía tan bien, cuando fui a Brasil estaba tan plena... Hasta que mi mamá me contó que ella y mi papá se fueron una vez de vacaciones a Río y ahí quedó embarazada de mí. La pasaban tan bien que se volvieron cuando estaba de ocho meses. Lo cual es muy conflictivo para mí, porque me siento mucho más brasileña que argentina. Vinicius y todos ellos me invitaron a irme a vivir allá, pero no lo hice. Me quedé. A él lo conocí cuando viene Maiza Matarazzo a Buenos Aires, año 58 o 59, la fui a ver, me quedé maravillada, loca, me acerqué a decirle que la escuchaba, que la adoraba, y vino a la mesa con sus músicos, y nos quedamos juntos para siempre. A mí haberlos conocido a ellos me parecía normal. Después vivían en casa cada vez que venían, con la gente del Tamba Trío, con [Roberto] Menescal, con Joao Gilberto, con muchísimos músicos de allá. Era una sucursal de Brasil mi casa, pero a mí me parecía normal todo. En los sesenta pasaba de todo y parecía normal. Había como un vértigo a hacer cosas, a encontrarse con gente, a armar cosas, ahí aparece el Di Tella después. Una época maravillosa.
¿Esa efervescencia creativa tenía que ver con los proyectos de cambio social radical que albergaba esa época?
Ojo que sucedían las cosas más feroces también. Nosotros vivíamos como en una ensoñación. Tal vez cuando pasan las cosas más tremendas, por instinto de conservación, no digo que ignoramos porque hay que no tener sensibilidad para ignorar, pero uno trata de sobrevivir, y estando al filo de la navaja necesitás hacer un montón de cosas creativas, te lanzás más, porque total igual te podés morir. Es lo que pasa en los momentos límites. Mientras tengas ganas de hacer, no está todo perdido. Los artistas tratan de sobrevivir y sirven para que sobrevivan los demás.
¿Y su relación con Dizzy Gillespie, de quién tan cariñosamente habla, cómo es?
Lo conocí a los dieciséis años, cuando vino acá a dar unos conciertos con Quincy Jones. Yo ya había sido Reina de la televisión a los catorce años, y estaba en el teatro de revista. Cuando vino lo fui a ver. Le conté lo que me había pasado a los trece años: había ido a ver a Gene Kelly en un americano en París y me había muerto, porque hasta entonces yo estaba en una burbuja, mi mamá cantaba clásico, yo bailaba clásico desde los siete años en el Colón, no conocía otra cosa. Y cuando escuché a Gershwin....Fue un desprendimiento, sentí que los brazos se me transformaban en alas. Entonces llamé a Rodolfo Alchourron, un gran músico que entonces recién empezando con la guitarra, y me ofreció traerme un disco de Ellington y uno de Sara Vaughan. Con esos dos discos armé mi vida. Yo amaba el ballet El lago de los cisnes, entonces empecé a pensar si podíamos hacerlo con la rítmica del jazz, y lo hice, a escondidas lo hice, tenía trece años. Cuando vino Gillespie, me fui en medio de mi función, me puse un sobretodo, y rogué por verlo hasta que me dejaron entrar a su camarín. Dizzy, le digo, me muero con vos, y le conté toda esta historia del Lago de los cisnes. “Yes”, me decía él, “eso es el beep-bop”. Quedó que me pasaba a buscar tras la función para ir a comer y hacer música a un lugar que les prestaba Fresedo. Desde ahí nos empezamos a ver y no nos separamos nunca más. El me decía que con Charlie Parker hacían lo mismo: tomaban Stravinsky y lo hacían con armonías de jazz, o armonías clásicas cantando un tema de jazz. Yo era muy menor, entonces venía mi abuela a acompañarme y Quincy Jones le armaba todo un sillón con almohadones, estaba lleno de músicos, ahí lo conocía a [Lalo] Shcifrin, quien fue luego mi novio, y al Gato Barbieri. Cuando se fue Dizzy sufrí mucho, él era mi padre, mi alma, mi todo.
¿Y su vínculo con la cultura africana como surge?
Siempre estuve cerca de la cultura africana. Trabajé con la embajada de Nigeria, hice años de investigación. La parte norte de Nigeria es el centro más poderoso que tiene Africa, y gente de allí me decía que el tambor es el latido del corazón, y que a medida que el negro duerme el tambor se ralenta, y que después el negro se despierta y el corazón se acelera, y el tambor va siempre al ritmo, porque es el que mueve la sangre del cuerpo, y cuando cantan, el canto es el espíritu, y allí el negro está entero. Respetar la música hace bien, pero aquí se le ha dado bastante la espalda a la herencia africana que tenemos. Yo no entiendo bien lo que ha sucedido. Porque pareciera que no es un pueblo racista, pero te dicen que los negros de acá se murieron todos en la guerra contra el Paraguay y con la fiebre amarilla y esa es una forma de decir que acá no hay negros. De los inmigrantes europeos, los que más se mixturaron con el negro fueron los italianos. Así, tengo entendido, aparece La Boca. Y a los negros se les prohibió salir a tocar su candombe a la calle. Se quedaron entonces en los patios. Y ahí salieron los italianos con la murga, que es como una tarantela, que viene de Taranto, un pueblo italiano, y “Taranto” viene de tarántula y vos fijate el baile de la murga, es gente intoxicada como una tarántula. Entonces lo que yo entiendo es que la murga tendría que tener candombe argentino en su formación. Yo no estoy en contra del candombe uruguayo, pero nosotros tenemos el nuestro que es bárbaro, lo que he tocado toda mi vida. ¿Cómo harías un espectáculo como el mío si no hubiera raíces rítmicas africanas en nuestra música? Mismo el tango, que viene de tangú, palabra africana, y la milonga que también es africana.

Oliverio Coelho


“La literatura puede tocar lo político”

Con treinta años acaba de publicar su cuarta novela, Ida, distribuida por la editorial Norma, que refirma la fecundidad de su proyecto literario a la vez que acentúa su apuesta por “la demora con que cada frase propone una versión de la precisión”, en una historia donde el periplo urbano encuentra al personaje con su condición social.

Dijo Beatriz Sarlo sobre la obra de Coelho: “pertenece a las escrituras intelectuales, cuyo tejido está hecho de dos hebras, una narrativa y otra interpretativa que produce imágenes, comparaciones, digresiones, que son obstáculo a la velocidad, o, si se quiere, instrucción de lectura con mucho de poética”. En efecto, en cada frase de Ida hay una propuesta de lectura, una originalidad con el lenguaje; “hay una dimensión poética del registro narrativo en todas las escrituras que pueden denominarse escrituras”, dice Coelho, quien realizó residencias de investigación literaria en México y Corea del Sur, había ya publicado dos nouvelles y las novelas Los invertebrables, Borneo y Promesas naturales, sobre las que suelen las que suelen aplicarse los términos “trilogía” y “ciencia ficción”, mientras que en Ida –escrita con una beca del Fondo Nacional de las Artes- se encuentra un oscuro realismo urbano: Eneas Morosi es abandonado por carta por una chica, y, como después de una muy paciente recolección de gotas, se rebalsa la contención del hogar y el personaje, enemigo del trabajo y finísimo escudriñador de excrementos, se lanza a errar por la ciudad.
¿Cuáles son los ejes narrativos de Ida?
Es una novela compuesta desde los incidentes, pequeñas aventuras. El personaje es amoral y eso me permitió dejar cosas sin justificar y renunciar a cualquier causalidad narrativa. Yo sabía que el final era la redención y la redención es el empate, hacer tablas, porque ganar es exponerse a otra pérdida. Ganar implica también una especie de hipocresía, es entrar en la sociedad bajo ciertas convenciones, y Eneas prefiere el ejercicio del cinismo al de la hipocresía. Cinismo que se ve por ejemplo en su negación del trabajo, pero sobre todo en la distancia que toma con el resto de los hombres. Es un sujeto larvario que ante la pérdida reacciona movilizando su autismo. Pero no es un dormido, es un indolente que calcula.
Si fuera dormido no escribiría en su cuaderno tan lúcida y taxativamente como lo hace. ¿Por qué piensa en destruirlo o regalarlo?
Porque el cuaderno es una evidencia de vida. Si hay vitalidad en Eneas está en sus anotaciones. No tiene otra pasión. Podría pensárselo como un hombre sin pasiones, más que como lo venía pensando que era como un hombre sin atributos. Y quizá un cínico es quien no se ve afectado por la pasión.
¿Cuánta continuidad y cuánta novedad tiene Ida respecto de sus precedentes?
Acá hay un intento de resignificar la realidad más explícito y menos lúdico. Los anteriores eran, de algún modo, utópicos, estaban ambientados en universos bastante dislocados y extraños. Y había en la escritura cierta pérdida de control, o excesivas libertades en la prosa. Pero a mí como lector me interesa eso de la literatura, cierto exceso; el barroco, el nonsense. Promesas Naturales es una novela embarazada de todo, pletórica. Y fue el final de una apuesta.
¿Qué proyecto agotó ahí, el de la ciencia ficción?
Cierto proyecto alucinado, surrealista. Yo nunca lo viví como ciencia ficción, sobre todo porque nunca fui lector de ciencia ficción. Esos tres libros tenían en común el trabajo con las distopías de la sociedad. Y cierta preocupación política que se plasmó en universos un poco paranoicos, los personajes viven perseguidos, casi tan perseguidos como en este mundo, pero de otro modo; la persecución es casi la norma.
¿Qué cambios hay en el estilo?
Creo que es similar, tal vez en Ida está más contenido porque el universo es más perceptivo. Lo que me interesa de la escritura es que se vea en el matiz, las escrituras como las de [Juan José] Saer, [Sergio] Chejfec, [Marcelo] Cohen, que son escrituras del detalle. En esta novela hay menos dudas internas del personaje porque el narrador está a cierta distancia, hay muchas percepción, una mirada que desnuda la ciudad. Eneas la descubre, la encuentra en bruto.
¿Se siente representado por la recepción anímica que el personaje tiene de la ciudad?
El está angustiado y proyecta. Mi recepción es más que nada asombrosa, no llega a afectarme lo que percibo. Me mantengo en la curiosidad. Incluso ante escenas terribles abrevo porque formarán parte de un universo literario. Uno tiene que estar predispuesto a absorber las escenas de la vida urbana; en la ciudad estás más expuesto al azar. Lo que el personaje va descubriendo durante su errancia es su condición de hombre político, de integrante de la sociedad; va perdiendo cinismo.
¿Por eso sobre el final se mete en una cancha de fútbol?
Podría pensarse así. No fue mi intención pero hay una lógica de que termine en un lugar tan popular.
Tiene una especie de epifanía mirando a Juan Sebastián Verón...
Todos vivimos en vecindad con el mundo de las estrellas. Hay cantidad de gente que ve a Verón todos los días, en los noticieros deportivos, en el diario; lo mismo cualquier otro jugador de fútbol, o animador de televisión, entonces pensé en cómo un individuo que se desalienaba podía afectarlo la presencia directa de un astro. Y de algún modo alucina: alucina el olor de Verón. Imagina que tiene algún diálogo sensitivo con él, no hay habla pero hay intercambio de olores. Telepatía olfativa.
En cuanto a su circulación social, ¿también puede tocar lo político un libro?
La literatura puede tocar lo político, sin dudas. Tal vez en el fondo los escritores aspiran a una codificación política de la realidad, en el sentido de que abordan la lucha de un individuo por sobrevivir, no porque hablen de enfrentamientos partidarios ni de la vida de un militante. Por ahí con un solo personaje, en ciertas situaciones dramáticas, interroga convenciones y hábitos hipócritas de la sociedad.
¿Concierne a las capas más primarias de lo político?
Sí, y el tratamiento de esas capas primarias puede despertar a algún lector. Creo que la literatura netamente social hoy en día puede ser estéril, se la come el tiempo. Pero por cuestiones de épocas; hay literaturas de otros momentos, netamente sociales, que leídas hoy tienen efectos políticos, como las novelas de José María Arguedas, lo mismo las primeras de Vargas Llosa; tienen una atmósfera imposible de repetir.
Lo vi en la Plaza de Mayo en la concentración de apoyo a las retenciones, ¿Qué lo llevó?
El desacuerdo de estos cuatro caciques agrarios que impulsan una especie de restauración católica de derechas. Yo salí acá en Boedo a preguntarle a los caceroleros qué pedían, y ninguno tenía respuestas, son gente sin capacidad de elaboración crítica, estaban ahí solamente porque les faltaba algo en las góndolas, y eso me molestó. Representan lo peor del argentino medio. No soy peronista pero me llama la atención la saña que hay con este Gobierno; recién ahora estoy conociendo lo que es el gorilismo. Y a lo mejor es el único progresismo posible, el peronista kirchnerista. Si este modelo fracasa y viene digamos Macri, sería sin dudas un retroceso. Además esos cuatro tipos ocupan un lugar en los medios que da vergüenza ajena. Hay un claro desequilibrio en la orientación de los medios de comunicación, casi todos contra el Gobierno, . La Nación no decía nada de cuánta gente había en la Plaza, y en la tele la enfocaban a Cristina y apenas un costadito de la Plaza que hacía parecer que había cien personas; hay una estrategia de desinformación muy clara.


Tenés miedos de lo que pueda pasarte como escritor?
El mayor es no tener más ideas y querer seguir escribiendo.


Nivela para arriba, como antídoto ante la estupidización promovida por los medios masivos?
No tengo modelo de lector. En todo caso, como ya sé que esa literatura existen como antídoto desde hace siglos, más que nivelar para arriba hago lo que puedo por ser fiel a la singularidad del proyecto.
El proyecto tiene que ver con el estilo?
Es muy difícil definir qué es el estilo, o escribir bien. Creo en la fidelidad al deseo y a las cadencias.

En cada frase hay una creación.
Bueno, pero eso creo que lo hacen todos los escritores, ¿no? En cada frase se proponen dejar algo; futbolísticamente hablando, es como que van a trabar en cada frase, tienen que dejar la vida. Tal vez sean los escritores que a mí me gustan. Lo que me interesa de la escritura es que se vea en el matiz. Algunas escrituras, como la de Saer, Chejfec, Cohen, son escrituras del detalle. En cada párrafo proponen versiones de la precisión. Precisión respecto de lo que uno quiere decir después de sopesarlo mucho; hay mucha deliberación interna durante la frase. De ahí la demora.
¿Opera por intuición semántica cuando escribe?
Sí, o sonora me parece. La frase la dicta una música, o más bien una cadencia. Hay una dimensión poética del registro narrativo, en todas las escrituras que pueden denominarse escrituras, lo que pasa es que ahora el arco de escrituras es muy amplio, pero yo lo restringiría.
No todos los escritores crean algo en cada frase; la semana pasada entrevisté a Cucurto, por ejemplo, que en muchas frases es llano como el habla cotidiana.
Lo que pasa es que ahí ya estamos hablando de un producto, de un escritor que tiene alguien que el edita los textos al lado; me parece que es más un personaje. Hay otros escritores que también administran su figura como personajes pero de tal modo que afectan el texto para bien, como Mario Bellatin, que erige un mito que no distorsiona su calidad literaria. Es más, en Bellatin seguir la composición del personaje es útil para acompañar los textos como Una liebre muerta o Perros héroes, a diferencia de Fogwill que tal vez es mejor leerlo y nada más.
Publicado más breve en Debate

Washington Cucurto

“La literatura es un pretexto”

Washington Cucurto, nombre bajo el que escribe Santiago Vega (Quilmes, 1973) es uno de los autores emergentes de la literatura actual más promocionados, y según él criticados, con un perfil fundamentalmente trazado por la identificación con lenguaje y referencias nutridos de la cultura popular y festiva de la Argentina contemporánea, en rigor compuesta por la confluencia de diversas naciones latinoamericanas. El autor-narrador-personaje es una voz que habla –para los sectores letrados- del abajo con palabras del abajo, revalorizándolo. Empezó hace diez anhos publicando poemarios en pequenhas editoriales independientes de la denominada “poesía de los noventa” (Zelarayán y La máquina de hacer paraguayitos en Deldiego y Siesta, respectivamente), luego la editorial Interzona -también independiente pero no tan pequenha- publicó Cosa de negros, acaso su libro más querido, y Las aventuras del señor Maíz, pero antes, en 2002, Cucurto había comenzado la obra que lo distingue del resto de sus colegas: fundó Eloísa Cartonera, editorial cooperativa y artesanal que fabrica los libros con cartón comprado a recolectores callejeros, que además de publicar a autores jóvenes recibió el apoyo (o sea textos para editar) de muchos consagrados como Rodolfo Fogwill, César Aira y ahora el mismísimo Jorge Herralde, director del sello Anagrama, quien acaba de acordar la publicación de un libro de crónicas suyo en la Cartonera.
Fue con ese prontuario que el Grupo Planeta lo fichó desde el sello Emecé, presentándolo en El curandero del amor como “escritor maldito, cross a la mandíbula de la cultura bienpensante”; ahora acaba de editar 1810. La revolución de mayo vivida por los negros, una novela cuya solapa trae extractos de comentarios de Beatriz Sarlo, Ricardo Piglia y Tomás Eloy Martínez sobre Cucurto en los que mencionan a Roberto Arlt, a Osvaldo Lamborghini. El libro realiza la operación Cucurto sobre la gesta patria: San Martín era un bisexual que traía esclavos y marihuana de Africa, los negros alegraron la fisionomía de la ciudad con sus bailes de cumb y su constante disposición al placer, todo contado por una voz que prepondera por sobre lo demás y constantemente juega con su condición autoral.
La solapa es fuerte, no?, Piglia y Sarlo comparándolo con Artl. Le pesa a Vega todo lo que se deposita en Cucurto?
Sí, es fuerte, es el mensaje que quieren tirar. Yo no lo hubiese puesto, pero ellos jodían con ponerlo y yo en un punto no me voy a estar enganchando con eso. No es de mi gusto, pero tampoco prima mi gusto en todo lo que hago. No me calienta mucho. Cucurto es el personaje de los libros, soy un poco yo pero no completamente. No me cae como presión. Al menos ahora, tal vez dentro de diez o veinte años sí. Tampoco es algo que pienso hacer toda la vida, escribir. El mundo de la literatura es sólo un período para mí.
Y qué otras cosas le dan ganas?
La política, por supuesto. Soy un animal político. La Cartonera no es una militancia pero sí el comienzo de algo, espero. Hay mucho para hacer, hay que atreverse y tratar de ir haciéndolo.
Qué ideas sobre la literatura que están implícitas en la cartonera tienen presencia también en sus libros publicados en otros sellos? Por ejemplo las críticas sociales.
No sé si mis libros pregonan un mundo mejor; me parece que no. Pero acá en Eloísa por supuesto, claro, creemos en el cooperativismo y en el trabajo como generador. Es el trabajo que más quiero. Y la literatura es algo anexo, incluso para nuestro proyecto de fabricación de libros, no es lo más importante, lo fundamental es cómo trabajamos, cómo nos organizamos, quiénes somos, por qué estamos acá; la literatura es solamente el pretexto. En mi vida también: la literatura me fue dando trabajo, me fue sacando de donde yo estaba, me fue dando un lugar, y por eso pude generar esto. La literatura es una herramienta para activar, no es un mundo libre, incluso en la ficción, hay que ir trabajando la relación con el lenguaje.
Su autodefinido estilo de “realismo atolondrado”, lo hace reírse mientras escribe?
Sí, me río, lloro, me conmuevo. En El Señor Maíz, mientras escribía la parte en que me echan del supermercado, que es algo que me sucedió, lloraba. O cuando escribí Zelarayán me divertía mucho, porque era mi primer libro, primera experiencia. Yo era repositor de supermercado e iba aprendiendo, conociendo un mundo nuevo, era un juego, el juego del lenguaje, de las imágenes, de la relación con los demás a través del texto, me divertía muchísimo. Los libros siempre me han divertido, por lo general no me cuestan, pero me conmuevo, soy muy sensible, incluso cuando escribo las notas en los diarios [Cucurto escribe en la revista del diario Crítica]. Es muy atacada ese tipo de literatura, en los blogs, en todos lados. A mí me caen muchos prejuicios y la gente ni me conoce.
Cómo definiría ese “tipo de literatura”?
Yo intento alejarme de lo solemne y del concepto de calidad, me parece un concepto separatista y herramienta de quienes tienen poder en la literatura. Mi escritura es muy oral, no es rupturista ni de vanguardia, es tradicional, viene de lugares: la parodia rioplatense, desde Arlt hasta Asís y Lamborghini, toma también del barroco cubano, del realismo mágico. En el libro hay un homenaje (entre muchos otros) a García Márquez, siempre intento homenajear a autores bastardeados por la Universidad. Me interesa mucho la tradición.
Se siente también parte de un hilo generacional actual?
Un poco tal vez. Uno no puede escapar a su época, debe rescatar el espíritu de lo que sucede; uno tiene que amar al momento en que le toca vivir. ¿Cómo sería escribir hoy después de Walsh, después de Conti, después de Aira, de Piglia? ¿Cómo escriben los contemporáneos? ¿Está escrito todo? Es el desafío también, qué se hace ahora.
Dentro de 1810 reescribe el cuento de Fogwill Help a El, a su vez reescritura del borgeano El aleph.
Sí, reescribo la reescritura de El Aleph. Los dos me habían gustado mucho, y la reescritura me parece algo muy importante, esa instancia en que uno ya tiene todo, sabe lo que va a pasar en la historia entonces lo único que tiene que hacer es liberarse.
Este libro es todo así.
Sí, es toda una reescritura de la historia. La historia como una novela que a medida que fui leyendo rescribí. Leí los libros de Felipe Pigna, me gustan, me inspiré mucho para hacer esto en los libros de él, algo sencillo que le da una idea al que no sabe. También leí a Halperín Donghi, muy complicado pero muy rico. Me puse a leer libros de historia y la rescribí inmediatamente, estaba todo armado, era fácil, lo escribí rápido. Un juego. También relacionado con el presente, porque hay muchas cosas que podrían suceder ahora. Prácticamente todo: el tema de la revolución, la dinámica del poder, la relación con Europa, es casi lo mismo antes que ahora.
Puede funcionar como intervención política el libro, de tomar postura? Le interesa la capacidad de la literatura de intervenir en el presente?
Sí, la voy descubriendo ahora y me interesa. En este momento estoy escribiendo unos cuentitos sobre sucesos actuales pero con una cosa medio histórica. Uno es la mujer de Marulanda [el recientemente muerto líder de las FARC], está en el desierto a los ochenta años y le cuenta a un periodista muy joven cómo es la vida en la selva, lo que fue la guerrilla en esa época. Después tengo otro que es un diálogo entre sindicalistas, cosas muy actuales, que pasan acá.


Publicado en Debate

Sergio Chejfec - laaargo


La escritura de poesía es para mí algo muy puntual y aislado, también esporádico.


1- Leí en un reportaje que se fue de Venezuela en parte por la evolución sociopolítica del país del Orinoco en los últimos años. A la luz de esa experiencia (o, quién sabe hasta mejor, a su sombra), ¿cómo diría que el clima político de un país puede afectar a la práctica literaria? Por otra parte, usted dejó Venezuela y escribió un libro que la tiene como protagonista, ¿no? ¿Cuáles son los rasgos de la dinámica venezolana que más lo impresionaron? Y, otra pregunta: si ha sentido vínculos entre las conmociones sociopolíticas y la escritura, ¿ha visto algo en la literatura argentina que atravesó (o fue atravesada, tal vez esa es la pregunta) el 2001 que se deje leer en esos términos? [Por cierto, ¿ha notado que uno de los libros más explícitamente escritos desde el 2001 (“2001” nombra aquí ante todo una alteración subjetiva), El año del desierto, tiene como punto fundamental un devenir, o mejor, un des-venir de la morfología urbana que usted delineó una década antes en El Aire, es decir, que fue anticipatorio respecto del imaginario literario de acá?]

Lo más impresionante de la sociedad venezolana es que constantemente se piensa a sí misma emergiendo de un estado de naturaleza. Cada tanto se representa un nuevo comienzo colectivo, tanto en la cultura como en la política. Eso tiene efectos contradictorios: una suerte de optimismo consustancial y a la vez un remordimiento traumático por el significado del pasado, incluso por su misma existencia. Se dice que no es fácil hablar de Venezuela, me parece que es así porque hay muchos prejuicios. No sería bueno resignarse a la idea de que éste es el modo vernáculo de la política latinoamericana y que hay que adaptarse. Es una administración palaciega, ineficaz como tantas otras en el continente, incapaz de corregirse dentro incluso de su presunto universo ideológico. Es harto evidente el carácter religioso del chavismo. La política se ha convertido en una liturgia retórica con su lenguaje eufemístico, palabras vedadas, frases sacralizadas, definiciones lapidarias, moral variable y heroísmo de manual escolar. Una cosa notoria es cómo el poder sospecha de las palabras, porque se siente acosado por el mismo lenguaje.
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2- En una literatura tan poco oral (tan “literaria”, acaso podría decirse), escribiendo pensando en la literatura argentina pero ambientando novelas en distintos países, ¿cómo afecta el habla de personajes de diversa nacionalidad a su escritura, aún sin estos personajes hablar de modo directo?

El punto es que, como todos saben, el “habla directa” también requiere de una operación precisa. Es una construcción tan convencional como las otras hablas, o todavía más. Nunca me gustó dedicarme al habla directa más que como cosa aislada, a veces chistosa y en general privada. No porque piense que el mundo de la oralidad no ofrece relieves, sino porque requiere estrategias de representación idiomática que traman una relación muy pegada entre objeto y obra (o entre vida y arte). Y esa relación de reflejo impregna el resto de los contenidos, es como una ley de la que es difícil salir. La única escritura que en la Argentina lo consigue es la de Ricardo Zelarayan. Es un caso milagroso, porque Zelarayan descubrió para la literatura argentina que el idioma “popular” para que sea literario debe ser amoral. Y en el momento que es amoral deja de ser completamente “directo”.
Todos los demás, quienes se fijaron reproducir el habla “de modo directo”, sucumbieron al mandato realista inscripto en el gesto idiomático, algunos por supuesto voluntariamente. Hay quienes quisieron instalar el escape en la sátira (Miguel Briante), en lo fantástico (Bioy o Cortázar; también éste en lo político) o en la artificiosidad del pop (Manuel Puig). Pero no fue suficiente, el peso del idioma es tremendo, es un contrato instransferible que te hunde o te salva, pero que, para peor, tampoco garantiza resultados. Y eso es lo bueno que tiene la literatura argentina, que comparada con otras presenta una tendencia débil al realismo lingüístico; quiero decir, salvo excepciones no cree en la ilusión de que el habla verdadera o directa pueda ser representada con fidelidad. Claro, muchos pueden ver en eso una restricción. Pero el problema está en otro lado. Es lo que decía Gombrowicz: en la Argentina los escritores y la sociedad no tienen el mismo idioma. Pero yo creo que en ese punto se producen fricciones bastante importantes que forman parte de la tradición cultural o literaria del país, y que por lo tanto es inútil denostarlas o lamentarse por ellas. Es lo que no alcanzó a ver Gombrowicz: la utopía de la literatura argentina consiste en buscar imponer una lengua que no existe.
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Por mi parte, en este aspecto me gusta la idea de concebir la literatura como el desarrollo de un idioma privado. Aunque no tan privado como para afectar la lectura o la identificación (eso espero). Es una lengua atravesada de voces y relieves de distinto tipo y con diferente valor; para mí el desafío está en crear lenguas artificiales con la suficiente elocuencia como para parecer consistentes, siendo como digo irreales. No presentarse como un panorama o reflejo del mundo sino como una interpretación, o mejor, sólo como una alusión. Paradójicamente, cuando conseguimos decir más, o mejor, es cuando nuestra lengua es más acotada. Una literatura que no precise explicarlo todo es el ideal de todo escritor, quien debe regular su lengua para que no sea ni redundante ni irrelevante.
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3- Me gustó mucho su texto sobre el fracaso en literatura
[1]. La verdad desconozco si “es” una ausencia, pero como la leí en el último año la tengo presente, a Respiración Artificial, de la cual varias cosas me gustaron mucho; entre las que más, la idea que plantea Tardewski sobre el fracaso (“el fracaso, enfocar en la falla de todo, es la única vida sinceramente filosófica”, por ahí venía). ¿Qué le pareció, recuerda ese planteo, fue una decisión no usarlo? Subpregunta: ¿puede venir al caso la idea que escribió en el texto sobre los “lugares” de los escritores, respecto de la escasez como rasgo de abundancia, que mutaría levemente a una idea del fracaso como autosuficiencia?


No me acordaba de esa parte de Respiración artificial, es verdad. De todos modos Piglia le da al fracaso una dimensión casi metafísica. En su novela, el fracaso individual de los personajes traduce el fracaso colectivo. No quiero decir que lo tematice ni que lo represente; es una distinción importante. Simplemente lo traduce, lo incorpora a otro régimen de narración. Es lo que diferencia radicalmente a Piglia de otros autores con quienes se lo ha relacionado, que usaron las personalidades fracasadas como clave alegórica de un fracaso nacional. En otros escritores, los personajes son hablados por la historia. En el caso de Piglia son hablados por la literatura, cuyo sueño, veleidad o condena consiste en interpretar la historia, en hacerla hablar en clave particular (pero eso es otra cuestión). No me parece poca cosa el intento de traducir la historia, al contrario; muchos hasta son incapaces de intentarlo. Es algo que está entre la ficción y la interpretación.
En cambio, yo me refería a una idea más ramplona del fracaso. Un horizonte funcional que siempre nos acompaña, pero que adquiere distintas formas según la época, la ideología literaria o la identidad estética. Eso por un lado: el universo de convenciones donde los fantasmas prácticos de los escritores terminan resolviéndose. Y por el otro, el fracaso como obstáculo definitivo cuando se trata de escribir, o de representar en general.
La ilusión de poder decir las cosas enteras cuando en realidad terminan siempre deformadas o incompletas. Esta es una decepción inherente a la literatura y también lo que le permite ser literatura tal como la entendemos desde su principio. Hay épocas o tendencias que ponen más o menos acento en esta decepción. Hay un movimiento de optimismo respecto de la representación y otro de pesimismo. Me parece que la literatura siempre fluctúa entre las categorías de verdad y de falsedad, y por eso requiere de la desconfianza en su propia capacidad de representación. Porque si la literatura fuera un vehículo transparente de lo que se propone mostrar, la incertidumbre no existiría. En realidad la incertidumbre está en la base de la literatura. ¿AQUÍ INTUIOCION ESTETICA?
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4- También leí que –decían que- usted expresó haber buscado que la narración estuviera hecha de la representación del pensamiento, y que el pensamiento, ergo, sería el escenario. Y Baroni.... es una perfecta consecución de tal –por así decir- cosmovisión literaria. ¿Qué es para usted, dentro de esa visión, el pensamiento? Porque no se trata meramente de un monólogo conciencial del narrador, en el sentido de que hay una discriminación finísima de los avatares del lenguaje, ¿podría intentar describirla? Por otra parte, charlo aquí sobre esto con un amigo escritor, Federico Levín, quien me dice que hay o ha habido una tradición literaria según la cual el pensamiento del narrador constituía una interioridad, de lo que desprendía una diferencia con “la exterioridad”, pero que en su obra esa separación parecería disolverse. Cita como ejemplo la movilidad de perspectiva en Los Incompletos. ¿Que “el pensamiento” sea el escenario nombra esta apuesta? Y, otra pregunta: si es el pensamiento donde sucede la acción, ¿cómo describiría los puntos de encuentro entre el el ensayista y el escritor de ficción?

[EL pensamiento] Es un escenario donde transcurre la narración. Casi de modo teatral. El relato sería el despliegue del pensamiento, en el sentido de cavilación. Eso incluye la sintaxis de la memoria y operaciones relacionadas como evocación, digresión, asociación, que en realidad tomo como estrategias. Algo así como un razonamiento sostenido por alguien que se propone narrarse a sí mismo como la única forma de describir una cosa real, porque otra estrategia sería instalarse en el campo de la ficción admitida y convencionalmente administrada. No me interesa tanto cómo ocurren las cosas sino cómo se describen; y en la elaboración de esa descripción es donde encuentro la aventura narrativa que me atrae. Por eso mis textos son un poco reflexivos, con una leve inclinación a lo ensayístico. Sin embargo yo no opondría ensayismo y ficción. Creo que muchas veces contribuyen a establecer equilibrios variables. Hay una densidad que la ficción sola ya no puede crear, y viceversa. Me interesa intervenir en la frontera de ambos registros.
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5- Un poco desde el mismo impulso de la pregunta de recién, ¿Qué lo lleva a la forma novela? Hay un montón de ideas ensayísticas con textura de genialidades teóricas, es decir que en sí mismas no parecen necesitarla; un ejemplo entre tantos posibles: “...la inspiración moral alcanza su más alto grado de certidumbre en el momento de la consecución plástica, cuando se impone como intuición técnica”.

Para mí la novela es un discurso sobre lo verdadero y sobre lo falso al mismo tiempo, YA LO DIJO que no toma partido por una categoría en particular. Se ubica en una frontera, a su vez borrosa. Si uno se pone a ver, siempre se ha acusado a la novela de no ser clara, explícita, y de no precisar lo que busca decir. Cuando los novelistas han querido decir las cosas explícitamente a través de las novelas, han salido novelas malas. Y al revés, cuando han querido escribir libros descuidados, sin interesarse por discriminar lo cierto de lo dudoso, han salido buenas obras. Por otra parte, como lector me gustan los textos que plantean otro tipo de dificultad, los que me interrogan acerca de lo que estoy leyendo y son de algún modo inclasificables. No tienen que ser necesariamente exhibicionistas, tampoco deben desplegar una inteligencia de programa, pueden ser textos inspirados o guiados por la intuición. La intuición estética es una de las cosas más importantes que un artista puede tener.
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6- El deslumbramiento que le produjo Baroni, ¿qué información le da sobre su propia relación con su arte? Pregunto porque, por ejemplo, usted plantea que lo impacta la elocuencia expresiva que ella logra con tan pocos recursos técnicos, mientras que su literatura es pletórica en su capacidad de moldear las piezas del lenguaje como recursos a piacere. Otro ejemplo: el narrador dice que “en la obra de Baroni no hay una búsqueda de decepción ni de ironía, tampoco de incertidumbres directas sobre el sentido”, mientras que su literatura (acompañada por sus dichos públicos sobre ella) explora la incertidumbre y la ironía como poderes estéticos constructores de ficción, ¿no? Entonces, ¿cómo se piensa a usted mismo desde su vínculo “interior” con Baroni? En el libro el narrador habla de “una suspensión de mis capacidades”, pero sin embargo se despacha con tremendo textazo... ¿Cómo definiría su arte (las “premisas que lo hacen posible”) a distancia de esa “inocencia”, de esa “infancia del arte”, que representa Baroni?


El caso de Rafaela Baroni es especial desde mi punto de vista porque en ella encontramos conjugados elementos que pertenecen a experiencias e historias de naturaleza distinta, incluso opuesta. Baroni es una artista popular, ingenua, con una agenda conceptual muy simple. De origen sumamente humilde y autodidacta, se acerca al arte siendo ya adulta como una estrategia de supervivencia. A lo mejor sería equivocado llamarlo arte, o sería irrelevante. Ella comienza a hacer arte bajo la forma de la artesanía. Nunca dejó de ser artesana, pero es el propio peso de sus reiterados motivos, y la vez la densidad de su producción, donde se combina la destreza técnica con la austeridad material, sin olvidar la porosidad del sistema cultural venezolano, lo que convierte su obra en arte. O sea, su trabajo refleja cuestiones que exceden su conciencia, algo del todo infrecuente en el arte contemporáneo, donde la selectividad conceptual y la deliberación estética lo son casi todo. En un punto, Baroni tiene una connotación heroica, así es como me gustó describirla. No me resulta fácil asegurar si su complejidad le pertenece o si forma parte del diagnóstico de la novela, en todo caso no me parece lo más importante. Lo más probable es que haya una combinación de las dos cosas. Porque Baroni no es solo una artista o una obra, sino una forma de leer la cultura y practicar el arte. En varios sentidos puede parecer una forma un tanto excéntrica, y por eso mismo me interesé por ella. Baroni me ayudó a hablar sobre experiencias que considero centrales, como por ejemplo la convivencia de distintos sentidos del arte, y referirme a ello sin condescendencia ni paternalismo.
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El discurso referido debe cumplir requisitos para que sea comprensible, y ello implica un gasto; ese gasto es la simplificación. Pero no es cierto que la literatura deba ser simple porque es simple la realidad. La realidad nunca es simple, incluso si solo quisiéramos asignarle valores. Cuando más loca, enrevesada e incomprensible es una literatura, más honesta es con la realidad.
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FUNCION DE LA LITERATURA
Creo que la literatura propone ahora una profundidad distinta; más que una profundidad una transversalidad. O mejor dicho, la literatura dice que la verdad no está en la profundidad sino en la contigüidad. Ha habido un cambio en el inconciente espacial de la literatura. No revela sino que delinea. Ya no ilumina, tan solo alumbra con su débil llama. El punto está en que la literatura no sea meramente decorativa.
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Una versión abreviada salió en Debate

Tuesday, May 27, 2008

Juan Villoro

“No hay hinchada como la argentina, como la de Boca”

El celebrado autor mexicano vino a Buenos Aires para presentar Los Culpables, el libro de cuentos que editó Interzona -después de la buena recepción de la nouvelle Llamadas de Ámsterdam-, con historias finamente ingeniosas situadas en el envés de las situaciones de la vida contemporánea, allí donde las exigencias de los lugares sociales conspiran contra la economía anímica personal. La desazón, empero, en el trazo de Villoro puede ser asumida sin resignar del humor, cáustico.
Ganador del premio Herralde con su novela El testigo (además de ex agregado cultural de México en Alemania, Profesor de Literatura en la UNAM, Yale y Boston), Villoro explicó a Debate el sentido experimental de estas piezas -de “narradores torpes”- en relación con su obra. Además, el autor del ensayo Dios es redondo habí a visto, dos días antes de la nota, el Superclásico en la Bombonera. Entonces recordando también su pasado como futbolista juvenil amateur y su cobertura periodística de tres mundiales, Villoro argumentó su devoción por el deporte que “otorga un calendario a las pasiones”.
¿Por qué un cuento sobre un mariachi masivo que va al psicoanalista?
El mariachi representa lo más arquetípico de México. Me interesaba ver cómo alguien que es un lugar común de su país considera a su propia intimidad como un país extranjero. Primero porque él tiene poco acceso ya a sí mismo, por la mentada soledad que te genera la fama pero también porque él ha llegado a ser célebre por destino manifiesto, nunca decide nada: su padre fue mariachi, tiene la cara perfecta para cantar canciones de rencor, buena voz, y esto lo ha puesto en una pista que siguió de manera automática a pesar de que lo que a él le interesan son las carreras de fórmula uno, otras cosas. Para reinventar su intimidad, que sería lo más genuino, llega a otra zona extraña, la del cine, donde para una película le hacen una prótesis genital; sus genitales terminan siendo un país extranjero.
Pero su participación en el film también es organizada por otro: la mujer productora que lo convoca.
El tiene una orfandad esencia, ha sido adoptado por la vida mexicana, y obedece el guión que le escriben otros; harto de ser manipulado, se entrega a otra manipulación que le gusta más. Mejorar un defecto es encontrar otro más agradable, salir de la neurosis no es curarte sino encontrar otra más favorable.
Cada narrador tiene su resignación.
Quería trabajar con narradores torpes. Son narradores en primera persona, ninguno es profesional pero tampoco son miméticos de la voz coloquial mexicana; quería construir una realidad alterna con estos personajes que no saben narrar muy bien. Quería que el lector entendiera el relato mejor que el narrador. No quiero escribir mal, eso es lo más fácil del mundo, pero sí quiero que estos narradores torpes escriban historias que parezcan accidentalmente buenas. Cada uno a su vez tiene que autojustificarse, y recurren a una constelación de excusas, en relación con la política, o la falta de trabajo, o la ex mujer; uno de los mecanismos de la auto defensa es depositar la responsabilidad de los hechos en el exterior, la culpa siempre está en otro lado. Los personajes van en un safari de responsabilidades y, aunque son cronistas de sí mismos, las encuentran siempre ajenas porque a ellos les ha pasado algo incómodo.
¿Reconoce narrativas afines a esta búsqueda?
Por la tensión del cuento y por utilizar personajes que no saben contar historias, el referente clásico es Chejov, cuyos cuentos están muchas veces contados no sólo con la economía de recursos que él volvió canónica, sino desde la mirada de campesinos, o sacerdotes de provincias, desde voces rotas. Luego, en la literatura contemporánea hay efectos parecidos creo yo en alguna zona de la literatura de Rubén Fonseca, en Carver, muchos de los cuentistas que admiro. A mí me interesa mucho una reflexión de Piglia sobre el estilo, que plantea en Respiración Artificial. Dice que el estilo literario que solemos usar nosotros porta una deliberación estética: el que escribe es una persona que asume la lengua de otro modo. Con las palabras de todos, habla de manera distinta. Una construcción cuidadosa del mundo. Pero esto a los narradores puede llevarnos a cierta codificación que impide, a veces, una novedad de la expresión. ¿Cómo curarnos del estilo que por otra parte necesitamos? El pone el ejemplo de Roberto Arlt, un estilo deliberadamente incorrecto donde hay cosas que deben ser corregidas por el lector, aunque corregir a Arlt es fácil pero escribir una página como él es imposible, dice Piglia. De todos modos copiar a Arlt sería volverlo un código, una nueva retórica, ¿cómo librarnos de esto? Los escritores de tanto en tanto buscamos fórmulas. Me gusta mucho la idea de [Witold] Gombrowicz de la inmadurez: hay que aprender a ser inmaduro, recuperar una frescura del habla sin que sea una cosa mimética, una copia testimonial de la realidad. Todo esto es una explicación complicada para algo que en los dispositivos de Los Culpables debe tener una apariencia de naturalidad, no debe para nada mostrarse este esfuerzo. Son narradores torpes que crean accidentalmente formas novedosas del relato. Como quien cuenta una historia de vida en un bar. Ahora bien, en modo alguno intento criticar el gran estilo, ni pienso dejar de escribir novelas con una elaboración estilística distinta; es una exploración.
¿Buscan estos cuentos profundidad y entretenimiento a la vez?
Es una intención. Una de las cosas más complejas en literatura es escribir una trama que suscite una intriga, desemboque en una zona de asombro, y que al mismo tiempo ese asombro no sea del todo arbitrario. También me interesa que eso ocurra sin grandes efectos especiales que dramaticen. Por ejemplo, un amigo con el que discutí los manuscritos, me proponía que incluyera en un cuento un suicidio y en otro una muerte por accidente, aduciendo que los personajes necesitaban causas externas para lo que estaban sintiendo, pero yo no quise poner la realidad a la altura de la neurosis de los personajes, porque los justificaría. Están en un destino repetible casi por cualquiera de nosotros. No hay la gran tragedia. Ni tiene que morir alguien en el primer párrafo para que la historia sea triste. Y sí, que haya una dosis de profundidad en lo que parece trivial, bobo, en lo infraordinario. Ese es el universo que me interesa.
Vio el último Boca-River en la Bombonera, ¿cómo fue?
Fue uno de esos clásicos bastante típicos donde el público hace más fuerza que los jugadores, la cancha estuvo vibrando todo el tiempo. Yo había visto River-Boca en el Monumental en el 74. En Argentina el fútbol suscita una pasión especial que tiene que ver con varias cosas; el público se cree intervensionista, quiere incidir en el resultado, entre otras cosas porque aquí el resultado es importante. En un Mundial, los argentinos tienen el mérito de poder esperanzarse y decepcionarse. El espectador mexicano sabe que nunca va a ganar nada. El resultado es algo, entonces, totalmente secundario. Lo importante es que el público arme su propio espectáculo, una algarabía bastante feliz, el partido es un pretexto para la congregación, como en todos los ritos en México. El resultado no importa porque si ganamos es un accidente.
¿Ve naturalezas distintas en las hinchadas?
De lo que he visto en el mundo, no hay una hinchada como la argentina y no hay una hinchada como la de Boca. Fue apasionante seguir a Maradona en el mundial 90: a los napolitanos les dijo antes del partido contra Italia: “No hinchen a la Italia del norte, la Italia pobre somos los argentinos, nosotros somos ustedes”. Fue un drama magníficamente orquestado por él. La hinchada napolitana estaba avergonzada, al punto de que en el estadio había carteles que decían “Diego perdónanos, Italia es nuestra patria”. Y cuando ganó Argentina, los italianos del norte dijeron que los napolitanos no supieron alentar a la selección.
¿El fútbol sirve para tramar los relatos nacionales?
El fútbol tiene una condición de espejo extremado. Y ofrece un calendario para las pasiones: garantiza que sucedan y que se interrumpan. Es una especie de terapia comunitaria, en los más grandes momentos, porque también puede ser una lacra comunitaria. El fútbol extrema pasiones. Y los estadios son aparatos para regresar el tiempo. Regresamos al niño que fuimos: en el fútbol los ídolos son posibles, todo depende del juego y al mismo tiempo nada es tan serio como el juego. Y de ahí la fidelidad a los colores: en un mundo inconstante, se puede cambiar de todo menos de equipo de fútbol, porque es como negar el niño que fuiste. Además, escoger un club es escoger una forma de comportamiento frente a la adversidad, algunos comportan escuela de escepticismo, como el Necaxa, mi equipo: enseña a resignarse frente a la adversidad. Por otra parte, el hecho de que el fútbol pueda ofrecer un buen espectáculo y terminar en un cero a cero, es algo que desconcierta a los aficionados estadounidenses, porque en un país triunfalista es mejor que haya un ganador certificado aunque sea el rival. Y hay grandísimos partidos cero a cero, Holanda-Alemania en el Mundial 90, por ejemplo.
¿En el fútbol la intensidad está dada por “la inminencia de lo que puede no realizarse”, variando apenas la definición borgeana del arte? Sí, la espera. Hay partidos perfectos aunque la mayor parte del tiempo no pase nada. El gol dura cuatro segundos y el resto del tiempo es Riquelme cuidando la pelota, rompiendo el tiempo. Eso los europeos no lo saben todavía muy bien. Butragueño lo sabía. Por otra parte, el fútbol se asemeja mucho a la vida en la presencia de lo injusto; nadie merece un gol mal anulado como nadie merece un cálculo en el riñón. Errar dos penales en un partido es mucha mala suerte. Ahora, errar dos, pedir el balón para un tercero y volver a errarlo, como le sucedió a Palermo, ya es literatura. Escapa a todo; la magnitud del error lo inscribe en la zona de los misterios.
¿Usted ha jugado?
Jugué hasta los diecisiete en los Pumas, me probé en la Reserva Especial pero no tenía facultades suficientes, ni siquiera para el fútbol mexicano.

Thursday, May 15, 2008

Eduardo Berti

“Recuerdo en blanco y negro la época de Videla”
Publicado en Debate, Abril 08

La nostalgia de los recuerdos infantiles tiene para los tiempos de dictadura una marca cromática: la época es en blanco y negro, y en los grises sobrevive lo humano. Ya adulto, el narrador de La sombra del púgil, cuarta novela de Berti, recuerda que cada noche de aquellos años en la mesa familiar –ámbito privado por excelencia- el padre contaba a sus hijos la historia de Justino, boxeador retirado cuyo mayor logro deportivo había sido derrotar, en su última pelea, a un debutante que luego fue campeón nacional indiscutido. La remembranza, que también reconstruye tramas familiares, habilita un fino registro donde la inocencia infantil simplifica una expresión cargada al mismo tiempo de la lucidez de la experiencia acumulada. Abundan las frases largas, frases de un párrafo, pero jamás intrincadas.
Berti (Buenos Aires, 1964), quien regresó hace dos años tras nueve viviendo en París, es autor también de dos libros de cuentos, traductor y periodista cultural aquí y en varios otros países, y lleva a cabo, por otra parte, una difusión literaria casi militante, desde su muy interesante blog (www.eduardoberti.blogspot.com) y, ahora, desde una apuesta mayor: acaba de fundar (junto a sus amigos Eduardo Milewicz y David Fajn) una editorial, La Compañía, de la que conversó con Debate.
¿Cuál fue la búsqueda estilística en esta novela centrada en el arte de contar historias?
No concibo la literatura sin una búsqueda estilística. Es una búsqueda ardua y difícil que yo mismo defina; en todo caso puedo decir que, al escribir ficción, me preocupan muchas cosas que tienen que ver con el estilo: me interesa una prosa eufónica, un tono, una perspectiva interesante (llamémoslo punto de vista), una emoción y una trama bien construidas, entre muchas otras cosas.
El narrador recurre, para contar, a otros narradores (como el padre y la madre), ¿qué dicen la estructura y contenido de esta novela sobre el arte de narrar?
Es un tema muy largo pero, siendo breve, sí, claro, esta novela, que no es meta textual como mis novelas anteriores La mujer de Wakefield y Todos los Funes [NdelaR: finalista del Premio Herralde] sí es, en cambio, autoconsciente: sin planteamientos teóricos (porque es una novela) expone ciertas ideas acerca de la narrativa. El padre de los narradores, y luego la madre, cuentan historias a la hora de la cena. Esto permite reflexionar sobre cómo se construye una historia, cómo se suscita la atención de los lectores, cómo se obtiene la así llamada verosimilitud, y otras cosas por el estilo. Esto no está en primer plano, puede leerse la novela sin tener todo esto en cuenta. Pero a mí me gusta que las novelas tengas claves de lectura y de relectura, y estas reflexiones acerca de la narrativa son, creo, claves de relectura.
¿Lo siente como un libro autobiográfico?
No lo siento como un libro autobiográfico del modo que Marcos Mayer planteó en ADN el fenómeno del "yo" narrador y "yo" escritor que se funden y confunden de formas muy interesantes e inquietantes. Sin embargo, claro, es la novela más cerca a mí, por época, por lugar, porque los hermanos narradores son de mi generación y vivieron cosas parecidas a las que viví yo. El otro día, releyendo El arte de la novela, de Milan Kundera, tropecé con una frase que define bastante cierto procedimiento de La sombra del púgil: dice Kundera que el novelista derriba la casa de su vida para, con las piedras, construir la casa de su novela. Yo tomé elementos de la historia de mi familia, y otros de la historia de la familia de mi mujer, y los demolí. Quedaría más pedante decir que los deconstruí, pero no, fue más brutal lo mío. Con las piedras, como dice el amigo checo, armé otra cosa, que no es fiel a la materia
prima pero que en ciertas cosas se parece, claro.
En la novela, los padres evitan que sus hijos se enteren de “los horrores del mundo”. ¿Cómo cree que afectó a su generación ese cuidado paternal? El silencio rotundo puede ser un modo de la información.
A mí me pasa que recuerdo los tiempos de Videla en blanco y negro. Y también me pasa que, por la edad que tenía entonces, mi vínculo con la dictadura fue a
través de los miedos, los silencios o los cuchicheos de mis padres y de la generación de mis padres. Esto último es bastante inevitable porque tenía once años y medio cuando fue el golpe a Isabel Perón. Mi familia vivía a media cuadra de la quinta presidencial. El miedo, la hiper seguridad que había, el muro de ladrillos que levantaron en lugar de la cerca de ligustrina que había antes, todo eso era pura información. Recuerdo que una mañana íbamos en auto, con mi viejo, y el auto tuvo la pésima idea de ahogarse y detenerse ante la quinta presidencial. Mi viejo prendió en el acto las luces del interior del auto y se bajó con las manos en alto; yo pensé que estaba loco. Pero apenas levanté los ojos, vi que un milico se acercaba al auto apuntándonos y con cara de pocos amigos. Anécdotas como estas hay miles, y son muy significativas.
Pasando al tema del boxeo, ¿lo entusiasmaba de chico lo mismo que ahora? Y, ¿por qué cree que ha menguado su presencia el folclore deportivo argentino?
El boxeo me entusiasma menos en la actualidad que de niño. Antes había menos categorías y menos asociaciones y confederaciones, por lo tanto los pocos campeones eran realmente brillantes. Seguramente el negocio de la TV minó un poco cierta aureola mítica que había con el boxeo a nivel internacional. A nivel local, no soy un experto pero sospecho que otros deportes como el tenis (tras Vilas y tras la legión actual) o el básquet (tras Ginóbili y la medalla olímpica) desplazaron un poco al boxeo, al turf o al automovilismo, sin que ello signifique el final ni nada por el estilo. El boxeo me interesó para mi novela porque es un deporte individual (“te quitan hasta el banquito cuando suena el gong”, decía Bonavena) pero también, siendo una novela que trabaja la idea de las "versiones" acerca de las historias, porque al margen de la resolución "natural" (el nocaut o el nocaut técnico), las peleas también se resuelven, cuando no sucede la caída de un púgil, con el fallo de un jurado, y eso no deja de ser una versión de la pelea, cuántos fallos se objetan, cuántos fallos chifla el publico.
¿Qué lo llevó al arrojo de fundar una editorial?
El deseo de que en las librerías puedan hallarse en castellano ciertos libros (fundamentalmente novelas o cuentos) que no están disponibles porque nunca fueron traducidos o porque están fuera de circulación desde hace tiempo. Es un acto de arrojo, sin dudas. Pero también de amor por la literatura. Nuestro objetivo es rescatar obras poco conocidas de autores que nos parecen centrales (por ejemplo Lady Susan, ignota novela epistolar de Jane Austen) y, al mismo tiempo, editar libros que nos parecen fundamentales de autores poco conocidos, como por ejemplo La misma sangre y otros cuentos, de William Goyen.
¿Qué otros títulos planean editar?
Entre otras cosas, un texto inédito de Chejov con traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela e introducción de Vlady Kociancich; un ensayo inédito en castellano de Nina Berberova, Nabokov y su lolita, con traducción de Pedro B. Rey y posfacio (escrito especialmente para nosotros) de Hubert Nysen, el fundador de Actes sud y "descubridor" de Berberova; y un libro llamado Catalogo de juguetes de una autora italiana, Sandra Petrignani, con traducción de Guillermo Piro.
¿Cómo surgió el nombre La compañía?
Nos gustó la multiplicidad de significados. Por un lado la idea archi conocida de que los libros nos hacen compañía. Pero también la noción de catalogo editorial como elenco, como compañía de libros. Y en tercer lugar, el significado "empresarial" que hay en la palabra, totalmente novedoso para alguien como yo, que jamás había tenido un emprendimiento semejante.

Alberto Laiseca

Entrevista que salió corregida en Rolling Stone de enero 08
Con su biografía épica radical, el inventor del realismo delirante era un escritor de culto antes de que su estampa de película y su cautivante relato oral lo masificaran en la televisión, así como cuando su novela de más de mil trescientas páginas se publicó, tras diez años de escritura y otros dieciséis inédita, ya era una obra mítica entre los escritores. Cuerdo a fuerza de genialidad, Laiseca es un lujo de la bizarría artística. En su flamante Manual Sado Maso Porno piensa el desamor, los dinosaurios y los agujeros negros.


El cigarrillo resulta diminuto en la manaza de Laiseca. Lo tiene entre sus garfios de uñas grandes como cucharas mientras habla despacio, y lo manipula suavemente, como King Kong con la rubia. Antes de embucharlo lo sostiene en el aire y sin dejar de hablar con la otra zarpa enorme le prende cerquita el encendedor, como si gozara exponiendo su presa al fuego.
- “Víctimas. Adoro las víctimas. ¡Aaggrrr!”.
Recién ahí atraviesa con el pucho su bigotón, teñido de nicotina y tan frondoso que el filtro desaparece. Deberá fumarlo sólo hasta la mitad para no quemar ese homenaje al Nietzsche “de la época en que estaba más loco”, ese mostacho monstruosamente enorme que le tapa la boca entera, esa catarata de pelo que vela su interior y simboliza, acaso sin quererlo, la distancia que este escritor guarda respecto del mundo.
Laiseca nació en 1941 en Camilo Aldao, Córdoba, y a los dieciocho se instaló en Santa Fé para estudiar Ingeniería. En tercer año decidió alterar su destino y dedicarse a la literatura. Pero no es que entonces se cambió a Letras o fue a un taller literario...
- “Cuando llegué a Buenos Aires ya hacía dos años sabía que quería dedicarme al arte; venía trabajando en las provincias argentinas como peón de campo. Había decidido cortar con todo. Y vivir.”
Vivir, escribir. La novela más larga de la literatura argentina (y “la mejor desde Los Siete Locos”, según Ricardo Piglia) fue escrita a mano, durante diez años, por Alberto Laiseca, en pensiones de la Capital. Había conseguido empleo como peón de limpieza y ponía sus mayores energías en armar una ficción que exploraba el límite de deshumanización que la lógica del poder absoluto engendraba como posibilidad, un despotismo infinitamente creativo en formas de dañar. Destruyó las primeras tres versiones de ese horroroso y desopilante mundo que es Los Sorias; en 1982 consagró la cuarta. Pero en el largo durante, recuerda Jorge Dorio,
“Laiseca aparecía por las pizzerías de Corrientes y pedía el papel sobre el que te sirven la pizza, ¿viste?, porque ahí escribía, no tenía ni para cuadernos, nosotros lo veíamos y le regalábamos biromes....el manuscrito de Los Sorias era un fardo gigante de todos papeles distintos atado con hilo sisal, si lo exprimías chorreaba aceite... Una vez con Ricardo Ragendorfer le preguntamos: ‘Che Lai, ¿por qué no la acortás apenas un poco para que la acepte alguna editorial?’ El se levantó furioso y nos gritó ‘¡mercenarios, son mercenarios igual que todos!’”
Respetando a ultranza el deseo de su obra, Laiseca debió esperar dieciséis años a que Los Sorias fuera publicada, en el 98. Luego se reeditó en 2004. Pero mientras tanto pasaron muchas cosas: ganó la beca Guggenheim, publicó doce libros (dos de relatos, un ensayo, uno de poesía y ocho novelas), comenzó a dar talleres literarios y a leer cuentos y presentar películas de terror en I-Sat y Retro TV respectivamente.
Mucho agua bajo el puente. Sin embargo (“¿de veras no embarga?”, dice Lai), aún escribe a mano. Luego lo pasa, sí: a máquina. Y la editorial a computadora.
- “La computadora es un invento del Príncipe de las Tinieblas, igual que los celulares, las tarjetas de crédito y una marca de cerveza que no quiero mencionar. Claro que en realidad la inventó un ser humano, seguramente con buena intención, pero el problema es que el Anti-Ser tiene la capacidad de tragar todo y hacerlo trabajar para él.

Actualmente Laiseca vive en un departamentito de planta baja en el centro de Caballito, de techo apenas más alto que su cabeza. Abre la puerta, uno da un paso y se topa con la cama. Junto a ella hay un modesto escritorio donde nos sentamos; está del todo tapado por papeles, libros, cuatro o cinco ceniceros, una botella de Liberty y muchas cajitas de medicamentos.
¿Es su botiquín, también?
- No, je, varios son de los perros.
Hay un patiecito lindante con dos extraños canes: “son japoneses, perros de samurai”. Si ladran demás, el autodenominado Conde Drácula o Doctor Bestiaza (“Yo soy un hombre no que es muchos hombres sino muchas bestias”), levanta su furioso cuerpo y, desde las alturas, les trona en japonés.
El Manual Sado Maso porno es un libro de grandes hojas de papel grueso y brillante, ilustrado con fotos de muñecas felizmente sodomizadas, construidas especialmente para la ocasión. Surgió como idea de Carne Argentina, la editorial independiente formada por escritores jóvenes conocidos entre sí en el taller literario de Laiseca. Los alumnos publican al maestro; en un círculo virtuoso, a través de sus discípulos Laiseca accede a una sociabilidad literaria: la presentación del Manual, el pasado diciembre en Casa Brandon, lo tuvo leyendo una versión “con toques sado maso pero respetando la ontología original” del cuento XXX de XXX Morris. Sentado tras las muñecas sodomitas que lo hacían aún más enorme, cautivó al nutrido público con el relato y lo hizo delirar con sus –para variar, enormes- dotes actorales, su timing, sus aullidos, rugidos, ruiditos, expresiones. Todos fascinados con “el viejo”: no había un solo escritor de su generación, el lugar estaba repleto de gente ligada a las letras, todos todos jóvenes.
El libro -producto de esta alianza que refuta la escisión generacional en literatura- comienza como un listado de principios éticos del sadomasoquismo e instrucciones para un sometimiento ejemplar. Pero rápidamente aclara que “el sadomasoquismo es el último refugio de los románticos” y el libro va siendo caóticamente invadido por la hermosa tragedia del desamor, por “el humor esquizofrénico químicamente puro” del autor y por las preocupaciones que tiene en la cabeza, que van desde la astrofísica hasta la economía política pero están “movilizadas por un mismo motor ontológico”, como dice él. Laiseca sentado tranquilo escupe verdades en este compendio personal de aforismos filosófico-sexuales.
El Manual dice que la víctima tiene más poder que el victimario.
Sí, pero mientras tanto uno pretende que no es así y se divierte, es feliz. Víctima/victimario es pura simulación, porque ya sabemos quién va a perder al final. Igualmente yo estoy muy agradecido a las mujeres, siento que me han querido, mirá, todo lo que han podido. No tengo deudas pendientes con ellas, ninguna me traicionó. Cuernos sí, de a montones, tengo una triste y horrible solvencia al respecto, pero eso no es traición. Traidores tuve amigos. Pero todo bien: que ardan en su propia sangre.
No pregunto quién le hizo qué; siento que él regulará hasta dónde quiere mostrarse. Voy por el costado:
¿Qué sería traición?
Y que el compañero, el amigo, con el que has compartido la misma ontología, la misma forma de pensar la trascendencia, después resulta que lo único que quería era poder, o dominarte.
En el Manual dice: “hacerme cagar a mí es lo más fácil del mundo”
Sí. Por mi inocencia. No concibo ciertas cosas, ciertas mañas de los hombres. Las veo y no las creo.
¿Podría leerse su obra como una larga perplejidad frente a la crueldad humana?
Sí, cosas que veo y no creo. Incluso en Los Sorias hay muchas torturas terribles y cosas, pero son precisamente por el horror que les tengo, no porque me gusten. Están escritas para exorcizarlas, para sacármelas de encima, fue un proceso de purificación del alma.
¿Y la relación con la obra también puede pensarse en esos términos de traición y confianza?
Los Sorias estuvo sin que nadie la publique por dieciséis años. Tuve confianza durante quince, y luego me resigné, me dije ‘ya soy grande y esta obra tan larga no la van a publicar nunca’. Me da mucha vergüenza no haber tenido fe inquebrantable hasta el fin. Y al año la editaron. Ahora, la traición, la única manera de traicionar la obra es no haciéndola.
¿Hay algo que usted tema no llegar a escribir?
Hace muchos años que tengo ganas de escribir una novela sobre la guerra de Vietnam, La puerta del viento. Nunca la empecé, no por haraganería, porque trabajo mucho yo, sino porque es muy difícil llegar a una conclusión sobre Vietnam. No hay soluciones sobre Vietnam. Lo tengo en la cabeza desde hace más de cuarenta años. Yo durante la guerra me ofrecí como voluntario para ir a pelear a Vietnam, y en la embajada estadounidense se rieron de mí. Entonces le mandé la carta el presidente Johnson, pero no me contestó. Tal vez haya sido una buena suerte, no sé. Es posible que hubiera vuelto adentro de una saca verde, o peor aún, mutilado. No sé. Pero vos no sabés, cuando me di cuenta de que no me llevaban, el nivel de desesperación en el que quedé, ¡la desesperación! Me dura, en suma, hasta hoy.
¿Para qué quería ir a pelear en la guerra?
Para gastar un potencial de miedo. He tenido mucho miedo durante toda mi vida. Y quería hacer un curso ontológico rápido. Si te va bien, lo conseguís, pero si te sale mal, perdés pa’siempre, ¡agggrrrr!

Sobre la vieja frazada descansan dos gatas blancas, finísimas, “Greta y Chopp”, o sea que en el depto son cinco habitantes en total. Aquí, Laiseca escribe, lee, come, toma cerveza, duerme, mira películas, recibe a sus alumnos. Ahora, envuelto en el humo de su tabaco, dice:
“Estoy muy cansado, si yo te dijera la cantidad de cosas que hice hoy, lavé la ropa, trabajé en cuatro guiones para presentar cuatro películas de terror en Retro.”
¿Cómo empezó a narrar en vivo?
Profesionalmente hace unos cuatro años. Pero mucho antes, un amigo me regaló un grabador Geloso, de esos con la cinta al aire. Era una época en que yo tenía muchas ganas de suicidarme, motivos no me faltaban, y el grabador me salvó la vida, porque empecé a divertirme grabando ahí personajes, voces, tonos. Quién hubiera dicho que eso se transformaría en oficio.
El escritor necesita tener cierta versatilidad laboral, ¿no?
¡¡Ya lo creo, jajaja!! Decímelo a mí, que trabajé en la cosecha de papas, lavé zanahorias, fui peón de limpieza, operario telefónico, corregí galeras en el diario La Razón.
Cosas tan extraordinarias que lo más difícil de imaginar es a Laiseca entrando rutinariamente al edificio de La Razón todos los días a la misma hora.
Bueno, no era tan rutinario. Yo vivía en Escobar y tenía dos horas de viaje de ida y dos y media de vuelta, porque por alguna razón siempre las vueltas llevaban más tiempo que las idas. Por alguna extraña razón –dice con tono escalofriante-. Era como sacarle los chinchulines a un muerto y luego querer ponérselos de nuevo y que no entren. “¿Pero cómo, si estaba todo aquí dentro? No, pues sobran metros, no caben”. Indefectiblemente siempre salía de La Razón re cansado y sabiendo que todavía me quedaba la peor parte, las dos horas y media. Entonces para confortarme mentalmente me imaginaba: “No, hay un subte, para un solo hombre, que está en la puerta del diario La Razón y va a Escobar directo”. Funcionaba esa vaina. No el subte, claro. Pero ayudaba, porque me la creía un poco.
Ayudaba a hacerlo más pasajero...
Jaja, sí, entre comillas. Viví ocho años y medio en Escobar.
¿En Escobar tenía más espacio para animales? [En algún lugar escuché que Laiseca atribuye a los animales poderes energéticos protectores.]
Y claro. Tenía gallinitas, montones de gatos, perros, gansos. Eran perros malísimos, crueles, me mataban gallinas. Hasta que empezó a venir la época dura de los latrocinios, no se podía tener ni un animal. Después ya se robaban la bomba de agua, todo, no se podía vivir más, era una humillación constante, que te metan un dedo en el culo todos los días. Entonces una noche estaba convencido de que iban a venir y me quedé con mi pistola esperando, tirado en el pasto, a oscuras. Toda la noche. Los iba a cagar a tiros. Menos mal que no vivieron. Mirá el grado de desesperación: se termina mi vida ahí, o porque me matan o porque voy preso. Pero andá a razonar con un tipo desesperado y loco. Está clara la mano del cielo, me ayudó; estaba tan seguro de que esa noche venían que hasta que no salió al sol no me fui a dormir. Por suerte, lo peor no pasó. Me salvé de puro pedo. Muchas veces. De puro pedo.
¿Y a este lugar cómo lo siente? Venía para acá y me llamó la atención el contraste entre el gentío de Acoyte y Rivadavia y la trinchera del Lai.
Sí, me gusta este lugar. Ahora, el lugar más mágico donde he vivido ha sido Escobar. Yo llegaba, mirá, me pasaba una cosa totalmente increíble. Después de esas dos horas y media para volver pensaba bueno, ni siquiera voy a comer, me acuesto y listo. Pero abría la puerta de casa, encendía la luz, cerraba la puerta (con llave), daba a un pequeño vestíbulo donde estaba mi mesa de escribir, y sucedía algo increíble: en el acto, se me iba el cansancio. Me preparaba en un bowl de sopa té hirviendo con mucha azúcar, azúcar a saturación, y le ponía un dedo así, gordo, de rhum Negrita, ¿viste?, y me ponía a tomar esa vaina y a escribir. Se me iba el cansancio, era mágico.
Tomaba Rhum. Pero escribía, como sigue haciéndolo, adorando la malta con lúpulo y levadura.
Lai, traje una cerveza, ¿le molesta si...?
Es que yo no puedo tomar. Por eso estoy tomando esta cerveza sin alcohol. Pero tomá vos, no me molesta. Es más, al contrario, me va a agradar mucho ver que vos tomás por mí. En serio, te lo juro, mirá que te digo la verdad. Yo no doy consejos pero créanle esto al Zarathustra de las tetas: en el otro mundo no hay tetas ni cerveza. Creelo, doy fé. Hay que conseguirlo todo acá, hacés bien en tomar cerveza. Yo a partir de mañana vuelvo. Podría tomar hoy, pero no, me niego, soy muy militar en ese sentido, y me puse como plazo sesenta días de ascetismo. Hoy es el último. Bajé catorce kilos.
¡Catorce quilos! ¿Y? ¿Se siente mejor?
Y te descalibrás todo, siempre te hará bien en algunas cosas y mal en otras. Nunca creí en la vida sana, qué querés que te diga. Con un amigo siempre decíamos: “esos sanos de mierda”. No fuma, no bebe, jamás un hongo en el pie: gente de mierda.
¿Y por qué la dieta?
Tenía que hacerlo, andaba para la mierda, estaba mal del hígado, pero ya me curé. Lo que pasa es que soy estricto y obsesivo: dos meses son sesenta días, que se cumplen hoy, así que no te puedo acompañar, si hubieras venido mañana sí. Yo todos los días me tomo tres o cuatro litros.
¿Repartido a lo largo del día, sin embriagarse, digamos?
Mirá, nosotros los borrachines despreciamos a los que se emborrachan con cerveza.

Que Laiseca ama la cerveza queda claro en cada uno de sus libros. Que es un sexópata y un humorista genial también, desde Los Sorias hasta la desopilante Sí, soy mala poeta, pero... (2006). Que es un romántico perdido se entrevé en general en su obra y puntualmente en el delicado Poemas Chinos (1987; 2005): “Escucho el trueno de la seda/ miro el brillo deslumbrador de esa piedra opaca/ sin embargo, no supe sentir a tiempo tu corazón”. Laiseca es un narrador de soltura interminable para contar lo insólito, a juzgar por Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati (2003) o El gusano máximo de la vida misma (1999). Es un esteta ácrata según se deduce de su único ensayo, Por favor, ¡Plágienme! (1991). Demostró erudición creativa en sus novelas históricas La mujer en la muralla y La hija de Kheops (2006), mágica e incestuosa hipótesis sobre la construcción de las pirámides egipcias. Laiseca es un estudioso de la literatura de terror si de él sólo conocemos Beber en rojo (2002). Pero sobre todo, Laiseca es un artista que escribe (hace casi cuarenta años) abonando el terreno donde erige el imperio de su voluntad.
¿Está escribiendo actualmente?
Para contestar, Laiseca entorna los ojos e imposta la voz áspera y honda de Vittorio Corleone:
- No te preocupes por Tataglia. Barzini es el jefe de todo. No lo supe hasta recién.
Jajaja, El Padrino. ¿El cine es materia prima para su literatura?
Sí, pero te confieso que no soporto ver tragedias ni películas serias. Por eso veo películas de terror, porque no se las puede tomar en serio, entonces me divierto muchísimo –e imposta una voz aguda que envidiarían muchos actores profesionales-: “’Ja, voy a descuartizarte querida’ ¡¡¡¡¡Aggjjjj!!!!!”
¿Ahí no está definiendo su literatura: el horror desde el humor?
Es que el humor es lo único que puede hacer soportable el horror, querido amigo. Vos sabés muchacho que cuando estés mal –mirá que yo nunca le doy consejos a la juventud, pero este me parece acertado-, cuando te vaya como el orto, vos tenés que decir: “qué conchaza tenía la vieja / todas las noches en ella guardaba el piano / luego de haberlo plumereado y envuelto en celofán”. Es mágico, mirá. Te vas a poner casi mejor. ¡¡Aggrrr!!”
Jaja [Ese es un tango de moda en la Tecnocracia, país donde transcurre Los Sorias,...] Me enteré de que ahora han hecho la cumbia del Monitor [déspota tecnócrata]
- Sí, el discipulario.
¿Es su principal interlocución, el discipulario?
Te diría que sí, ya que prácticamente me he quedado sin amigos, quedan los discípulos para charlar. Otro consejo para la juventud, perdoname, hoy estoy aconsejador: nunca prestes dos mil quinientos dólares -Y de pronto canta como payador-: “Un padre que da consejos/ más que padre es un enemigo/ por eso ainsí les digo/ que cuando el Soria los quiera aconsejar/ me le vacíen un cargador completo con la M 16. ¡¡Grrjjgggjj!! Es que siempre hay que mantener el equilibrio ontológico. Aunque sea a tiros, con la M 16, casco de acero, borceguíes, patrullando la selva...
Jajaja... ¿Cree que hay poco atrevimiento en ese sentido en la literatura local? ¿O será nomás que bajo el influjo laisequiano el resto parece sacralidad?
Puede ser, no lo había pensado. No han aprendido la virtud de divertirse un poco.
¿Ud se ríe mientras escribe?
Bastante, sí. Hay momentos en que me descompongo de risa.
Al mismo tiempo Ud se expone mucho en su obra, está su vida allí...
Sobre todo en esta obra [el Manual]. Al final termina con una historia de amor. Yo empiezo haciéndome el duro, el prepotente, ¡ja! y termino pidiendo agua. El tipo quería hacer un manual sado maso, pero se enamoró. Cometió la debilidad de ser feliz, como dice Aynd Rand, escritora estadounidense, de origen ruso, que me formó mucho. Una mujer muy reaccionaria, muy jodida, pero gran maestra.
¿Cómo se lleva ud con el hecho de ser un maestro?
Qué se yo, me da más oportunidades de acercarme a la gente, de que se me escuche lo que digo, de compartir mis cosas. Claro que un maestro aprende constantemente de los alumnos. Los discípulos te humanizan, porque tu profesión te obliga a mirarlos. Odio a las meseras y a los meseros que no escuchan, jamás van a ser buenos meseros. Tenés que repetirles el pedido cuatro veces, me pone muuuy nervioso. Porque yo era así pero cambié, lo que demuestra que ellos también pueden cambiar. ¿Por qué no se esfuerzan en cambiar? Decía Buda que el peor pecado del mundo es el desagradecimiento, puede ser, pero yo agregaría no mirar a los demás. El mundo está lleno de gente así.

Me levanto para ir al baño y miro el depto sólo fugazmente, por pudor. Veo manchas de humedad y que la cocina tiene suciedades típicas de hombre soltero. Laiseca es un rockero de sesenta y largos. En el baño continúa el tono amarronado general, pero de golpe un elemento disonante refulge, límpido, ante los ojos: un blanquísimo papel higiénico de tissué, con dibujitos infantiles impresos en celeste. “La Bestia sabe con qué ser suave”, le comento a Lai y se ríe gozosamente. Intento aprovechar su humor para ver si puedo sacarme una duda respecto de su biblioteca, que está detrás de la cama. La hizo él mismo con tablones apoyados sobre ladrillos. Ocupa dos paredes y todos los libros comparten una extravagancia: están forrados en blanco. Escuché dos versiones al respecto: una dice que para Lai así son inmunes a las malas energías; la otra que piensa que así son inmunes al robo de sus visitantes, porque la gente no roba libros por el gusto de robar sino de un libro en particular. ¿Alguna será cierta? Le pregunto y contesta:
- “Es que mirá, hacen tanta leyenda sobre mi vida que ya ni yo sé.”
Otra curiosidad:
¿Con el ambiente del rock tuvo relación?
Sí, bastante, en mi época under. Además, yo me acuerdo bien de cuando era pibe, lo tengo todo ahora, viste, yo tengo todas las edades. Me acuerdo de todo. Tardes que van cayendo, luces, tonos de voz, escucho hablar a mi familia. Recuerdo las cosas que yo creía cuando era chico.
¿Y cómo le cae aquel Alberto?
No, mal. Sufría mucho, fue muy maricón, tendría que haber sido más fuerte. Pero bueno, se hace lo que se puede. Y lo que no, se compra hecho. Con el rock sí, tuve relación en mi época underground. Me acuerdo, esas cosas que tienen los ingenuos, había llegado a Buenos Aires hacía cosa de un mes y estaba trabajando como peón de limpieza. Pensaba “bueno, ya conseguí trabajo, ahora tengo que conseguir artistas para relacionarme”. Y empecé ir al bar Moderno, donde iban muchos artistas. A los grandes del rock no los conocí, Pappo y los demás, pero sí teníamos amigos en común. Gente que ya ha muerto. El que no murió de Sida murió en un enfrentamiento, o de sobredosis. Era muy lindo el Moderno, en la calle Maipú. Ahora hay un estacionamiento, creo.
¿Se imagina una biografía de Laiseca?
Je, no lo había pensado. Pero a mis alumnos siempre les digo que para entender bien a un escritor no basta con leerlo, hay que conocer su vida. Poe, por ejemplo, se casó con su prima hermana cuando ella tenía catorce años, la amó con locura y ella, que era idiota y muy linda, hasta su muerte de tuberculosis seguía llamándolo el primo Edgard.
Pregunto porque hoy día quedan pocos escritores cuyas vidas aumenten tanto la credibilidad de sus obras. ¿Siente orgullo por aquellas decisiones radicales que tomó por la literatura?
Sí, estoy orgulloso de eso. Pero de todas maneras estuve demasiado tiempo en el underground. Tenía que haber estado menos. Para no padecer tanto económicamente, nada más. Yo me movía con dineros muy escasos, era como una especie de soviético en Bs As, no por ideología sino por infraestructura. Una vez una amigo muy querido que había conocido en el Moderno, me dijo: “mirá Lai, tengo que hacer unas cuantas llamadas, porque no me acompañás a mi casa, me aguantás un poco y después nos vamos a tomar unos vinos por ahí”. Bueno, le digo, está bien. Entramos a su departamento, y yo ya sabía que esas cosas existían, pero una cosa es saber la teoría y otra ver la práctica: el tipo agarró su teléfono y empezó a llamar, ¡qué opulencia, tener un teléfono para vos solo! Solamente un jefe del CONSOMOL puede tener; yo era totalmente soviético.
¿Hasta cuándo duró esa precariedad?
Estuve dos años en las cosechas y siete como peón de limpieza. Después estuve seis años en Teléfonos del Estado, diez años en La Razón, y ahí me movía con un poquito más de plata. Aunque no tenía teléfono propio, seguía siendo medio soviético a nivel económico, había mucho sacrificio, muchas privaciones, pero estaba en el paraíso respecto de lo que era antes. No sabés lo que fue antes. No tener guita para arreglarte los zapatos que tienen un agujero grande así, ¿entonces vos que hacés?, le ponés cartón, para no tocar el piso con la piel del pie. Por eso en Los Sorias cuento que con las lluvias no hay pobreza que no salga afuera. Se te mojan los cartones, y ahí te quiero ver, escopeta mal cargada. Al pedo que te busques otros cartones porque sigue la lluvia, ¿entendés?
¿Le quedaron criterios de esa vida soviética? Antes no tenía teléfono y ahora no tiene computadora.
No tiene que ver con eso. Yo odio la computadora porque, a lo mejor exagero, pero tengo miedo de que termine con la imaginación. Y ahí se va a hundir la sociedad, porque ni siquiera la economía puede salir adelante sin la imaginación. La economía sobre todo. Son vasos comunicantes: ¿para qué sirve el arte? El arte sirve para que exista la física teórica, para que exista la economía, la química, todo. Son vasos comunicantes, lo importante es la imaginación, también en literatura, porque después lo formal se va perfeccionando. Pero es como la carta robada: es muy difícil hacerle entender a la gente lo que es evidente. Eso me recuerda la frase de Wilde: en este mundo todo puede probarse, incluso lo que es cierto.
En usted, ¿de qué depende la imaginación? En Los Sorias parece brotarle a raudales.
A veces me bloqueaba y estaba dos o tres días pensando cómo resolvía un problema, y después me salía en tanta cantidad que mientras escribía tenía otros papeles a los costados para anotar las cosas que se me ocurrían para suceder después, así no me las olvidaba. Es incomparable la angustia de olvidarse esas cosas.

Cierra la nota con dos propuestas: Laiseca dice que para escribir, “hay que leer mucho, escribir mucho, y vivir mucho”; un colega suyo en la literatura maximalista, Rubén Mira, que “una sociedad sana tiene que proteger a sus excéntricos”.
CARNE ARGENTINA - DON LEONARDO OYOLA
“’Seguime, pibe, seguime, que nos vamos a perder los dos’, suele decir Laiseca. El una de las cosas que te enseña es a perderte en tus mundos y ser capaz de hacer perder en ellos al lector. Sin él yo no hubiera existido como narador”, cuenta Leonardo Oyola, el discípulo laisequiano con mayor presencia editorial: en 2005 Gárgola editó el policial histórico Siete y el Tigre harapiento; en 2006 Salto de Página publicó en España Chamamé y cuentos suyos aparecieron en las antologías Buenos Aires escala 1:1 (Entropía) e In Fraganti (Mondadori); este año Salto de Página editará Gólgota, Sudamericana Hacé que la noche venga, y la novela Cuando las palomas lloran dará inicio a la saga Víbora Blanca, que, a cargo del Tigre Oyola, formará parte del sello policial Negro Absoluto, dirigido por Juan Sasturain.
“El Conde es un maestro muy generoso, no quiere clones. Busca, alienta y logra que cada uno encuentre su propia voz y su propio imaginario, lo que se ve en las diversas propuestas de los discípulos que hemos publicado”, dice Oyola en referencia a Selva Almada, Osvaldo Rodríguez y Alejandra Zina (editores de Carne Argentina), Natalí Tentori y Leandro Ávalos Blacha, cuya nouvelle Berazachussettes ganó el premio Indio Rico, organizado por Estación Pringles y Entropía con César Aira, Daniel Link y Alan Pauls como jurados. “Laiseca –concluye Oyola- abandera el concepto de monstruo, no como aborto de la naturaleza sino como único en su especie. Y él mismo es monstruoso: no tiene par”.


Monday, May 05, 2008

Reseña - Juan Villoro

Sobre su libro de cuentos Los Culpables, publicado en Rolling Stone.

Sunday, April 27, 2008

Norberto el Ruso Verea

“Hoy se grita mucho y discute poco en Argentina”
Publicado en Revista Debate - por Agustín J. Valle


DATA BASE
Una de las voces más respetadas de la radiofonía argentina, fue vendedor de discos y arquero de Talleres de Remedios de Escalada, Chacarita e Independiente. “Por el fútbol dejé muchas cosas de lado a edades importantes”, cuenta. En el éter comenzó en 1990 con 33 años dirigiendo la Heavy Rock & Pop, que a los seis meses ya era la más escuchada de la trasnoche; tras casi seis años se fue del programa que aún hoy es de culto. Luego estuvo en diversas audiciones, entre otras en el equipo de Rompecabezas, dirigido por Jorge Lanata. Hoy, su blog en el sitio de Olé, donde sube archivos de audio, recibe cien mil visitas mensuales, y se encarga de Deportes en Mañana es Tarde, que sale por Del Plata a las 18 conducido por Reynaldo Sietecase.


Con su metro noventa y sus ojos de siberian husky podría imaginárselo recorriendo la estepa rusa en invierno. Está sorprendido: “Qué raro que una revista como Debate me haga una nota a mí.” Su modestia aporta a su prestigio. “Yo la leo, casualmente hace poco leí al aire cosas que salía diciendo Zaffaroni en una entrevista que le hicieron. A él lo tuve dándome Penal 1 en la Católica de La Plata hace más de treinta años. Creo que hay una disputa muy grande en la sociedad, se respeta poco a los tipos preparados. Ya nos pasó con Blumberg. Nunca perdí de vista que era una víctima, ni el respeto. Pero de ahí a que me explique cómo hay que hacer para que la Justicia funcione mejor, hay una distancia gigantesca. Hay algo fundamental: la gran mayoría de los medios hoy hace de la ligereza una certeza. Y esto es terrible, nos golpea a todos. Ante la ligereza del rating, de la medición, de la noticia, cualquiera puede decir cualquier cosa y la repiten cien mil veces y nosotros estamos bombardeados todo el tiempo por esas alternativas. Hay muy poco análisis y una cultura del ya, del entretenimiento, del rápido, se ha perdido la cultura donde aquellos que pueden ayudarnos a pensar intervenían. Hay poca intervención intelectual en Argentina hace muchísimo tiempo. Incluso que yo esté hablando en los medios hace casi veinte años es también producto de esa ligereza, y no lo digo por falsa modestia. Trato de tener cuidado porque sé de mi brutalidad y voy viendo cómo de a poco en este camino hasta la muerte puedo ser lo menos ignorante posible, y trato de no parecerme a la ligereza con la cual cualquiera dice “está bien, un chorro menos, hay que matar a tiros a todos”. A mí ese tipo de cosas me pone muy mal.
¿El medio lo hace estar muy en contacto con esos discursos que le hacen mal?
No sólo el medio, yo ando en la calle todo el tiempo, tengo asado con amigos todos los miércoles desde hace casi veinte años y nos agarramos en discusiones acaloradas no sólo por fútbol, capaz vemos Policías en acción y de las reacciones distintas de cada uno salen discusiones. Yo soy un tipo de una vida social muy grande, también los lunes tengo comida con amigos, todos los fines de semana estoy en algún lado. Mi mujer dice que tenemos heladera al pedo, que el día que prenda el horno me va a dar miedo. Mi vieja siempre me dice “¿otra vez vas a salir hoy?”. No sé cómo podría vivir volviendo del trabajo a mi casa y esperar la cena mirándome la punta de los pies o haciendo zapping para morirme después hasta el otro día.
¿Necesita vivir en vínculos para estar bien?
Sí porque aparte hago cosas para mis cincuenta y un años hasta insólitas, me llama un amigo y me dice que tiene el último disco de Motorhead, y yo estoy en Wilde y son las diez de la noche y le digo a mi mujer “venís”, “¿a dónde?” “A San Isidro” “¿Ahora, para qué” “Está el último disco de Motorhead” “pero vos estás en pedo”, “dale flaca acompañame” y me dice “bueno pará” y se pone los pantalones, porque a la flaca le digo que quiero tomar un café en Bagdad porque mata el café de Bagdad y ella me acompaña. Por eso hace 34 años que nos conocemos, vivimos una relación te diría que para mí honrosa, desde el amor que le tengo y el placer que me da encontrarme con una mina como la que tengo.
¿Es melómano?
Siempre fui un tipo muy musical y eso tengo que agradecérselo a mi familia. En mi casa mi abuela estaba preparando un mate y si pasaba frente a la radio y arrancaba un tango te decía “ese es tal cosa” y lo empezaba a cantar, y vos “abuela, el mate”, y ella “ya voy” y hasta que no terminaba el tango no venía. Mis viejos fueron bailarines de orquesta y mi tía fue actriz de Chispazo y tradición, te estoy hablando hace muchísimo tiempo, eran compañías teatrales que salían por los pueblos, después hicieron radioteatros. Había trabajado con Roberto Escalada, fue uno de sus grandes orgullos. Ella traía personajes a mi casa que yo miraba con fascinación, que eran ignotos personajes de teatro pero que para mí eran tremendos, había una bohemia muy grande. Siempre fue una casa abierta, era muy grande, doble terreno con 55 metros de fondo.
En Gerli, ¿verdad?
Sí, es recordar y recordar.... el de la tejeduría de la vuelta de casa, Juan Pardo, socialista de los de Palacios, Tito el de la tienda, fanático de River, Tito Papasidero labrador de oro, plata, cuchillos, mates; el padrino Juan Perono, arriba de Galimberti en las calderas en todo Sudamérica, no sé si me entendés, te estoy hablando de los sesenta, setenta De todos esos, cinco de la tarde llegaba uno a casa y le decía a mi vieja “Pirucha, ¿hacemos un asado hoy?” y ella contestaba “no sé, hablen con Berto”, mi viejo, que decía “¿a mí qué me preguntan, si está el fondo y está la parrilla?”, y a los diez minutos llamaba Tito y decía “mirá que somos quince, Pirucha”, y mi vieja con mis abuelas y mis tías, porque llegamos a vivir todos juntos, preparando la ensalada para todos. Todo eso lo fui mamando y por eso tengo la vida social que tengo, y por eso me muevo como me muevo en función de los grupos, los equipos.
¿Cómo?
Pienso que podemos ser súper profesionales, pero si no tenemos buena onda derribamos todo nuestro profesionalismo en la peor de las cosas. Trabajar con la firmeza que haya que tener para asentar posiciones al aire, sí, pero con buena onda, porque si entramos en la mala leche se acabó todo. Yo he salido campeón de torneos con buena gente y con mala gente, ahora, con la buena gente no dependíamos sólo del hecho futbolístico, había algo más que nos empujaba. En un grupo humano sin buena onda no podría vivir. Me cuesta mucho ver cómo solucionás el volverte a tu casa tranquilo. Ahí es donde está mi cosa sustancial. Si me acuesto tranquilo incorporo mejores cosas y me levanto también mejor. La cuestión de intentar ser uno mismo; en mi vida mediática tomé algunas decisiones intentando mantener esa sinceridad. Podría hoy vivir de otra manera, estar en una situación supuestamente más acomodada, más relajado, pero tomé mis decisiones no sólo porque tengo algunos pudores sino porque hay algunas cosas que no me hubieran permitido vivir en la tranquilidad en la que me gusta vivir.
¿Qué tipo de cosas?
No sé, yo tomé decisiones mediáticamente. Yo empecé en la Rock & Pop y era un tipo que vendía discos y jugaba al fútbol.
Lo cual desmiente que usted forme parte de la ligereza: habla de cosas que ya formaban parte de su vida.
Sí pero hay otras cosas de las que me pongo a opinar desde sensaciones propias. Cuando empecé en la Rock & Pop nunca había hecho radio. Sin embargo lo tomé como una aventura. La aventura creció de tal manera que a los seis meses la radio estaba primera en ese horario, por primera vez para la R&P, y cuando yo creí después de dos años en que era una explosión y en que todo el mundo hablaba de Heavy Rock & Pop, y donde todo el mundo hablaba de Metallica, de Megadeath, de Motorhead, y hasta de Sepultura, me encuentro con que empezaron a venir unas presiones que yo no nunca me había imaginado.
¿Respecto de los contenidos?
No, todo. Los contenidos no, la verdad es que en eso, Daniel [Grinbank] un capo. El sabía que la Heavy iba bien porque éramos divertidos, porque nos animábamos a pasar una música que nadie se animaba y que cada vez crecía más la audiencia aún no siendo fanática de ese tipo de música. Entonces el sabía que también tenía que ver con lo que yo bajaba en las introducciones y en el creer o no creer en el tipo que te está hablando. No era boludo, no iba a cortar eso. Me refiero a otro tipo de presiones, al Verea esto es así, hay que acomodarse de esta manera, hay que jugar con esto, ¿por qué no vendés esto? Y no, porque yo no vendo, muchachos, para eso hay otra gente. En vez de vender cualquier cosa para hacer de periodista, hay que luchar por un buen sueldo y que vendan los otros, seriamente: vamos a la tanda, agradezco a los auspiciantes, sí, pero de ahí a en el medio de un partido decirme que uno se erró el gol porque no usa gorras mondongo, andá a cagar. A mí me contratan para decir publicidades, pero eso no tiene nada que ver con meter propaganda en mi introducción de mi programa.
¿Explican esas conductas la adoración que le tienen tantos jóvenes?
Creo que hay exageraciones. El vínculo de fascinación que entrega el medio con el oyente es muy grande. Yo si hay una de las cosas de las que me permito vanidosamente hablar es de lo que me pasa cuando por ejemplo el viernes fui a ver a Iron Maiden. Lo digo muy sinceramente: me honra que los que no quieren a nadie me saluden y me respeten. Esa gente que pone en duda todo, porque creció en la duda, porque la hicieron vivir en la duda, y porque fundamentalmente, por haber elegido otra imagen, otro gusto, se duda de ellos. Eso es uno de los mayores triunfos. Después también está la fantasía que arma el otro. No hay que creerse cualquiera. Los lugares que me tocó a mí ocupar mediáticamente te llevan a subyugarte.
¿En qué sentido?
Y que por la calle un día te gritan “maestro”. O llegás a un recital y “eh, aguante loco, una masa!”. Bárbaro. Pero para hablar de límites éticos tenemos que ir a los que en serio hay que leer, a León Rozitchner, a Tomás Abraham, algunos tipos así que cuando los lees decís qué suerte que agarré esa nota, te ayudan a no caer en la vulgaridad, a tomar partido. Otra de las cosas que reniego es el discurso ese de “los vagos de café”, la época del Politeama, La Paz, La armonía, La Giralda, últimos sesenta y primeros setenta. “Eh, los argentinos arreglan los problemas desde la borra del café”, y no, ahí se discutía, se pensaba. Lo devastador del Proceso jugó en contra en los miedos y la comodidad en la que entró mucha gente. No se volvió a reconstruir eso, se discute poco en la Argentina, se grita mucho en la Argentina. Los bares hoy son refugios de solos, no lugares de encuentro. Hoy te tomás un bondi o un subte y ves que somos miasmas que esperamos ir en la cinta transportadora a la picadora del laburo o a la amansadora de la casa. Hace rato que vivimos así. Todas las conquistas sociales fueron tiradas por tierra.
¿Qué función de los medios le interesa?
Yo soy de la etapa, por ejemplo, en la cual elegir un disco importado, porque te habían pasado un dato, significaba no comprarte un pantalón y una campera. Pero había tipos que te volaban la cabeza. Cuando vi a Vox Dei por primera vez, en el club Sporting de Wilde, o las veces que nos juntamos a escuchar El Monstruo de la Laguna en la casa del Oveja, que tenía un buen equipito… Todo eso que hoy parece artesanal llevaba a una búsqueda que para mí es la sociabilización, qué querés que te diga. Esas cosas hoy no están en los medios, y no lo digo por nostalgia: al pibe hay que incentivarlo.
¿Hoy tal vez es difícil encontrar pero por exceso de ofertas?
Pero la gente sabe tamizar. Lo que pasa es que le dijeron a la gente que es más importante que el espectáculo. En el fútbol también, pero es peor: la gente decide cuándo se termina el partido. La cantidad de público en un estadio no referencia lo que pasa en el campo de juego, sino la sed de la gente por el espectáculo que venden los medios, porque lo que pasa en el campo es mucho más pobre que en otros momentos, y yo podría castigar esa pobreza no yendo, exigiendo algo mejor. No sólo de cómo juegan, de sus amarretismos, pero también de cómo llego a la cancha, de la posibilidad de sacar una entrada decentemente. Los que arman la cosa creen que está todo bárbaro por la cantidad de gente que va. No, estamos en serios problemas. Hoy llega la barra brava y la tele dice que llega la hinchada, ¿pero cómo, y todos los demás qué son? Porque los voceros de todos estos serios problemas en algunos casos son los que explican el fútbol modernamente. Y los que acompañaron la comparsa de este negocio, periodísticamente hablando desde la complicidad, la convivencia y el acomodamiento económico, porque mucha de la plata que no tienen los clubes la tienen los empresarios, los dirigentes socios de los empresarios y también los mercenarios de los periodistas. Niembro, Araujo. Llegaron a ganar tres millones de dólares al año en el uno a uno.
Y sin embargo el fútbol no deja de enamorarnos..
Yo soy entrenador de fútbol, asisto a congresos, estoy todo el tiempo tratando de estar actualizado porque no sé, quizás un día me agarre el bicho y entregue todo este prestigio supuesto o verdadero, todo este respeto, toda esta cosa de actitud, a un campo de juego, y seré sometido al aplauso o a la puteada de “volvé a poner Metallica, burro!”, no sé, a lo mejor algún día me animo o por ahí no. Pero acá hay quince o veinte años de mensaje nefasto sobre el fútbol. “Hoy hay que ganar como sea” ¡Mierda!, explicame el “como sea”. ¿En el córner qué hago, le tiro aguarrás al arquero? ¿Si meto un gol nos ponemos todos bajo nuestro travesaño? Es tremendo, se renuncia a jugar. Y después queremos que nuestra selección gane. Cada vez se juega menos. Hoy dan más ganas de ver fútbol inglés, que hace treinta años era insoportable, que el nuestro, allá ya no es como antes, hoy lo contratan a Tévez, no a Palermo. Aquí se pega más que lo que se juega. Y el verticalismo, los pelotazos frontales. Hoy la gente ve un tipo que toca para atrás y se vuelve loca; mirá los mejores equipos del mundo y ves cómo tocan para atrás todo el tiempo.
Lo insultan a Riquelme por eso…
No quiero ni tocar el tema Riquelme.
¿Por?
Porque el tema Riquelme en una sociedad futbolera como nosotros, desde donde es tratado y discutido, lo que hace es mostrar que hace tiempo la discusión futbolera tiene falencias descomunales. Entonces no te podés meter, porque tenés que discutir con un tipo que tenés que subestimar de movida. Hoy el que te discute a Riquelme no tiene bases sólidas.

Friday, April 25, 2008

Terranova-Funes-Vecino

Sobre la política desde la literatura, en revisa Zoom

Saturday, March 29, 2008

Daniel Guebel

"Escribo para alimentar mis ganas de escribir"


Derrumbe, su última novela, relata en tono autobiográfico las consecuencias inmediatas que la ruptura familiar tuvo en un artista resentido con el lugar que el mundo da a su obra.
Por Agustín J Valle - Publicado en Debate, Marzo 2008

En la era de la espectacularización del yo, la literatura argentina se ve labrada por una pulsión autobiográfica. Desde las generaciones más jóvenes que en varias antologías han ejercido cierto anecdotismo de cuño blogger, hasta escritores de alrededor de cuarenta como Fabián Casas y Pablo Ramos y de alrededor de cincuenta como Alan Pauls y Sergio Bizzio, la construcción del relato literario se nutre y repone las propias vivencias. En esa línea se inscribe Daniel Guebel (1956) con Derrumbe, distribuido recientemente por Mondadori (con un diseño de llamativamente pocos caracteres por página que aumenta el cuerpo de un libro muy breve y veloz), donde el fracaso como tema vital es abordado justo tras la partida de la esposa y la hija.
Hace tiempo que la filosofía dice de mil modos que habitamos el fin de los grandes relatos, no refiriéndose a una inexistente mediocridad de nuestros escritores sino al ocaso de la era donde un aparato y un discurso –estatales- organizaban la grilla de lugares sociales, otorgando (imponiendo) a cada bicho humano carácter de miembro. Agotada esa donación de existencia subjetiva, ese relato que te narraba, emerge en la literatura el valor de contarse a sí mismo. El auto relato como vía de existencia. Antes había que contarse para no ser contado por otros; hoy lo contingente de la experiencia le da valor de peculiaridad.

El libro testimonia un derrumbe conyugal pero cuenta a la vez varias historias casi sueltas, ¿despegan un poco la novela de su vida personal?
Hay una galería de artistas fracasados, excedidos por la idea de generar lo que no hay, lo nuevo, o resignarse para mantener a su familia, artistas que se convierten en héroes burgueses o en fracasados solitarios y sin responsabilidades. Una especie de alternancia convencional. Pero esa galería, ¿es el eje de la novela? ¿O bien el eje de la novela es el de un presunto alterego mío que cuenta sus derrumbes sentimental y familiar, su fracaso como artista, que exasperado porque el mundo no responde a sus anhelos arroja mierda y la recibe a mansalva? No sé cuál es el eje. Es un libro brevísimo que no sé si es una novela pero que contiene varias novelas en sí mismo. Tampoco podríamos resolver apresuradamente qué es una novela hoy.
Cuando decidió escribirlo, ¿cuál era el eje de su impulso?
Recuerdo que sobre la frase de Picasso yo no busco, encuentro, Lacan ya viejito dijo “yo no sé si encuentro, lo que sé es que busco”. O sea, lo que sé es que quiero escribir. Derrumbe es un libro que puede ubicarse muy atrás en mi vida de lector y muy cerca en cuanto a mis acontecimientos subjetivos, la partida de mi ex y mi hija. Fue un impulso de escritura, no un impulso testimonial. No estaba planeado, apareció de golpe con la violencia de una demanda inmediata. Me dije: “tengo que hacer algo con esto”. Pero la pulsión más inmediata responde también a cuestiones formales y de género. Yo siempre me pregunté por qué no había escrito ni un diario ni un ensayo. Entonces me senté a escribir un diario, pero de inmediato comprobé para mí caso el fracaso del registro de lo privado. Yo me puse a escribir un diario no como un registro de lo que me pasó sino como registro de lo que me estaba pasando. Y de inmediato deriva hacia otros lados: por un lado ciertos rasgos ensayísticos autobiográficos (qué clase de escritor soy, cómo funcionan mis textos), lo que rápidamente se tiñe de ficción, porque aprovechando mi estado de perturbación personal potencio un personaje exasperado, malhumorado. El diario resultó un género completamente impuro dentro del marco de una ficción más amplia. Y por otro lado hay un plano de cierta inmediatez.
¿En qué sentido?
Yo hace cinco años que estoy escribiendo un libro, El absoluto, que narra la historia de una familia de artistas geniales en Europa entre el 1700 y mediados del 1900. Y escribir un libro durante años, aunque siempre me desvíe a otros libros, no deja de plantear sistemáticamente la pregunta ¿no sería mejor abandonar este libro?, no estaré perdiendo ganas? Porque las ganas no son constantes, no hay Viagra para la literatura. Entonces me pregunto si no estaré escribiendo un libro cuando ya me he convertido en otro escritor, la ilusión de ser siempre otro, ¿no?, como escritor. Que convive por otro lado con el anhelo de escribir una novela como si fuera una unidad espiritual única. Por eso Derrumbe me hubiera gustado escribirla en quince días, no en dos meses. Quería que fuera un texto claramente emocional. Es un diario, pero un diario de escritor, no de la vida de una persona; un diario de las cosas que me permitían escribir. En fin, el libro se llama Derrumbe, no autoconfesión. Reivindico el carácter ficcional de cualquier cosa que toque un escritor. Porque la autobiografía es un género literario como cualquier otro. Y el recorte del padecimiento tiene estructura de relato. Entonces, cualquier cosa será desviada.
¿Entonces no cree que pueda haber tal cosa como un “giro autobiográfico” general más allá del género propiamente autobiográfico?
Suponiendo que algo de la literatura es siempre pura autobiografía, en todo caso lo netamente autobiográfico en mi literatura es sólo un momento. Hay otros autores que trabajan eso en forma absoluta, como el caso de Alan Pauls, la literatura ya no como máquina de ficción narrativa en el sentido convencional, como podrían pensarla Bioy o Borges, sino que lo trabaja en una zona más informe y más ligada al estilo. Los que ahora se ven como los popes de la literatura autobiográfica, Bizzio, no es un escritor autobiográfico, como tampoco lo soy yo. Alan sí. Me parece que Derrumbe, si bien puede formar parte puntual de cierta emergencia de una literatura autobiográfica... A dos días de que terminé de escribirla hablé con Bizzio y él justo había terminado Era el cielo en esos días [NdelaR: también narra la crisis post-separación]. Pero este libro forma parte de mi plan estético, y lo lleva escrito como en ningún otro: escribir todos los libros, trabajar todos los géneros, como una apuesta absurda -pero legítima desde el punto de vista literario- de reconfigurarme, reencarnarme y ser en el fondo inmortal. Contra lo que escribió Quintín en su blog, no creo pagar ninguna libra de mi carne para ser reconocido. No he escrito nada para impresionar al lector sino sólo para seguir alimentando mi deseo de escribir. Es un libro escrito contra la pomposidad del narrador, anti cortazariano.
¿El narrador-protagonista expone sus miserias como una forma de descarga?
El personaje es casi una ilustración cómica de las ilusiones desatinadas de un escritor respecto de la importancia de su obra. Es una extensión ilícita de su subjetividad proyectada sobre el mundo. Aunque por otra parte el hecho de que el mundo no considere un valor extraordinario los libros de los escritores permite que los escritores que están desafiando al mundo sigan escribiendo.
Retomando el tema de la tendencia autobiográfica, ¿cree que las generaciones literarias pueden depender menos de la edad de los autores que del momento de creación de los libros?
Claro, yo no soy un escritor joven, ¿pero mi literatura no es joven? A mí me pasa que tengo impulso de mostrar lo que hago a escritores jóvenes, a ver qué piensan ellos. A los de Perfil [NdelaR: donde Guebel es editor de Espectáculos], que hay varios. Y es una constatación como de mercado, ellos no me habían leído, y constato que ingreso en el programa de lectura de las jóvenes generaciones. Digo, mi libro anterior, Carrera y Fracassi, pasó completamente inadvertido por todo el mundo salvo por las personas a quienes se lo regalé. Hay reacomodamientos de las zonas de lectura, y estoy más a la moda que hace dos años. Por otra parte, es un libro que muestra lo permeable que soy a la modernidad. A géneros relacionados con la confesión y la exposición, cuya existencia me entero lateralmente, sé que están (en la tele, el teatro, internet) pero no las consumo y aún así se sobredeterminan con ciertas zonas de mi escritura. Ahora, escribir para el mercado no, ojalá pudiera. Durante mucho tiempo soñé con montar una fábrica de best-sellers, se lo propuse a editores, pero no puedo hacerlo.

Sunday, March 23, 2008

Federico Andahazi

"Yo escribo libros, no mercancías"
DATA BASE
Es el novelista argentino vivo que más vende. Nacido en 1963, se recibió de psicoanalista y atendía pacientes mientras escribía, aún inédito, hasta que comenzó a ganar concursos literarios. El más resonante fue el de la Fundación Fortabat, en 1996, con El anatomista: aunque cobró los 15 mil pesos, Amalita suspendió el acto de entrega por considerar que el libro (relata la historia de un “descubridor del clítoris” medieval) “no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu humano”, tal como publicó en solicitadas en los principales matutinos del país. Finalmente El anatomista salió por Planeta -en cuyo premio había resultado finalista-, fue traducido a más de treinta idiomas y vendió millones de copias. Desde entonces Andahazi publicó seis novelas masivamente compradas; con la última, El conquistador, ganó el premio de la editorial que hoy lo publica, al que se presentó bajo seudónimo.



Se hizo masivo envuelto en un escándalo que tenía en su centro al clítoris y hoy publica una Historia sexual de los argentinos. Distribuido por Planeta, Pecar como Dios manda continúa la vocación historicista de Andahazi y las críticas a la Iglesia que desplegó por ejemplo en La ciudad de los herejes, pero llamativamente cambia de género: el narrador best seller ofrece ahora un libro de investigación, “lo que para un novelista, es decir un mentiroso profesional, significa un cambio de registro en relación con la verdad”. El libro aborda las costumbres sexuales ejercidas en la tierra hoy argentina desde las poblaciones precolombinas hasta la Revolución de mayo; se completará con dos tomos futuros.
¿Cómo serán los próximos tomos?
De la revolución de mayo al golpe de Uriburu, y de la década del treinta a nuestros días. La contemporaneidad siempre presenta dificultades, puede llegar a haber problemas legales. Perón va a tener un lugar muy destacado. También Fortabat: cómo la sexualidad se mezcla con los negocios, cómo a partir de ciertas prácticas se puede gestionar un imperio económico. No quiero adelantarme mucho... Y por supuesto todo lo que significó el menemismo, los vínculos sexuales entre el poder y otras esferas. A mí me gustaría que los políticos actuales tuvieran la honestidad respecto del sexo que tenían otrora. Por ejemplo, hay una carta de puño y letra de Sarmiento en la que le cuenta a un amigo que había estado en casa de Mariquita Sánchez de Thompson y en un momento tuvo que pararse a mirar los cuadros porque se había calentado con la mina y no podía disimular la erección. Le dice: “vos no sabés hermano las ganas que tenía de violarla contra la pared”, de puño y letra. Y entre los gastos que declara en sus viajes, entre los ítems “traslados”, “comidas” y demás, hay uno, también de su puño y letra, que es “orgías”. Esto habla de otra forma de pensar la cosa pública.
¿Usted buscó que Pecar... fuera un libro provocativo, incomodador?
Yo lo escribí porque estaba trabajando en una novela negra situada en la Buenos Aires colonial y me encontré con una llamativa ausencia de documentos sobre la actividad prostibularia. Había un vacío sospechoso respecto de la historia sexual de los argentinos, nadie la había contado. Si este libro no estaba escrito hasta ahora es por alguna razón, y si no lo escribía yo lo haría otro. Va a incomodar, porque la condición de la sexualidad es que incomoda. La propia historia de una nación surge de una constelación de relaciones sexuales; la forma en que se repartió este país en pocas manos fue a través de una endogamia oligarca, una política sexual que fue política de Estado. No se puede entender la historia de un país sin entender su historia sexual.
¿Ese “vacío sospechoso” se correspondió a la hora de investigar con falta de fuentes?
De toda la etapa precolombina hay mucho material porque los españoles se dedicaron a describir las costumbres sexuales de las poblaciones originarias con mucha minucia; claro que con el velo de su moral judeocristiana. Ninguna institución se ocupó tanto de la sexualidad como la Iglesia, con tanto detalle. Dijo siempre qué se podía hacer y qué no, por dónde se podía y por dónde no. Porque ese discurso clerical, al pretender instalarse como una moral total, podía hablar sobre todo sin callarse. Yo creo que si la Iglesia compartiera todo aquel saber que acumuló en los monasterios y conventos, podría escribir el mayor tratado de sexología de la historia. La Iglesia enseñó escrupulosamente a pecar como Dios manda. Después, de la época colonial hay menos fuentes, se fue consolidando una moral hipócrita que ocultaba el sexo.
¿Y cómo trabajó?
Cuando no se puede apelar a la bibliografía hay que apelar a la arqueología. Buscando en la basura, el arqueólogo Daniel Schavelzon encontró unos preciosos consoladores de madera, de la tradicional familia Cobo Lavalle. Lo mismo en la época de la Revolución: pareciera ser que en todo proceso revolucionario cuando se persigue un ideal de orden social con libertades políticas, siempre hay un retroceso en el orden de las libertades sexuales. Pasó en la URSS, en Cuba, y en la revolución de Mayo. Parece que la disposición a la lucha armada hace que las pulsiones sexuales se reencaucen por otro lado.
¿Cuál cree que es el lugar de un libro así en nuestros días, cuando el sexo más que reprimido está declarado en todas partes y cualquier producto se publicita con una mujer semi desnuda?
Me parece que allí también funciona un doble discurso. Porque si la sexualidad fuese un ejercicio transparente al cual nos acercáramos con absoluta naturalidad, tampoco ocuparía ese lugar. Yo tuve el privilegio de conocer países que nunca había pensado conocería. Y me impresionó muchísimo cómo es la vida, por ejemplo, en los escandinavos. Una vez participé de un congreso en un pueblo bien al norte de Finlandia. Eramos cientos de escritores. A la mañana y a la tarde se hacían las ponencias, y a la nochecita íbamos en rebaño al sauna. Yo estaba siguiendo una polémica desatada más temprano, discutía bastante acaloradamente con una autora francesa, y en un momento me dije “acá hay algo raro, qué pasa acá”, y descubrí que estábamos todos en pelotas. Un grupo de escritores hablando de literatura en pelotas, y a nadie le sorprendía. Entonces allá no sé si podría venderse una gaseosa con una foto de una mina desnuda. Creo que nosotros seguimos siendo una sociedad hipócrita, prejuiciosa, homofóbica, bastante retrasada. Hoy se difunde la sexualidad como una suerte de producto, finalmente. Sexualidad a la venta; es una idea bastante mercantilista del cuerpo.
¿Espera que este libro forme parte de la masificación de la divulgación historiográfica?
Yo noto que efectivamente existe actualmente una gran curiosidad por la historia, por la sexualidad, y por la identidad argentina. Los argentinos hace tiempo estamos preguntándonos por nuestra identidad, lo cual pone de manifiesto que somos un pueblo joven.
Preguntaba porque para usted como autor es un paso de novelas best sellers a otro rubro best seller.
Yo no sé pensar como editor. Hay que olvidarse de los cálculos editoriales. Yo era un escritor inédito que comenzó a presentarse a concursos de cuentos y para mi sorpresa gané todos. Después gané el premio Fortabat y me enteré de que iba a ganar el Planeta, siendo nadie. Entonces quiero mantener ese lugar subjetivo del autor inédito que fui. Por eso nunca voy a firmar un contrato anticipado, ni acepto tomar cafés con editores. Si un libro tiene que convertirse en una mercancía, que lo haga después de que yo lo escribí; yo no escribo mercancías, yo escribo libros. Hay cuestiones que en otros campos son discusiones terminadas pero por alguna razón en literatura siguen apareciendo los prejuicios de que si vende mucho es malo y si vende poco es bueno; sabemos que nunca fue así, que esas fórmulas fáciles no funcionan. Este libro está escrito con una prosa que tiene que ver con la narrativa. Yo tengo muy presente al lector a la hora de escribir. No hay que aburrirlo. Yo de aquellos escritores que dicen no escribir para el mercado me pregunto para quién publican Me pregunto también si renuncian a sus regalías; no creo: creo que no renuncian al mercado sino al lector. Por supuesto que un libro ni bien lo terminaste de escribir deja de ser una obra y pasa a ser una mercancía, esto lo sabemos, es la mecánica del capitalismo. Ahora bien, si uno renuncia al lector, renuncia por completo a la literatura.
¿Se imagina qué otros libros lee un lector de Pecar...?
Este libro seguramente será leído por mis lectores fieles, pero también espero nuevos lectores que son lectores de ensayo. No estoy seguro de qué leerán, pero sí de qué no leen: seguro que no leen ni a [Jorge] Bucay ni a [Paulo] Coelho [Nota del autor: en el sitio de librerías Jenny los compradores de El Anatomista también lo son de El Zahir, de Cohelo] . Por la sencilla razón de que mis libros en algunos países se venden en forma más o menos masiva, hay quienes, sin haberme leído, tienden a compararme con Coelho.
¿Después de haber publicado libros de tanto éxito, va reconociendo qué cosas hacen a la circulación masiva de un libro?
No, la verdad que no. Es muy difícil de reconocer, calcular o predecir. Hay libros míos que han funcionado muy bien en algunos países y mal en otros. Creo que si alguien se propone escribir un best seller va a fracasar. Yo puedo entender por qué vende el Código da Vinci, a mí no me gusta pero puedo entenderlo...
¿Y por qué cree que funciona?
Y, esta vulgata de la historia, esta cuestión policial, esta cuestión de que hay como una suerte de escritos ocultos; uno puede entender por dónde pasa. Pero con Coelho yo te juro que no entiendo, pero no entiendo. Me quise tomar el laburo de leer algunas cosas de Coelho y realmente es incomprensible que eso funcione. Es incomprensible. Por eso, ya ves que no hay fórmulas. No emito juicios, pero sencillamente no entiendo qué encuentra la gente en Coelho.
¿Y escritores argentinos vivos, algunos lo entusiasman?
Tenemos muy buenos autores. Por primera vez se está regenerando algo del tejido que había desaparecido con la dictadura. Aunque noto un panorama bastante insular, no hay un grupo de escritores discutiendo cuestiones relativas a la literatura, a la política. Hay un fuerte signo de la firma, del individuo, por sobre la generación o el grupo. No hay nada que nuclee escritores. Yo soy muy lector de Jorge Consiglio; [Pablo] De Santis es un buen autor; uno podría mencionar a [Leopoldo] Brizuela; tantísimos otros. Creo que es una generación, a diferencia de lo que sucedió en otros momentos, caracterizada por la heterogeneidad. No hay un movimiento sino que cada escritor es un movimiento en sí. Yo confío que poco a poco se vaya consolidando esta cadena.
¿Y a usted le interesa ser leído por los pares?
A mí me leen mis pares.
Sí, ¿pero es algo que le interesa cuánto, cómo?
Yo me siento muy reconocido. Provengo de los premios literarios, me premiaron mis colegas, Liliana Hecker, Juan José Manauta, Héctor Tizón, Luisa Valenzuela, Tomás Eloy Martínez, Juan Forn. Podría mencionarte cuarenta o cincuenta escritores que me han reconocido premiándome. Claro que también hay algunos que no están dispuestos a tolerar que a alguien le vaya bien, eso es muy notorio. Yo en cambio me alegro mucho cuando le va bien a un escritor argentino, porque me gustaría que nuestra literatura vuelva a ocupar el lugar de peso que tuvo en el pasado.
¿En qué sentido es muy notorio? ¿Usted se siente criticado?
No, a mí la crítica me ha tratado mucho mejor de lo que merezco. Lo que siento concretamente es que así como cuando yo era inédito muchos colegas me palmeaban la espalda dándome ánimos, ahora, digamos, muchos me siguen golpeando la espalda pero mucho más fuerte. En otras áreas hay menos prejuicios, en música, en cine, mientras que en literatura, yo mismo reconozco que guardo prejuicios. Los tenía, por ejemplo, con Stephen King; se me fueron leyéndolo. Lo que el tipo hace en Misery, por caso, plasma tan bien los fantasmas de un autor... Me ha pasado vivir una historia semejante. Yo había terminado de escribir Las piadosas, que cuenta las historia de unas trillizas. Y en un momento, tal como pasa en el libro, todos los días aparecía en el parabrisas de mi auto una flor. Hasta que un día salía con mi hermano de La Academia, en Callao y Corrientes, y cuando estaba por entrar al auto apareció una mina que se me vino encima a golpearme y me tiró agua caliente. Me reclamaba que cómo me había atrevido a escribir su vida con sus hermanas. Eso es lo que relata Misery: la identificación con el autor de algo que el autor ignora. Cuando el delirio de alguien empalma con lo que el libro cuenta. Después me enteré de que mi vida había estado en peligro, la mina estaba realmente pirada.
¿Los peligros de ser un hombre famoso?
Los peligros de contar historias. Yo pasé de ser inédito a ser masivo. Cuando salió El anatomista, me tomaba el subte para ir de mi consultorio a mi casa. Y un día como todos los días me lo tomo y había sentada una señora leyéndolo. Entré en pánico, ¿qué estará entendiendo esta mujer?, me pregunté. Me pasé de vagón. Pero allí había dos personas leyendo el libro, entonces me volví a pasar a otro y resultó que en ese había tres leyéndolo. Ahí me di cuenta lo que es que algo se convierta en masivo. ¿Qué estará entendiendo cada uno? Jamás puede saberse. Alguno en algún momento te puede llegar a vaciar una jarra de agua caliente en la cabeza.
La historia sexual de los argentinos, ¿Cree que da para una investigación más exhaustiva?
Cuando uno hace un trabajo de investigación se propone eso, que otro retome lo que hizo para ir más allá. Esa generosidad creo que se perdió. Freud todo el tiempo decía cosas como: “espero que esta modesta investigación sirva en el futuro para que alguien siga...”. Freud. Hoy por hoy hay una suerte de afán por escribir la obra final. No se puede pensar así en el terreno intelectual, hay que intentar sembrar una pequeña semilla para que otros la trabajen con mayor exhaustividad. Yo me propuse escribir una obra inaugural.
Por Agustín J Valle
Publicado en Debate, Marzo 2008

Friday, February 22, 2008

Sylvia Saitta - Roberto Arlt

“Nadie vinculado al poder puede no leer Arlt”

Roberto Arlt (1900-1942), uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina, carece de obras completas editadas, pero tiene su biografía, El escritor en el bosque de ladrillos, publicada en 2000, agotada y recién reeditada por Sudamericana en formato bolsillo, especialmente interesante tratándose de un escritor con una imagen pública tan mitificada. Su autora, la doctora en Letras Sylvia Saitta, reflexiona aquí sobre la vida y la actualidad de la obra del narrador, dramaturgo y periodista, responsable de un estilo implacable y personajes inolvidables que ilustran paradigmáticamente –como él mismo en su carrera literaria- una época clave de nuestra era.
El libro no jerarquiza un tramo de la vida de Arlt por sobre otros, ¿a qué responde esa decisión?
La crítica literaria habla casi exclusivamente del Arlt novelista, que va del 26 al 32. Yo no quería una biografía para estudiantes de letras ni tampoco una biografía novelada; quería escribir una biografía intelectual de Arlt para pensarlo en la trayectoria de un periodista, un intelectual, un novelista, un dramaturgo, alguien metido en las tensiones políticas de su momento histórico. La figura y la obra de Arlt permiten pensar una época y una lógica de la sociedad argentina, por eso creo que toda persona vinculada al poder tendría que pasar sí o sí por Arlt; Los Siete locos es como el Facundo, no se puede pensar a un intelectual, político o historiador que no lo haya leído.
¿Cree que él sí priorizaba alguno de los Arlts por sobre los otros?
Creo que al periodista. Si uno piensa su vida, la columna vertebral es el Arlt periodista. Detrás de los viajes está el periodista (y El Criador de gorilas, su libro de relatos, es fruto de su viaje al Africa), y tanto su primera novela como su primera obra teatral tienen como motor el género periodístico: el folletín en El juguete rabioso y en Trescientos millones la crónica policial que él había cubierto como periodista, en la que se basa la obra.
¿Por qué piensa que Arlt dejó de escribir novelas?
Hay hipótesis varias. El había prometido la segunda parte del Juguete rabioso y no la hizo. Creo que ganó el teatro la pulseada (siguió escribiéndolo hasta su muerte), que había algo ahí de la respuesta inmediata del público que lo atraía, y eso también lo perfila más como periodista que como novelista. En el diario El Mundo también tenía mucha respuesta de los lectores. Por otra parte él tenía que mantener a tres mujeres, madre esposa e hija, y tenía una decisión firme de que el dinero viniera de la escritura (cosa sólo posible en esa época a partir de la masificación del periodismo), a diferencia de la mayoría de sus pares, no tenía otro trabajo. Arlt en un Aguafuerte dice que “un escritor no es otra cosa que un obrero de la pluma”, y cuando él cosifica su escritura y se pone a calcular cuántos metros de páginas publicó, esa dimensión tan material de la escritura, es porque él puso todo ahí. Tal vez el tiempo que demanda una novela no es el que él tenía; no son más hipótesis. Otra puede ser la mala recepción que tuvo El amor brujo, su última novela.
La figura mítica de Arlt, que el libro se propone desmontar, ¿habla del imaginario que tenía el propio Arlt sobre lo que debía ser un escritor? ¿Qué de ese imaginario sigue fascinando hoy?
Como todo escritor, Arlt construyó una figura pública, pero la suya fue una de las figuras más exitosamente construidas. Es la figura del que sin tener nada, el resentido, el que viene de otro lado, el autodidacta, escribió una de las obras más geniales de la literatura argentina. Por eso se lo compara con la figura de Eva Perón, esos personajes que por prepotencia de trabajo, como decía él, conquistaron su futuro. Sin heredar dinero ni biblioteca ni apellido se lo lee a la misma altura que a Borges.
¿Qué relación había entre ellos dos, congéneres, conciudadanos y hoy a veces leídos como opuestos?
En el prólogo al Informe de Brodie Borges cuenta que los hermanos Tuñón le reclamaron a Arlt que escribía mal el lunfardo y que Arlt les contestó: “me crié en la calle y no tuve tiempo de estudiar esas cosas”. En las Obras Recobradas de Borges se compilan sus menciones sobre Arlt, y sobre el Arlt del Juguete Rabioso todas son extremadamente elogiosas. Los siete locos no podía gustarle por sus tramos de novela psicológica. Pero la imagen actual de Borges es muy distinta a la del Borges de los veinte que se emborrachaba y visitaba prostíbulos como un martinfierrista más; ambos escribieron en la Martín Fierro. El Boca River con Borges y Arlt se armó en los cincuenta como operación crítica, un reflejo de la polarización Contorno-Sur y peronismo-gorilismo. Aunque la literatura de Arlt dista del populismo, está lejos de ser amable con el lector.
Sus textos también tienen incursiones metafísicas...
Sí, hay bastante obra crítica al respecto. El capta muy bien la angustia del hombre moderno en una sociedad desencantada. Eso te permite pensar el veinte, el treinta, pero también el hoy; por qué hacemos lo que hacemos, la preocupación por la trascendencia, dónde tenemos las certezas, las creencias, por qué con la posmodernidad irrumpen tantos personajes mediáticos, y bueno, porque como dice Arlt todo el tiempo las personas necesitamos creer en algo, y por eso hay que proveerle nuevos dioses a la gente. Al mismo tiempo la de Arlt es una de las pocas literaturas argentinas que dialoga tan bien con la situación mundial. El imaginario de la primera guerra mundial, lo que significó como primera guerra masiva, que desarmó la idea de campo de batalla, la guerra química, todo lo que incorporó; la desazón post-primera guerra pone a sus novelas en diálogo con las grandes literaturas europeas del momento. Pero él excede su época; capta el modo en que funciona una sociedad. Capta la estructura, no la anécdota (por más que también está), del lugar del complot, la conspiración, de la dominación de clase, y como elemento bien argentino, la lógica de la clase media, a la que Arlt odiaba profundamente.
En el libro señala la desesperanza que domina las novelas arltianas convive con una confianza pública de su autor en el provenir de la revolución.
Es que en las novelas hay más ideas de revolución que actos revolucionarios, se sueña con grandes cosas pero no se rompe nada. Y además los personajes nunca tienen pensamientos dirigidos directamente contra la gran burguesía. En un momento de Los Lanzallamas Erdosain se imagina que tira gas venenoso en Barrio Norte, pero lo que se figura entonces es a las mucamas, los choferes, los empleados, tirados retorciéndose: no a los patrones. Esto cambia en la dramaturgia, por ejemplo en 300 millones el criminal es el hijo de la patrona. Hay que tener en cuenta que escribía obras a presentarse en lo que era el Teatro del Pueblo.
¿Puede que el Arlt esperanzado políticamente no haya sido el que simultáneamente escribía novelas de impotencia sino, luego, el que escribía dramaturgia?
Es probable. Porque en tiempos históricos, el modelo soviético entra con una fuerza mucho mayor luego de la crisis del 29 y el golpe del treinta. Son años de radicalización política. No eran los setenta, pero la revolución era percibida como posible y ordenaba las posiciones, y para el Arlt novelista ese panorama no existía; de hecho hay una diferencia fuerte entre Los Siete Locos, publicada en el 29, y su continuación, Los Lanzallamas, del 31; Los Siete Locos es una ensalada rusa, y en Los Lanzallamas hay un proyecto comunista. Por eso también Los siete locos es más interesante.

Agustín J Valle - Publicado en Debate, Febrero 2008

Friday, February 01, 2008

Fabián Casas

“Que lo que las palabras digan sea la vida”
Por Agustín J Valle - Publicado en Debate, enero 2008

La publicación de Ensayos Bonsái (Emecé), la reedición de Los Lemmings y otros (Santiago Arcos) y el premio Anna Seghers –dotado con veinticinco mil euros- que recibió en Alemania, son los puntos visibles del ascenso del reconocimiento del escritor, quien –con además cinco poemarios y una novela corta publicados- hace ya quince años funciona como referencia en los ámbitos poéticos locales.

Definir su poética y narrativa como literatura barrial, biográfica y cargada de marcas histórico-culturales, es confundir lo esencial con lo transitorio, como él cita a Eugenio Montale. Hace literatura, sí, con San Lorenzo de Almagro, con el dolor por la muerte de su madre y sus historias de niño sensible y joven rockero por las calles de su barrio, pero aclara: “no tengo una inmobiliaria en Boedo ni soy propulsor del grupo de Boedo, sólo conozco sus calles y voy a comer con mi familia” - porque en su obra no importan tanto los materiales utilizados como el efecto que su disposición logra en la emocionalidad del interlocutor: “hacer sentir algo que vuelve a uno con la fuerza de una verdad”. Es uno de los escritores argentinos que más claramente está construyendo una obra personalísima, aunque se reivindica “panlingüístico”, piensa que “la literatura es algo colectivo, todos estamos compuestos por un montón de gente”, y que la obsesión de los escritores por la inmortalidad “es una discusión estéril: lo único evidente es que no va a quedar nadie”.
Ensayos Bonsái tiene una definición sobre los clásicos, ¿de algún modo discute con la de Borges?
Sí, él decía que clásico era lo que determinado grupo lee como verdad o revelación, y yo digo que clásica es la obra que establece ella misma los parámetros en los que va a ser leída. Pero los Bonsái tienen varias definiciones sobre los clásicos, que tal vez se contradicen entre sí. Algunos ensayos fueron escritos de un tirón en cuatro horas, mientras que un poema puedo corregirlo durante un año, y un relato como Asterix, que está en Los Lemmings, lo escribí a lo largo de diez años; nunca la musiquita del relato terminaba de satisfacerme, sentía que yo todavía estaba demasiado cerca del segmento experiencial del relato, los personajes todavía eran los que habían vivido conmigo, no se habían drenado y convertido en significantes. Una vez que la emoción impulsó el cuento o el poema, después lo trabajo como una máquina. Pero no tengo imaginación, en el sentido de que no creo algo desde la nada: recupero un mundo a partir de una memoria.
Ensayos Bonsái compila escritos previos, ya publicados en revistas y blogs. ¿Emecé lo fue a buscar?
Sí, querían publicarme “algo”. Puse una cláusula por la que no voy ni a la Feria del Libro ni a la televisión ni a la radio, salvo que me interese el periodista, no hago el Verano de Planeta ni nada que forme parte de la retórica de la literatura.
¿Por qué?
Me gustan los escritores que no te salen a buscar. Una vez, de vacaciones, desarmando la carpa de un amigo se cayó de adentro Molloy, de Beckett. Lo abrí al azar: “Estoy en el cuarto de mi madre, ahora soy yo el que vive acá”, uy, ¿qué es esto? Y después una parte en que Molloy -un vagabundo- va chupando piedras. Beckett te describe su sistema de guardarlas en un bolsillo, chuparlas, pasarlas a otro, como si fuera una máquina, durante páginas; es un fragmento central en su obra porque modifica la percepción de la literatura. Deleuze hace todo un trabajo sobre esa parte, en el Anti Edipo. Después leí toda la obra de Beckett, y lo que me encantó fue conocerlo así, de casualidad, sin información.
Hace poco César Aira reivindicaba la alta cultura con el mismo argumento: hay que ir a buscarla, no ataca en el supermercado o la radio.
El problema es la definición de alta cultura. Mucha gente piensa que es la que corresponde a las clases sofisticadas, pero las clases sofisticadas se comen muchos caños. Mucha gente de la alta cultura va a ver a Kuitca al Malba porque más que el trabajo de Kuitca le importa su poder simbólico, al que quieren quedar asociados, es un nivel de cliché superior. Para mí los museos son lugares en la ciudad, un valdío donde pasa algo raro, y la contracultura es invisible, cuando se vuelve visible desaparece.
En Ensayos utiliza ideas de varios filósofos, ¿cómo afectan sus estudios filosóficos a su relación con la literatura?
La turbina que me hace volar es el pensamiento filosófico. Por ejemplo, la gente pelea con uñas y dientes para ser esclava: eso es un pensamiento spinociano que me lleva a pensar que concebirse dentro de la literatura, pensarse como escritor, impide escribir. Nosotros somos como narraciones, todos, y si uno está atento puede escucharlas. Como dice Heidegger, hay que estar en estado de disponibilidad para sentir el peso del ser. Pero un montón de gente que conocí en mi barrio fue tan importante para mí en términos filosóficos como Heidegger. Los intelectuales siempre están muy atentos a ver si detectan lo que llaman populismo, y para mí el populismo es algo muy claro: ser de Independiente y decir que sos de Boca, como Maradona. Populismo es jugar para la tribuna.
¿Y las influencias literarias? ¿Por qué escritores argentinos se siente más marcado?
Ricardo Zelarayán es para mí el único argentino vivo con genio. Y es una obra que nunca será premiada, sancionada por la crítica, porque en sí misma rechaza todo eso. Para mí y gran parte de mi generación es una obra clave, junto con la de (Leónidas) Lamborghini, (Joaquín) Gianuzzi en mi caso, alguna novela de Saer, las primeras novelas de Aira.
¿Y Fogwill (a quien le dedica el cuento Casa con diez pinos y aparece en Asterix), lo marcó también como poeta?
Fogwill me parece un escritor muy muy bueno, con un gran talento narrativo, y encuentro poesía en sus relatos. Lo que me marca de Fogwill es una pulsión vital que tiene. Es una persona muy emotiva; todo el mundo habla de su gran inteligencia, y la inteligencia para mí no es un valor. El único valor que yo reconozco es el de la bondad; tampoco el valor erótico del dinero. Quique es un gran bocón con un ego demoledor que de fondo trabaja una cosa más atávica y emotiva, lee la literatura desde un lugar muy pasional y siempre está tratando de hacer surgir a los escritores jóvenes que lo estimulan. Su serie de cuentos me parece impresionante, así como Los Pichiciegos, que para mí tiene mucho más valor que ser “la novela de Malvinas”. A Los Pichiciegos siempre se le adjudican virtudes que yo adjudicaría a la publicidad, como adelantarse a determinadas cosas; la literatura no se tiene que adelantar a las cosas, no es su función, la literatura es atravesarte, hacer que el lenguaje brille y expandir tu sensibilidad. Que el lenguaje brille no significa escribir bien, porque por ahí yo no escribo bien dentro de los parámetros de lo que se supone que es escribir bien, hablo de cuando el lector interpelado por el texto encuentra ahí un sentido de su personalidad más allá de lo que le imponen las demandas sociales. Hoy la gente tiene mucho miedo y eso lleva al fascismo; además, hay una presión muy fuerte, de que hay que tener la mejor mina, le presión de los quiscos sobre el erotismo, ser un ganador en todo, y vivimos entonces en una gran insatisfacción. Nuestra cultura va hacia un colapso demoledor.
Frente a eso, ¿podría leerse su literatura como un intento por rescatar la fragilidad de la vida?
Sí, agarrar las palabras, limpiarlas y volver a ponerlas en el concierto de significados. Que vuelvan a tener fuerza vital después de tanto tiempo estereotipadas; que lo que digan sea la vida.

Pablo Ramos

“La literatura es una arbitrariedad bien manejada”
Publicado en Debate, diciembre 2007


Su reciente y aclamada novela, La ley de la ferocidad, retoma la vida del protagonista de la anterior, El origen de la tristeza, así como el estilo inaugurado con los cuentos de Cuando lo peor haya pasado (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes y del concurso Casa de las Américas de Cuba), pero llevándolo a su extremo: literatura descarnada para relatar la vida suburbana y compartir dolores íntimos.

El padre, el alcohol y las drogas, la “angustia monetaria”, la escritura: principales temas de La ley de la ferocidad, novela con que Ramos (1966) continuó la historia de su predecesora El origen de la tristeza (ambas editadas por Alfaguara, al igual que Cuando lo peor haya pasado). A pesar de tan dolorosos títulos, hoy Ramos revela que en su casa de Paternal vive muy feliz. Quizá no sea a pesar de su tormentosa literatura sino precisamente gracias a haberla escrito: Pablo Ramos hace literatura por necesidad y urgencia. Y le va bien; con un libro de poesía y tres de prosa se perfila como “niño mimado” de las letras vernáculas y en los próximos meses sus libros estarán en librerías de España, Portugal, Francia, Italia, Rusia, Alemania y España.
“Hay mucho trabajo en el lenguaje para que a través del personaje los lectores puedan llegar a mí”, cuenta Ramos. Su alterego, Gabriel Reyes, se crió cerca del Viaducto del Arroyo Sarandi, Avellaneda, de familia humilde y trabajadora. La degradación catalizada a partir de la Dictadura es uno de los orígenes de la tristeza que, veinte años después –en La ley...- aún lo consume, corporizada en alcohol y cocaína, cuando, habiéndose enriquecido lejos del barrio, vuelve a los pagos a transitar el infierno de la muerte del padre. La literatura: un cross a la mandíbula.
Los títulos de algunos capítulos refieren a su contenido, pero otros al momento de su escritura (por ejemplo Escrito en la máquina de tinta roja un año después de la muerte de mi padre).
¿La historia de la novela es la del largo velorio del padre, o el proceso no narrado de conversión del personaje en escritor?
Ese es el libro. Esa es la historia no contada detrás de la historia contada. Si una novela no tiene una historia detrás de la historia, no interesa, no sirve para nada. El secreto del libro está cristalizado en ese pequeño párrafo sobre el hombre que lo vive y el hombre que lo escribe; algo así como: el hombre que lo vive no es el hombre que lo escribe pero va a empezar a transformarse en él cuando empiece a escribir, y va a transformarse en él cuando acabe de escribir, por el hecho de escribir. Yo soy el hombre que escribe pero aún no lo sabía, y ahí vuelvo para atrás a la historia que se cuenta. Yo creo profundamente en la ficción. Reorganizar la realidad y agregarle las mentiras necesarias. Para lograr que el lector sienta lo que vos sentiste (que es el objetivo: la comunicación plena), tenés que mentir. Porque vos no viviste un hecho real, registraste la vivencia de un hecho real, que es absolutamente distinto. No creo en las ideas literarias, creo en construcción de personajes, y el personaje construye la trama; la forma literaria construida desde el personaje hacia fuera. Al revés es muy posible que tu personaje sea una figurita recortada de cartón, que no tenga hondura emotiva. El personaje de El origen.. y La ley..., Gabriel Reyes, está construido adrede para que los lectores lleguen a mí a través suyo, que no es lo mismo que ser yo. Hay que tener mucho cuidado, es difícil escribir así, por eso hay tantas cagadas, tantos tipos que quieren imitar a Carver y sale cualquier cosa; cualquier circunstancia la convierten en un cuento.
A usted lo comparan bastante con Carver a pesar de que esta novela examina con lupa el interior de la mente del personaje...
Es que hay una incapacidad de poder leer sin pensar en nada, lo mismo otros que decían que era el continuador de Arlt; primero que Arlt no tiene continuador porque era un genio, y segundo que yo no tengo por qué cargar con el karma de continuar a nadie. Por supuesto que los tengo leídos y releídos, pero si yo tuviera que elegir una influencia te aseguro que es de John Cheever más que de Carver. También hay mucha influencia en Gabriel Reyes de los personajes de los cuentos de Salinger, que me permiten despreocuparme de la arbitrariedad. Con Salinger aprendí que al literatura es una arbitrariedad bien manejada.
Calificarlo de “continuador” es perder de vista que usted con pocos libros armó fuertemente una figura de autor, ¿no?
Es suficiente un cuento para armar un autor. El ejemplo es Rulfo.
Justo Aira hace poco señaló lo mismo de Rulfo pero como crítica negativa.
Aira no tiene vergüenza. Un tipo que tiene un talento enorme pero prácticamente promociona la idea de primero publicar y después escribir... Esta moda de hacer cuentos que no cuentan nada se la debemos a él. ¿Cómo va a hablar así de Rulfo, no lo leyó? ¿Lo leyó mal? ¿Qué importa cuántos libros? ¿Entonces Borges no era escritor porque no escribió una novela? ¿Sabés lo que pasa?, está recontra tomado por el capitalismo, un tipo que escribe una novela cada tres meses. Yo escribí muchísimo más que lo que publiqué. Sé que La ley... va a tener críticas muy buenas y también adversas, porque es un libro muy jugado, apunté muy arriba. Escribir cuentos como los de Cuando lo peor haya pasado (que eran como ensayos de La ley...) o una novela redondita como El origen... podría hacer muchísimos, tengo veinte mil anécdotas para desarrollar en forma de novela, pero no lo soporto, yo soy un artista antes que ser un escritor.
¿Y ahora qué está tramando?
Estoy escribiendo una crónica de adictos en recuperación, novelada, que se llamará Hasta que puedas quererte solo. Es algo que me dijo una vez un tipo, cuando yo iba a los grupos, llegaba siempre mamado, y él me dijo vos vení que acá te vamos a querer hasta que puedas quererte solo.
¡Qué buena gente!
Sí, lo de Alcohólicos Anónimos es bárbaro. Yo iba a la casa de un tipo, lo llamaba a las dos de la mañana y le decía loco no puedo más, ya me compré una botella, él me preguntaba dónde estaba y si tenía para el taxi, me invitaba a visitarlo, vivía en una pensión, yo llegaba y ya estaba con la olla para hacer fideos, queso y dulce, y mientras la mujer dormía él se quedaba hasta las cinco de la mañana hablando conmigo. Cuando empecé a recuperarme empezó a irme muy bien económicamente, y en todo sentido, y este tipo me decía: yo lo único que logré en la vida es dejar de tomar. Necesito escribirle un homenaje a esos tipos. Y yo escribo así: cuando algo es un imperativo.
¿Eso está vinculado a la edad en la que empezó a escribir?
Sí, empecé a escribir en serio a los 33 y ya tenía una vida vivida. Es importante haber vivido para contar algo, aunque sea un cuento fantástico, por el peso de la vida, la manera en la cual fuiste asimilando la vida, y cuando digo la vida me refiero a los golpes, porque la felicidad son momentos que se viven y se esfuman, hacer el amor, estar con una chica, comer un asado con amigos, es hermoso porque no genera una consecuencia, es un sólo por hoy precioso. Pero la vida que vas acumulando tiene que ver con el fracaso, con los golpes, el dolor, que después se asimila y te va dando una perspectiva. Cualquier personaje que vos generes, desde un personaje del realismo hasta un hobbit del Señor de los anillos, tiene una carga de vida, ¿no?, por ejemplo, un hobbit tiene una gran elaboración sobre los placeres, del amor, de la familia, del tabaco; Tolkien decía que él era un hobbit. Y fijate vos en la película lo que es la transformación de esos hobbits...cuando a mí me hablan de autobiográfico... fijate que una aventura muy dolorosa los convirtió en seres mucho más interesantes. Una aventura donde casi perdieron todo, el alma, haber llegado a la oscuridad, a un infierno propio, su propia codicia. Por eso yo creo que toda gran aventura, toda gran novela, es una aventura moral. Porque la vida es una aventura moral. Y si no viviste la vida, si no tuviste la oportunidad de pecar, muy difícilmente puedas construir una aventura moral.

Sergio Bizzio

“El humor es mi único enemigo”
Publicado en Debate, enero 2008

“Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer”: así empieza la nueva novela de Sergio Bizzio, Era el cielo (editada por Interzona), séptima que publica quien también es poeta, dramaturgo y guionista de cine y televisión. Su relación con la pantalla va en aumento: un cuento de su libro de relatos Chicos fue la base sobre la que su pareja, Lucía Puenzo, dirigió la película XXY, recientemente premiada con el Balance de oro en Pinamar y representante argentina para el Oscar y el Goya, mientras que Rabia, su anterior novela, será filmada en España con producción del mexicano Guillermo del Toro, cuenta Bizzio con orgullo. Por otra parte el personaje central de Era el cielo es guionista televisivo: un “neurótico perfecto” del que Bizzio nos cuenta fundamentalmente la separación de su esposa (con quien había regresado poco antes de la violación) y el consiguiente distanciamiento de “lo único bueno que tiene”, su pequeño hijo. La soltura narrativa permite una lectura muy fluida de un relato fracturado, intermitente y con vaivenes temporales que muestran la “explosión” de la ruptura familiar; es un libro entretenido e inteligente, con humor algo cínico y acercamientos poéticos a la angustia y la belleza en torno al amor.
Escribió este libro hace tiempo, ¿en qué producciones está más metido ahora?
A mitad de año la editorial Mansalva va a publicar una antología de toda la poesía que publiqué hasta ahora, corregida, aumentada y con bastantes cosas nuevas. El volumen se va a llamar Te desafío a correr como un idiota por el jardín, que es un título que me dio mi hijo, que titula como los dioses. Sigo escribiendo poesía y ojalá siga siempre. Además grabé un disco. Yo no toco ningún instrumento, pero siempre, con cualquier instrumento que agarro, saco algo, encuentro algo. Fui doce veces a un estudio de grabación, tres horas por vez, y toqué y toqué, y después, con un ingeniero, lo editamos y articulamos de alguna forma. Grabé doce temas. El disco se llama Música para pensar sentado, un título que a algunos amigos les parece una pedantería y a mí un chiste. Tocar es mucho más divertido y relajado que escribir. Escribir es un trabajo, un verdadero sacrificio.
¿Este libro fue mucho trabajo?
Primero escribí el capítulo de la violación, lo dejé un tiempo y luego lo retomé y seguí hasta el final. Habrán sido seis meses en total.
¿La novela empieza sacándose de encima el peso de que pase algo argumentalmente fuerte?
Yo no tengo nada contra las historias. A mí las historias me gustan. Pero la historia sin embargo es la menor de las fuerzas que me llevan adelante, comparado con la construcción de las frases, las historias mismas de la escritura, el dibujo panorámico de la idea que en ese momento circula por mi cabeza, sobre la forma de las cosas, y hasta por el largo de los capítulos.
¿Usted planificó para esta novela cierta relación entre el dolor y el humor?
La historia de Era el cielo es bastante trágica, ¿no? La narración está salpicada de humor, es verdad, pero no fue un cálculo que apuntara a hacer más digerible el dolor del protagonista. A mí el humor es algo que se me impone, no lo busco, más bien diría que lo rechazo, y que es en ese rechazo donde mejor se pavonea. No puedo con él. Me maneja, me domina. Y lo odio. El humor es mi único enemigo verdadero.
Hay varios personajes secundarios muy llamativos y algo desconcertantes (una japonesa libidinosa, un misterioso hombre de saco a cuadros), ¿qué función juegan?
La verdad odio pensar en términos de “función”, aunque hay muchísimos colegas que son como relojeros de su propia obra, que saben dónde va cada pieza en el mecanismo, cómo la pusieron, por qué, y que dan la impresión de haber hecho un cálculo de probabilidades sobre su aceptación en el mercado, sobre su eficacia. Creo que la función que cumplen los personajes secundarios (mantengo la palabra “función” sólo para responder la pregunta) es la de dibujar como partículas el estallido que yo cuento, son esquirlas. La estructura de la novela es la de una separación vivida muy dolorosamente, vivida como un rompimiento de todo, no solamente de la familia o de la cotidianeidad. Y entonces empiezan a aparecer historias que no tienen ni comienzo ni final, personajes que entran y salen. Yo no veo a esta novela como una partitura musical; más bien la veo como un dibujo. Ayer estaba releyendo una novela de la que soy fan, La boca del caballo, de Joyce Cary, escrita a mediados de los años cincuenta, que cuenta la historia de un pintor genial y maldito. Ahí las frases están escritas como si fueran pinceladas. Hay una relación pictórica, me parece, entre La boca del caballo y Era el cielo.
¿Tiene guiños la novela? Por ejemplo, hay un personaje Láinez con una hija Alejandrina.
Seguro que cuando lo tuve escrito pensé en Mujica Láinez, pero nada está pensado como guiño cuando se me ocurre. Es verdad que uno después corrige, trabaja sobre lo que hizo, es la etapa más “calculadora” del proceso de escritura. Aunque no pienso en el lector cuando escribo, el lector es una abstracción. Por ahí se me aparecen determinados lectores, gente que conozco, pero siempre después de haber escrito; termino un capítulo y me digo “esto puede gustarle a tal persona”, del mismo modo que un disco que me gusta me imagino que puede gustarle a tal amigo.
Por ejemplo, la escena en que se meten en una pileta con un tiburón...
La pasé muy bien escribiendo esa escena. No sólo porque me daba escalofríos, sino porque además hacía muchos años que tenía esa idea en la cabeza, y ahí por fin estaba. Es como un cuento, ¿no?
Es una escena temeraria para un personaje temeroso, pero después envidia a la novia por haberse metido, plantea que la felicidad es “que tus intereses por las cosas sean lo más amplios posibles”.
Sí, es un poco lo que quiere él. Y Vera, la novia, es así. Pero al mismo tiempo hay un costado de hiperactividad en Vera que es parte de lo que lo hace irse a él y volver con su mujer. Es un personaje que ya no se siente tan cómodo como pensaba que iba a sentirse en el universo del impulso. Ya no es tan joven, aunque el impulso no tiene nada que ver con la edad. Conozco a un montón de jóvenes semimuertos que van todas las noches a bailar, que van a los festivales de cine, que viajan de acá para allá por el mundo como pulgas, que no se pierden nada de nada. Y en el fondo no son más que pedos en la niebla general de una vida. Mi personaje quiere otra cosa, mi personaje asocia felicidad con estabilidad emocional, social, económica, creativa, lo que quieras. Y yo estoy de acuerdo con él. Lo único que extraño de la juventud es el pelo, después está todo bien. Me gusta más escribir ahora que cuando tenía veinte. ¡Hay tantas distracciones cuando uno tiene veinte años! Oscar Wilde decía: “La vida sería llevadera si no fuera por las diversiones”.
En literatura, ¿hay cosas que esté con ganas de escribir a futuro?
Tengo ganas de escribir una novela sobre la dispersión. Me gustaría que sea larga, muy larga, algo casi imposible de leer completo. Una novela pensada para ser leída fragmentariamente, en páginas abiertas al azar. Es mi gran proyecto, yo que no proyecto nada. Y es más: ya empecé, tengo varios capítulos escritos. El narrador se distrae permanentemente. Está con un hombre que sube a un colectivo, se sienta al lado de una señora y el narrador la sigue a ella, que entra a su casa, se encuentra con su hijo, y el narrador se va con él, que sale a la calle y se encuentra con su novia, y el narrador se va con la novia, y así hasta el final. Tengo ganas de hacer eso. Ya lo estoy haciendo. Seguramente voy a escribir otras novelas en el medio ¿por qué no? El tiempo de mi novela sobre la dispersión va a ser el tiempo de mi vida. Voy a escribir esa novela hasta mi muerte. ¡Y después que se arreglen los lectores! Yo ya no voy a estar.

Wednesday, January 23, 2008

Pedro Mairal


GENERACIÓN JOVEN
[Arranca Mairal:] A la que llaman nueva generación de escritores suele criticársele ser apolítica, pero ¿cómo se mide lo político de un acto? No es una generación militante. Aunque no sé, mucha gente de nuestra edad milita. Además, las palabras que elegís cuando escribís, la ropa que usás, todo tiene una dimensión política. No sé, el rol del escritor ha cambiado mucho. Todo se vuelve muy borroso. Ya nadie te va a llamar por teléfono para preguntarte tu opinión sobre los asuntos nacionales; el escritor dejó de ser un intelectual que opina sobre la actualidad. A los jóvenes se les inquiere quiénes son, qué piensan, qué van a hacer con el mundo, desde una mentalidad setentista.
Todavía hay alguna gente que cree que la literatura es una cosa prestigiosa, pero mayoritariamente no interesa. La literatura desde un punto de vista colectivo, aquel rol aquel de cristalizar en imágenes e historias una especie de inconsciente colectivo, no existe más. Durante el boom de los sesenta, la gente viviendo bajo las dictaduras se encontraba dicha por las novelas que leía de Cortázar, Vargas Llosa, eran libros que de algún modo enunciaban toda una experiencia general, o generacional. Ese público lector se diluyó, ahora mira sitcoms y Lost. Estamos librados, sueltos, y liberados, porque ser la voz de la conciencia colectiva es también un peso muy grande. ¿Vos qué pensás de esto de la nueva generación?
Para empezar, a vos te reclaman de dos generaciones....
Es un corte raro porque nací justo en el 70. Yo recién ahora me siento un poco parte de una generación, pero por la cuestión de jugar al fútbol juntos, encontrarnos en los blogs, más como una cosa de camaradería que de manifiestos en común. Después a la larga seguramente se verá cuáles eran los rasgos en común, pero me parece difícil de detectarlos ahora.
Daniel Freidemberg escribió en Ñ que para las generaciones jóvenes el texto importa menos que las reuniones que suscita.
Es genial la frase de Lamborghini: primero publicar y después escribir. Hay una cosa así de “armo un blog donde pongo cosas de mis amigos”, pareciera que no hay una obra detrás, pero no sé. Todavía se considera al blog como género muy menor, muy lateral, nadie considera que eso es palabra escrita, como si estuviera condenado a ser algo muy en borrador. Es un prejuicio enorme, para la opinión general ni siquiera es una rama bastarda de la literatura. Y cada generación tuvo sus estrategias de promocionarse, de mostrarse, circuitos, revistas. La generación de los surrealistas tenía la revista A Partir de cero, la generación de Pellegrini, Molina, Madariaga, también estaba Girondo. Siempre hay cofradías, tertulias, grupitos chicos. Quizá lo interesante ahora es que se trasladó lo que existía en los noventa en poesía a la narrativa, los ciclos de lectura, los encuentros. Quizá de lo que se dieron cuenta los narradores y ya sabían los poetas es que si no nos leemos entre nosotros no nos va a leer nadie. La idea del escritor masivamente leído, que vendía cinco mil ejemplares, no existe más, los libros ahora venden setecientos ejemplares y ya se festeja su incidencia en el campo cultural. Nos volvimos todos igualmente pobres a nivel llegada, y eso produce algo sano, un roce, un intercambio muy rico de leerse mutuamente, compartir textos cortos. Y Damián Ríos, que sí era de esa generación de poetas, cuando funda Interzona me parece que traslada esa dinámica de las lecturas, de la tribu poética, a la narrativa.


POLÍTICA, RUIDO Y SILENCIO
Además políticamente lo que pasa es mucho menos claro que en los setenta para todo el mundo, si te ponés a preguntar, algunos son medio chavistas, hay de todo.
Otra diferencia es que hoy cada uno tiene su opinión sin implicar una participación activa en un “proyecto de sociedad”, como en los setenta. Antes los escritores se inscribían en uno u otro “objetivo” .
Ahora no hay enemigos tan claros, ¿no? Hay como una violencia transpolítica. Los viejos que se mueren abandonados en sus departamentos, la soledad, los adictos a internet, una violencia de la falta de atención, del abandono del Estado si querés. Es un enemigo invisible. Es difícil escribirla, está pero es difícil de ver.
En El año de desierto escribiste ese fragmento donde un comatoso tararea, inconciente, la musiquita de telenoche
Es como si fuera parte de su banda sonora cerebral. El otro día estaba en la sala de espera de Medicus, y estaba la tele prendida, viste que ahora es muy difícil encontrar lugares sin tele prendida. Y pensaba que la gente cuya labor está vinculada a la palabra o a algún modo de expresión, elige su discurso; quizá está hecho de pequeños fragmentos de otros discursos, pero es un discurso propio, mientras que el que no hace eso, está atravesado por montones de discursos. La voz de Tinelli como banda sonora del mundo. La publicidad, el cine, estas series que empezaron con Gasoleros, Son de Fierro, la radio, todo el ruido del discurso que suena todo el tiempo, son discursos que los hablan y los dicen. Es el ruido del mundo.
Venía para acá y en el bondi sonaba la voz de Ari Paluch; esos tipos son las voces con autoridad actuales, en el sentido de en la escena donde hablan, legitimada por los miles de oyentes, tienen la última palabra.
El pensamiento de la gente está cruzado, conducido por esas voces. Hay un miedo general al silencio, se busca evitarlo, termina pareciendo violento el silencio, nada más violento que hacer un silencio en la tele. Cuesta mucho apagar todo, hacerse un silencio y tratar de pensar uno.

BLOGS, INMEDIATEZ Y CINTURA PARA ESCRIBIR
Hay que ver qué va a ir pasando con los textos que circulan en la web, que también están llenos de ruido, llenos de links...
Ah, dijiste “qué va a ir pasando” y yo entendí “qué byte pasando”.
Ja, sí, todo byte, no va a quedar nada más. Lo de los blogs no lo digo con un tono nostálgico. Creo que se va a generar algo nuevo a nivel discurso: mucho link, mucho copy paste, mucho texto en tercera dimensión que te lleva a otro texto.
Esa inmediatez con “lo que me pasó hoy”, no? En En celo un poco se ve ese hábito blogger como de diario, de escribir lo que a cada uno le pasó en el día.
Hay una cosa de inmediatez en el blog. Cositas chicas que pasaron. Y sí, está en el libro. Con asteriscos que separan fragmentos cortitos. Es distinto a la sensación de novela como el tiempo total, el concepto de la vida entera. A mí los cuentos que más me gustan son aquellos donde percibís que concentrada ahí está la vida entera de una persona. A veces eso lo logra la poesía en dos versos. Dylan Thomas dice “la pelota que tiré una mañana en el parque todavía no ha tocado el suelo”, y está ahí toda su infancia. Tal vez un riesgo sería quedarnos en una literatura anecdótica, casi atemporal, sin carga de tiempo, que a mí es lo que más me interesa en el mundo en el arte.
Ojo que lo anecdótico también puede tener un peso muy grande, buenas observaciones. Después, el riesgo de caer en una literatura hiper coloquial. Salinger escribe El Cazador oculto de manera muy coloquial, pero en una entrevista el decía que esa coloquialidad le tomó mucho trabajo, no es simplemente una transcripción directa de la forma en que habla la gente, sino captar lo que hay de gran capacidad expresiva en lo coloquial.
Y después como otro polo está la literatura autorreferencial, aburrida, polvorienta, que se mira el ombligo, escrita para estudiantes de la UBA, para Puán...
Monografías disfrazadas.
Sí, monografías disfrazadas que creo que hasta Piglia llegan bien, lo hacen bien. La línea de cruzar ensayos con narrativa, Macedonio, Borges. Hasta Aira lo tolero, porque además Aira es capaz de autodestruirse: mete un ensayito en medio de una novela y luego lo autodestruye. El polo ese sería una literatura que pretende ser muy intelectualosa en el peor sentido de la palabra. Marcelo Cohen la llamó hiperlitaratura.
En mi caso, habiendo tenido una educación bastante clásica, de la estructura del cuento, de la escritura bastante correcta, me viene muy bien un poco más la infraliteratura, una especie de exorcismo. No porque yo pueda escribir como la hiper literatura, no es un peligro para mí, pero sí hacer textos muy acartonados, aburridos, ya encorsetados dentro del corredor de la literatura.
Esos serían los dos polos. Pero todo el tiempo se está jugando esa dinámica. No estás en un línea fija. Dentro de un mismo texto te movés. Es darle lo que pida la historia. Si pide algo sesudo, intelectual, permitirlo; tratar de que entre todo con naturalidad. Si de golpe viene una parte brutal, carnicera, que venga también. Como una disposición, estar dispuesto. Che, me están dando ganas de escribir, a ver si lo puedo hacer, porque en la teoría parece bárbaro. Tener cintura, pasar de un registro a otro.

PORNOSONETOS
¿Un ejemplo en los Pornosonetos, donde se abraza una sofisticación muy fina con una mundanidad corporal?
Yo lo siento como el lugar en poesía donde me sentí más capaz de llevar a los extremos esto que hablamos. Está el costado clásico y el costado vulgar, grotesco. Yo venía de a poco permitiéndome cruzar esas fronteras, en Consumidor Final me permití meter marcas de productos, pero muy de a poquito, y yo veía que los poetas de los noventa lo había hecho a pleno. Yo venía con mis endecasílabos, mis versos de catorce, de once, alejandrinos, y cómo meter eso ahí, era como una lucha. Además tenía un imaginario de poesía natural, tipo Neruda, Enrique Molina, y de golpe todo lo que me empezó a pasar que es lo que te pasa a partir de los veinte años, empezás a laburar, pagás impuestos, todo eso, y mi imaginario poético no servía más para eso, era inútil. Tuve que empezar a escribir de nuevo, inventar de nuevo una manera de decir. En Consumidor final un poquito lo conseguí. Pero cuando empecé con lo de los sonetos me resultaron como unas cajitas donde yo podía detonar ese choque. Fue una liberación enorme, porque está el verso de once muy pulido (la forma soneto es creo la más rígida de la poesía), una cosa incluso por momentos muy lírica, y de pronto esta cosa si querés vulgar, o tal vez lo actual, o chabacano, o berreta o incluso grosero. Que es una cosa que está dentro mío y nunca le había podido dar curso, por eso una liberación: todo ahí.
Al contrario de lo que se cree, que el soneto te limita, para mí fue una fuerza de salida de mí mismo, no un marco que me encorsetaba. Porque además la forma lo que tiene de raro es que dialoga con vos: vos proponés una cosa y la forma te dice “ah, esto lo podés decir pero así”. Entonces en un momento apareció Uruguay y de pronto me di cuenta de que estaba hablando de una mina que se fue a Uruguay y que escuchaba Jamiroquai. Aparece esa rima ridícula que a mí nunca se me hubiese ocurrido si no fuera porque me la dictó la forma. El surrealismo tiene una parte muy limitadora con la cosa de la escritura espontánea. En esa especie de pampa abierta que es la escritura automática, sin límites, hay una angustia muy grande también, porque nadie te responde nada. No hay eco. Da lo mismo cualquier palabra que otra. Y quedás limitado a vos mismo, a tu inconsciente, que en realidad es una cosa muy repetitiva, obsesiva, no? El inconsciente siempre está pensando lo mismo.
Uno llega a esa pampa abierta y ve al boludo corriéndose en círculos a sí mismo...
Ja, claro, en cambio la forma es mucho más liberadora, la sensación de poder salirte de vos mismo, una puerta de salida, la forma dialoga con vos y, como charlando con alguien, encuentro cosas que de a uno no hubiera pensado.
Bueno, igual ahora lo cerré al ciclo de pornosonetos. A lo mejor en diez años hago un tomo grande, agregando algunos nuevos.
También hay algo muy liberador en el blog, de desahogo muy grande. Cuando uno estaba atrapado en el papel era difícil hacer circular sus cosas, tenías que estar imprimiendo, repartirle a tus amigos, una cosa medio bochornosa, tal vez incomodabas dándoles eso. En el blog lo ponés y el que quiere se mete.

BLOG, INTERNET
Pero no estoy escribiendo poesía. Estoy escribiendo cuentos cortos. No sé si serán para un libro. Hay uno por ejemplo en que el personaje le pide perdón a una chica por algo que escribió en el blog, le dice que nunca se había imaginado que lo leería. ¿Cómo se pasa eso a papel, qué sentido tiene en papel? Ya están escritos para el blog.
Ahí sí se le está dando una entidad mayor al blog, hay una producción específica de ese formato, motiva un tipo de escritura.
Está escrito para eso. El disparador está también en esa especie de calentura performática de que lo escribo y lo muestro. Hay una especie de exhibicionismo si querés.
¿Eso te genera como contrapartida ganas de escribir algo durante un tiempo largo sin mostrarlo?
Sí, me dan ganas de volver a escribir una novela. Pero la novela es un género que no se puede trasladar a internet, por ahora es muy incómodo. Los formatos que hay todavía son muy torpes. Me parece que la publicación inmediata tiene que ver con la ansiedad, hay que ver si yo ahora me podría bancar la ansiedad de acumular textos. El año del desierto me quemó mucho también, un trabajo de tres años, uno escribiendo y dos corrigiendo. Lo disfruté muchísimo, pero fue mi etapa previa a la escritura online. ¿Qué pasa ahora con la escritura online, qué le provoca a la gente estar online todo el tiempo? ¿Qué sucede cuando tu hoja en blanco es todas las cosas que es ahora, tu música, tu correo, tu enciclopedia, tu video, tu televisión, tu pornografía? Todo está ahí invadiendo en eso que antes era la página en blanco. Hay que tener muchas ganas de escribir para apartar todo eso, todo ese entretenimiento, distracción. Cada uno tiene su circuito en internet, primero entrás a un diario, después a un blog, otro diario, una página inesperada, y así, podés pasarte todo el día haciendo eso, y no hiciste nada. Estás online.
Se cumple el mito griego del tipo que no alcanza a la tortuga porque siempre se le interpone llegar al punto medio.
La paradoja de Zenón. Internet es así, siempre hay un link que te distrae de donde querías llegar, estabas por llegar pero nunca llegás. Para mí estamos siendo parte de algo que va a cambiar mucho la forma de escribir. No sé para dónde va, pero para algún lado raro lleva. Y quizá la redacción en blog sea una manera de sobrevivir a esa lectura interrupta.
En principio, según charlamos, lleva a escribir menos novela.
Pareciera, por lo menos a mí. Hay que ver si un blog llevado con cierta regularidad, con personajes reconocibles, no es una novela que se está escribiendo. Hay algo que se está narrando. Sobre todo cuando dicen que la novela, a diferencia de la elegía que hablaba sobre el pasado, es la forma moderna de escribir sobre el presente, no sé, quizá los blogs están hablando sobre el presente, quizá hay un diálogo sobre el presente.
Tampoco funciona mucho lo de trasladar los blogs a papel, he visto algunos blooks y sentía que les faltaba el botón para encenderlos. Imaginate una novela donde una novela empieza cada capítulo con “el taxista recién me dijo...”, como un diario personal, no sirve para el libro.
Ayer escuché un dialoguito muy absurdo en una editorial, de dos empleados que hablaban de sus peceras, que me llevó a una reflexión de lo bien que está escrito el mundo, lo bien que escribe el azar, porque si quisieras escribir un buen diálogo creíble y vivo habría que copiar eso. Y me llevó a un cuento, pero el disparador fue ese comienzo anecdótico y creo que tiene que ver con la estructura del blog, una inmediatez con la experiencia. Y es verdad que eso llevado a libro es una pavada.

EL PASADO Y EL CINISMO EN LA LIT ARG.
¿Tenés relación cotidiana con libros?
Me está costando leer libros largos....
Uh, mirá, yo justo la semana pasada terminé El pasado.
¿Qué te pareció? ¿Es “la última novela argentina”, como dicen? ¿Te gustó?
Si tengo que decir sí o no, digo que no. Tiene muchísimas cosas muy buenas. Pero el contenido espiritual de la novela, la perspectiva de vida con la que me conecta, no me gustó nada: una novela canalla.
¿Canalla? ¿En qué sentido?
En el sentido de que hay personajes (la mayoría) creados sólo para ser ridiculizados, para ser burlados con cinismo.
¿El protagonista también?
No, si llega al patetismo es básicamente como víctima del padecimiento femenino. Hay una desproporción brutal en la conducta masculina y femenina [ver: ¿desproporción definida en el personaje Riltse?]
¿O sea que se trataría de una cosa no tanto formal como de lo temático?
Sí, aunque en varios puntos clave de la trama sentí que ese forzamiento del modo de ser y relacionarse de los personajes llevaba a la novela a romper su propio verosímil. Te pongo un contraejemplo: Tantas noches como sean necesarias, de Ricardo Romero. La humanidad de los personajes está labrada desde una profunda compasión, desde un respeto.
Sí, me acuerdo del cuento de un basquetbolista de no sé dónde que cayó en este país donde las canchas tienen uno sobre otro el trazado de líneas de varios deportes, handball, jockey, básquet. El basquetbolista de los ojos más tristes del mundo. ¿Leíste a Casas? Su prosa digo -aunque también es un gran poeta-, por la ternura con la que muestra ese pasado, medio desapegado a la vez porque tampoco se emboba, pero logra algo muy humano. Es raro encontrar eso: la literatura argentina tiene una carga muy fuerte de cinismo, de esa distancia muy grande con sus personajes. Estoy pensando en la crítica que le hizo Viñas a El Aleph, comparándolo con Nota al pie de Walsh, que tiene un progresivo vuelco a la humanidad del personaje, mientras que Borges, según Viñas, se burla de Daneri, tiene una cosa sobradora. Sería interesante investigar en la literatura argentina cuándo aparece esta línea del cinismo, cómo se expande.


EL AÑO DEL DESIERTO
Cuando te dije por mail que iba por la mitad de El año del desierto... me dijiste: “te declaro exento de leer el resto”. Bueno, me quedé intrigado.
Es el único texto largo que tengo y como decía Fontanarrosa, los escritores que escriben libros muy gruesos hacen abuso de confianza con el lector, por qué creen que el lector tendrá todo ese tiempo disponible para leerlo.
¿La novela explora el extremo de lo imaginable desde el miedo?
Sí, fue exagerar, agarrar la paranoia burguesa y llevarla a un extremo de delirio. Siempre bajo la idea de que las cosas iban hacia atrás en el tiempo. La empresa donde trabaja la protagonista se llama Suárez & Baitos porque Baitos fue el soldado de Pedro de Mendoza que se comió al hermano (evento relatado tanto por Mujica Láinez como por Ulrico Schmidl). Le saqué mucho de lo coloquial a la novela, yo me había copado con toda la minucia de la cotidianeidad de cada época. Mucho también sobre la caída de De la Rúa, que me parecía importante pero creo que Fogwill tuvo parte de razón cuando nos criticó que el 2001 fue importante para nosotros por ser el primer quilombito que vivimos, capaz en diez años se repite.
Pero sí fue un acontecimiento que rompió la idea de que nada pasaba; además es es una decisión triste enfocar en lo inespecífico que todo momento tiene, empobrece la vida, es argumento suicida...
Instaló la idea de que las cosas pueden terminarse, de que todo lo sólido se desvanece en el aire. Las cosas pueden no existir más. En esos días capaz llamabas a una empresa y no existía más.
Pero también me permití muchos delirios, en la medida en que el libro va avanzando y yo me fui desprendiendo de lo histórico, me fui soltando más. Hasta Rosas todavía no pude evitar hacerle a la protagonista decir comentarios tipo “escuché que decían que habían bloqueado el puerto”, ¿qué necesidad tenía yo de poner esas frases? Lo que disfruté mucho también fue transformar los momentos históricos en imágenes, hablar de los soldados de Rosas cuando vuelven de la batalla. Salir del big picture y meterme con cómo le repercutió la historia a ese tipo en el cuerpo. El gran cuadro te asfixia mucho, y yo tenía que hacer pasar todo ese telón de historia argentina por la voz de una mina, a lo largo de un año. Por eso me llevó como dos años corregirla.
Y salió en plena “reactivación”.
Sí, cuando estaban todos hablando de eso. La economía depende mucho de lo que creo que llaman el coeficiente de felicidad. No es tanto la guita que tiene la gente en el bolsillo sino la sensación que tiene de sí se va a caer todo o va a seguir teniendo trabajo el año próximo. Recuerdo en 2002 en mi trabajo se cortó internet y hubo uno que dijo “uy, se acabó para siempre”. Tipo: estuvo bueno, pero no hay más. Toda la ilusión de los noventas derrumbado de golpe.

El Quinteto de la muerte

LITERATURA ES ROCK
Publicada, con varias modificaciones, en Rolling Stone, Septiembre 2007

Romero heló toda la sangre presente con su relato verídico de dos sobrevivientes de un micro hundido en el Paraná. Funes lloró por “la muerte del gato Vicente”; Levín está concluyendo un capítulo de las curiosas desventuras de Igor: Canta a capella -con una copa en la que él se sostiene y un brillo que le arenga las pupilas- el tango que su personaje le dedica a Natschenka, la rusa petisa que ama.
La transmisión de literatura, sin la fría distancia consumista que suele revestir al objeto libro, puede ser una experiencia literaria. O, por qué no, rockera. Hay que ver al Tigre Oyola, ya imponente de por sí, envuelto en una vieja sotana franciscana, de esas con una cuerda que rodea la cintura, leyendo la batalla entre el Pastor y los travestis en el patio del penal (casi salpica sangre), o cantando el estribillo de Shakira con el que uno de los personajes de Chamamé goza a quien acaba de balear. O ver a Funes recibir un tortazo de chocolate en plena trucha y leer, sin limpiarse, su libidinoso cuentito, humorizando los obstáculos de la narración en vivo.
“Pensamos el momento de mostrar nuestro trabajo como una celebración”, dicen los integrantes del Quinteto de la muerte, una banda de cinco escritores jóvenes que, heterogéneos en sus estilos, coinciden en la forma de transmitir su obra: leyendo en vivo con liturgia rockera.
“Si a la hora de escribir somos artistas, a la hora de exponer la producción escrita no podemos volvernos 'personalidades de la cultura'”, dicen. “Desde las primeras lecturas dejamos de lado el perfil de escritor sentado, escritorio, micrófono y vaso de agua”. Entonces usan maniquíes, narices de payaso, baldazos de agua fría, caracterizaciones teatrales: los recursos que el texto requiera. Hasta cocinan en escena (y regalan la comida). Apelando a los cinco sentidos, sus relatos pasean al público por las más diversas emociones.
Pero si lo rockero es la diferencia, en esta profusión de recursos el más rockero sería Molina. Se sienta discreto y lee monocorde sus narraciones minimalistas; describe escenas sin exponer la interioridad de los personajes, interioridad que así queda abierta a la sensibilidad del oyente.
Ignacio Molina, Lucas “Funes” Oliveira, Ricardo Romero, Leonardo Oyola y Federico Levín son individualmente riquísimos escritores, cada cual con su universo. Pero el Quinteto no se reduce a sumarlos: el Quinteto muestra un acontecimiento en la forma de vivir la literatura hoy acá.
¿La era Internet renovó el poder de la transmisión oral del relato? Casi todos los escritores que circulan en estos espacios tienen también vida blogger; alianza entre lo virtual y lo presencial. Para el Quinteto, su blog “no es un espacio de producción, sino una invitación y nada más”.


Los cinco tienen sus libros (y están escribiendo venideros): Funes –nato gestor- autoeditó Papel; Oyola publicó Siete y el Tigre harapiento (Gárgola) y, en España, Chamamé; Levín publicó Historias higiénicas (a los 16 años) y recientemente Igor (Gárgola); Romero su novela Hacia ninguna parte (De los cuatro vientos) y el volumen de cuentos Tantas noches como sean necesarias (Gárgola); Molina, el conjunto de relatos Los estantes vacíos (Entropía). Además, participaron en varias antologías de cuentos.
Pero “al convocar a los lectores, El Quinteto hace caer la fantasía del escritor aislado y el lector anónimo”, explican. “Además, a diferencia de la mayoría de los escritores, cuya vida gira alrededor de los libros y si leen en público es para promocionarlos, en nuestro caso en vivo el texto se enriquece muchísimo. Sobre todo cuando vamos leyendo una novela en proceso, como pasó con Chamamé, que cuenta el largo ajuste de cuentas entre dos chorros con un ritmo narrativo para el que fue clave la devolución inmediata en los recitales de 2006, en que Oyola iba leyendo capítulos”.
Si el libro da eternidad a la obra literaria, el recital de narrativa le devuelve la intensidad de lo efímero. Cada lector deja al público preso de una emoción, y como si fuera poco, entre cada texto pasa al frente el asombroso guitarrista que acompaña al Quinteto, un tal Facundo Gorostiza, que a sus 25 años toca como con la sabiduría de un viejo de 70 y la gozosa inocencia de un niño; las noches del Quinteto son casi demasiado. La entrada es gratuita; el sentido, no monetario.

Juan Sasturain

“Los libros te salvan cotidianamente”
Publicado en Debate, Abril 2007


Fútbol, literatura y medios masivos: tres grandes cosas entre las que danza gustosamente Juan Sasturain desde hace décadas. Su impronta algo hemingwayeana será la encargada de difundir, nada menos que por la pantalla de Telefé, el pacer y la utilidad de la literatura, en un programa por ahora llamado S.O.S. Libros, donde las recomendaciones se harán desde “el lugar real que tienen en la vida: el placer”.
“Fue una idea de Claudio Villarruel, quizá inspirado en El show de los libros, el programa del escritor chileno Antonio Skármeta”, dice Sasturain con su aura entrañable de tipo que sólo demuestra haber trabajado pensamientos cultos cuando recoge sus frutos en el llano.
El autor de Manual de perdedores, guionista de la célebre historieta Perramus (dibujado por Alberto Breccia) y actual editor de Deportes en Página 12, dirigirá desde mayo una emisión de libros por el canal de más audiencia, en una apuesta para promocionar no sólo el gusto de leer sino la gran utilidad práctica de los libros en la vida cotidiana.

“Al final del secundario yo vivía en Coronel Dorrego, y jugaba al fútbol ahí, era delantero en Independiente de Dorrego; hasta el año 62 –estamos hablando de hace muchos años- jugábamos en la liga de Tres Arroyos y en el 63 se armó la liga de nuestro pueblo y salimos campeones.”
Qué lindo momento.
Y qué te parece, salir campeón es siempre la mayor alegría posible, juegues donde juegues, y las ligas de los pueblos se viven con mucha intensidad. Pero bueno, cuando me vine a Buenos Aires a estudiar literatura me fui a probar también, a ver si jugaba al fútbol. Estuve algunos meses en San Lorenzo, en Independiente, no desentonaba demasiado, y quedé en Lanús. Lo que pasa es que ya era grande, tenía 18 años, a esa edad tenés que ser un crack para quedar, y yo venía a estudiar, entonces largué la pelota. Aunque seguí jugando en el equipo de la facultad, teníamos un buen equipo los de filosofía en los sesenta, contra lo que se podría pensar de esa manga de barbudos, trolos y trasnochados. No obstante, hicimos callar más de uno.
¿Y cómo fue su llegada a los medios?
Terminé la carrera en el 69, pero ya trabaja en Galerna, desde su fundación. Al recibirme empecé a laburar como cualquiera dando clases en un secundario; después en el 73, hasta el 75 que nos corrió la triple A, trabajé en la facultad. Dicté literatura argentina en la UBA y teoría literaria en Rosario. Nos echó la triple A, no fueron necesarios ni los milicos, y nunca volví. En el 83 podría haber vuelto, pero nunca más di clases.
¿Ahí se encontró con el oficio de periodista?
No sé, más que oficio de periodista, diría laburar en los medios. Yo vocación periodística la verdad nunca tuve. Digo que me gusta escribir en los medios, mezclar la escritura periodística con la literaria, eso siempre lo hice. Empecé en La Opinión con Timerman (Juan Gelman dirigía la parte cultural), y luego en Clarín haciendo crítica de libros: como todos, haciendo primero lo que deberíamos hacer último. Porque antes de escribir libros uno ya está criticando los ajenos. También en el suplemento de Cultura de Clarín, año 71, que dirigía Osvaldo Bayer, lo primero que hice fue una crítica de un libro de Pasolini. Del libro no entendí un carajo de nada, pero la crítica me salió redonda: citaba a Todorov, a Barthes, quedé como un duque. Después, durante la dictadura, no escribí más: del 75 al 79 trabajé en Clarín como corrector. Fue un buen laburo, porque me permitió sobrevivir esos años. Mientras, en mi casa, escribí bastante literatura.
O sea que su interés era la literatura y desde ahí llego a los medios, pero sin embargo recién mucho después publicó libros.
Totalmente. La primera versión de Manual de perdedores, mi primera novela, estaba terminada el día que cumplí treinta años, en el 75. Todos nos proponemos cosas para ese momento, y yo la terminé el mismo día de mi cumpleaños. Tengo la copia original, pero tardé como diez años más en publicarla, por suerte, porque esa primera versión era bastante desastre. De hecho en la última edición de Sudamericana hay una especie de crónica de la historia del libro.
¿Y cómo llegó a Gárgola, que ha editado sus últimos libros?
Ellos han sido muy generosos conmigo. Hay un muchachito muy emprendedor ahí, Ricardo Romero. Me preguntó si tenía algo para publicar, y como tengo todavía compromiso con Sudamericana sobre las novelas largas, propuse hacer una compilación de artículos publicados. Pero cuando estaban haciendo la selección, les conté que tenía un libro de poemas atravesado hacía muchos años. Bueno, lo publicamos, me dijeron; ¡que te publiquen poemas, y encima de garpen por eso, en la reputísima vida! Me gusta mucho ese libro, Carta al Sargento Kirk, estoy contento de haberlo publicado porque tenía mucho miedo, son textos escritos durante muchos años. Pero ya está, lo hice, y como siempre uno verifica que para bien o para mal, nunca pasa nada. Escribís una novela de 400 páginas que es una obra maestra y no la lee nadie; escribís cuatro pelotudeces y sos Gardel. Uno nunca sabe el destino de los textos.
Qué duro.
No sé si duro, es así, y está bien. Porque eso te cura de muchas cosas. De las vanidades excesivas (todos los que estamos en esto tenemos nuestra vanidad), y te quita presión. Eso es lo bueno del periodismo, lo saludable que la cosa tiene que salir, hay que hacerlo, mal o bien sale y punto.
Como el fútbol: cuando te sale el marcador, algo hay que hacer.
Exacto, hay que resolver, y a veces saldrá mejor y otras peor. En la literatura muchas veces uno no hace nada por miedo, porque siempre podría ser mejor. Por eso mezclar registros está bueno. Después siempre hay soluciones, que en realidad son soluciones parciales, equilibrios inestables. Fijate el caso de Gelman: es un muy buen periodista, y cuando escribe periodismo es periodismo, transparente, y al mismo tiempo su poesía no está contaminada en absoluto por su oficio periodístico.
Con la diversificación de los registros mediáticos, ¿cree que existe el periodismo como género de escritura?
La verdad no lo sé, ni la menor idea: nunca he pensado en eso. Yo he tenido la suerte de poder escribir en los medios lo que se me canta, sin restricciones de medios, fines, fondos. En ese sentido Página ha sido muy rico para mí. Nadie te mira por encima del hombro cómo escribís. Me tiran un tema y yo capaz lo resuelvo con un poema, escribí por ejemplo sonetos sobre Menem, poemas sobre De la Rúa
¿Con qué plumas siente afinidad?
Con mucha gente. Generacionalmente creo que hay un montón de autores que tenemos algunas cosas en común, las experiencias de la niñez y la primera juventud, los que nacimos entre el 40 y el 50, el Gordo Soriano, el Negro Dolina, Carlitos Trillo, Feinman incluso, Saccomano que es un poco más chico, el negro Fontanarrosa ni hablar, todos nos formamos leyendo las mismas revistas, tuvimos la misma experiencia de la aventura, leímos cosas parecidas. Armamos no sé si una generación, pero sí un sector; tipos muy distintos con cosas en común: todos tenemos una relación no prejuiciosa con los medios masivos, entramos a la literatura por diversos lugares, coqueteamos con el policial, la aventura, el humor, la historieta.
¿Usted no ha vuelto a escribir historieta?
No, sólo en los 80 con Breccia. Es muy difícil escribir guiones. A mí no es lo que me sale, yo me quedo mucho con las palabras; puedo contar con imágenes, de hecho Perramus no tiene narrador, son todas imágenes y diálogo, pero me cuesta, no es lo que naturalmente me sale, soy muy palabrero, le busco demasiadas vueltas al asunto; por eso Perramus es tan recargada, porque tiene demasiadas cosas.
¿Hoy hay más aceptación para escribir sobre fútbol?
Sí, pero ese cambio un fenómeno externo a la pasión. Hoy el consenso lo dan los medios, que son la única autoridad, los únicos dadores de existencia: ser es ser percibido. Y como indican que hablar de fútbol es socialmente correcto, aquel desdeñamiento por alienante de la práctica deportiva, Sebreli, ha quedado un poquito aislado, ahora esa es la posición incorrecta. Son avatares del tiempo, hoy está de moda escribir de fútbol, no es un progreso, son épocas de las convenciones, Sebreli en algunas cosas tiene razón y en otras yerra como la pera. Pero hoy también hay toda una parafernalia, un aparataje crítico que descubre la pólvora como si fuera nuevo que mirar fútbol es una experiencia estética. Antes ciertas zonas de la experiencia entraban en lo escribible, hoy otras, pero no es un progreso, son vaivenes de lo convencional. Como decía Borges sobre no recuerdo quién, “le tocó, como a todos los hombres, vivir épocas difíciles”.
El programa en Telefé, ¿Cómo nació?
Claudio Villarruel quería hacer un programa de libros y pensó que yo podía hacerlo. Probablemente tenía en la cabeza algo como El Show de los libros, el programa del escritor chileno Antonio Skármeta. Este será no sobre escritores sino sobre libros, y por ahora se llama S.O.S. libros, pero el título no apunta a salvar a los libros, sino a que los libros te salvan, en términos prácticos. Tendrá un abordaje descontracturado, va a ser en primera persona, yo actúo de yo y me voy encontrando con gente, conversamos. Al comienzo de cada programa planteo un problema que tengo (ficticio), y ese problema me hace pasar por distintos libros. Por ejemplo: tengo que hacerle un regalo a mi hija, entonces pensar qué libro regalarle me permite hablar de Salinger, Hemingway, de Conrad, de Prevert, cada uno por distintas razones; me encuentro con el librero Marcelo Birmajer a comer unos fideos y charlamos sobre regalarle libros a las minas, con cuáles le fue bien, cosas así; voy al psicoanalista, voy al bar.
O sea que no es un programa de estudio.
No, vamos a distintos lugares, es un programa de media hora con mucha producción, tres cuatro días de filmación por cada episodio de media hora, visualmente muy lindo.
Es notable que el canal de más rating tenga espacio para eso.
Sí, el 11, que es una pantalla muy muy popular, con una audiencia masiva y amplísima, abre espacios distintos en su programación: el programa de cortos, por ejemplo, que es muy lindo, o el programa de jazz. El mío será un programa que si tiene tres o cuatro puntos, está bien. El piloto salió bien, me gusta, es una cosa digna; es una linda cosa. Yo tengo control sobre lo que voy a hablar, no hay ningún tipo de condicionamiento sobre editoriales, best sellers, nada de eso, elijo los libros, de qué hablo, cuento un cuento o recito un poema si me acuerdo.
Más de uno envidiaría que la experiencia de lectura, tan rica de por sí, sea además fuente de trabajo.
Es lindo, porque es una charla informal, como si te recomendara ahora un libro a vos, pero no desde el lugar de la erudición sino el vital, desde el lugar real que ocupan los libros en la vida que es el placer. Eso quiero transmitirlo todo el tiempo. No hay obligación ni necesidad; de hecho se puede vivir sin leer. Hay muchos mitos y discursos aparatosos sobre la literatura. Por ejemplo, que uno escribe para mostrar; en realidad uno escribe para enterarse. No todo se reduce a demostrar aquello que yo ya pensaba. En el caso de Sebreli y el fútbol, uno no le critica las conclusiones, que después de todo son opinables, sino el mecanismo: las conclusiones son previas al análisis, porque tenía el prejuicio arraigado y fue a buscar fuentes para ratificar aquello que ya había supuesto. Uno escribe para enterarse, si es sólo ejemplificar la tesis previa es literatura didáctica, que puede ser de izquierda, de derecha o feminista; aunque sean textos bien armados, la literatura es otra cosa: es ir avanzando para ir encontrándote con la cosa.
¿Cómo funciona eso específicamente en su ficción?
Yo escribo policiales, género que en teoría no te permite demasiado porque la trama tiene rigores que se te imponen, pero bueno, yo tuve la experiencia (por no poder hacerlo de otra manera) de no saber a dónde iba: aparecían los cadáveres y yo no sabía quién era el asesino. Entonces escribía para enterarme. Uno se regala mucho cuando escribe, si trata de que sea verdadero.
Nuestros grandes escritores son ejemplares en ese sentido, un Borges, un Bioy, incluso el mismo Cortázar, con esa mezcla de placer, gusto y revelación, siempre como una iluminación, siempre te están transmitiendo esa cosa hermosa que tiene la literatura de alguien que descubrió algo y te lo está transmitiendo; es hermosa la conmoción que te produce sorprenderte por lo bien que pensó y lo bien que escribió un tipo.
También sospecho de los que leen poco para que las influencias no los toquen, esas huevadas tipo “no voy a leer a Gelman, mirá si se me pega algo”, ¡ojalá que se te pegue todo! Si te molesta parecerte a tu viejo frente al espejo, te cambiás el bigote, pero te parecés, qué vas a hacer. Creo en las virtudes de la tradición, en la sensación de pertenecer a eso que no se puede describir desde afuera porque no se puede salir de tu tiempo. Los gestos demasiado aparatosos de las vanguardias de romper con su tiempo son los más marcados por la época y los que primero caen.
Lo mismo con ese discurso de pavor frente a la inmensidad de la literatura, de que no podremos leer todo, ¡buenísimo!, ¿no es hermoso que haya tanto que nunca puedas llegar a leerlo todo?, sería horrible si se pudiera y después te quedaras sin nada. Es como comer: qué suerte que siempre hay milanesas, siempre hay whisky. No podemos reconstruir por qué se escribió, bajo qué idea; lo único que queda es la obra, los textos, que no se definen por la intención, tienen vida propia; ya sabemos que el texto es poderoso en tanto no hay lectura que lo agote; pero al mismo tiempo cuando se escribe a propósito para quedar abierto a cualquier lectura, se siente que la teoría determina tu texto y entonces sólo se lo puede leer desde esa idea de la apertura o indeterminación como condición primordial de todo texto.

Fernando Peña

“No me considero apto para drogas”
Publicado en Debate, Octubre 2007


Peña básico
Aunque su padre Pepe era periodista deportivo, sólo tras doce años trabajando en servicio de abordo aéreo Fernando Peña, o más bien la cubana delirante que personificaba por micrófono para los pasajeros, llamó la atención de Lalo Mir, quien lo llevó a la radio, medio en el cual hoy lo escuchan 120 mil personas cada mañana (en Metro) y al que pocos pueden sacarle tanto jugo como él, con su genio esquizoide y sus muchas criaturas que discuten a través de una misma boca. Hizo pública su relación con la cocaína, su homosexualidad y su portación de HIV, temas que no quiere que lo agoten. En los últimos cuatro años hizo diez piezas teatrales y busca crecer como dramaturgo; además, está por lanzar un programa donde oficia de entrevistador en Canal A, El otro: “es un lindo desafío, con lo que a mí me cuesta salir del foco”.


No saluda con un apretón ni con un beso: junta las manos a la altura del pecho como rezando y asiente estilo japonés. “No es con vos, soy así, no me gusta. No me gusta tocar a la gente. Después voy y me chupo veinticinco pijas, sí, pero para el saludo no me gusta”. Fernando Peña no es una persona usual. Ya su biografía es notable, pero de movida él me pide que por favor “no hagamos mucha historia. Estoy –dice- un poco cansado de hablar de cómo empecé, si lo de Lalo fue verdad. Todo lo que escuchaste, fue así.”
Hablemos del presente entonces. Radio todos los días, presentaciones en el interior y Capital de Sit down tragedy [NdelaR: título que parodia las Stand up comedy]...
Yo trabajo de actor. Pero siento que en estas latitudes todavía ser actor es visto como algo hippie, te preguntan si sos actor de qué vivís. Y es un trabajo, punto. Además yo escribo mis obras. Estoy interesado cada vez más en dejar la actuación y volcarme a la dramaturgia. Ojo, yo siempre que planeo lo hago de acá a cinco años, aunque al mismo tiempo yo no planifico nada, es como una visión en mi cabeza porque sé que quiero cambiar mucho de acá a seis o siete años, no quiero estar a los cincuenta actuando en un escenario, o sí, pero una vez por semana o cuando yo quiera. Apunto a tener varias piezas escritas por mí.
¿Qué dramaturgia le gustaría investigar?
Me interesa mucho la raza humana, las conductas humanas, cada vez me asombra más que cada ser humano sea tan enormemente astuto e inteligente y torpe y estúpido, y encima funcionar una sociedad, cada vez me asombra más. Por eso me cuesta cada vez más relacionarme con gente, porque para mí ustedes ya son como bichos de observación que yo no elegí, yo no elegí el bicho que somos, obviamente tengo que convivir conmigo porque si no me muero, pero si yo pudiera ser mosca manteniendo el intelecto que tengo, lo hago, no me quiero mezclar más entre ustedes.
¿Nosotros las personas?
Sí, ustedes las personas. Tengo un gran resentimiento, una gran desilusión, creo menos que antes en la amistad, aunque tengo mis amigos, es una cuestión filosófica, no cotidiana. Vivo a través de una gran desconfianza, sé que el que hoy me llama genio mañana me mata. Cada vez tengo menos inocencia y por lo tanto menos ganas de interactuar socialmente, siento que nunca es genuino lo que se está diciendo, siempre hay un mensaje trastocado.
¿Es un estado de tristeza?
Sí, conlleva una tristeza, pero ya la tengo bastante digerida porque es algo que me pasa hace bastante. Por eso escribí, por ejemplo, mi obra Mugre, que habla del fondo mugroso que en realidad tenemos todos.
¿Por qué para esa investigación quiere dejar de actuar y escribir más?
A mí hablar menos me hace descubrir más al ser humano. Cuando estoy solo se me van ocurriendo párrafos de mis próximas obras de teatro. Todo me dispara a la dramaturgia. Cuando estoy contemplativo, metido en el caparazón, se me ocurren muchísimas cosas para escribir, y es porque estoy pasivo, en cambio si estoy actuando estoy activo, tengo menos perspectiva.
Pero su tristeza no será rotunda si todavía tiene sentido escribir y después mostrar, ¿no?
Sí, obviamente, no creo que haya un Peña vencido, hay un Peña harto, desilusionado y con poco tiempo para la estupidez. Hace pocos años que estoy dándome cuenta de que estoy envejeciendo, sabiamente. Hace cinco años no me sentía así, me sentía un muchacho maduro, pero no un viejo sabio. No me refiero a sabiduría de información. Cada uno tiene que tener la habilidad para saber en qué es ducho.
¿Sabiduría es haberse encontrado con usted mismo?
Sí, mucho. Saber muy bien qué no quiero más.
¿Hay cosas de usted que no quiera más, aparte de los otros?
Sí, miles. Si pudiera tacharlas con una lapicerita, cambiaría quinientas.
Ja ja, eliminar partes de la memoria de lo que uno es, como en el cuento de Macedonio Fernández, Cirugía psíquica de extirpación
Estoy listo para una cirugía psíquica auto diseñada.
¿Las drogas no se usan precisamente para eso? Era la idea de Lennon.
Sí, totalmente, totalmente, pero si las sabés usar. Es un tema muy delicado, muy delicado, a partir del cual muchos chicos jóvenes dicen “ah, sí, la droga”, y no, yo te estoy hablando desde un aspecto casi científico, burroughsniano, desde donde sí, las drogas y el alcohol sirven para esconder partes de uno o mejorarlas, lo que pasa es que es muy difícil y muy delicado hacer una afirmación así, porque el bobo que lo lee dice “ah, ves que hay que legalizar, está todo bien, Peña está de acuerdo”, y no. Son instrumentos letales que deben estar en manos de gente que sepa mucho del tema y de uno mismo, es para gente que se conoce mucho. Yo, que considero que me conozco bastante, todavía no me considero un ser apto para drogas. Ojo que yo no pierdo nunca el registro de lo que estoy haciendo, lo que estoy diciendo, cómo tengo la boca de seca, los ojos de abiertos, a ver si le pifio a una manija, pero así y todo no me considero apto. De todas maneras estoy un poco harto también de las drogas, de hablar de drogas. Últimamente veo que a mucha gente le parece algo cool, y no me parece a mí cool, me parece un evento no lejano a cagar o comer o coger o fumar tabaco, es algo más que demuestra lo mugroso que somos, y muchos jóvenes creen que los enaltece. Yo creo que la droga no tiene juicio de valor, es un dato eventual. Por consumirlo podés llegar a ser mucho menos o mucho más.
Como dice el Indio, “falopas duras en tipos blandos ahuecan corazones”...
Sí. Pero el rock and roll argentino hizo muy poco por las drogas y por los jóvenes. Solari sí es uno de los más respetados, pero para mí en el rock se toma el tema con bastante frivolidad, banalidad y poca información. Puede ser que después de estar diez o quince años quemado te salga una frase más o menos coherente, y así arrastran manadas de jóvenes que no saben la raíz cuadrada de nueve pero sí saben diferenciar distintos ácidos y dicen “eh, aguante” y rompen todo, que es la cultura argentina.
Está por publicar un libro, ¿verdad? ¿Cómo surge?
Sí. En las sobremesas yo hablaba siempre de mi vida como comisario de a bordo y la gente se maravillaba con esa conversación, incluso el más mataputos. Y un día vi muy oportuno dejar de hacerlo en sobremesas y hacerlo en el teatro, por una cuestión de facturación [NdelaR: la obra fue Gracias por volar conmigo]. Además era me pareció bueno para descansar un poco de esas obras mías que son puñaladas, enrostramientos, mirá lo soretes que somos, obras en las que yo sufro mucho porque quedo muy expuesto. Esta era para que venga mucha gente y yo descansar en el monólogo, llenarme de plata y divertirme. Agregando las anécdotas que quedaban fuera del monólogo, se hizo el libro.
¿Descansaba de usted?
Sí, del Peña de la denuncia, el justiciero. Era gasallesco, humor y se acabó.
¿El año que viene cómo lo imagina?
Soy muy malo planificando al corto plazo. Pero supongo que seguiré con la radio y haré teatro, seguiré viviendo. En el fondo no dejo de ser un burgués disfrazado de excéntrico.
Volviendo a su desilusión respecto de la especie, ¿cómo evalúa la gran cantidad de público que se engancha con su trabajo?
Me sorprende que se queden en las voces. Me irrita mucho eso, me pongo mal. Por eso cada vez estoy más encerrado. No pretendo vivir entre filósofos, pero sí que haya un poco más de sensibilidad, y de verdad, no hace falta ir a los libros, es un poco más de sensibilidad y salir de lo cómodo, lo pasatista, el sobrevuelo, la cáscara, que en este caso son las voces. En general la gente deja de lado la profundidad del personaje como reflejo social. Yo pretendo un filtro que no se establece. Se me llena el teatro de la gente incorrecta. Y ahí vienen los malos entendidos. Por ejemplo, Palito [NdelaR: es un personaje suyo que satiriza el habla “villera”] es una persona para quien la mujer es una persona que está para ser violada a los once, obvio, y si te nace un nene bueno, cosa tuya. Y si me preguntás a mí Peña si yo pienso eso y no, pero si la violaría, sí, pero yo tengo una cabeza con la que me reprimo y no la violaría. La realidad de Palito existe, la gente sin filtro, así como existe también la mujer de ultra derecha, todos son monstruos que no tamizan su pensamiento, manifiestan su capricho en la red social. Todos somos capaces de hacer cosas monstruosas. Pero la inteligencia es un instrumento represor muy valedero. Hemos aprendido un montón de palabras y las hemos prohibido; la represión es fabulosa, porque si no yo me violaría a una chica de once, y yo sé que en el fondo soy una persona conciencia, con corazón, con amor.
¿Valora la represión?
Auto represión. Una persona debe saber comportarse y expresar sus ideas. Esa es la libertad. Yo tengo que poder estar acá sentado con vos bajo armonía, porque estoy viviendo en sociedad. Eso que algunos llaman sistema para mí se llama libertad. Yo creo que debería estar libre el aborto, la droga, todo, porque ahí, cuando al ser humano le das todo libre, lo probás como ser pensante. Hacete responsable de tus actos. Hay que decidir libremente, sin represiones de leyes estúpidas, pero auto reprimiéndose, responsablemente.
Al mismo tiempo no sería de sorprender que alguien piense que Fernando Peña es una persona dada al escándalo.
Es escandaloso lo que yo provoco, pero yo no soy escandalizador. Mi trabajo es provocar, yo no hago bardo en un bar, en todo caso después hago un personaje con el que recreo esa situación desde un lugar provocador, pero me rescato al instante, salgo del personaje. Yo por ejemplo puedo tener o no las uñas pintadas, catorce aros y una pollera, y eso escandaliza, pero yo no estoy invadiendo a nadie. Por ahí pasa la diferencia entre ser respetuoso de las libertades y ser un tarado que merece ser encerrado porque perturba a los demás. Loco, sean jóvenes de verdad. Con más libertad, con más valentía. Es muy fácil escuchar Los Redondos todo el día drogándote, eso es de esúpido. Ahora, drogate, escuchá Los Redondos, escribí un libro, lee, se buen padre, lavate los dientes todas las mañanas, a ver si podés con eso, eso es libertad. Para mí, que fui el peor de todos, ser el más bardero no es ningún prestigio. El prestigio es el rescate. Para después morir. O volar al cielo, o lo que fuere; para ir elevándote tenés que rescatar, reprimir, ordenar. Para estar más libre.
Por lo que decía del filtro, ¿siente un conflicto entre masividad y desarrollo de un código propio?
Sí, todo ese conflicto está. Es muy frustrante cuando tu mensaje no sólo no es entendido sino que es entendido al revés, yo tampoco soy Artaud ni estamos en el siglo pasado, yo no estoy dispuesto a hacer un monólogo obvio, porque no haría más arte, sería un estúpido que denuncia, y no es lo mío. No estoy acá para denunciar, estoy para revolucionar. ¿Por qué no podemos ser un poco más sensibles?
La sensibilidad, según decía recién, ¿es una cuestión también de coraje?
Sí, por supuesto, la sensibilidad involucra la valentía. El que tiene coraje parte de la sensibilidad. El más corajudo es el más amoroso. El corazón de hierro es el más cobarde, el mafioso, el que manda a otro a hacer el trabajo sucio. Por eso cuando a mí me preguntan por mi sexualidad y por qué lo dije, y, porque para mí no tiene ninguna importancia, es un dato más, pasemos a otra cosa. Y siempre me vuelven a traer al tema. Cuando se da vuelta sobre eso también me frustro, parece que la homosexualidad fuera excluyente de la persona. Y siempre hay algo más, en todo. ¿Es necesario reducirnos a los roles de manual?
¿Su dramaturgia actual muestra estas ideas?
El primer monólogo de Sit down Tragedy habla del vuelco que hizo la sociedad: primero los militares y la homosexualidad ultra condenada, y ahora tan aceptado está todo que hasta los militares están bien vistos y está bien visto un militar puto. El número se llama Puto Militar, y el personaje, que se llama Peña Madre, empieza a hablar de eso y se enreda en su propio discurso, pero el mensaje es: ni putos ni militares, de una vez por todas seres humanos. Ni hijos ni aborto, voluntades. Yo estoy a favor de todo, incluso de los militares, pero con vocación y sentido común; madre porque sí, porque hay que ser mamá porque otra cosa no se puede, no, no sirve, es la que termina divorciada, con la cabeza quemada, al marido se le forma cuerpo de marido, los huevos se le llenan de leche porque tiene que coger con la misma mujer durante años. El que compra el personaje establecido, impuesto por la sociedad, ya sea militar, ya sea puto, porque ahora hay un montón de putos que a lo mejor no tienen que ser putos pero son putos porque es fashion ser puto, todo eso no sirve, empezemos a mirar qué queremos, cada uno. Ese es el monólogo.
¿Por un lado rescata la auto represión y por otro el respeto al propio deseo?

Hay que permitirse jugar con la idea de que uno volaría el aeropuerto de Ezeiza, incluso jugar a pensar dónde la pondrías y todos los detalles, para después volver, rescatarse. Pero no permitirse el buceo personal produce monstruos, que son después los que sí ponen la bomba. A eso apunta mi dramaturgia, y en eso estoy, exponiendo al ser humano como bicho, el orden y los falsos ordenamientos. Hay miles de pecados mal llamados pecados que por no ser llevados a una realidad se transforman en monstruos. Y disminuyen al ser.

Pablo De Santis

"El policial ha invadido toda la literatura"
Publicado en Debate, Noviembre 2007

En un año donde los escritores argentinos Martín Kohan y Ariel Magnus ganaron respectivamente los premios internacionales Herralde de Novela y La Otra Orilla (organizado por el grupo editorial Norma), Pablo de Santis se alzó con el Premio Planeta. La novela que lo hizo acreedor de doscientos mil dólares es un policial que transcurre parte en Buenos Aires y fundamentalmente en París en el año 1889: a punto de inaugurarse la torre Eiffel y durante la Exposición Universal. Allí se reúne la asociación de detectives más prestigiosa del mundo, para aportar su saber en la muestra total; el integrante argentino, fundador del grupo, no puede ir y en su lugar manda a su joven y nuevo ayudante, quien protagoniza la historia en cuyo curso se transforma en detective. El marco del relato está conformado por la tensión entre modernidad y tradición, entre el romanticismo esotérico y el positivismo. De Santis también traza distintos respaldos teóricos, platonistas y aristotélicos, para las formas de concebir el arte detectivesco -no exento del riesgo de caducidad acarreado por un cambio de época tan drástico-, y enfoca, en lo que propone como la originalidad central de la obra, en los adláteres, la figura del asistente del detective.
¿Qué sensaciones le genera un premio así a un escritor? ¿Más libertad?
Sí, por un lado sí. Pero yo siempre estoy en varias cosas a la vez y pensando en escribir. Lo que me desorganizó un poco mentalmente fue el tema de viajar, estuve meses presentando el libro en Latinoamérica. Acá no es tan frecuente pero en otros países la promoción del libro, que el autor acompañe el lanzamiento, es parte del trabajo.
¿La magnitud del premio ubica a este libro en un lugar preferencial sobre los otros en su perspectiva interna de su obra?
Yo tengo relación con la escritura, trato de no quedar pegado a la suerte, buena o mala, de mis libros. Tengo que seguir pensando en el libro siguiente. Hay gente que prefiere unos libros y gente que otra, nunca encontré consenso absoluto; tal vez en otros autores está más claro cuál es el libro fundamental, pero en mi caso varía mucho según lector.
Esta novela tiene dentro muchas historias, relata muchos casos, ¿es un homenaje al género?
Me planteé el libro con cierta veta “enciclopédica”, que hubiera muchos casos que ilustraran las distintas teorías sobre el hacer detectivesco. Después tuve que balancearla un poco, porque había tantos casos laterales que apartaban la atención de la trama principal.
El narrador también tiene momentos casi filosóficos, ¿esas reflexiones las encuentra en el género o ya forman parte de usted?
Forman parte del humor de la novela. El género permite todo. El policial, que apareció como algo un poco aparte de la literatura, la ha invadido toda, está presente en todas partes. Todos los escritores en algún momento se acercan al policial, el Nobel Coetze, Dostoievsky con Maestro de San Petesburgo, dentro de los ingleses Kazuo Ishiguro, Martín Amis, Julian Barnes, también Paul Auster, además de los grandes escritores de policiales, como James Elroy, que se ha convertido en uno de los grandes escritores de hoy, cuando antes estaba en un lugar un poco aparte.
¿Y hay algo de las formas de estructurar la narración policial que ha invadido incluso géneros no estrictamente policiales?
La idea del enigma estuvo siempre en la literatura. De alguna manera uno lee una historia para descubrir algo que no sabe, que puede ser el final de la historia, puede ser una historia anterior no cerrada. Ya la idea del enigma en la poética de Aristóteles, que habla del reconocimiento, en la tragedia, es el momento en que se sabe la verdad del personaje, que puede ser su identidad, algún secreto. Lo que hace la novela policial es poner en primer plano esta idea del misterio que hay en toda narración. Y le adjudica a un personaje, por lo menos los policiales clásicos, el detective o policía, ser el encargado físico de averiguar el misterio.
¿Ese personaje es el lugar del lector en la novela? En El enigma... sólo en la resolución el detective piensa algo sin avisárselo al lector.
Creo que sí, fijate que en el momento en que oculta algo, ahí es cuando se convierte en detective. Como ocurre en las novelas, uno ve a Sherlock Holmes que expone su razonamiento, pero el razonamiento verdadero, el que va a llegar a la solución del caso, no lo expone hasta el final, para que sea sorpresivo al lector, es algo que corresponde al código del género. Por otra parte, a mí siempre me había llamado la atención cómo se repetía en el género el tema de las parejas, el Watson, los adláteres. El género nace con el personaje de Poe, Dupin, donde a la vez hay un narrador que es amigo de Dupin, en Los Crímenes de la calle morgue lo presenta a Dupin como una especie de aristócrata caído en desgracia y éste se ocupa de darle alojamiento, le permite sobrevivir porque el otro es un genio que no sabe ganarse la vida. Además, el que es un genio, el que tiene el método, ese no escribe, no es el que cuenta las aventuras; el que no sabe es el que escribe, el asistente, que de alguna manera es un compañero del lector. Cuando los detectives aparecen hablando en primera persona, ya no son los genios, son hombres como cualquiera; genios son cuando los cuentan los otros. Yo pienso siempre mucho los argumentos, pero cuando me decido a escribir es porque hay algo más que el argumento, hay un centro, un núcleo que permitirá alimentar continuamente la historia hasta el final. Y en esta novela eso fue la cuestión de los adláteres, su complejo de inferioridad, sus ambiciones, etcétera.
¿Y la ubicación? ¿Qué lo atrajo de París en 1889?
Una novela siempre crea una ilusión espacial, así transcurra en Buenos Aires. Pero ese momento me gustaba por la Exposición Universal, por un lado, y también el tema del esoterismo, al que fui llegando por distintos autores. Los esotéricos se oponían a la construcción de la torre, eso que aparece en la novela era así. Y la torre siempre es un símbolo de centro del mundo.
Es un libro sin modismos argentinos....
Creo que siempre hay un modo de escribir y de hablar argentino.
En la novela dice: “los argentinos estamos condenados geográficamente a hablar demás”.
Sí, pero a la vez, en la escritura, a hablar de menos. El tono de escritura argentino es muy contenido. Comparando con España por ejemplo, nosotros usamos menos palabras. Y a la vez tenemos una especie de pudor ante lo demasiado literario, tratamos de construir siempre los textos sin palabras extremadamente literarias. Por más que sea un lenguaje tan poco coloquial como esta novela, tratamos que las palabras sean de alguna manera un léxico perteneciente al mundo de lo coloquial, nunca vamos a decir cosas como “atisbé por encima de mi hombro”, palabras que están sólo en los libros. Siempre el lenguaje oral está presente, por más que se trate de una novela de este tipo, que intenta eliminar todas las palabras vinculadas con el presente, lo cual es todo un trabajo. Es un poco como el juego de la literatura, uno pone reglas, construye un verosímil y tiene que manejarse dentro de ese mundo, evitar las contradicciones internas, pero siempre la literatura es una construcción ilusoria. Ponerme reglas, límites, me incentiva, no me frena. Por otra parte es lo que me gusta leer.
¿Qué libros fueron los que más le gustaron este año?
Este año me gustó un libro que se llama Jonathan Strange y el señor Morrel, de una escritora inglesa que se llama Susana Clarck. Es literatura fantástica, de dos magos ingleses que reaccionan frente a la amenaza napoleónica. Yo hace unos años que estoy haciendo una especie de enciclopedia de literatura fantástica, entonces leo mucho del género. La organizo por autores y por temas, no por libros. Voy armando borradores, notas. La idea es también analizar las teorías sobre el género, un libro largo.

Dani Buira - La Chilinga

“El arte es una revolución oculta”
Publicado en Debate, Septiembre 2007

La Chilinga es una banda y una escuela popular de percusión, en cuyo flamante cuarto disco, Raíces, que recorre varios ritmos de folclores afroamericanos con el tambor como protagonista, grabaron doscientos cincuenta personas. Es que el arte en La Chiligna es, ante todo, una herramienta de reconstrucción del tejido social: sus más de seiscientos alumnos a pagan entre cinco y treinta pesos mensuales. Con cuarenta docentes, la carrera completa es de seis años, pero “la gran mayoría termina y no se va, se quedan en la escuela como grupo de percusión”, cuenta Daniel Buira, fundador del proyecto hace doce años, cuando aún era baterista de Los Piojos. La escuela tiene tres sedes propias (en Palomar, Saavedra y Florencio Varela) y da talleres en varios centros culturales y las universidades de Lanús y La Plata. Cada curso funciona como “bloque” de percusión y constantemente tocan en apoyo a hogares infantiles, escuelas y organismos de derechos humanos.

¿El baile es parte de la situación musical?
Creo que en la raza negra sí. En Africa el que hace percusión también canta y danza. Pero en Buenos Aires la danza no es tan popular culturalmente. A la gente que viene a aprender a tocar a la escuela le cuesta mucho moverse. Esto tiene que ver con que acá en el sur la percusión tiene un pulso rítmico más ligado a las acentuaciones en tierra, mientras que ya en el Caribe las acentuaciones son más arriba, en el aire, e incitan a moverse más. En Cuba, Brasil, Colombia, ves tipos volviendo de trabajar en saco y corbata que si se cruzan con dos tocando el tambor se ponen a bailar. Nuestra cultura no está muy ligada al tambor. Aunque tampoco veo mucha gente bailando tango en la calle. Estamos lejos de esa soltura.
Ustedes son de tocar mucho en la calle, ¿por qué?
Tocamos mucho más en la calle que en escenarios. Fin de semana por medio lo hacemos, tal vez no circula mucho porque se arman con poca anticipación y es en apoyo a organizaciones, o en colegios, plazas, hogares, etcétera. Intentamos que los grupos que van a tocar aprendan a sensibilizarse desde la música hacia el fin. Que el chico que viene a aprender a La Chilinga no tenga como única meta un escenario, entonces los hacemos tocar en muchos otros lugares. En seguida los pibes descubren cosas que no sabían que podían hacer a través de un tambor yendo a un lugar.
¿A qué fin te referís?
No es muy común que un grupo de veinte chicos vaya a tocar percusión para los niños de un hogar, y los ves tan felices, tan contentos, saltando, que te sensibiliza en seguida. El fin es el regalo. El regalo que le estás dando a ese chico. Porque no sólo escuchan: después de tocar, los chilingos se ponen a enseñarles un rato. La cadena seguiría armando ahí luego un taller, y el siguiente eslabón sería armar un programa... Pero es muy difícil esa etapa y ya no depende de nosotros solos.
¿O sea que La Chilinga hace una doble labor sobre social, una con los alumnos y otra con los lugares donde tocan?
Sí. Hace unos años atrás te hubiera dicho que nos dedicábamos mucho a llegar siempre a los chicos en situación de riesgo. Pero hace tiempo es tan importante para nosotros el ocio creativo de los chicos de clase media como los pibes en situación de riesgo de clase baja. Porque está todo muy rápido, viste, la vida está muy a full. Es importantísimo que una persona de clase media rompa el esquema de ir del laburo a la casa y viceversa, aprendiendo una actividad artística. Ves desde doctores y abogados hasta chicos que venden cosas en colectivos, de todo, ahí dentro, y sin embargo se habla el mismo idioma. Según mi punto de vista, el arte es una revolución oculta. Podés tirar todas las bombas que quieras, pero al folclore no lo vas a parar nunca. Siempre está adentro esa cosa artística, y hay que dar condiciones para que se desarrolle. Y ya se sabe las cosas que se han hecho con una pluma, o con la música.
Aunque tal vez no cambie el mundo como tal, al que lo hace le cambia la vida.
Totalmente. Recuerdo una nota que leí sobre una tribu (creo que boliviana), cuyo dios era músico. Entonces todos los niños tenían que aprender a hacer arte, música, pintar, lo que sea. Me morí, qué ganas de conocer esa tribu. Para mí el arte es una forma de meditar. Es bajar un cambio de toda la porquería que hay hoy en día. A la velocidad que avanza el mundo, uno ofrece esta cosa artística que tiene que ver con lo primitivo, lo ancestral, y por ahí pasa esta revolución oculta.
¿La velocidad de las cosas atenta contra la producción artística?
Sí, pero además creo que no hay un incentivador artístico. No me parece que estemos en una política cultural como país. Son muy poquitos dentro del Gobierno los que pueden hacer algo culturalmente y no alcanza en absoluto. A mí me genera mucho desentusiasmo ver que hacen festivales al aire libre que salen 250 lucas, con esa guita hacés una escuela de arte. Están muy bien los shows de verano, pero me parece que hay que empezar desde más atrás, hacer escuelas. Que la gente aprenda, no sólo consuma. Los conciertos me parece que tienen más que ver con un país desarrollado.
Planteás que la percusión remite a lo ancestral, primitivo, pero su difusión en la música local en los últimos diez o quince años, ¿no empezó en gran medida mediante su presencia en bandas de rock como Los Piojos o los Cadillacs?
El rock es el disparador de montones de culturas por la fuerza que tiene la juventud. La juventud es el camino más rápido de los cambios culturales. Pero los tambores no sólo tienen que ver con lo primitivo, sino también con el cuerpo, mucho que ver con el percutir, el latido del corazón, toda esta cosa rítmica. Además es un fenómeno social: está en todas las marchas, estaba en las guerras, en las canchas de fútbol, eso no pasa con el bajo o el saxo. No diría que la percusión está de moda, la moda es Gran hermano.
¿Cómo fue tu proceso? ¿Te diste cuenta en un momento que La Chilinga se transformaba en una escuela?
No, de entrada armamos una especie de escuela. La Chilinga nace sobre la base de los chicos de Los Piojos: en esa época vivíamos juntos y ellos quizá fueron mis primeros alumnos. A las dos o tres semanas ya éramos quince o veinte. Por entonces yo viajaba mucho a Bahía, donde hay varias escuelas de percusión, y a eso quería apuntar. Entre el 95 y el 2000, que fueron los cinco años que estuve en Los Piojos y La Chilinga a la vez, la escuela creció muchísimo, a tal punto que era bastante complicado seguir con ambas. Desde por cuestiones de tiempo hasta políticas.
¿Políticas?
Bueno, Los Piojos siguen cuidando mucho su imagen, mostrarse poco, y yo en esa época necesitaba salir, estar. Obviamente mi alejamiento de la banda tuvo que ver con cuestiones personales, y también musicales. Ya era muy famosa y mi rumbo no era tan buscador de otra clase de amigos. La Chilinga apuntaba más a la calle de barro. No puedo entender cómo están un año y medio sin tocar, yo no puedo estar más de dos semanas, entonces bueno, cuando miro para atrás veo que eran caminos diferentes. Yo estudié toda mi vida, viajé por todos lados, y no quise que eso fuera para tener un show cada tres meses.
¿Y ahora? ¿Tu presente en La Chilinga es de felicidad?
Sí, la verdad que sí. Me cuesta un poco decirlo porque uno está tan tomado por miles de las tareas que cuesta un poco mirar en perspectiva, hay seiscientos y pico de alumnos y casi cincuenta personas que trabajan en la escuela, mi responsabilidad es grande.
¿Lo sentís una especie de militancia política?
Culturalmente sí. La política entra en todos los aspectos, sobre todo cuando estás diciendo algo. La Chilinga está claro dónde está y dónde no, hace doce años que acompañamos a las Madres, a las Abuelas, a HIJOS.

Marcelo Birmajer

"Las mujeres hermosas son como países petroleros"
Por Agustín J Valle - Publicado en Debate, Junio 2007

Marcelo Birmajer es uno de los más prolíficos escritores argentinos, con “al menos treinta” libros publicados, como dice, en menos de veinte años, y traducciones a nueve idiomas, aunque él aclara que “la cuantía no dice nada, no asegura calidad ni habla de un desprecio por ella. Yo vivo de escribir y además no sé hacer ninguna otra cosa, entonces produzco todo el tiempo”. Ha colaborado en más de cincuenta medios gráficos de habla hispana desde que comenzó en la revista Fierro, donde conoció al escritor Pablo de Santis, gracias a quien se acercó a la literatura para niños y adolescentes en la que tuvo gran éxito: su libro Un crimen secundario vendió, asegura, más de cien mil ejemplares.
Su flamante novela, Historia de una mujer, distribuida por Seix Barral, es para adultos, público para el que se permite levemente más digresiones y reflexiones que en la llaneza de las ficciones para chicos, aunque siempre se piensa como un contador de historias de fogón. Nuevamente más inmerso en la temática de los vínculos amorosos y sexuales de nuestra sociedad, Birmajer escribió sobre Isabel Mansalvi, “la Cleopatra argentina”, una mujer esclava de su belleza inmune al paso del tiempo alrededor de quien los hombres llegan a las más insólitas acciones. Siempre cuidando la diversión del lector, la trama sucede intrigas y volteretas desopilantes de humor sarcástico. “Hace mucho que no sentía tanta libertad al escribir”, explicó el autor.

¿La novela tiene cierto trabajo de ingeniería en el armado del suspenso? Y a medida que avanza usted se va soltando, ¿no?
Yo nunca dejo nada al azar en las novelas, cada piolín que tiro tiene que llevar a una madeja concreta, así que eso hay que reviso mucho, todo tiene que coincidir, no puede haber errores de filiación de los personajes, épocas, y sobre todo de trama. Cada acción tiene que respetar la coherencia integral de la historia.
Creo que es una novela desaforada. Como pocas veces en los últimos años en mi producción sentí esa palabra tan peligrosa que es libertad. La libertad puede conducir a la escritura automática, a un relato onírico, que para un escritor como yo, respetuoso de la estructura y que pretende ser tradicional, de pronto es un impulso que tiene sus riesgos. Pero lo disfruté, no me puse ninguna traba salvo mantener la linealidad y la coherencia interna de la historia, pero con exageraciones, con grotesco, con un costumbrismo falsificado, porque uso expresiones típicas de los porteños aunque no es una novela coloquial, es una novela más fantástica que realista a pesar de que no hay ningún dato demasiado fuera de lo común. La libertad fue no buscarle significado completo o conclusiones únicas a las cosas que se me iban ocurriendo.
En la novela impera el humor a veces de fondo y a veces abierto, pero también aparece una cara solemne, ¿cómo lo regula?
Sí, hay momentos melodramáticos. Sobre todo en torno al personaje del niño. Es cierto que el tono salta como una púa sobre un disco, pero es el mismo disco. La verdad es que este libro no me lo explico, ni por qué lo escribí ni por qué voy siempre en la cornisa entre realismo, la seriedad y la ironía. Que no es exactamente ironía; más bien sarcasmo, cinismo.
¿De qué figuras se ríe en esta novela?
Me río de todos, salvo del chico, de él no me puedo reír. De todos los demás me río; me río de Isabel, aunque mientras escribía la humillé mucho más que lo que salió publicado, me iba imaginando cosas más terribles con ella. Pero yo ya escribí historias pornográficas, para mi libro Eso no, y en otros textos míos aparece el sexo, y no me resultaba del todo atinado, me pareció que quedaba desajustado. El sexo concita demasiada atención, aparta al lector de la trama. Me parece peligroso el sexo en mi literatura. Es como la lucha armada: si vas a matar a alguien tenés que estar muy seguro del resultado previamente. Con el sexo lo mismo: si lo voy a poner tengo que estar muy seguro de lo que va a pasar. Yo a Isabel nunca la entrego. Pero volviendo a la pregunta, sí, me río de todos los personajes, que es un poco reírse de la condición humana; me río de mí mismo.
¿Se puede interpretar que Isabel a la vez víctima y a la vez causante de sufrimientos masculinos por doquier?
Es que ese es el sentido de la belleza, tiene una fisiología frágil; la belleza es por definición frágil. Yo no creo en la belleza masculina, creo que el hombre tiene otros atractivos, vinculados con la capacidad de mando, con el poder, por eso hay hombres mayores con mucho poder o gran capacidad de seducción que conquistan mujeres jóvenes y no sucede al revés. La belleza es intrínsecamente frágil, pero tiene un poder destructivo. Es como el vidrio: fácil de romper, pero puede matar. La fragilidad no es debilidad. Y eso lo comparten todos los seres humanos. Por otro lado, la amenaza de la propia desaparición tiene un impacto en el otro por muy poderoso que sea, y cuando una mujer bella dice “yo me puedo matar”, como Isabel en un momento, es la amenaza de perderla para siempre, y no hay con qué evitarla.
La belleza, especialmente en los argentinos, provoca dos afanes muy fuertes: el afán de posesión y el afán de destrucción. La mayoría de los hombres de a pie de la calle que uno ve, ante una mujer hermosa, lo que les surge es el impulso de lastimarla, hacerle sentir el poder, los comentarios frente a las vedettes son siempre agresivos: te quiero romper, te quiero matar, te hago mierda. No veo nada de condenable en eso, en tanto no se materialice un daño. Ahora bien, tampoco intenta mi novela ser una radiografía ni tener valor sociológico, pero sí algunos paralelos, observaciones superficiales sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Hay muchas mujeres asesinadas en Argentina, y el cincuenta por ciento son muertas por sus maridos, amantes o novios. Ahí hay algo muy raro. Isabel en un momento asume internamente que se dejará golpear por su marido siempre y cuando sea con la mano abierta y no la haga sangrar; es el punto patético, porque a la vez tiene una completa incapacidad para decidir por qué está con ese hombre.
Ella no decide nada en toda la historia, o casi nada.
Yo creo que es como un país petrolero: sus dotes, sus dones, la hicieron incapaz de desarrollar cualquier otro recurso, especialmente el de la voluntad.
¿Qué anhela producir en sus lectores, qué efectos quiere de su literatura?
Creo que la literatura es inútil, pero que un libro tiene que ser útil. Tiene que ser un libro que se pueda entender. Tiene que ser un libro que te puedas llevar a la playa. Que te puedas sentar a leer. Y yo creo que la utilidad del libro es por un lado el conocimiento (que es la única riqueza que nadie te puede quitar), y por otro lado darle sentido a la vida. El sentido de la vida tal vez es comprensible, pero no explicable. Se puede sentir en una trama, pero no es inteligible y es muy difícil de transmitir. Creo que ahí también hay algo de por qué uno escribe: para darle sentido a la propia vida y, como único metalenguaje que puedo pensar, darle al otro ganas de vivir. Para mí la literatura perdurable surge de la discreción, no de los grandes enunciados vanguardistas. A mí me parece que del surrealismo quedó muy poco, mientras que de los textos clásicos sigue quedando lo que el surrealismo se proponía. El poder de los sueños está en los relatos tradicionales, y de la declamación de los sueños no queda nada. Todo cambia, menos las vanguardias.

José "Pepe" Nun

“Kirchner se dedicará a armar la fuerza nacional”
Publicado en Debate, Mayo 2007


Licenciado con honores en Derecho y Economía en la Universidad de Buenos Aires y luego de politólogo en París, José “Pepe” Nun dedicó su vida a investigar lo político, tanto en el Conicet como en diversos centros académicos de primera línea internacional, donde su obra es material de consulta permanente. Recién cuando Néstor Kirchner –a quien asesora desde que empezó su mandato- le pidió que sucediera a su bien conocido Torcuato Di Tella al mando de la Secretaría de Cultura de la Nación, a fines de 2004, a sus setenta años, Nun se embarcó por primera vez en una tarea de la gestión pública.
En estos casi dos años y medio se moldeó como un capitán ejecutivo de políticas estatales, de manera que enfatiza el relato detallado de la importante cantidad de acciones que realiza la Secretaría, pero también desenfunda, si es requerida, su profunda lucidez sobre la coyuntura política actual, desde la camiseta del gobierno al que pertenece.

Su gestión apuesta fuerte al Bicentenario ¿Le preocupa que no se genere fervor popular?
No, creo que lo vamos a suscitar. Estamos con mucha iniciativa y cada vez más gente, sobre todo de las provincias, se nos está acercando; está creciendo el interés por el bicentenario a ojos vista. Los argentinos no tenemos la tendencia anglosajona a planificar con una gran anticipación las cosas, y en los tres años que faltan vamos a ser capaces de generar ese fervor. Lo que usted me está preguntando en verdad es si nos sentimos en condiciones de fortalecer la identidad nacional, y yo creo que el bicentenario es un gran pretexto para lograr ese objetivo, para hacernos pensar cómo hemos vivido juntos hasta acá, cómo podemos seguir viviendo juntos. Reestablecer ciudadanía e identidad nacional es nuestro objetivo de máxima.
También las identificaciones políticas clásicas se han derrumbado. ¿Cómo se organiza, en año electoral, el tablero de opciones políticas, izquierda y derecha, malos y buenos?
La pregunta es tan importante como compleja. Lo único que uno puede decir con relativa seguridad es que en la Argentina no hay partidos políticos nacionales. Un partido político como el Justicialista en es realidad un agregado de partidos provinciales.
Chacho Alvarez hablaba de confederación de intereses.
Exacto, una confederación. Y el radicalismo ha quedado diezmado. Desde el momento en que hay cinco gobernadores radicales K repudiados por el resto del partido a su vez dividido entre los lavagnistas y los artacistas. El otro día Rosendo Fraga decía que el radicalismo es un partido sin fuerza política y el justicialismo una fuerza política sin partido. Creo que la frase es muy discutible, porque en algunos lugares el radicalismo tiene fuerza política y tampoco se puede hablar del justicialismo como una fuerza; dentro suyo hay todo un arco político.
Esa pluralidad oficial es acaso la que permite que usted esté ocupando este sillón.
Absolutamente. Ahora, esto no deja de generar problemas institucionales importantes, porque una cosa es que en la función pública se pueda descansar en el respaldo de un partido que provee cuadros convencidos de una visión común de la realidad, y otra cuando eso ha sido pulverizado. No está ocurriendo solamente acá, aunque tal vez aquí sea más marcado que en otros lados porque Argentina nunca tuvo realmente un sistema de partidos, eso es lo que nos diferencia fuertemente de Chile y Uruguay. Pero Brasil está en la misma situación que Argentina.
Considerando tanto esa ausencia de partidos como la crisis de la representatividad, ¿Cómo se relacionan actualmente los políticos y la población?
Hay que distinguir niveles de políticos. Está el puntero, que establece una relación eminentemente clientelística tratada peyorativamente en general ‘por los órganos de prensa bienpensantes, pero yo creo que debe ser tratada en forma bastante más matizada, porque la relación entre el puntero y su clientela es de doble vía y estable (los estudios al respecto de Javier Auyero son reveladores). Otro tipo de político es el que está inserto en el aparato del Estado, desde donde reproduce prácticas similares. Y después está el político que establece una relación imaginariamente personal con el votante, a través de los medios de comunicación. De allí la necesidad que hay de una exposición permanente, de estar hablando todo el tiempo. Y tratando de eludir temas que resulten urticantes o tiendan a hacer perder votos. Entonces se da una especie de fuerza centrípeta que lleva a que las posiciones de los candidatos se parezcan, mucho. Creo que es importante que haya presiones para que se pongan en evidencia los cortes, las diferencias.
¿Cuáles podrían ser los argumentos específicos del oficialismo para escapar de esa homogeneización?
En primer lugar, Néstor Kirchner reestableció la autoridad presidencial en la Argentina, que cuando asumió estaba absolutamente devaluada. Tuvo que reconstruir el papel del Presidente en este país. Después, su lucha auténtica por los derechos humanos. La Obediencia debida y el Punto final no desaparecieron por generación espontánea y la anulación de los indultos es un paso adelante enorme del país. Además ha conducido la economía con una mano muy firme que permitió una recuperación inesperada. Es una hazaña indiscutible haber disminuido la pobreza a la mitad. Lo que no significa que un veintitanto por ciento no sea bochornoso, por eso Kirchner dice que aún estamos en el infierno. Lo que hay que marcar es la tendencia. Se percibe en el aumento del consumo. Porque hay una dimensión que es la generación de empleo, otra que es la estabilidad monetaria, y no se puede apostar a las dos simultáneamente. El neoliberalismo siempre opta por la estabilidad monetaria, inflación cero. Ahora, si usted apuesta al crecimiento del empleo, imprescindible para la justicia social, para que el crecimiento se transforme en desarrollo, necesariamente va a pagar la consecuencia de un cierto aumento de precios, porque la demanda va a estar creciendo más rápido que la oferta. Nadie dijo que esto sea catastrófico. En realidad, estudios de la UNCTAD, el organismo de ONU dedicado a los temas de comercio y desarrollo, muestran que una inflación del 15 o 20 por ciento anual es un precio absolutamente lógico para pagar en un proceso de crecimiento rápido y de distribución del ingreso.
Me refería más a hacia dónde apuntaría usted los cañones en esta nueva etapa.
Hay una enorme cantidad de tareas pendientes. La reforma impositiva, que es la condición para una redistribución del ingreso necesaria para reducir las enormes desigualdades que existen en el país. Es muy difícil, como lo prueban las reacciones desmedidas contra las retenciones a los ingresos por exportaciones agropecuarias, que, quiero señalar, son inferiores en un 50 por ciento a las que durante Onganía impuso Krieger Vasena.
La reforma judicial es un tema mucho más complicado; se hace mal, creo, en llamarla reforma, porque necesariamente se trata de una transformación de todo el poder, donde salvo que hubiera habido una revolución no se puede cambiar a piacere a los jueces. Es un proceso necesariamente largo. Fíjese que cuando el Presidente hizo un comentario absolutamente legítimo cuestionando las demoras inusitadas de la Cámara de Casación, uno de los diarios más influyentes del país tituló su editorial del día siguiente “El fin de la República”. Quiero decir: es un terreno minado, donde se tiene que avanzar con mucho cuidado.
Aquí hay un tema de la mayor importancia que es el tema comunicacional. Soy un convencido de que si a la población se le explica cómo son las cosas, qué es lo que se quiere hacer y por qué, en su mayoría está en perfectas condiciones de entenderlo. Hay que trabajar más en materia comunicacional; creo que el gran motor de las transformaciones que tienen que producirse es el apoyo de la opinión pública.
Sin bien hay muchas complicaciones para poder predecir el voto, en el caso de un gobierno tan exitoso como este, que además va a promover una figura de fuerte impacto popular, sea el Presidente o su esposa, están obviamente dadas las condiciones para un triunfo muy claro. Particularmente si se tiene en cuenta la desarticulación de la oposición.
¿Sigue prefiriendo la candidatura del Presidente para aprovechar su experiencia adquirida, como expresó en Julio pasado?
Bueno, yo desde entonces he matizado ese juicio, tomando en cuenta otro elemento, un análisis que no me parece desatinado. Si quien se presenta a la elección es nuevamente el Presidente, a los dos años se va a transformar en lo que los anglosajones llaman un pato rengo: todo el mundo sabrá que le quedan dos más y allí termina sí o sí. Como consecuencia pierde autoridad y la cuestión es a favor de quién. Si tuviera un partido sólido detrás que lo respaldara, se haría cargo de robustecer esa autoridad que el Presidente podría perder por su alejamiento inminente de la escena. Ahora, si lo que tiene detrás la confederación de la que hablamos antes, esos dos años pueden volverse dos años de terribles enfrentamientos que debiliten profundamente la gestión del gobierno. Por supuesto esto no tendría por qué ocurrir si el éxito de ese segundo mandato fuera tan espectacular como el primero, pero es hacer una apuesta muy fuerte, uno no controla la innumerable cantidad de variables de la situación política nacional e internacional.
Entonces, desde esa perspectiva, un gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, quien está claro que está amplísimamente calificada para desempeñarlo y en estos años también adquirió una gran experiencia, tendría la gran ventaja adicional de que a los dos años no sería un pato rengo, tanto por su posible reelección como porque su propio marido podría ser candidato.
Yo estoy convencido, lo dije varias veces, que el Presidente es el mejor político en actividad que hay en Argentina. Tiene una intuición y una sensibilidad políticas que no tiene ningún otro. Y creo que esta ecuación de aprendizaje en la función versus pato rengo sin partido de respaldo la intuyó rápidamente y es lo que tuvo en cuenta cuando comenzó a hablar de la candidatura de su esposa.
En la era Merkel, Bachelet, Hillary, ¿la candidatura de Cristina gana prestigio de modernidad?
Cristina tiene una sólida trayectoria legislativa de muchos años, lo que también le ha dado un gran aprendizaje acerca de la cosa pública. No es que el país tenga que optar por ella para modernizarse, no creo que eso esté tan en juego como la continuidad del proyecto. Particularmente, para que el Presidente pueda dedicarse a armar ese partido político que falta. El se dedicaría entre otras cosas a recorrer el país para construir esa fuerza política de consistencia orgánica nacional que el Frente para la victoria hoy no es.
O sea que la fuerza se construye desde arriba hacia abajo, al contrario del modelo tradicional donde se crece hasta llegar al poder.
Sí, es cierto, pero la historia argentina es muy particular y ha llevado a esta situación. Hoy lo que surge más bien de abajo tiende a fortalecer los liderazgos locales, que son los que no encuentran articulación con un movimiento nacional, que es lo que ahora hay que poner en marcha. Y soy un convencido de que en esto una idea fuerza como la del bicentenario puede jugar un papel de enorme relevancia, si uno lo considera no solamente como una celebración que tendrá lugar en el 2010 sino como la posibilidad de un momento de gran entusiasmo colectivo en que se revisan la manera en que convivimos los argentinos, en que asumimos nuestra identidad nacional y en que le damos soporte para que pueda desplegarse. Creo que el Presidente está pensando en esa tarea, su obra del bicentenario es dotar a la Argentina de una fuerza política organizada de nivel nacional, articulada, de la que carece. Sería una tarea histórica.

Horacio Fontova

“Una vez me echaron de la comisaría”

Publicado en Debate, Julio 2007

Fontova Básico:
Nació en 1946 en una familia donde todos, desde los abuelos, eran músicos clásicos profesionales. Dibujante nato, desde 1976 fue director de arte de la revista Expreso Imaginario. Entre el 82 y el 91 publicó siete discos, con Fontova trío y luego Fontova y sus sobrinos; en el 89 llenó el estadio Obras bajo la consigna “Fontova Presidente”. En TV coprotagonizó Peor es Nada con Jorge Ginzburg, y formó Delicatessen con Fabio Alberti y Diego Capusotto. Protagonizó el film El regreso de Peter Cascada, y publicó el volumen de cuentos Témpera Mental.

Lleva en la sangre mate y peperina, quiere una novia pechugona y esas son sólo dos de las cosas inolvidables del Negro. Luego de surfear en la gran laguna del hippismo en los setenta -que hoy analiza desde una perspectiva crítica-, durante la década del ochenta fue el principal investigador del rock y la música rioplatense como espacio humorístico, “porque si no te reís, morís, dicen los gauchos”, lo que comenzando los noventas lo llevó a la masividad televisiva de Peor es Nada, junto a Jorge Ginzburg, donde mostró sus dotes actorales interpretando a Sonia Braguetti, la bigotuda que hizo a Maradona, como a tantos otros, relatar en público su debut sexual. “Eso me desvió un poco de la música, porque la televisión te chupa”. Estuvo –entre más tele, teatro y películas- trece años sin editar discos; en su regreso con Fontova 2004. Negro participaron León Gieco, Peteco Carabajal, Daniel Melingo, Liliana Herrero y Skay Beilinson (ex guitarra redondita de ricota).
Fontova es un artista inseparable de su sensibilidad: le gusta que la guitarra le saque su cara de “gaucho rabioso”, dejarse llevar por la escritura –está en vías el sucesor de Témpera Mental-, asombrarse dibujando y, sobre todo, encontrarse sobre las tablas de cara al público “a puro huevo y corazón”. Con su trío (José Ríos en bajo y Puki Maida en batería) prepara un nuevo disco de zambas y chacareras, porque “hoy el folclore es la resistencia cultural” y, sobre todo, porque le encanta.
Amigo de Carlos Perro Santillán y recientemente nombrado padrino de la casa del Che Guevara en Alta Gracia, su sensibilidad le impide cegarse frente a la política, y recientemente fue una de las caras culturales de apoyo público a Daniel Filmus. Lejos del optimismo rozagante del hippismo y el regreso democrático (cuando cantaba que “aquí en Buenos Aires, ya se ve en las caras, sobra pura vida”), hoy Fontova es antropofóbico: “el mundo es un bajón”.
Un mundo que ya no tiene lugar para el bigote que le dio esa estampa también inolvidable. “Homenajeaba a Alfredo Palacios. El último duelista, fue Palacios. Pero eso se fue perdiendo, la imagen del guerrero, todo se fue haciendo muy marica, a través de las tranzas, los acuerdos. Ahora la propuesta de Macri es una gran operación político económica disfrazada de no política. Ya pasó con Boca, se transformó en Boca company.”
¿Cómo fue que lo contactaron para la campaña de Filmus?
Se fue dando en base a que la gestión de Kirchner me parece un poco más honesta, política. Ahora dicen que las convicciones no sirven para nada, devuélvannos la seguridad, dicen. Los del cacerolazo no sé, tienen miedo, es muy maricón todo. Es el síndrome de la gata flora, se la ponen grita se la sacan llora: estaba De la Rúa, que era una especie de tarado, y lo criticaban; apareció uno más cojonudo, decidido, respetable sobre todo en materia de derechos humanos, y lo tildan de déspota. Acá compraron otra vez espejitos de colores.
¿Participó con la tristeza del mal menor o la alegría del poder hacer algo?
Poder hacer algo. Recuerdo cuando mi croqueta fue cambiando en ese sentido. En el año 78, después de haber sido director de arte del Expreso Imaginario -un lugar de culturas alternativas, un proyecto donde los animales del proceso no se daban cuenta de que dábamos respuestas que la gente no podía tener-, me fui a vivir a Colombia. Pero extrañaba y en el 79 volví. Ahí empecé a darme cuenta de otras cosas, a ver cómo era el asunto de las Madres, los que la habían peleado, y se me prendió un nuevo casillero en la cabeza. No dejé de ser hippie, jamás dejaría de serlo, porque es lo que más soy. Pero si puedo apoyar en algo políticamente, me juego. En la política las cosas tienen que ser muy claras, como Alfredo Palacios, después las medias tintas y las imaginaciones que queden a cargo de los artistas, los filósofos.
¿Cómo recuerda la época del hippismo?
Fue un momento de una creatividad de la puta que lo parió. Cuando se encendió el hippismo tenías en Gessel el paraíso de los veranos, donde en cada esquina sonaba Manal o Almendra y andábamos todos de lo más tranquilos. Y acá estaba la Plaza Francia donde había toda una unión, no sé cómo se habrá dado, amor y paz, mucha comunicación, escucharse, compartir ideas. Había cosas muy curiosas, como los recitales de rock los domingos a las once de la mañana en el Coliseo. Ahora un domingo a las once funcionan los after hour; en esa época íbamos los hippones a escuchar rock and roll.
Un mundo distinto.
Pensá que era una época donde podías caminar por Buenos Aires en patas. ¡A mí me echaron una vez de una comisaría! De la quinta, una cosa alucinante. Yo nací y me crié en Plaza Lavalle, y siempre paré en Corrientes. Cada tanto venían los canas y hacían razzias de rutina, sin peligro de tortura ni nada, a lo sumo pasar una noche en el calabozo. Yo había ido tanto a la quinta, que una vez que me levantaron del bar La Paz, llego y el comisario me ve y me dice “¿qué hacés acá de nuevo?” Juntó a todos los canas y les dijo “¿ven este negro de mierda? ¡No lo quiero ver nunca más!”. Nunca me pegaron una piña en la cabeza y una patada en el culo con tanto cariño. “!Fuera boludo”!, y no me levantaron nunca más, después los saludaba por la calle. Muy diferente era todo.
¿Habla de los años digamos entre el Cordobazo y Cámpora? ¿Los reinterpreta ahora?
Sí, esa brechita. El hippismo se originó como respuesta a Vietnam, en Estados Unidos, y sus premisas eran paz y amor, que son premisas hermosísimas, las del verdadero Cristo, no el del Vaticano dorado. Pero mi teoría es que esas premisas tan lindas también fueron una forma de apaciguar a toda una generación en potencia guerrera, que podría haber respondido de otra manera mucho más sangrienta. Qué se yo, tuvo sus pro y sus contras.
¿Y cómo comenzó su carrera musical? Porque se hizo un lugar con una propuesta festiva poco ortodoxa, no desde el virtuosismo.
Es que no pasa por ahí. Uno ve tocar a un virtuoso como Salinas y se da cuenta de que está enamorado, el tipo flota, y ese instinto es lo que te nutre como una vitamina. Yo desde niño aprendí piano formalmente. Luego una prima mía me me enseñó a tocar la viola y zambas y chacareras. Me llevaba a tocar folclore a un programa de radio de ciegos, y ahí empecé a conectarme con el afuera como músico.
Estaba en esa, hasta que llegaron los Beatles. Y el cerebro me cambió para siempre. Ojo, amo el folclore y de hecho con mi trío actual hago puro folclore. Pero los Beatles, a mí como a millones, yo no sé qué efecto mágico tenían esos hijos de puta. Recuerdo que en el 72 yo estaba haciendo la colimba en Azul. Una noche de guardia en el campo, como a las cuatro de la mañana, tenía una radio, en medio de la nada, y por primera vez en mi vida escuché Lucy in the sky with diamonds. Te juro que me produjo una cosa que me alucinó, me puse a saltar solo por los árboles, fue como que me dieran una pepa por la oreja.
¿Hoy los géneros nacionales tienen algo de la resistencia cultural que tenía el rock antes?
Un poco sí, más que nada en las provincias. Acá en Capital el tango fijate que se hizo muy fashion, está disponible para actores y actrices y cualquier persona que se pone a cantar. No lo critico, pero lamentablemente tiene una tintura medio for export. En cambio el folclore no, tenés que hacerlo en serio, es más resistencia cultural. En el interior todas bandas son re folclóricas, de pendejos, folclore hippón, no están disfrazados de gauchos. En el interior es el movimiento anti sistema, de resistencia, el grito.
Con su trío actual tocan sobre todo en el interior. ¿Cómo ve en Capital la situación post Cromañón?
No fue que a partir de ahí se establecieron bien las reglas de seguridad como corresponde. No, sencillamente, ya no hay lugares. Pero ya venía una tendencia, los cafés concert, que antes inundaban la Capital, fueron desapareciendo a manos de los mega conciertos, los mega festivales. Cromañón fue una tragedia espantosa con derivaciones políticas repugnantes. Ibarra fue elegido dos veces por la gente y lo tiraron a la hoguera; para mí antes de condenar a un Jefe de Gobierno tenés que pasar por cuatrocientos tipos, fue un juicio político ridículo. Por supuesto que es jodido que se te muera un hijo, pero un ejemplo de cómo reaccionar decente y valientemente son las Madres de Plaza de Mayo.
¿Cómo pueden los jóvenes de hoy nutrirse de la herencia cultural setentista sin esclavizarse a un paraíso perdido?
Es difícil, ha cambiado tanto todo. En esa época sacamos el Expreso con Jorge Pistocchi y no había casi nada, entonces la ponías en un lugar y ya estaba, existía. Hoy para poner algo, qué se yo, hay tanto de todo, millones de cosas, saturación total. Pienso que habría que volver a lo amateur. El arca de Noé la hicieron amateurs, y el Titanic profesionales. Con el progreso nació la catástrofe. Amateur es corazón y huevos; si buscás poner una mega productora al servicio de tu corazón, se te enfría en la red.
Nosotros el último disco lo hicimos independiente simplemente por darte el gusto de grabar lo que quieras, que participen todos los amigos que vos quieras, grabar lo que se te canten los huevos. Mucho más artesanal que lo que te posibilita estar enganchado a la gran red. No se cómo será, no sé cuál costo tendrá, porque nunca estuve ahí, al amparo del sistema. Nosotros tenemos que volver a juntar guita para sacar otra tirada de copias.
Creo hay que insistir y volver a las peñas folclóricas, las reuniones, las metas en común. Los síntomas de buena resistencia nueva son los centros culturales de barrio, donde las señoras de ochenta años en vez de estar en un geriátrico van a pintar, o a tejer y a escuchar a uno que zapatea o toca la viola, o algunos pibes a lo mejor zafaron del paco porque tuvieron acceso a otra actividad; esos lugares son purificadores. Y a otro nivel más alto, las empresas recuperadas, que son muchas más de las que nadie se imagina, y los micro emprendimientos, que salen para adelante como si hicieran música.
¿Lo afectan más las cosas alegres o las tristes, es decir, qué sensación le da el mundo?
El mundo es bajón mal. La resistencia cuesta, siempre costó, y cada vez cuesta más. En este momento hay una crisis humana en todo el mundo que es alucinante. Las angustias más grandes que yo tengo son existenciales, me parece que el ser humano está haciendo agua.
Eso explica un poco su libro, ¿no?, cuyos cuentos son protagonizados casi todos por animales.
Sí, yo siempre digo que los bichos, los animales, son la vanguardia, los dignos habitantes de este planeta.
Hace dos décadas su espíritu era “a pesar de todo me siento bien”. ¿El mundo fue para otro lado que el que usted esperaba?
Nunca tuve demasiada esperanza. El otro día estaba viendo un planisferio, que es como la cáscara de la tierra así toda planchada, estirada. Siempre me gustaron los mapas. Y empecé a ver que todos los puntitos, las grandes capitales, no tenían una dispersión armónica sobre la superficie, y me dio la sensación de que todos estamos apiñados, cagados de miedo entre nosotros, recluidos en ciudades. Y que por ahí cuando el hombre se hizo sedentario se le pudrió toda la cosa. La posta la tenían los nómades. Ahora el nomadismo hay que empezar a hacerlo desde el propio lugar, empezar a salir un poco. Creo que hoy el antinomadismo es esta cuestión maniática de la seguridad. La seguridad no existe en la raza humana.
¿Alguna vez pensó en tomar un camino un poco más al estilo que llama mariconeado, es decir con más garantías y menos cuidado de su deseo genuino?
No, porque sinceramente nunca confié en mi propia mariconería, creo que hay que luchar contra ello. Todos somos muy maricones, pero un guerrero tiene que luchar contra el miedo. Si te ganó el miedo cagaste; creo que con el miedo hay que no digo hacerse amigo, pero mirarlo de cerca como diciendo “¿cómo te va, bien?, bueno, acá estoy yo, no me vas a cagar”. Muchas veces me analizo y siento que tengo mis mariconismos, pero trato, cuando encuentro mi eje, de decir no, hay que salir para afuera. Y lo hago con la música, que para mí es lo más lindo del mundo.
¿El momento de mayor conciliación con "el sistema" fue Peor es nada?
Por ahí sí. Pero el paliativo fue cómo nos cagamos de risa, todos esos años, con el petiso Ginzburg. Más que nada los reportajes eran maravillosos. Yo con Sonia me chuponeé hasta a Alfonsín. Una vez fuimos a la cancha de Velez, y en el entretiempo, con el estadio lleno, me lo chuponeé a Chilavert en el medio del campo. Chilavert, un orangután, pero se lo tomó bien. Muy pocos reaccionaron mal ante Sonia: Mirtha Legrand, Ricardo Montaner. Los políticos se cagaban de risa. Siempre hay que tener humor.
En Delicatessen hacían delirios basados en la improvisación. ¿Cómo fue reemplazar a Rabinovich en una gira por España con Les Luthiers, un humor tan guionado?
Esa fue una cosa que no la pude creer en mi vida. Son los maestros del humor diseñado. Yo estaba por estrenar una obra en La Plaza y un día sonó el teléfono, era Munstock: “Negro, nos tenés que hacer un favor, ¿te animás a actuar en la gira de Grandes Hitos?” Postergué la obra. La relación entre ellos no se puede creer, son una especie de tribu. Siempre estaba la cuestión de buscar el lugar donde se iba a morfar todos juntos después de la función, o de tal vinito o quesito que había que probar juntos, o a dónde se iba a pasear al día siguiente todos juntos. Y encima son la finez total, son maravillosos: unos hippies elegantes.

Rodolfo Mederos

“Soy un perseguidor de la memoria”