Wednesday, January 23, 2008

Fernando Peña

“No me considero apto para drogas”
Publicado en Debate, Octubre 2007


Peña básico
Aunque su padre Pepe era periodista deportivo, sólo tras doce años trabajando en servicio de abordo aéreo Fernando Peña, o más bien la cubana delirante que personificaba por micrófono para los pasajeros, llamó la atención de Lalo Mir, quien lo llevó a la radio, medio en el cual hoy lo escuchan 120 mil personas cada mañana (en Metro) y al que pocos pueden sacarle tanto jugo como él, con su genio esquizoide y sus muchas criaturas que discuten a través de una misma boca. Hizo pública su relación con la cocaína, su homosexualidad y su portación de HIV, temas que no quiere que lo agoten. En los últimos cuatro años hizo diez piezas teatrales y busca crecer como dramaturgo; además, está por lanzar un programa donde oficia de entrevistador en Canal A, El otro: “es un lindo desafío, con lo que a mí me cuesta salir del foco”.


No saluda con un apretón ni con un beso: junta las manos a la altura del pecho como rezando y asiente estilo japonés. “No es con vos, soy así, no me gusta. No me gusta tocar a la gente. Después voy y me chupo veinticinco pijas, sí, pero para el saludo no me gusta”. Fernando Peña no es una persona usual. Ya su biografía es notable, pero de movida él me pide que por favor “no hagamos mucha historia. Estoy –dice- un poco cansado de hablar de cómo empecé, si lo de Lalo fue verdad. Todo lo que escuchaste, fue así.”
Hablemos del presente entonces. Radio todos los días, presentaciones en el interior y Capital de Sit down tragedy [NdelaR: título que parodia las Stand up comedy]...
Yo trabajo de actor. Pero siento que en estas latitudes todavía ser actor es visto como algo hippie, te preguntan si sos actor de qué vivís. Y es un trabajo, punto. Además yo escribo mis obras. Estoy interesado cada vez más en dejar la actuación y volcarme a la dramaturgia. Ojo, yo siempre que planeo lo hago de acá a cinco años, aunque al mismo tiempo yo no planifico nada, es como una visión en mi cabeza porque sé que quiero cambiar mucho de acá a seis o siete años, no quiero estar a los cincuenta actuando en un escenario, o sí, pero una vez por semana o cuando yo quiera. Apunto a tener varias piezas escritas por mí.
¿Qué dramaturgia le gustaría investigar?
Me interesa mucho la raza humana, las conductas humanas, cada vez me asombra más que cada ser humano sea tan enormemente astuto e inteligente y torpe y estúpido, y encima funcionar una sociedad, cada vez me asombra más. Por eso me cuesta cada vez más relacionarme con gente, porque para mí ustedes ya son como bichos de observación que yo no elegí, yo no elegí el bicho que somos, obviamente tengo que convivir conmigo porque si no me muero, pero si yo pudiera ser mosca manteniendo el intelecto que tengo, lo hago, no me quiero mezclar más entre ustedes.
¿Nosotros las personas?
Sí, ustedes las personas. Tengo un gran resentimiento, una gran desilusión, creo menos que antes en la amistad, aunque tengo mis amigos, es una cuestión filosófica, no cotidiana. Vivo a través de una gran desconfianza, sé que el que hoy me llama genio mañana me mata. Cada vez tengo menos inocencia y por lo tanto menos ganas de interactuar socialmente, siento que nunca es genuino lo que se está diciendo, siempre hay un mensaje trastocado.
¿Es un estado de tristeza?
Sí, conlleva una tristeza, pero ya la tengo bastante digerida porque es algo que me pasa hace bastante. Por eso escribí, por ejemplo, mi obra Mugre, que habla del fondo mugroso que en realidad tenemos todos.
¿Por qué para esa investigación quiere dejar de actuar y escribir más?
A mí hablar menos me hace descubrir más al ser humano. Cuando estoy solo se me van ocurriendo párrafos de mis próximas obras de teatro. Todo me dispara a la dramaturgia. Cuando estoy contemplativo, metido en el caparazón, se me ocurren muchísimas cosas para escribir, y es porque estoy pasivo, en cambio si estoy actuando estoy activo, tengo menos perspectiva.
Pero su tristeza no será rotunda si todavía tiene sentido escribir y después mostrar, ¿no?
Sí, obviamente, no creo que haya un Peña vencido, hay un Peña harto, desilusionado y con poco tiempo para la estupidez. Hace pocos años que estoy dándome cuenta de que estoy envejeciendo, sabiamente. Hace cinco años no me sentía así, me sentía un muchacho maduro, pero no un viejo sabio. No me refiero a sabiduría de información. Cada uno tiene que tener la habilidad para saber en qué es ducho.
¿Sabiduría es haberse encontrado con usted mismo?
Sí, mucho. Saber muy bien qué no quiero más.
¿Hay cosas de usted que no quiera más, aparte de los otros?
Sí, miles. Si pudiera tacharlas con una lapicerita, cambiaría quinientas.
Ja ja, eliminar partes de la memoria de lo que uno es, como en el cuento de Macedonio Fernández, Cirugía psíquica de extirpación
Estoy listo para una cirugía psíquica auto diseñada.
¿Las drogas no se usan precisamente para eso? Era la idea de Lennon.
Sí, totalmente, totalmente, pero si las sabés usar. Es un tema muy delicado, muy delicado, a partir del cual muchos chicos jóvenes dicen “ah, sí, la droga”, y no, yo te estoy hablando desde un aspecto casi científico, burroughsniano, desde donde sí, las drogas y el alcohol sirven para esconder partes de uno o mejorarlas, lo que pasa es que es muy difícil y muy delicado hacer una afirmación así, porque el bobo que lo lee dice “ah, ves que hay que legalizar, está todo bien, Peña está de acuerdo”, y no. Son instrumentos letales que deben estar en manos de gente que sepa mucho del tema y de uno mismo, es para gente que se conoce mucho. Yo, que considero que me conozco bastante, todavía no me considero un ser apto para drogas. Ojo que yo no pierdo nunca el registro de lo que estoy haciendo, lo que estoy diciendo, cómo tengo la boca de seca, los ojos de abiertos, a ver si le pifio a una manija, pero así y todo no me considero apto. De todas maneras estoy un poco harto también de las drogas, de hablar de drogas. Últimamente veo que a mucha gente le parece algo cool, y no me parece a mí cool, me parece un evento no lejano a cagar o comer o coger o fumar tabaco, es algo más que demuestra lo mugroso que somos, y muchos jóvenes creen que los enaltece. Yo creo que la droga no tiene juicio de valor, es un dato eventual. Por consumirlo podés llegar a ser mucho menos o mucho más.
Como dice el Indio, “falopas duras en tipos blandos ahuecan corazones”...
Sí. Pero el rock and roll argentino hizo muy poco por las drogas y por los jóvenes. Solari sí es uno de los más respetados, pero para mí en el rock se toma el tema con bastante frivolidad, banalidad y poca información. Puede ser que después de estar diez o quince años quemado te salga una frase más o menos coherente, y así arrastran manadas de jóvenes que no saben la raíz cuadrada de nueve pero sí saben diferenciar distintos ácidos y dicen “eh, aguante” y rompen todo, que es la cultura argentina.
Está por publicar un libro, ¿verdad? ¿Cómo surge?
Sí. En las sobremesas yo hablaba siempre de mi vida como comisario de a bordo y la gente se maravillaba con esa conversación, incluso el más mataputos. Y un día vi muy oportuno dejar de hacerlo en sobremesas y hacerlo en el teatro, por una cuestión de facturación [NdelaR: la obra fue Gracias por volar conmigo]. Además era me pareció bueno para descansar un poco de esas obras mías que son puñaladas, enrostramientos, mirá lo soretes que somos, obras en las que yo sufro mucho porque quedo muy expuesto. Esta era para que venga mucha gente y yo descansar en el monólogo, llenarme de plata y divertirme. Agregando las anécdotas que quedaban fuera del monólogo, se hizo el libro.
¿Descansaba de usted?
Sí, del Peña de la denuncia, el justiciero. Era gasallesco, humor y se acabó.
¿El año que viene cómo lo imagina?
Soy muy malo planificando al corto plazo. Pero supongo que seguiré con la radio y haré teatro, seguiré viviendo. En el fondo no dejo de ser un burgués disfrazado de excéntrico.
Volviendo a su desilusión respecto de la especie, ¿cómo evalúa la gran cantidad de público que se engancha con su trabajo?
Me sorprende que se queden en las voces. Me irrita mucho eso, me pongo mal. Por eso cada vez estoy más encerrado. No pretendo vivir entre filósofos, pero sí que haya un poco más de sensibilidad, y de verdad, no hace falta ir a los libros, es un poco más de sensibilidad y salir de lo cómodo, lo pasatista, el sobrevuelo, la cáscara, que en este caso son las voces. En general la gente deja de lado la profundidad del personaje como reflejo social. Yo pretendo un filtro que no se establece. Se me llena el teatro de la gente incorrecta. Y ahí vienen los malos entendidos. Por ejemplo, Palito [NdelaR: es un personaje suyo que satiriza el habla “villera”] es una persona para quien la mujer es una persona que está para ser violada a los once, obvio, y si te nace un nene bueno, cosa tuya. Y si me preguntás a mí Peña si yo pienso eso y no, pero si la violaría, sí, pero yo tengo una cabeza con la que me reprimo y no la violaría. La realidad de Palito existe, la gente sin filtro, así como existe también la mujer de ultra derecha, todos son monstruos que no tamizan su pensamiento, manifiestan su capricho en la red social. Todos somos capaces de hacer cosas monstruosas. Pero la inteligencia es un instrumento represor muy valedero. Hemos aprendido un montón de palabras y las hemos prohibido; la represión es fabulosa, porque si no yo me violaría a una chica de once, y yo sé que en el fondo soy una persona conciencia, con corazón, con amor.
¿Valora la represión?
Auto represión. Una persona debe saber comportarse y expresar sus ideas. Esa es la libertad. Yo tengo que poder estar acá sentado con vos bajo armonía, porque estoy viviendo en sociedad. Eso que algunos llaman sistema para mí se llama libertad. Yo creo que debería estar libre el aborto, la droga, todo, porque ahí, cuando al ser humano le das todo libre, lo probás como ser pensante. Hacete responsable de tus actos. Hay que decidir libremente, sin represiones de leyes estúpidas, pero auto reprimiéndose, responsablemente.
Al mismo tiempo no sería de sorprender que alguien piense que Fernando Peña es una persona dada al escándalo.
Es escandaloso lo que yo provoco, pero yo no soy escandalizador. Mi trabajo es provocar, yo no hago bardo en un bar, en todo caso después hago un personaje con el que recreo esa situación desde un lugar provocador, pero me rescato al instante, salgo del personaje. Yo por ejemplo puedo tener o no las uñas pintadas, catorce aros y una pollera, y eso escandaliza, pero yo no estoy invadiendo a nadie. Por ahí pasa la diferencia entre ser respetuoso de las libertades y ser un tarado que merece ser encerrado porque perturba a los demás. Loco, sean jóvenes de verdad. Con más libertad, con más valentía. Es muy fácil escuchar Los Redondos todo el día drogándote, eso es de esúpido. Ahora, drogate, escuchá Los Redondos, escribí un libro, lee, se buen padre, lavate los dientes todas las mañanas, a ver si podés con eso, eso es libertad. Para mí, que fui el peor de todos, ser el más bardero no es ningún prestigio. El prestigio es el rescate. Para después morir. O volar al cielo, o lo que fuere; para ir elevándote tenés que rescatar, reprimir, ordenar. Para estar más libre.
Por lo que decía del filtro, ¿siente un conflicto entre masividad y desarrollo de un código propio?
Sí, todo ese conflicto está. Es muy frustrante cuando tu mensaje no sólo no es entendido sino que es entendido al revés, yo tampoco soy Artaud ni estamos en el siglo pasado, yo no estoy dispuesto a hacer un monólogo obvio, porque no haría más arte, sería un estúpido que denuncia, y no es lo mío. No estoy acá para denunciar, estoy para revolucionar. ¿Por qué no podemos ser un poco más sensibles?
La sensibilidad, según decía recién, ¿es una cuestión también de coraje?
Sí, por supuesto, la sensibilidad involucra la valentía. El que tiene coraje parte de la sensibilidad. El más corajudo es el más amoroso. El corazón de hierro es el más cobarde, el mafioso, el que manda a otro a hacer el trabajo sucio. Por eso cuando a mí me preguntan por mi sexualidad y por qué lo dije, y, porque para mí no tiene ninguna importancia, es un dato más, pasemos a otra cosa. Y siempre me vuelven a traer al tema. Cuando se da vuelta sobre eso también me frustro, parece que la homosexualidad fuera excluyente de la persona. Y siempre hay algo más, en todo. ¿Es necesario reducirnos a los roles de manual?
¿Su dramaturgia actual muestra estas ideas?
El primer monólogo de Sit down Tragedy habla del vuelco que hizo la sociedad: primero los militares y la homosexualidad ultra condenada, y ahora tan aceptado está todo que hasta los militares están bien vistos y está bien visto un militar puto. El número se llama Puto Militar, y el personaje, que se llama Peña Madre, empieza a hablar de eso y se enreda en su propio discurso, pero el mensaje es: ni putos ni militares, de una vez por todas seres humanos. Ni hijos ni aborto, voluntades. Yo estoy a favor de todo, incluso de los militares, pero con vocación y sentido común; madre porque sí, porque hay que ser mamá porque otra cosa no se puede, no, no sirve, es la que termina divorciada, con la cabeza quemada, al marido se le forma cuerpo de marido, los huevos se le llenan de leche porque tiene que coger con la misma mujer durante años. El que compra el personaje establecido, impuesto por la sociedad, ya sea militar, ya sea puto, porque ahora hay un montón de putos que a lo mejor no tienen que ser putos pero son putos porque es fashion ser puto, todo eso no sirve, empezemos a mirar qué queremos, cada uno. Ese es el monólogo.
¿Por un lado rescata la auto represión y por otro el respeto al propio deseo?

Hay que permitirse jugar con la idea de que uno volaría el aeropuerto de Ezeiza, incluso jugar a pensar dónde la pondrías y todos los detalles, para después volver, rescatarse. Pero no permitirse el buceo personal produce monstruos, que son después los que sí ponen la bomba. A eso apunta mi dramaturgia, y en eso estoy, exponiendo al ser humano como bicho, el orden y los falsos ordenamientos. Hay miles de pecados mal llamados pecados que por no ser llevados a una realidad se transforman en monstruos. Y disminuyen al ser.

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