Sunday, October 04, 2009

Santiago López Petit, entrevista


"HAY QUE POLITIZAR EL MALESTAR"


Por Agustín J. Valle para Perfil Cultura, sept 09
Catalán nacido en 1950, trabajaba de químico en una fábrica hasta que estudió Filosofía, se doctoró en París y hace quince años enseña en la Universidad de Barcelona y organiza revistas y colectivos políticos. Ex militante de Autonomía Obrera, en Breve tratado para atacar la realidad (Tinta Limón) parte de la derrota histórica del proletariado para pensar la vida –propone odiarla- cuando la realidad coincide absolutamente con el capitalismo.

“Este libro tiene por objeto una sola cosa: la realidad”, dice la contratapa de su primer título editado aquí. Vino a presentarlo y cuenta que “está construido retomando La sociedad del espectáculo, de Guy Debord, porque también quiere explicarlo todo; es entre ambicioso e ingenuo. Los conceptos que aparecen -el Estado-Guerra y el fascismo posmoderno, la movilización global y el poder terapéutico, la fuerza del anonimato y la política nocturna-, fueron construidos en los debates de los colectivos a los que pertenezco en Barcelona, como Espai en blanc. Y tiene filosóficamente dos grandes fuentes, francesas en Foucault y sobre todo Deleuze, e italianas en el operaísmo de Mario Tronti, Negri, Raniero Panzieri, pero por debajo hay una lectura de Heidegger y de Carl Schmitt, y de Lautreamont y Artaud.”
¿Qué es para usted la filosofía?
Para mí la filosofía es casi una manera de vivir. Una determinada relación del pensamiento con la vida, que tiene que ver con el hacerse imposible vivir. Es difícil pero no es cuestión de especialistas. Viene, la filosofía, de una perplejidad ante el mundo que para mí hoy pasa por poner la interrupción en el centro. Pensar es algo que se vuelve posible cuando se interrumpe este movilismo capitalista redundante. En esta movilización por lo obvio, este presente eterno, el pensamiento crítico detiene, abre un paréntesis, lo que Husserl llamaba epojé. Cortar el sentido común que te dice que las cosas son lo que son y que la vida es la vida. Entonces lo que aparece es la vida como cárcel. La realidad es con lo que choco cuando mi querer vivir quiere cambiar lo que el mundo organiza como mi vida. Por eso la realidad es nuestro problema, y la vida, campo de batalla: es preciso odiar la propia vida para liberar el querer vivir.
¿Sobre ese “querer vivir”, o sobre “la fuerza del anonimato”, puede fundarse una política práctica cotidiana?
El pensamiento crítico tiene que ser capaz de construir una estrategia de objetivos (frente a la crisis, más salario, frente al paro, salario garantizado, etc), pero a la vez debe ser vaciador de horizontes, hundir las propias categorías políticas para irlas reconstruyendo. Debe ponerte en juego radicalmente, pero también con un costado posibilista. Ambos momentos son necesarios, pero no tengo claro que un espacio de anonimato los articule. Más bien lo veo como un gesto radical que logra abrir un espacio común, de comunidad. Por ejemplo aquí el que se vayan todos, o cuando la guerra de Irak, en Barcelona ver salir a la calle con cacerolas para golpear -un gesto traído de Argentina- gente de toda clase, que no estaba allí ni como estudiante, ni como inmigrante ni como intelectual, era un espacio anónimo. El desafío sobre eso es construir una política. Pero un espacio del anonimato tú no decides abrirlo, se abre.
¿Cree que la duración es imprescindible para la creatividad política de lo que llama espacios del anonimato?
No veo un vector tiempo construido sobre la fuerza del anonimato. Por ejemplo los espacios de anonimato que se abren en los suburbios parisinos cuando se queman coches (esa mercancía que hay que desear), no se suman ni se mantienen. Quizá haya un archipiélago que una estos espacios, un contagio, pero exigirles una búsqueda de duración y objetivos es fatal políticamente. El movimiento por la vivienda digna en España, otro ejemplo, no tenía reivindicación alguna, y movilizó dos veces veinte mil personas. La consigna era “No tendrás casa en la puta vida” y “Ni vida en tu puta casa”. Este movimiento no tenía dónde ir; abrió, politizó y terminó. Cuando se quiso convertir en un derecho a la vivienda, superponiendo un discurso jurídico, se hundió, se liquidó el gesto radical de ponerte frente al abismo. Esa institucionalidad quizá haga al movimiento más duradero, pero le saca su potencia de vaciamiento de la movilización obvia.
¿A qué llama abismo y por qué le parece necesario?
El querer vivir es ambiguo. Su mínimo es el instinto de supervivencia. Y en la movilización global capitalista funciona neutralizado políticamente. La gente está viviendo y en cierto sentido no pasa nada. Nosotros hemos pensado por ejemplo en lo que llamamos los yo-marca. El que gestiona su vida como empresario de sí mismo. El currículum, por ejemplo, es una obsesión, en Europa. El que no es marca tiene un estigma. Sin proyectos e iniciativas que mostrar en el teatro de los emprendedores, quedas estigmatizado. Ahora, aunque algunos sean producidos como vidas sobrantes, todos somos sustituibles: nuestra vida se sostiene como vida constantemente en crisis.
¿Una crisis estructural y ya no de transición tipo gramsciana?
Hoy, la vida privada ahoga; es una vida privada de vida. Produce miedo, y enfermedades del vacío -pánico, depresión- que se gestionan farmacológicamente. Allí el capitalismo terapéutico te dice que tus malestares se resuelven hacia adentro de tu vida, y te da recursos y servicios de autogestión de la vida para el mercado; la vida concebida como capital humano. Por eso creo que odiar la vida en pos de liberar el querer vivir empieza por politizar el malestar.












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