Sunday, April 27, 2008

Norberto el Ruso Verea

“Hoy se grita mucho y discute poco en Argentina”
Publicado en Revista Debate - por Agustín J. Valle


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Una de las voces más respetadas de la radiofonía argentina, fue vendedor de discos y arquero de Talleres de Remedios de Escalada, Chacarita e Independiente. “Por el fútbol dejé muchas cosas de lado a edades importantes”, cuenta. En el éter comenzó en 1990 con 33 años dirigiendo la Heavy Rock & Pop, que a los seis meses ya era la más escuchada de la trasnoche; tras casi seis años se fue del programa que aún hoy es de culto. Luego estuvo en diversas audiciones, entre otras en el equipo de Rompecabezas, dirigido por Jorge Lanata. Hoy, su blog en el sitio de Olé, donde sube archivos de audio, recibe cien mil visitas mensuales, y se encarga de Deportes en Mañana es Tarde, que sale por Del Plata a las 18 conducido por Reynaldo Sietecase.


Con su metro noventa y sus ojos de siberian husky podría imaginárselo recorriendo la estepa rusa en invierno. Está sorprendido: “Qué raro que una revista como Debate me haga una nota a mí.” Su modestia aporta a su prestigio. “Yo la leo, casualmente hace poco leí al aire cosas que salía diciendo Zaffaroni en una entrevista que le hicieron. A él lo tuve dándome Penal 1 en la Católica de La Plata hace más de treinta años. Creo que hay una disputa muy grande en la sociedad, se respeta poco a los tipos preparados. Ya nos pasó con Blumberg. Nunca perdí de vista que era una víctima, ni el respeto. Pero de ahí a que me explique cómo hay que hacer para que la Justicia funcione mejor, hay una distancia gigantesca. Hay algo fundamental: la gran mayoría de los medios hoy hace de la ligereza una certeza. Y esto es terrible, nos golpea a todos. Ante la ligereza del rating, de la medición, de la noticia, cualquiera puede decir cualquier cosa y la repiten cien mil veces y nosotros estamos bombardeados todo el tiempo por esas alternativas. Hay muy poco análisis y una cultura del ya, del entretenimiento, del rápido, se ha perdido la cultura donde aquellos que pueden ayudarnos a pensar intervenían. Hay poca intervención intelectual en Argentina hace muchísimo tiempo. Incluso que yo esté hablando en los medios hace casi veinte años es también producto de esa ligereza, y no lo digo por falsa modestia. Trato de tener cuidado porque sé de mi brutalidad y voy viendo cómo de a poco en este camino hasta la muerte puedo ser lo menos ignorante posible, y trato de no parecerme a la ligereza con la cual cualquiera dice “está bien, un chorro menos, hay que matar a tiros a todos”. A mí ese tipo de cosas me pone muy mal.
¿El medio lo hace estar muy en contacto con esos discursos que le hacen mal?
No sólo el medio, yo ando en la calle todo el tiempo, tengo asado con amigos todos los miércoles desde hace casi veinte años y nos agarramos en discusiones acaloradas no sólo por fútbol, capaz vemos Policías en acción y de las reacciones distintas de cada uno salen discusiones. Yo soy un tipo de una vida social muy grande, también los lunes tengo comida con amigos, todos los fines de semana estoy en algún lado. Mi mujer dice que tenemos heladera al pedo, que el día que prenda el horno me va a dar miedo. Mi vieja siempre me dice “¿otra vez vas a salir hoy?”. No sé cómo podría vivir volviendo del trabajo a mi casa y esperar la cena mirándome la punta de los pies o haciendo zapping para morirme después hasta el otro día.
¿Necesita vivir en vínculos para estar bien?
Sí porque aparte hago cosas para mis cincuenta y un años hasta insólitas, me llama un amigo y me dice que tiene el último disco de Motorhead, y yo estoy en Wilde y son las diez de la noche y le digo a mi mujer “venís”, “¿a dónde?” “A San Isidro” “¿Ahora, para qué” “Está el último disco de Motorhead” “pero vos estás en pedo”, “dale flaca acompañame” y me dice “bueno pará” y se pone los pantalones, porque a la flaca le digo que quiero tomar un café en Bagdad porque mata el café de Bagdad y ella me acompaña. Por eso hace 34 años que nos conocemos, vivimos una relación te diría que para mí honrosa, desde el amor que le tengo y el placer que me da encontrarme con una mina como la que tengo.
¿Es melómano?
Siempre fui un tipo muy musical y eso tengo que agradecérselo a mi familia. En mi casa mi abuela estaba preparando un mate y si pasaba frente a la radio y arrancaba un tango te decía “ese es tal cosa” y lo empezaba a cantar, y vos “abuela, el mate”, y ella “ya voy” y hasta que no terminaba el tango no venía. Mis viejos fueron bailarines de orquesta y mi tía fue actriz de Chispazo y tradición, te estoy hablando hace muchísimo tiempo, eran compañías teatrales que salían por los pueblos, después hicieron radioteatros. Había trabajado con Roberto Escalada, fue uno de sus grandes orgullos. Ella traía personajes a mi casa que yo miraba con fascinación, que eran ignotos personajes de teatro pero que para mí eran tremendos, había una bohemia muy grande. Siempre fue una casa abierta, era muy grande, doble terreno con 55 metros de fondo.
En Gerli, ¿verdad?
Sí, es recordar y recordar.... el de la tejeduría de la vuelta de casa, Juan Pardo, socialista de los de Palacios, Tito el de la tienda, fanático de River, Tito Papasidero labrador de oro, plata, cuchillos, mates; el padrino Juan Perono, arriba de Galimberti en las calderas en todo Sudamérica, no sé si me entendés, te estoy hablando de los sesenta, setenta De todos esos, cinco de la tarde llegaba uno a casa y le decía a mi vieja “Pirucha, ¿hacemos un asado hoy?” y ella contestaba “no sé, hablen con Berto”, mi viejo, que decía “¿a mí qué me preguntan, si está el fondo y está la parrilla?”, y a los diez minutos llamaba Tito y decía “mirá que somos quince, Pirucha”, y mi vieja con mis abuelas y mis tías, porque llegamos a vivir todos juntos, preparando la ensalada para todos. Todo eso lo fui mamando y por eso tengo la vida social que tengo, y por eso me muevo como me muevo en función de los grupos, los equipos.
¿Cómo?
Pienso que podemos ser súper profesionales, pero si no tenemos buena onda derribamos todo nuestro profesionalismo en la peor de las cosas. Trabajar con la firmeza que haya que tener para asentar posiciones al aire, sí, pero con buena onda, porque si entramos en la mala leche se acabó todo. Yo he salido campeón de torneos con buena gente y con mala gente, ahora, con la buena gente no dependíamos sólo del hecho futbolístico, había algo más que nos empujaba. En un grupo humano sin buena onda no podría vivir. Me cuesta mucho ver cómo solucionás el volverte a tu casa tranquilo. Ahí es donde está mi cosa sustancial. Si me acuesto tranquilo incorporo mejores cosas y me levanto también mejor. La cuestión de intentar ser uno mismo; en mi vida mediática tomé algunas decisiones intentando mantener esa sinceridad. Podría hoy vivir de otra manera, estar en una situación supuestamente más acomodada, más relajado, pero tomé mis decisiones no sólo porque tengo algunos pudores sino porque hay algunas cosas que no me hubieran permitido vivir en la tranquilidad en la que me gusta vivir.
¿Qué tipo de cosas?
No sé, yo tomé decisiones mediáticamente. Yo empecé en la Rock & Pop y era un tipo que vendía discos y jugaba al fútbol.
Lo cual desmiente que usted forme parte de la ligereza: habla de cosas que ya formaban parte de su vida.
Sí pero hay otras cosas de las que me pongo a opinar desde sensaciones propias. Cuando empecé en la Rock & Pop nunca había hecho radio. Sin embargo lo tomé como una aventura. La aventura creció de tal manera que a los seis meses la radio estaba primera en ese horario, por primera vez para la R&P, y cuando yo creí después de dos años en que era una explosión y en que todo el mundo hablaba de Heavy Rock & Pop, y donde todo el mundo hablaba de Metallica, de Megadeath, de Motorhead, y hasta de Sepultura, me encuentro con que empezaron a venir unas presiones que yo no nunca me había imaginado.
¿Respecto de los contenidos?
No, todo. Los contenidos no, la verdad es que en eso, Daniel [Grinbank] un capo. El sabía que la Heavy iba bien porque éramos divertidos, porque nos animábamos a pasar una música que nadie se animaba y que cada vez crecía más la audiencia aún no siendo fanática de ese tipo de música. Entonces el sabía que también tenía que ver con lo que yo bajaba en las introducciones y en el creer o no creer en el tipo que te está hablando. No era boludo, no iba a cortar eso. Me refiero a otro tipo de presiones, al Verea esto es así, hay que acomodarse de esta manera, hay que jugar con esto, ¿por qué no vendés esto? Y no, porque yo no vendo, muchachos, para eso hay otra gente. En vez de vender cualquier cosa para hacer de periodista, hay que luchar por un buen sueldo y que vendan los otros, seriamente: vamos a la tanda, agradezco a los auspiciantes, sí, pero de ahí a en el medio de un partido decirme que uno se erró el gol porque no usa gorras mondongo, andá a cagar. A mí me contratan para decir publicidades, pero eso no tiene nada que ver con meter propaganda en mi introducción de mi programa.
¿Explican esas conductas la adoración que le tienen tantos jóvenes?
Creo que hay exageraciones. El vínculo de fascinación que entrega el medio con el oyente es muy grande. Yo si hay una de las cosas de las que me permito vanidosamente hablar es de lo que me pasa cuando por ejemplo el viernes fui a ver a Iron Maiden. Lo digo muy sinceramente: me honra que los que no quieren a nadie me saluden y me respeten. Esa gente que pone en duda todo, porque creció en la duda, porque la hicieron vivir en la duda, y porque fundamentalmente, por haber elegido otra imagen, otro gusto, se duda de ellos. Eso es uno de los mayores triunfos. Después también está la fantasía que arma el otro. No hay que creerse cualquiera. Los lugares que me tocó a mí ocupar mediáticamente te llevan a subyugarte.
¿En qué sentido?
Y que por la calle un día te gritan “maestro”. O llegás a un recital y “eh, aguante loco, una masa!”. Bárbaro. Pero para hablar de límites éticos tenemos que ir a los que en serio hay que leer, a León Rozitchner, a Tomás Abraham, algunos tipos así que cuando los lees decís qué suerte que agarré esa nota, te ayudan a no caer en la vulgaridad, a tomar partido. Otra de las cosas que reniego es el discurso ese de “los vagos de café”, la época del Politeama, La Paz, La armonía, La Giralda, últimos sesenta y primeros setenta. “Eh, los argentinos arreglan los problemas desde la borra del café”, y no, ahí se discutía, se pensaba. Lo devastador del Proceso jugó en contra en los miedos y la comodidad en la que entró mucha gente. No se volvió a reconstruir eso, se discute poco en la Argentina, se grita mucho en la Argentina. Los bares hoy son refugios de solos, no lugares de encuentro. Hoy te tomás un bondi o un subte y ves que somos miasmas que esperamos ir en la cinta transportadora a la picadora del laburo o a la amansadora de la casa. Hace rato que vivimos así. Todas las conquistas sociales fueron tiradas por tierra.
¿Qué función de los medios le interesa?
Yo soy de la etapa, por ejemplo, en la cual elegir un disco importado, porque te habían pasado un dato, significaba no comprarte un pantalón y una campera. Pero había tipos que te volaban la cabeza. Cuando vi a Vox Dei por primera vez, en el club Sporting de Wilde, o las veces que nos juntamos a escuchar El Monstruo de la Laguna en la casa del Oveja, que tenía un buen equipito… Todo eso que hoy parece artesanal llevaba a una búsqueda que para mí es la sociabilización, qué querés que te diga. Esas cosas hoy no están en los medios, y no lo digo por nostalgia: al pibe hay que incentivarlo.
¿Hoy tal vez es difícil encontrar pero por exceso de ofertas?
Pero la gente sabe tamizar. Lo que pasa es que le dijeron a la gente que es más importante que el espectáculo. En el fútbol también, pero es peor: la gente decide cuándo se termina el partido. La cantidad de público en un estadio no referencia lo que pasa en el campo de juego, sino la sed de la gente por el espectáculo que venden los medios, porque lo que pasa en el campo es mucho más pobre que en otros momentos, y yo podría castigar esa pobreza no yendo, exigiendo algo mejor. No sólo de cómo juegan, de sus amarretismos, pero también de cómo llego a la cancha, de la posibilidad de sacar una entrada decentemente. Los que arman la cosa creen que está todo bárbaro por la cantidad de gente que va. No, estamos en serios problemas. Hoy llega la barra brava y la tele dice que llega la hinchada, ¿pero cómo, y todos los demás qué son? Porque los voceros de todos estos serios problemas en algunos casos son los que explican el fútbol modernamente. Y los que acompañaron la comparsa de este negocio, periodísticamente hablando desde la complicidad, la convivencia y el acomodamiento económico, porque mucha de la plata que no tienen los clubes la tienen los empresarios, los dirigentes socios de los empresarios y también los mercenarios de los periodistas. Niembro, Araujo. Llegaron a ganar tres millones de dólares al año en el uno a uno.
Y sin embargo el fútbol no deja de enamorarnos..
Yo soy entrenador de fútbol, asisto a congresos, estoy todo el tiempo tratando de estar actualizado porque no sé, quizás un día me agarre el bicho y entregue todo este prestigio supuesto o verdadero, todo este respeto, toda esta cosa de actitud, a un campo de juego, y seré sometido al aplauso o a la puteada de “volvé a poner Metallica, burro!”, no sé, a lo mejor algún día me animo o por ahí no. Pero acá hay quince o veinte años de mensaje nefasto sobre el fútbol. “Hoy hay que ganar como sea” ¡Mierda!, explicame el “como sea”. ¿En el córner qué hago, le tiro aguarrás al arquero? ¿Si meto un gol nos ponemos todos bajo nuestro travesaño? Es tremendo, se renuncia a jugar. Y después queremos que nuestra selección gane. Cada vez se juega menos. Hoy dan más ganas de ver fútbol inglés, que hace treinta años era insoportable, que el nuestro, allá ya no es como antes, hoy lo contratan a Tévez, no a Palermo. Aquí se pega más que lo que se juega. Y el verticalismo, los pelotazos frontales. Hoy la gente ve un tipo que toca para atrás y se vuelve loca; mirá los mejores equipos del mundo y ves cómo tocan para atrás todo el tiempo.
Lo insultan a Riquelme por eso…
No quiero ni tocar el tema Riquelme.
¿Por?
Porque el tema Riquelme en una sociedad futbolera como nosotros, desde donde es tratado y discutido, lo que hace es mostrar que hace tiempo la discusión futbolera tiene falencias descomunales. Entonces no te podés meter, porque tenés que discutir con un tipo que tenés que subestimar de movida. Hoy el que te discute a Riquelme no tiene bases sólidas.

Friday, April 25, 2008

Saturday, March 29, 2008

Daniel Guebel

"Escribo para alimentar mis ganas de escribir"


Derrumbe, su última novela, relata en tono autobiográfico las consecuencias inmediatas que la ruptura familiar tuvo en un artista resentido con el lugar que el mundo da a su obra.
Por Agustín J Valle - Publicado en Debate, Marzo 2008

En la era de la espectacularización del yo, la literatura argentina se ve labrada por una pulsión autobiográfica. Desde las generaciones más jóvenes que en varias antologías han ejercido cierto anecdotismo de cuño blogger, hasta escritores de alrededor de cuarenta como Fabián Casas y Pablo Ramos y de alrededor de cincuenta como Alan Pauls y Sergio Bizzio, la construcción del relato literario se nutre y repone las propias vivencias. En esa línea se inscribe Daniel Guebel (1956) con Derrumbe, distribuido recientemente por Mondadori (con un diseño de llamativamente pocos caracteres por página que aumenta el cuerpo de un libro muy breve y veloz), donde el fracaso como tema vital es abordado justo tras la partida de la esposa y la hija.
Hace tiempo que la filosofía dice de mil modos que habitamos el fin de los grandes relatos, no refiriéndose a una inexistente mediocridad de nuestros escritores sino al ocaso de la era donde un aparato y un discurso –estatales- organizaban la grilla de lugares sociales, otorgando (imponiendo) a cada bicho humano carácter de miembro. Agotada esa donación de existencia subjetiva, ese relato que te narraba, emerge en la literatura el valor de contarse a sí mismo. El auto relato como vía de existencia. Antes había que contarse para no ser contado por otros; hoy lo contingente de la experiencia le da valor de peculiaridad.

El libro testimonia un derrumbe conyugal pero cuenta a la vez varias historias casi sueltas, ¿despegan un poco la novela de su vida personal?
Hay una galería de artistas fracasados, excedidos por la idea de generar lo que no hay, lo nuevo, o resignarse para mantener a su familia, artistas que se convierten en héroes burgueses o en fracasados solitarios y sin responsabilidades. Una especie de alternancia convencional. Pero esa galería, ¿es el eje de la novela? ¿O bien el eje de la novela es el de un presunto alterego mío que cuenta sus derrumbes sentimental y familiar, su fracaso como artista, que exasperado porque el mundo no responde a sus anhelos arroja mierda y la recibe a mansalva? No sé cuál es el eje. Es un libro brevísimo que no sé si es una novela pero que contiene varias novelas en sí mismo. Tampoco podríamos resolver apresuradamente qué es una novela hoy.
Cuando decidió escribirlo, ¿cuál era el eje de su impulso?
Recuerdo que sobre la frase de Picasso yo no busco, encuentro, Lacan ya viejito dijo “yo no sé si encuentro, lo que sé es que busco”. O sea, lo que sé es que quiero escribir. Derrumbe es un libro que puede ubicarse muy atrás en mi vida de lector y muy cerca en cuanto a mis acontecimientos subjetivos, la partida de mi ex y mi hija. Fue un impulso de escritura, no un impulso testimonial. No estaba planeado, apareció de golpe con la violencia de una demanda inmediata. Me dije: “tengo que hacer algo con esto”. Pero la pulsión más inmediata responde también a cuestiones formales y de género. Yo siempre me pregunté por qué no había escrito ni un diario ni un ensayo. Entonces me senté a escribir un diario, pero de inmediato comprobé para mí caso el fracaso del registro de lo privado. Yo me puse a escribir un diario no como un registro de lo que me pasó sino como registro de lo que me estaba pasando. Y de inmediato deriva hacia otros lados: por un lado ciertos rasgos ensayísticos autobiográficos (qué clase de escritor soy, cómo funcionan mis textos), lo que rápidamente se tiñe de ficción, porque aprovechando mi estado de perturbación personal potencio un personaje exasperado, malhumorado. El diario resultó un género completamente impuro dentro del marco de una ficción más amplia. Y por otro lado hay un plano de cierta inmediatez.
¿En qué sentido?
Yo hace cinco años que estoy escribiendo un libro, El absoluto, que narra la historia de una familia de artistas geniales en Europa entre el 1700 y mediados del 1900. Y escribir un libro durante años, aunque siempre me desvíe a otros libros, no deja de plantear sistemáticamente la pregunta ¿no sería mejor abandonar este libro?, no estaré perdiendo ganas? Porque las ganas no son constantes, no hay Viagra para la literatura. Entonces me pregunto si no estaré escribiendo un libro cuando ya me he convertido en otro escritor, la ilusión de ser siempre otro, ¿no?, como escritor. Que convive por otro lado con el anhelo de escribir una novela como si fuera una unidad espiritual única. Por eso Derrumbe me hubiera gustado escribirla en quince días, no en dos meses. Quería que fuera un texto claramente emocional. Es un diario, pero un diario de escritor, no de la vida de una persona; un diario de las cosas que me permitían escribir. En fin, el libro se llama Derrumbe, no autoconfesión. Reivindico el carácter ficcional de cualquier cosa que toque un escritor. Porque la autobiografía es un género literario como cualquier otro. Y el recorte del padecimiento tiene estructura de relato. Entonces, cualquier cosa será desviada.
¿Entonces no cree que pueda haber tal cosa como un “giro autobiográfico” general más allá del género propiamente autobiográfico?
Suponiendo que algo de la literatura es siempre pura autobiografía, en todo caso lo netamente autobiográfico en mi literatura es sólo un momento. Hay otros autores que trabajan eso en forma absoluta, como el caso de Alan Pauls, la literatura ya no como máquina de ficción narrativa en el sentido convencional, como podrían pensarla Bioy o Borges, sino que lo trabaja en una zona más informe y más ligada al estilo. Los que ahora se ven como los popes de la literatura autobiográfica, Bizzio, no es un escritor autobiográfico, como tampoco lo soy yo. Alan sí. Me parece que Derrumbe, si bien puede formar parte puntual de cierta emergencia de una literatura autobiográfica... A dos días de que terminé de escribirla hablé con Bizzio y él justo había terminado Era el cielo en esos días [NdelaR: también narra la crisis post-separación]. Pero este libro forma parte de mi plan estético, y lo lleva escrito como en ningún otro: escribir todos los libros, trabajar todos los géneros, como una apuesta absurda -pero legítima desde el punto de vista literario- de reconfigurarme, reencarnarme y ser en el fondo inmortal. Contra lo que escribió Quintín en su blog, no creo pagar ninguna libra de mi carne para ser reconocido. No he escrito nada para impresionar al lector sino sólo para seguir alimentando mi deseo de escribir. Es un libro escrito contra la pomposidad del narrador, anti cortazariano.
¿El narrador-protagonista expone sus miserias como una forma de descarga?
El personaje es casi una ilustración cómica de las ilusiones desatinadas de un escritor respecto de la importancia de su obra. Es una extensión ilícita de su subjetividad proyectada sobre el mundo. Aunque por otra parte el hecho de que el mundo no considere un valor extraordinario los libros de los escritores permite que los escritores que están desafiando al mundo sigan escribiendo.
Retomando el tema de la tendencia autobiográfica, ¿cree que las generaciones literarias pueden depender menos de la edad de los autores que del momento de creación de los libros?
Claro, yo no soy un escritor joven, ¿pero mi literatura no es joven? A mí me pasa que tengo impulso de mostrar lo que hago a escritores jóvenes, a ver qué piensan ellos. A los de Perfil [NdelaR: donde Guebel es editor de Espectáculos], que hay varios. Y es una constatación como de mercado, ellos no me habían leído, y constato que ingreso en el programa de lectura de las jóvenes generaciones. Digo, mi libro anterior, Carrera y Fracassi, pasó completamente inadvertido por todo el mundo salvo por las personas a quienes se lo regalé. Hay reacomodamientos de las zonas de lectura, y estoy más a la moda que hace dos años. Por otra parte, es un libro que muestra lo permeable que soy a la modernidad. A géneros relacionados con la confesión y la exposición, cuya existencia me entero lateralmente, sé que están (en la tele, el teatro, internet) pero no las consumo y aún así se sobredeterminan con ciertas zonas de mi escritura. Ahora, escribir para el mercado no, ojalá pudiera. Durante mucho tiempo soñé con montar una fábrica de best-sellers, se lo propuse a editores, pero no puedo hacerlo.

Sunday, March 23, 2008

Federico Andahazi

"Yo escribo libros, no mercancías"
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Es el novelista argentino vivo que más vende. Nacido en 1963, se recibió de psicoanalista y atendía pacientes mientras escribía, aún inédito, hasta que comenzó a ganar concursos literarios. El más resonante fue el de la Fundación Fortabat, en 1996, con El anatomista: aunque cobró los 15 mil pesos, Amalita suspendió el acto de entrega por considerar que el libro (relata la historia de un “descubridor del clítoris” medieval) “no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu humano”, tal como publicó en solicitadas en los principales matutinos del país. Finalmente El anatomista salió por Planeta -en cuyo premio había resultado finalista-, fue traducido a más de treinta idiomas y vendió millones de copias. Desde entonces Andahazi publicó seis novelas masivamente compradas; con la última, El conquistador, ganó el premio de la editorial que hoy lo publica, al que se presentó bajo seudónimo.



Se hizo masivo envuelto en un escándalo que tenía en su centro al clítoris y hoy publica una Historia sexual de los argentinos. Distribuido por Planeta, Pecar como Dios manda continúa la vocación historicista de Andahazi y las críticas a la Iglesia que desplegó por ejemplo en La ciudad de los herejes, pero llamativamente cambia de género: el narrador best seller ofrece ahora un libro de investigación, “lo que para un novelista, es decir un mentiroso profesional, significa un cambio de registro en relación con la verdad”. El libro aborda las costumbres sexuales ejercidas en la tierra hoy argentina desde las poblaciones precolombinas hasta la Revolución de mayo; se completará con dos tomos futuros.
¿Cómo serán los próximos tomos?
De la revolución de mayo al golpe de Uriburu, y de la década del treinta a nuestros días. La contemporaneidad siempre presenta dificultades, puede llegar a haber problemas legales. Perón va a tener un lugar muy destacado. También Fortabat: cómo la sexualidad se mezcla con los negocios, cómo a partir de ciertas prácticas se puede gestionar un imperio económico. No quiero adelantarme mucho... Y por supuesto todo lo que significó el menemismo, los vínculos sexuales entre el poder y otras esferas. A mí me gustaría que los políticos actuales tuvieran la honestidad respecto del sexo que tenían otrora. Por ejemplo, hay una carta de puño y letra de Sarmiento en la que le cuenta a un amigo que había estado en casa de Mariquita Sánchez de Thompson y en un momento tuvo que pararse a mirar los cuadros porque se había calentado con la mina y no podía disimular la erección. Le dice: “vos no sabés hermano las ganas que tenía de violarla contra la pared”, de puño y letra. Y entre los gastos que declara en sus viajes, entre los ítems “traslados”, “comidas” y demás, hay uno, también de su puño y letra, que es “orgías”. Esto habla de otra forma de pensar la cosa pública.
¿Usted buscó que Pecar... fuera un libro provocativo, incomodador?
Yo lo escribí porque estaba trabajando en una novela negra situada en la Buenos Aires colonial y me encontré con una llamativa ausencia de documentos sobre la actividad prostibularia. Había un vacío sospechoso respecto de la historia sexual de los argentinos, nadie la había contado. Si este libro no estaba escrito hasta ahora es por alguna razón, y si no lo escribía yo lo haría otro. Va a incomodar, porque la condición de la sexualidad es que incomoda. La propia historia de una nación surge de una constelación de relaciones sexuales; la forma en que se repartió este país en pocas manos fue a través de una endogamia oligarca, una política sexual que fue política de Estado. No se puede entender la historia de un país sin entender su historia sexual.
¿Ese “vacío sospechoso” se correspondió a la hora de investigar con falta de fuentes?
De toda la etapa precolombina hay mucho material porque los españoles se dedicaron a describir las costumbres sexuales de las poblaciones originarias con mucha minucia; claro que con el velo de su moral judeocristiana. Ninguna institución se ocupó tanto de la sexualidad como la Iglesia, con tanto detalle. Dijo siempre qué se podía hacer y qué no, por dónde se podía y por dónde no. Porque ese discurso clerical, al pretender instalarse como una moral total, podía hablar sobre todo sin callarse. Yo creo que si la Iglesia compartiera todo aquel saber que acumuló en los monasterios y conventos, podría escribir el mayor tratado de sexología de la historia. La Iglesia enseñó escrupulosamente a pecar como Dios manda. Después, de la época colonial hay menos fuentes, se fue consolidando una moral hipócrita que ocultaba el sexo.
¿Y cómo trabajó?
Cuando no se puede apelar a la bibliografía hay que apelar a la arqueología. Buscando en la basura, el arqueólogo Daniel Schavelzon encontró unos preciosos consoladores de madera, de la tradicional familia Cobo Lavalle. Lo mismo en la época de la Revolución: pareciera ser que en todo proceso revolucionario cuando se persigue un ideal de orden social con libertades políticas, siempre hay un retroceso en el orden de las libertades sexuales. Pasó en la URSS, en Cuba, y en la revolución de Mayo. Parece que la disposición a la lucha armada hace que las pulsiones sexuales se reencaucen por otro lado.
¿Cuál cree que es el lugar de un libro así en nuestros días, cuando el sexo más que reprimido está declarado en todas partes y cualquier producto se publicita con una mujer semi desnuda?
Me parece que allí también funciona un doble discurso. Porque si la sexualidad fuese un ejercicio transparente al cual nos acercáramos con absoluta naturalidad, tampoco ocuparía ese lugar. Yo tuve el privilegio de conocer países que nunca había pensado conocería. Y me impresionó muchísimo cómo es la vida, por ejemplo, en los escandinavos. Una vez participé de un congreso en un pueblo bien al norte de Finlandia. Eramos cientos de escritores. A la mañana y a la tarde se hacían las ponencias, y a la nochecita íbamos en rebaño al sauna. Yo estaba siguiendo una polémica desatada más temprano, discutía bastante acaloradamente con una autora francesa, y en un momento me dije “acá hay algo raro, qué pasa acá”, y descubrí que estábamos todos en pelotas. Un grupo de escritores hablando de literatura en pelotas, y a nadie le sorprendía. Entonces allá no sé si podría venderse una gaseosa con una foto de una mina desnuda. Creo que nosotros seguimos siendo una sociedad hipócrita, prejuiciosa, homofóbica, bastante retrasada. Hoy se difunde la sexualidad como una suerte de producto, finalmente. Sexualidad a la venta; es una idea bastante mercantilista del cuerpo.
¿Espera que este libro forme parte de la masificación de la divulgación historiográfica?
Yo noto que efectivamente existe actualmente una gran curiosidad por la historia, por la sexualidad, y por la identidad argentina. Los argentinos hace tiempo estamos preguntándonos por nuestra identidad, lo cual pone de manifiesto que somos un pueblo joven.
Preguntaba porque para usted como autor es un paso de novelas best sellers a otro rubro best seller.
Yo no sé pensar como editor. Hay que olvidarse de los cálculos editoriales. Yo era un escritor inédito que comenzó a presentarse a concursos de cuentos y para mi sorpresa gané todos. Después gané el premio Fortabat y me enteré de que iba a ganar el Planeta, siendo nadie. Entonces quiero mantener ese lugar subjetivo del autor inédito que fui. Por eso nunca voy a firmar un contrato anticipado, ni acepto tomar cafés con editores. Si un libro tiene que convertirse en una mercancía, que lo haga después de que yo lo escribí; yo no escribo mercancías, yo escribo libros. Hay cuestiones que en otros campos son discusiones terminadas pero por alguna razón en literatura siguen apareciendo los prejuicios de que si vende mucho es malo y si vende poco es bueno; sabemos que nunca fue así, que esas fórmulas fáciles no funcionan. Este libro está escrito con una prosa que tiene que ver con la narrativa. Yo tengo muy presente al lector a la hora de escribir. No hay que aburrirlo. Yo de aquellos escritores que dicen no escribir para el mercado me pregunto para quién publican Me pregunto también si renuncian a sus regalías; no creo: creo que no renuncian al mercado sino al lector. Por supuesto que un libro ni bien lo terminaste de escribir deja de ser una obra y pasa a ser una mercancía, esto lo sabemos, es la mecánica del capitalismo. Ahora bien, si uno renuncia al lector, renuncia por completo a la literatura.
¿Se imagina qué otros libros lee un lector de Pecar...?
Este libro seguramente será leído por mis lectores fieles, pero también espero nuevos lectores que son lectores de ensayo. No estoy seguro de qué leerán, pero sí de qué no leen: seguro que no leen ni a [Jorge] Bucay ni a [Paulo] Coelho [Nota del autor: en el sitio de librerías Jenny los compradores de El Anatomista también lo son de El Zahir, de Cohelo] . Por la sencilla razón de que mis libros en algunos países se venden en forma más o menos masiva, hay quienes, sin haberme leído, tienden a compararme con Coelho.
¿Después de haber publicado libros de tanto éxito, va reconociendo qué cosas hacen a la circulación masiva de un libro?
No, la verdad que no. Es muy difícil de reconocer, calcular o predecir. Hay libros míos que han funcionado muy bien en algunos países y mal en otros. Creo que si alguien se propone escribir un best seller va a fracasar. Yo puedo entender por qué vende el Código da Vinci, a mí no me gusta pero puedo entenderlo...
¿Y por qué cree que funciona?
Y, esta vulgata de la historia, esta cuestión policial, esta cuestión de que hay como una suerte de escritos ocultos; uno puede entender por dónde pasa. Pero con Coelho yo te juro que no entiendo, pero no entiendo. Me quise tomar el laburo de leer algunas cosas de Coelho y realmente es incomprensible que eso funcione. Es incomprensible. Por eso, ya ves que no hay fórmulas. No emito juicios, pero sencillamente no entiendo qué encuentra la gente en Coelho.
¿Y escritores argentinos vivos, algunos lo entusiasman?
Tenemos muy buenos autores. Por primera vez se está regenerando algo del tejido que había desaparecido con la dictadura. Aunque noto un panorama bastante insular, no hay un grupo de escritores discutiendo cuestiones relativas a la literatura, a la política. Hay un fuerte signo de la firma, del individuo, por sobre la generación o el grupo. No hay nada que nuclee escritores. Yo soy muy lector de Jorge Consiglio; [Pablo] De Santis es un buen autor; uno podría mencionar a [Leopoldo] Brizuela; tantísimos otros. Creo que es una generación, a diferencia de lo que sucedió en otros momentos, caracterizada por la heterogeneidad. No hay un movimiento sino que cada escritor es un movimiento en sí. Yo confío que poco a poco se vaya consolidando esta cadena.
¿Y a usted le interesa ser leído por los pares?
A mí me leen mis pares.
Sí, ¿pero es algo que le interesa cuánto, cómo?
Yo me siento muy reconocido. Provengo de los premios literarios, me premiaron mis colegas, Liliana Hecker, Juan José Manauta, Héctor Tizón, Luisa Valenzuela, Tomás Eloy Martínez, Juan Forn. Podría mencionarte cuarenta o cincuenta escritores que me han reconocido premiándome. Claro que también hay algunos que no están dispuestos a tolerar que a alguien le vaya bien, eso es muy notorio. Yo en cambio me alegro mucho cuando le va bien a un escritor argentino, porque me gustaría que nuestra literatura vuelva a ocupar el lugar de peso que tuvo en el pasado.
¿En qué sentido es muy notorio? ¿Usted se siente criticado?
No, a mí la crítica me ha tratado mucho mejor de lo que merezco. Lo que siento concretamente es que así como cuando yo era inédito muchos colegas me palmeaban la espalda dándome ánimos, ahora, digamos, muchos me siguen golpeando la espalda pero mucho más fuerte. En otras áreas hay menos prejuicios, en música, en cine, mientras que en literatura, yo mismo reconozco que guardo prejuicios. Los tenía, por ejemplo, con Stephen King; se me fueron leyéndolo. Lo que el tipo hace en Misery, por caso, plasma tan bien los fantasmas de un autor... Me ha pasado vivir una historia semejante. Yo había terminado de escribir Las piadosas, que cuenta las historia de unas trillizas. Y en un momento, tal como pasa en el libro, todos los días aparecía en el parabrisas de mi auto una flor. Hasta que un día salía con mi hermano de La Academia, en Callao y Corrientes, y cuando estaba por entrar al auto apareció una mina que se me vino encima a golpearme y me tiró agua caliente. Me reclamaba que cómo me había atrevido a escribir su vida con sus hermanas. Eso es lo que relata Misery: la identificación con el autor de algo que el autor ignora. Cuando el delirio de alguien empalma con lo que el libro cuenta. Después me enteré de que mi vida había estado en peligro, la mina estaba realmente pirada.
¿Los peligros de ser un hombre famoso?
Los peligros de contar historias. Yo pasé de ser inédito a ser masivo. Cuando salió El anatomista, me tomaba el subte para ir de mi consultorio a mi casa. Y un día como todos los días me lo tomo y había sentada una señora leyéndolo. Entré en pánico, ¿qué estará entendiendo esta mujer?, me pregunté. Me pasé de vagón. Pero allí había dos personas leyendo el libro, entonces me volví a pasar a otro y resultó que en ese había tres leyéndolo. Ahí me di cuenta lo que es que algo se convierta en masivo. ¿Qué estará entendiendo cada uno? Jamás puede saberse. Alguno en algún momento te puede llegar a vaciar una jarra de agua caliente en la cabeza.
La historia sexual de los argentinos, ¿Cree que da para una investigación más exhaustiva?
Cuando uno hace un trabajo de investigación se propone eso, que otro retome lo que hizo para ir más allá. Esa generosidad creo que se perdió. Freud todo el tiempo decía cosas como: “espero que esta modesta investigación sirva en el futuro para que alguien siga...”. Freud. Hoy por hoy hay una suerte de afán por escribir la obra final. No se puede pensar así en el terreno intelectual, hay que intentar sembrar una pequeña semilla para que otros la trabajen con mayor exhaustividad. Yo me propuse escribir una obra inaugural.
Por Agustín J Valle
Publicado en Debate, Marzo 2008

Friday, February 22, 2008

Sylvia Saitta - Roberto Arlt

“Nadie vinculado al poder puede no leer Arlt”

Roberto Arlt (1900-1942), uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina, carece de obras completas editadas, pero tiene su biografía, El escritor en el bosque de ladrillos, publicada en 2000, agotada y recién reeditada por Sudamericana en formato bolsillo, especialmente interesante tratándose de un escritor con una imagen pública tan mitificada. Su autora, la doctora en Letras Sylvia Saitta, reflexiona aquí sobre la vida y la actualidad de la obra del narrador, dramaturgo y periodista, responsable de un estilo implacable y personajes inolvidables que ilustran paradigmáticamente –como él mismo en su carrera literaria- una época clave de nuestra era.
El libro no jerarquiza un tramo de la vida de Arlt por sobre otros, ¿a qué responde esa decisión?
La crítica literaria habla casi exclusivamente del Arlt novelista, que va del 26 al 32. Yo no quería una biografía para estudiantes de letras ni tampoco una biografía novelada; quería escribir una biografía intelectual de Arlt para pensarlo en la trayectoria de un periodista, un intelectual, un novelista, un dramaturgo, alguien metido en las tensiones políticas de su momento histórico. La figura y la obra de Arlt permiten pensar una época y una lógica de la sociedad argentina, por eso creo que toda persona vinculada al poder tendría que pasar sí o sí por Arlt; Los Siete locos es como el Facundo, no se puede pensar a un intelectual, político o historiador que no lo haya leído.
¿Cree que él sí priorizaba alguno de los Arlts por sobre los otros?
Creo que al periodista. Si uno piensa su vida, la columna vertebral es el Arlt periodista. Detrás de los viajes está el periodista (y El Criador de gorilas, su libro de relatos, es fruto de su viaje al Africa), y tanto su primera novela como su primera obra teatral tienen como motor el género periodístico: el folletín en El juguete rabioso y en Trescientos millones la crónica policial que él había cubierto como periodista, en la que se basa la obra.
¿Por qué piensa que Arlt dejó de escribir novelas?
Hay hipótesis varias. El había prometido la segunda parte del Juguete rabioso y no la hizo. Creo que ganó el teatro la pulseada (siguió escribiéndolo hasta su muerte), que había algo ahí de la respuesta inmediata del público que lo atraía, y eso también lo perfila más como periodista que como novelista. En el diario El Mundo también tenía mucha respuesta de los lectores. Por otra parte él tenía que mantener a tres mujeres, madre esposa e hija, y tenía una decisión firme de que el dinero viniera de la escritura (cosa sólo posible en esa época a partir de la masificación del periodismo), a diferencia de la mayoría de sus pares, no tenía otro trabajo. Arlt en un Aguafuerte dice que “un escritor no es otra cosa que un obrero de la pluma”, y cuando él cosifica su escritura y se pone a calcular cuántos metros de páginas publicó, esa dimensión tan material de la escritura, es porque él puso todo ahí. Tal vez el tiempo que demanda una novela no es el que él tenía; no son más hipótesis. Otra puede ser la mala recepción que tuvo El amor brujo, su última novela.
La figura mítica de Arlt, que el libro se propone desmontar, ¿habla del imaginario que tenía el propio Arlt sobre lo que debía ser un escritor? ¿Qué de ese imaginario sigue fascinando hoy?
Como todo escritor, Arlt construyó una figura pública, pero la suya fue una de las figuras más exitosamente construidas. Es la figura del que sin tener nada, el resentido, el que viene de otro lado, el autodidacta, escribió una de las obras más geniales de la literatura argentina. Por eso se lo compara con la figura de Eva Perón, esos personajes que por prepotencia de trabajo, como decía él, conquistaron su futuro. Sin heredar dinero ni biblioteca ni apellido se lo lee a la misma altura que a Borges.
¿Qué relación había entre ellos dos, congéneres, conciudadanos y hoy a veces leídos como opuestos?
En el prólogo al Informe de Brodie Borges cuenta que los hermanos Tuñón le reclamaron a Arlt que escribía mal el lunfardo y que Arlt les contestó: “me crié en la calle y no tuve tiempo de estudiar esas cosas”. En las Obras Recobradas de Borges se compilan sus menciones sobre Arlt, y sobre el Arlt del Juguete Rabioso todas son extremadamente elogiosas. Los siete locos no podía gustarle por sus tramos de novela psicológica. Pero la imagen actual de Borges es muy distinta a la del Borges de los veinte que se emborrachaba y visitaba prostíbulos como un martinfierrista más; ambos escribieron en la Martín Fierro. El Boca River con Borges y Arlt se armó en los cincuenta como operación crítica, un reflejo de la polarización Contorno-Sur y peronismo-gorilismo. Aunque la literatura de Arlt dista del populismo, está lejos de ser amable con el lector.
Sus textos también tienen incursiones metafísicas...
Sí, hay bastante obra crítica al respecto. El capta muy bien la angustia del hombre moderno en una sociedad desencantada. Eso te permite pensar el veinte, el treinta, pero también el hoy; por qué hacemos lo que hacemos, la preocupación por la trascendencia, dónde tenemos las certezas, las creencias, por qué con la posmodernidad irrumpen tantos personajes mediáticos, y bueno, porque como dice Arlt todo el tiempo las personas necesitamos creer en algo, y por eso hay que proveerle nuevos dioses a la gente. Al mismo tiempo la de Arlt es una de las pocas literaturas argentinas que dialoga tan bien con la situación mundial. El imaginario de la primera guerra mundial, lo que significó como primera guerra masiva, que desarmó la idea de campo de batalla, la guerra química, todo lo que incorporó; la desazón post-primera guerra pone a sus novelas en diálogo con las grandes literaturas europeas del momento. Pero él excede su época; capta el modo en que funciona una sociedad. Capta la estructura, no la anécdota (por más que también está), del lugar del complot, la conspiración, de la dominación de clase, y como elemento bien argentino, la lógica de la clase media, a la que Arlt odiaba profundamente.
En el libro señala la desesperanza que domina las novelas arltianas convive con una confianza pública de su autor en el provenir de la revolución.
Es que en las novelas hay más ideas de revolución que actos revolucionarios, se sueña con grandes cosas pero no se rompe nada. Y además los personajes nunca tienen pensamientos dirigidos directamente contra la gran burguesía. En un momento de Los Lanzallamas Erdosain se imagina que tira gas venenoso en Barrio Norte, pero lo que se figura entonces es a las mucamas, los choferes, los empleados, tirados retorciéndose: no a los patrones. Esto cambia en la dramaturgia, por ejemplo en 300 millones el criminal es el hijo de la patrona. Hay que tener en cuenta que escribía obras a presentarse en lo que era el Teatro del Pueblo.
¿Puede que el Arlt esperanzado políticamente no haya sido el que simultáneamente escribía novelas de impotencia sino, luego, el que escribía dramaturgia?
Es probable. Porque en tiempos históricos, el modelo soviético entra con una fuerza mucho mayor luego de la crisis del 29 y el golpe del treinta. Son años de radicalización política. No eran los setenta, pero la revolución era percibida como posible y ordenaba las posiciones, y para el Arlt novelista ese panorama no existía; de hecho hay una diferencia fuerte entre Los Siete Locos, publicada en el 29, y su continuación, Los Lanzallamas, del 31; Los Siete Locos es una ensalada rusa, y en Los Lanzallamas hay un proyecto comunista. Por eso también Los siete locos es más interesante.

Agustín J Valle - Publicado en Debate, Febrero 2008

Friday, February 01, 2008

Fabián Casas

“Que lo que las palabras digan sea la vida”
Por Agustín J Valle - Publicado en Debate, enero 2008

La publicación de Ensayos Bonsái (Emecé), la reedición de Los Lemmings y otros (Santiago Arcos) y el premio Anna Seghers –dotado con veinticinco mil euros- que recibió en Alemania, son los puntos visibles del ascenso del reconocimiento del escritor, quien –con además cinco poemarios y una novela corta publicados- hace ya quince años funciona como referencia en los ámbitos poéticos locales.

Definir su poética y narrativa como literatura barrial, biográfica y cargada de marcas histórico-culturales, es confundir lo esencial con lo transitorio, como él cita a Eugenio Montale. Hace literatura, sí, con San Lorenzo de Almagro, con el dolor por la muerte de su madre y sus historias de niño sensible y joven rockero por las calles de su barrio, pero aclara: “no tengo una inmobiliaria en Boedo ni soy propulsor del grupo de Boedo, sólo conozco sus calles y voy a comer con mi familia” - porque en su obra no importan tanto los materiales utilizados como el efecto que su disposición logra en la emocionalidad del interlocutor: “hacer sentir algo que vuelve a uno con la fuerza de una verdad”. Es uno de los escritores argentinos que más claramente está construyendo una obra personalísima, aunque se reivindica “panlingüístico”, piensa que “la literatura es algo colectivo, todos estamos compuestos por un montón de gente”, y que la obsesión de los escritores por la inmortalidad “es una discusión estéril: lo único evidente es que no va a quedar nadie”.
Ensayos Bonsái tiene una definición sobre los clásicos, ¿de algún modo discute con la de Borges?
Sí, él decía que clásico era lo que determinado grupo lee como verdad o revelación, y yo digo que clásica es la obra que establece ella misma los parámetros en los que va a ser leída. Pero los Bonsái tienen varias definiciones sobre los clásicos, que tal vez se contradicen entre sí. Algunos ensayos fueron escritos de un tirón en cuatro horas, mientras que un poema puedo corregirlo durante un año, y un relato como Asterix, que está en Los Lemmings, lo escribí a lo largo de diez años; nunca la musiquita del relato terminaba de satisfacerme, sentía que yo todavía estaba demasiado cerca del segmento experiencial del relato, los personajes todavía eran los que habían vivido conmigo, no se habían drenado y convertido en significantes. Una vez que la emoción impulsó el cuento o el poema, después lo trabajo como una máquina. Pero no tengo imaginación, en el sentido de que no creo algo desde la nada: recupero un mundo a partir de una memoria.
Ensayos Bonsái compila escritos previos, ya publicados en revistas y blogs. ¿Emecé lo fue a buscar?
Sí, querían publicarme “algo”. Puse una cláusula por la que no voy ni a la Feria del Libro ni a la televisión ni a la radio, salvo que me interese el periodista, no hago el Verano de Planeta ni nada que forme parte de la retórica de la literatura.
¿Por qué?
Me gustan los escritores que no te salen a buscar. Una vez, de vacaciones, desarmando la carpa de un amigo se cayó de adentro Molloy, de Beckett. Lo abrí al azar: “Estoy en el cuarto de mi madre, ahora soy yo el que vive acá”, uy, ¿qué es esto? Y después una parte en que Molloy -un vagabundo- va chupando piedras. Beckett te describe su sistema de guardarlas en un bolsillo, chuparlas, pasarlas a otro, como si fuera una máquina, durante páginas; es un fragmento central en su obra porque modifica la percepción de la literatura. Deleuze hace todo un trabajo sobre esa parte, en el Anti Edipo. Después leí toda la obra de Beckett, y lo que me encantó fue conocerlo así, de casualidad, sin información.
Hace poco César Aira reivindicaba la alta cultura con el mismo argumento: hay que ir a buscarla, no ataca en el supermercado o la radio.
El problema es la definición de alta cultura. Mucha gente piensa que es la que corresponde a las clases sofisticadas, pero las clases sofisticadas se comen muchos caños. Mucha gente de la alta cultura va a ver a Kuitca al Malba porque más que el trabajo de Kuitca le importa su poder simbólico, al que quieren quedar asociados, es un nivel de cliché superior. Para mí los museos son lugares en la ciudad, un valdío donde pasa algo raro, y la contracultura es invisible, cuando se vuelve visible desaparece.
En Ensayos utiliza ideas de varios filósofos, ¿cómo afectan sus estudios filosóficos a su relación con la literatura?
La turbina que me hace volar es el pensamiento filosófico. Por ejemplo, la gente pelea con uñas y dientes para ser esclava: eso es un pensamiento spinociano que me lleva a pensar que concebirse dentro de la literatura, pensarse como escritor, impide escribir. Nosotros somos como narraciones, todos, y si uno está atento puede escucharlas. Como dice Heidegger, hay que estar en estado de disponibilidad para sentir el peso del ser. Pero un montón de gente que conocí en mi barrio fue tan importante para mí en términos filosóficos como Heidegger. Los intelectuales siempre están muy atentos a ver si detectan lo que llaman populismo, y para mí el populismo es algo muy claro: ser de Independiente y decir que sos de Boca, como Maradona. Populismo es jugar para la tribuna.
¿Y las influencias literarias? ¿Por qué escritores argentinos se siente más marcado?
Ricardo Zelarayán es para mí el único argentino vivo con genio. Y es una obra que nunca será premiada, sancionada por la crítica, porque en sí misma rechaza todo eso. Para mí y gran parte de mi generación es una obra clave, junto con la de (Leónidas) Lamborghini, (Joaquín) Gianuzzi en mi caso, alguna novela de Saer, las primeras novelas de Aira.
¿Y Fogwill (a quien le dedica el cuento Casa con diez pinos y aparece en Asterix), lo marcó también como poeta?
Fogwill me parece un escritor muy muy bueno, con un gran talento narrativo, y encuentro poesía en sus relatos. Lo que me marca de Fogwill es una pulsión vital que tiene. Es una persona muy emotiva; todo el mundo habla de su gran inteligencia, y la inteligencia para mí no es un valor. El único valor que yo reconozco es el de la bondad; tampoco el valor erótico del dinero. Quique es un gran bocón con un ego demoledor que de fondo trabaja una cosa más atávica y emotiva, lee la literatura desde un lugar muy pasional y siempre está tratando de hacer surgir a los escritores jóvenes que lo estimulan. Su serie de cuentos me parece impresionante, así como Los Pichiciegos, que para mí tiene mucho más valor que ser “la novela de Malvinas”. A Los Pichiciegos siempre se le adjudican virtudes que yo adjudicaría a la publicidad, como adelantarse a determinadas cosas; la literatura no se tiene que adelantar a las cosas, no es su función, la literatura es atravesarte, hacer que el lenguaje brille y expandir tu sensibilidad. Que el lenguaje brille no significa escribir bien, porque por ahí yo no escribo bien dentro de los parámetros de lo que se supone que es escribir bien, hablo de cuando el lector interpelado por el texto encuentra ahí un sentido de su personalidad más allá de lo que le imponen las demandas sociales. Hoy la gente tiene mucho miedo y eso lleva al fascismo; además, hay una presión muy fuerte, de que hay que tener la mejor mina, le presión de los quiscos sobre el erotismo, ser un ganador en todo, y vivimos entonces en una gran insatisfacción. Nuestra cultura va hacia un colapso demoledor.
Frente a eso, ¿podría leerse su literatura como un intento por rescatar la fragilidad de la vida?
Sí, agarrar las palabras, limpiarlas y volver a ponerlas en el concierto de significados. Que vuelvan a tener fuerza vital después de tanto tiempo estereotipadas; que lo que digan sea la vida.

Pablo Ramos

“La literatura es una arbitrariedad bien manejada”
Publicado en Debate, diciembre 2007


Su reciente y aclamada novela, La ley de la ferocidad, retoma la vida del protagonista de la anterior, El origen de la tristeza, así como el estilo inaugurado con los cuentos de Cuando lo peor haya pasado (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes y del concurso Casa de las Américas de Cuba), pero llevándolo a su extremo: literatura descarnada para relatar la vida suburbana y compartir dolores íntimos.

El padre, el alcohol y las drogas, la “angustia monetaria”, la escritura: principales temas de La ley de la ferocidad, novela con que Ramos (1966) continuó la historia de su predecesora El origen de la tristeza (ambas editadas por Alfaguara, al igual que Cuando lo peor haya pasado). A pesar de tan dolorosos títulos, hoy Ramos revela que en su casa de Paternal vive muy feliz. Quizá no sea a pesar de su tormentosa literatura sino precisamente gracias a haberla escrito: Pablo Ramos hace literatura por necesidad y urgencia. Y le va bien; con un libro de poesía y tres de prosa se perfila como “niño mimado” de las letras vernáculas y en los próximos meses sus libros estarán en librerías de España, Portugal, Francia, Italia, Rusia, Alemania y España.
“Hay mucho trabajo en el lenguaje para que a través del personaje los lectores puedan llegar a mí”, cuenta Ramos. Su alterego, Gabriel Reyes, se crió cerca del Viaducto del Arroyo Sarandi, Avellaneda, de familia humilde y trabajadora. La degradación catalizada a partir de la Dictadura es uno de los orígenes de la tristeza que, veinte años después –en La ley...- aún lo consume, corporizada en alcohol y cocaína, cuando, habiéndose enriquecido lejos del barrio, vuelve a los pagos a transitar el infierno de la muerte del padre. La literatura: un cross a la mandíbula.
Los títulos de algunos capítulos refieren a su contenido, pero otros al momento de su escritura (por ejemplo Escrito en la máquina de tinta roja un año después de la muerte de mi padre).
¿La historia de la novela es la del largo velorio del padre, o el proceso no narrado de conversión del personaje en escritor?
Ese es el libro. Esa es la historia no contada detrás de la historia contada. Si una novela no tiene una historia detrás de la historia, no interesa, no sirve para nada. El secreto del libro está cristalizado en ese pequeño párrafo sobre el hombre que lo vive y el hombre que lo escribe; algo así como: el hombre que lo vive no es el hombre que lo escribe pero va a empezar a transformarse en él cuando empiece a escribir, y va a transformarse en él cuando acabe de escribir, por el hecho de escribir. Yo soy el hombre que escribe pero aún no lo sabía, y ahí vuelvo para atrás a la historia que se cuenta. Yo creo profundamente en la ficción. Reorganizar la realidad y agregarle las mentiras necesarias. Para lograr que el lector sienta lo que vos sentiste (que es el objetivo: la comunicación plena), tenés que mentir. Porque vos no viviste un hecho real, registraste la vivencia de un hecho real, que es absolutamente distinto. No creo en las ideas literarias, creo en construcción de personajes, y el personaje construye la trama; la forma literaria construida desde el personaje hacia fuera. Al revés es muy posible que tu personaje sea una figurita recortada de cartón, que no tenga hondura emotiva. El personaje de El origen.. y La ley..., Gabriel Reyes, está construido adrede para que los lectores lleguen a mí a través suyo, que no es lo mismo que ser yo. Hay que tener mucho cuidado, es difícil escribir así, por eso hay tantas cagadas, tantos tipos que quieren imitar a Carver y sale cualquier cosa; cualquier circunstancia la convierten en un cuento.
A usted lo comparan bastante con Carver a pesar de que esta novela examina con lupa el interior de la mente del personaje...
Es que hay una incapacidad de poder leer sin pensar en nada, lo mismo otros que decían que era el continuador de Arlt; primero que Arlt no tiene continuador porque era un genio, y segundo que yo no tengo por qué cargar con el karma de continuar a nadie. Por supuesto que los tengo leídos y releídos, pero si yo tuviera que elegir una influencia te aseguro que es de John Cheever más que de Carver. También hay mucha influencia en Gabriel Reyes de los personajes de los cuentos de Salinger, que me permiten despreocuparme de la arbitrariedad. Con Salinger aprendí que al literatura es una arbitrariedad bien manejada.
Calificarlo de “continuador” es perder de vista que usted con pocos libros armó fuertemente una figura de autor, ¿no?
Es suficiente un cuento para armar un autor. El ejemplo es Rulfo.
Justo Aira hace poco señaló lo mismo de Rulfo pero como crítica negativa.
Aira no tiene vergüenza. Un tipo que tiene un talento enorme pero prácticamente promociona la idea de primero publicar y después escribir... Esta moda de hacer cuentos que no cuentan nada se la debemos a él. ¿Cómo va a hablar así de Rulfo, no lo leyó? ¿Lo leyó mal? ¿Qué importa cuántos libros? ¿Entonces Borges no era escritor porque no escribió una novela? ¿Sabés lo que pasa?, está recontra tomado por el capitalismo, un tipo que escribe una novela cada tres meses. Yo escribí muchísimo más que lo que publiqué. Sé que La ley... va a tener críticas muy buenas y también adversas, porque es un libro muy jugado, apunté muy arriba. Escribir cuentos como los de Cuando lo peor haya pasado (que eran como ensayos de La ley...) o una novela redondita como El origen... podría hacer muchísimos, tengo veinte mil anécdotas para desarrollar en forma de novela, pero no lo soporto, yo soy un artista antes que ser un escritor.
¿Y ahora qué está tramando?
Estoy escribiendo una crónica de adictos en recuperación, novelada, que se llamará Hasta que puedas quererte solo. Es algo que me dijo una vez un tipo, cuando yo iba a los grupos, llegaba siempre mamado, y él me dijo vos vení que acá te vamos a querer hasta que puedas quererte solo.
¡Qué buena gente!
Sí, lo de Alcohólicos Anónimos es bárbaro. Yo iba a la casa de un tipo, lo llamaba a las dos de la mañana y le decía loco no puedo más, ya me compré una botella, él me preguntaba dónde estaba y si tenía para el taxi, me invitaba a visitarlo, vivía en una pensión, yo llegaba y ya estaba con la olla para hacer fideos, queso y dulce, y mientras la mujer dormía él se quedaba hasta las cinco de la mañana hablando conmigo. Cuando empecé a recuperarme empezó a irme muy bien económicamente, y en todo sentido, y este tipo me decía: yo lo único que logré en la vida es dejar de tomar. Necesito escribirle un homenaje a esos tipos. Y yo escribo así: cuando algo es un imperativo.
¿Eso está vinculado a la edad en la que empezó a escribir?
Sí, empecé a escribir en serio a los 33 y ya tenía una vida vivida. Es importante haber vivido para contar algo, aunque sea un cuento fantástico, por el peso de la vida, la manera en la cual fuiste asimilando la vida, y cuando digo la vida me refiero a los golpes, porque la felicidad son momentos que se viven y se esfuman, hacer el amor, estar con una chica, comer un asado con amigos, es hermoso porque no genera una consecuencia, es un sólo por hoy precioso. Pero la vida que vas acumulando tiene que ver con el fracaso, con los golpes, el dolor, que después se asimila y te va dando una perspectiva. Cualquier personaje que vos generes, desde un personaje del realismo hasta un hobbit del Señor de los anillos, tiene una carga de vida, ¿no?, por ejemplo, un hobbit tiene una gran elaboración sobre los placeres, del amor, de la familia, del tabaco; Tolkien decía que él era un hobbit. Y fijate vos en la película lo que es la transformación de esos hobbits...cuando a mí me hablan de autobiográfico... fijate que una aventura muy dolorosa los convirtió en seres mucho más interesantes. Una aventura donde casi perdieron todo, el alma, haber llegado a la oscuridad, a un infierno propio, su propia codicia. Por eso yo creo que toda gran aventura, toda gran novela, es una aventura moral. Porque la vida es una aventura moral. Y si no viviste la vida, si no tuviste la oportunidad de pecar, muy difícilmente puedas construir una aventura moral.

Sergio Bizzio

“El humor es mi único enemigo”
Publicado en Debate, enero 2008

“Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer”: así empieza la nueva novela de Sergio Bizzio, Era el cielo (editada por Interzona), séptima que publica quien también es poeta, dramaturgo y guionista de cine y televisión. Su relación con la pantalla va en aumento: un cuento de su libro de relatos Chicos fue la base sobre la que su pareja, Lucía Puenzo, dirigió la película XXY, recientemente premiada con el Balance de oro en Pinamar y representante argentina para el Oscar y el Goya, mientras que Rabia, su anterior novela, será filmada en España con producción del mexicano Guillermo del Toro, cuenta Bizzio con orgullo. Por otra parte el personaje central de Era el cielo es guionista televisivo: un “neurótico perfecto” del que Bizzio nos cuenta fundamentalmente la separación de su esposa (con quien había regresado poco antes de la violación) y el consiguiente distanciamiento de “lo único bueno que tiene”, su pequeño hijo. La soltura narrativa permite una lectura muy fluida de un relato fracturado, intermitente y con vaivenes temporales que muestran la “explosión” de la ruptura familiar; es un libro entretenido e inteligente, con humor algo cínico y acercamientos poéticos a la angustia y la belleza en torno al amor.
Escribió este libro hace tiempo, ¿en qué producciones está más metido ahora?
A mitad de año la editorial Mansalva va a publicar una antología de toda la poesía que publiqué hasta ahora, corregida, aumentada y con bastantes cosas nuevas. El volumen se va a llamar Te desafío a correr como un idiota por el jardín, que es un título que me dio mi hijo, que titula como los dioses. Sigo escribiendo poesía y ojalá siga siempre. Además grabé un disco. Yo no toco ningún instrumento, pero siempre, con cualquier instrumento que agarro, saco algo, encuentro algo. Fui doce veces a un estudio de grabación, tres horas por vez, y toqué y toqué, y después, con un ingeniero, lo editamos y articulamos de alguna forma. Grabé doce temas. El disco se llama Música para pensar sentado, un título que a algunos amigos les parece una pedantería y a mí un chiste. Tocar es mucho más divertido y relajado que escribir. Escribir es un trabajo, un verdadero sacrificio.
¿Este libro fue mucho trabajo?
Primero escribí el capítulo de la violación, lo dejé un tiempo y luego lo retomé y seguí hasta el final. Habrán sido seis meses en total.
¿La novela empieza sacándose de encima el peso de que pase algo argumentalmente fuerte?
Yo no tengo nada contra las historias. A mí las historias me gustan. Pero la historia sin embargo es la menor de las fuerzas que me llevan adelante, comparado con la construcción de las frases, las historias mismas de la escritura, el dibujo panorámico de la idea que en ese momento circula por mi cabeza, sobre la forma de las cosas, y hasta por el largo de los capítulos.
¿Usted planificó para esta novela cierta relación entre el dolor y el humor?
La historia de Era el cielo es bastante trágica, ¿no? La narración está salpicada de humor, es verdad, pero no fue un cálculo que apuntara a hacer más digerible el dolor del protagonista. A mí el humor es algo que se me impone, no lo busco, más bien diría que lo rechazo, y que es en ese rechazo donde mejor se pavonea. No puedo con él. Me maneja, me domina. Y lo odio. El humor es mi único enemigo verdadero.
Hay varios personajes secundarios muy llamativos y algo desconcertantes (una japonesa libidinosa, un misterioso hombre de saco a cuadros), ¿qué función juegan?
La verdad odio pensar en términos de “función”, aunque hay muchísimos colegas que son como relojeros de su propia obra, que saben dónde va cada pieza en el mecanismo, cómo la pusieron, por qué, y que dan la impresión de haber hecho un cálculo de probabilidades sobre su aceptación en el mercado, sobre su eficacia. Creo que la función que cumplen los personajes secundarios (mantengo la palabra “función” sólo para responder la pregunta) es la de dibujar como partículas el estallido que yo cuento, son esquirlas. La estructura de la novela es la de una separación vivida muy dolorosamente, vivida como un rompimiento de todo, no solamente de la familia o de la cotidianeidad. Y entonces empiezan a aparecer historias que no tienen ni comienzo ni final, personajes que entran y salen. Yo no veo a esta novela como una partitura musical; más bien la veo como un dibujo. Ayer estaba releyendo una novela de la que soy fan, La boca del caballo, de Joyce Cary, escrita a mediados de los años cincuenta, que cuenta la historia de un pintor genial y maldito. Ahí las frases están escritas como si fueran pinceladas. Hay una relación pictórica, me parece, entre La boca del caballo y Era el cielo.
¿Tiene guiños la novela? Por ejemplo, hay un personaje Láinez con una hija Alejandrina.
Seguro que cuando lo tuve escrito pensé en Mujica Láinez, pero nada está pensado como guiño cuando se me ocurre. Es verdad que uno después corrige, trabaja sobre lo que hizo, es la etapa más “calculadora” del proceso de escritura. Aunque no pienso en el lector cuando escribo, el lector es una abstracción. Por ahí se me aparecen determinados lectores, gente que conozco, pero siempre después de haber escrito; termino un capítulo y me digo “esto puede gustarle a tal persona”, del mismo modo que un disco que me gusta me imagino que puede gustarle a tal amigo.
Por ejemplo, la escena en que se meten en una pileta con un tiburón...
La pasé muy bien escribiendo esa escena. No sólo porque me daba escalofríos, sino porque además hacía muchos años que tenía esa idea en la cabeza, y ahí por fin estaba. Es como un cuento, ¿no?
Es una escena temeraria para un personaje temeroso, pero después envidia a la novia por haberse metido, plantea que la felicidad es “que tus intereses por las cosas sean lo más amplios posibles”.
Sí, es un poco lo que quiere él. Y Vera, la novia, es así. Pero al mismo tiempo hay un costado de hiperactividad en Vera que es parte de lo que lo hace irse a él y volver con su mujer. Es un personaje que ya no se siente tan cómodo como pensaba que iba a sentirse en el universo del impulso. Ya no es tan joven, aunque el impulso no tiene nada que ver con la edad. Conozco a un montón de jóvenes semimuertos que van todas las noches a bailar, que van a los festivales de cine, que viajan de acá para allá por el mundo como pulgas, que no se pierden nada de nada. Y en el fondo no son más que pedos en la niebla general de una vida. Mi personaje quiere otra cosa, mi personaje asocia felicidad con estabilidad emocional, social, económica, creativa, lo que quieras. Y yo estoy de acuerdo con él. Lo único que extraño de la juventud es el pelo, después está todo bien. Me gusta más escribir ahora que cuando tenía veinte. ¡Hay tantas distracciones cuando uno tiene veinte años! Oscar Wilde decía: “La vida sería llevadera si no fuera por las diversiones”.
En literatura, ¿hay cosas que esté con ganas de escribir a futuro?
Tengo ganas de escribir una novela sobre la dispersión. Me gustaría que sea larga, muy larga, algo casi imposible de leer completo. Una novela pensada para ser leída fragmentariamente, en páginas abiertas al azar. Es mi gran proyecto, yo que no proyecto nada. Y es más: ya empecé, tengo varios capítulos escritos. El narrador se distrae permanentemente. Está con un hombre que sube a un colectivo, se sienta al lado de una señora y el narrador la sigue a ella, que entra a su casa, se encuentra con su hijo, y el narrador se va con él, que sale a la calle y se encuentra con su novia, y el narrador se va con la novia, y así hasta el final. Tengo ganas de hacer eso. Ya lo estoy haciendo. Seguramente voy a escribir otras novelas en el medio ¿por qué no? El tiempo de mi novela sobre la dispersión va a ser el tiempo de mi vida. Voy a escribir esa novela hasta mi muerte. ¡Y después que se arreglen los lectores! Yo ya no voy a estar.

Wednesday, January 23, 2008

Pedro Mairal


GENERACIÓN JOVEN
[Arranca Mairal:] A la que llaman nueva generación de escritores suele criticársele ser apolítica, pero ¿cómo se mide lo político de un acto? No es una generación militante. Aunque no sé, mucha gente de nuestra edad milita. Además, las palabras que elegís cuando escribís, la ropa que usás, todo tiene una dimensión política. No sé, el rol del escritor ha cambiado mucho. Todo se vuelve muy borroso. Ya nadie te va a llamar por teléfono para preguntarte tu opinión sobre los asuntos nacionales; el escritor dejó de ser un intelectual que opina sobre la actualidad. A los jóvenes se les inquiere quiénes son, qué piensan, qué van a hacer con el mundo, desde una mentalidad setentista.
Todavía hay alguna gente que cree que la literatura es una cosa prestigiosa, pero mayoritariamente no interesa. La literatura desde un punto de vista colectivo, aquel rol aquel de cristalizar en imágenes e historias una especie de inconsciente colectivo, no existe más. Durante el boom de los sesenta, la gente viviendo bajo las dictaduras se encontraba dicha por las novelas que leía de Cortázar, Vargas Llosa, eran libros que de algún modo enunciaban toda una experiencia general, o generacional. Ese público lector se diluyó, ahora mira sitcoms y Lost. Estamos librados, sueltos, y liberados, porque ser la voz de la conciencia colectiva es también un peso muy grande. ¿Vos qué pensás de esto de la nueva generación?
Para empezar, a vos te reclaman de dos generaciones....
Es un corte raro porque nací justo en el 70. Yo recién ahora me siento un poco parte de una generación, pero por la cuestión de jugar al fútbol juntos, encontrarnos en los blogs, más como una cosa de camaradería que de manifiestos en común. Después a la larga seguramente se verá cuáles eran los rasgos en común, pero me parece difícil de detectarlos ahora.
Daniel Freidemberg escribió en Ñ que para las generaciones jóvenes el texto importa menos que las reuniones que suscita.
Es genial la frase de Lamborghini: primero publicar y después escribir. Hay una cosa así de “armo un blog donde pongo cosas de mis amigos”, pareciera que no hay una obra detrás, pero no sé. Todavía se considera al blog como género muy menor, muy lateral, nadie considera que eso es palabra escrita, como si estuviera condenado a ser algo muy en borrador. Es un prejuicio enorme, para la opinión general ni siquiera es una rama bastarda de la literatura. Y cada generación tuvo sus estrategias de promocionarse, de mostrarse, circuitos, revistas. La generación de los surrealistas tenía la revista A Partir de cero, la generación de Pellegrini, Molina, Madariaga, también estaba Girondo. Siempre hay cofradías, tertulias, grupitos chicos. Quizá lo interesante ahora es que se trasladó lo que existía en los noventa en poesía a la narrativa, los ciclos de lectura, los encuentros. Quizá de lo que se dieron cuenta los narradores y ya sabían los poetas es que si no nos leemos entre nosotros no nos va a leer nadie. La idea del escritor masivamente leído, que vendía cinco mil ejemplares, no existe más, los libros ahora venden setecientos ejemplares y ya se festeja su incidencia en el campo cultural. Nos volvimos todos igualmente pobres a nivel llegada, y eso produce algo sano, un roce, un intercambio muy rico de leerse mutuamente, compartir textos cortos. Y Damián Ríos, que sí era de esa generación de poetas, cuando funda Interzona me parece que traslada esa dinámica de las lecturas, de la tribu poética, a la narrativa.


POLÍTICA, RUIDO Y SILENCIO
Además políticamente lo que pasa es mucho menos claro que en los setenta para todo el mundo, si te ponés a preguntar, algunos son medio chavistas, hay de todo.
Otra diferencia es que hoy cada uno tiene su opinión sin implicar una participación activa en un “proyecto de sociedad”, como en los setenta. Antes los escritores se inscribían en uno u otro “objetivo” .
Ahora no hay enemigos tan claros, ¿no? Hay como una violencia transpolítica. Los viejos que se mueren abandonados en sus departamentos, la soledad, los adictos a internet, una violencia de la falta de atención, del abandono del Estado si querés. Es un enemigo invisible. Es difícil escribirla, está pero es difícil de ver.
En El año de desierto escribiste ese fragmento donde un comatoso tararea, inconciente, la musiquita de telenoche
Es como si fuera parte de su banda sonora cerebral. El otro día estaba en la sala de espera de Medicus, y estaba la tele prendida, viste que ahora es muy difícil encontrar lugares sin tele prendida. Y pensaba que la gente cuya labor está vinculada a la palabra o a algún modo de expresión, elige su discurso; quizá está hecho de pequeños fragmentos de otros discursos, pero es un discurso propio, mientras que el que no hace eso, está atravesado por montones de discursos. La voz de Tinelli como banda sonora del mundo. La publicidad, el cine, estas series que empezaron con Gasoleros, Son de Fierro, la radio, todo el ruido del discurso que suena todo el tiempo, son discursos que los hablan y los dicen. Es el ruido del mundo.
Venía para acá y en el bondi sonaba la voz de Ari Paluch; esos tipos son las voces con autoridad actuales, en el sentido de en la escena donde hablan, legitimada por los miles de oyentes, tienen la última palabra.
El pensamiento de la gente está cruzado, conducido por esas voces. Hay un miedo general al silencio, se busca evitarlo, termina pareciendo violento el silencio, nada más violento que hacer un silencio en la tele. Cuesta mucho apagar todo, hacerse un silencio y tratar de pensar uno.

BLOGS, INMEDIATEZ Y CINTURA PARA ESCRIBIR
Hay que ver qué va a ir pasando con los textos que circulan en la web, que también están llenos de ruido, llenos de links...
Ah, dijiste “qué va a ir pasando” y yo entendí “qué byte pasando”.
Ja, sí, todo byte, no va a quedar nada más. Lo de los blogs no lo digo con un tono nostálgico. Creo que se va a generar algo nuevo a nivel discurso: mucho link, mucho copy paste, mucho texto en tercera dimensión que te lleva a otro texto.
Esa inmediatez con “lo que me pasó hoy”, no? En En celo un poco se ve ese hábito blogger como de diario, de escribir lo que a cada uno le pasó en el día.
Hay una cosa de inmediatez en el blog. Cositas chicas que pasaron. Y sí, está en el libro. Con asteriscos que separan fragmentos cortitos. Es distinto a la sensación de novela como el tiempo total, el concepto de la vida entera. A mí los cuentos que más me gustan son aquellos donde percibís que concentrada ahí está la vida entera de una persona. A veces eso lo logra la poesía en dos versos. Dylan Thomas dice “la pelota que tiré una mañana en el parque todavía no ha tocado el suelo”, y está ahí toda su infancia. Tal vez un riesgo sería quedarnos en una literatura anecdótica, casi atemporal, sin carga de tiempo, que a mí es lo que más me interesa en el mundo en el arte.
Ojo que lo anecdótico también puede tener un peso muy grande, buenas observaciones. Después, el riesgo de caer en una literatura hiper coloquial. Salinger escribe El Cazador oculto de manera muy coloquial, pero en una entrevista el decía que esa coloquialidad le tomó mucho trabajo, no es simplemente una transcripción directa de la forma en que habla la gente, sino captar lo que hay de gran capacidad expresiva en lo coloquial.
Y después como otro polo está la literatura autorreferencial, aburrida, polvorienta, que se mira el ombligo, escrita para estudiantes de la UBA, para Puán...
Monografías disfrazadas.
Sí, monografías disfrazadas que creo que hasta Piglia llegan bien, lo hacen bien. La línea de cruzar ensayos con narrativa, Macedonio, Borges. Hasta Aira lo tolero, porque además Aira es capaz de autodestruirse: mete un ensayito en medio de una novela y luego lo autodestruye. El polo ese sería una literatura que pretende ser muy intelectualosa en el peor sentido de la palabra. Marcelo Cohen la llamó hiperlitaratura.
En mi caso, habiendo tenido una educación bastante clásica, de la estructura del cuento, de la escritura bastante correcta, me viene muy bien un poco más la infraliteratura, una especie de exorcismo. No porque yo pueda escribir como la hiper literatura, no es un peligro para mí, pero sí hacer textos muy acartonados, aburridos, ya encorsetados dentro del corredor de la literatura.
Esos serían los dos polos. Pero todo el tiempo se está jugando esa dinámica. No estás en un línea fija. Dentro de un mismo texto te movés. Es darle lo que pida la historia. Si pide algo sesudo, intelectual, permitirlo; tratar de que entre todo con naturalidad. Si de golpe viene una parte brutal, carnicera, que venga también. Como una disposición, estar dispuesto. Che, me están dando ganas de escribir, a ver si lo puedo hacer, porque en la teoría parece bárbaro. Tener cintura, pasar de un registro a otro.

PORNOSONETOS
¿Un ejemplo en los Pornosonetos, donde se abraza una sofisticación muy fina con una mundanidad corporal?
Yo lo siento como el lugar en poesía donde me sentí más capaz de llevar a los extremos esto que hablamos. Está el costado clásico y el costado vulgar, grotesco. Yo venía de a poco permitiéndome cruzar esas fronteras, en Consumidor Final me permití meter marcas de productos, pero muy de a poquito, y yo veía que los poetas de los noventa lo había hecho a pleno. Yo venía con mis endecasílabos, mis versos de catorce, de once, alejandrinos, y cómo meter eso ahí, era como una lucha. Además tenía un imaginario de poesía natural, tipo Neruda, Enrique Molina, y de golpe todo lo que me empezó a pasar que es lo que te pasa a partir de los veinte años, empezás a laburar, pagás impuestos, todo eso, y mi imaginario poético no servía más para eso, era inútil. Tuve que empezar a escribir de nuevo, inventar de nuevo una manera de decir. En Consumidor final un poquito lo conseguí. Pero cuando empecé con lo de los sonetos me resultaron como unas cajitas donde yo podía detonar ese choque. Fue una liberación enorme, porque está el verso de once muy pulido (la forma soneto es creo la más rígida de la poesía), una cosa incluso por momentos muy lírica, y de pronto esta cosa si querés vulgar, o tal vez lo actual, o chabacano, o berreta o incluso grosero. Que es una cosa que está dentro mío y nunca le había podido dar curso, por eso una liberación: todo ahí.
Al contrario de lo que se cree, que el soneto te limita, para mí fue una fuerza de salida de mí mismo, no un marco que me encorsetaba. Porque además la forma lo que tiene de raro es que dialoga con vos: vos proponés una cosa y la forma te dice “ah, esto lo podés decir pero así”. Entonces en un momento apareció Uruguay y de pronto me di cuenta de que estaba hablando de una mina que se fue a Uruguay y que escuchaba Jamiroquai. Aparece esa rima ridícula que a mí nunca se me hubiese ocurrido si no fuera porque me la dictó la forma. El surrealismo tiene una parte muy limitadora con la cosa de la escritura espontánea. En esa especie de pampa abierta que es la escritura automática, sin límites, hay una angustia muy grande también, porque nadie te responde nada. No hay eco. Da lo mismo cualquier palabra que otra. Y quedás limitado a vos mismo, a tu inconsciente, que en realidad es una cosa muy repetitiva, obsesiva, no? El inconsciente siempre está pensando lo mismo.
Uno llega a esa pampa abierta y ve al boludo corriéndose en círculos a sí mismo...
Ja, claro, en cambio la forma es mucho más liberadora, la sensación de poder salirte de vos mismo, una puerta de salida, la forma dialoga con vos y, como charlando con alguien, encuentro cosas que de a uno no hubiera pensado.
Bueno, igual ahora lo cerré al ciclo de pornosonetos. A lo mejor en diez años hago un tomo grande, agregando algunos nuevos.
También hay algo muy liberador en el blog, de desahogo muy grande. Cuando uno estaba atrapado en el papel era difícil hacer circular sus cosas, tenías que estar imprimiendo, repartirle a tus amigos, una cosa medio bochornosa, tal vez incomodabas dándoles eso. En el blog lo ponés y el que quiere se mete.

BLOG, INTERNET
Pero no estoy escribiendo poesía. Estoy escribiendo cuentos cortos. No sé si serán para un libro. Hay uno por ejemplo en que el personaje le pide perdón a una chica por algo que escribió en el blog, le dice que nunca se había imaginado que lo leería. ¿Cómo se pasa eso a papel, qué sentido tiene en papel? Ya están escritos para el blog.
Ahí sí se le está dando una entidad mayor al blog, hay una producción específica de ese formato, motiva un tipo de escritura.
Está escrito para eso. El disparador está también en esa especie de calentura performática de que lo escribo y lo muestro. Hay una especie de exhibicionismo si querés.
¿Eso te genera como contrapartida ganas de escribir algo durante un tiempo largo sin mostrarlo?
Sí, me dan ganas de volver a escribir una novela. Pero la novela es un género que no se puede trasladar a internet, por ahora es muy incómodo. Los formatos que hay todavía son muy torpes. Me parece que la publicación inmediata tiene que ver con la ansiedad, hay que ver si yo ahora me podría bancar la ansiedad de acumular textos. El año del desierto me quemó mucho también, un trabajo de tres años, uno escribiendo y dos corrigiendo. Lo disfruté muchísimo, pero fue mi etapa previa a la escritura online. ¿Qué pasa ahora con la escritura online, qué le provoca a la gente estar online todo el tiempo? ¿Qué sucede cuando tu hoja en blanco es todas las cosas que es ahora, tu música, tu correo, tu enciclopedia, tu video, tu televisión, tu pornografía? Todo está ahí invadiendo en eso que antes era la página en blanco. Hay que tener muchas ganas de escribir para apartar todo eso, todo ese entretenimiento, distracción. Cada uno tiene su circuito en internet, primero entrás a un diario, después a un blog, otro diario, una página inesperada, y así, podés pasarte todo el día haciendo eso, y no hiciste nada. Estás online.
Se cumple el mito griego del tipo que no alcanza a la tortuga porque siempre se le interpone llegar al punto medio.
La paradoja de Zenón. Internet es así, siempre hay un link que te distrae de donde querías llegar, estabas por llegar pero nunca llegás. Para mí estamos siendo parte de algo que va a cambiar mucho la forma de escribir. No sé para dónde va, pero para algún lado raro lleva. Y quizá la redacción en blog sea una manera de sobrevivir a esa lectura interrupta.
En principio, según charlamos, lleva a escribir menos novela.
Pareciera, por lo menos a mí. Hay que ver si un blog llevado con cierta regularidad, con personajes reconocibles, no es una novela que se está escribiendo. Hay algo que se está narrando. Sobre todo cuando dicen que la novela, a diferencia de la elegía que hablaba sobre el pasado, es la forma moderna de escribir sobre el presente, no sé, quizá los blogs están hablando sobre el presente, quizá hay un diálogo sobre el presente.
Tampoco funciona mucho lo de trasladar los blogs a papel, he visto algunos blooks y sentía que les faltaba el botón para encenderlos. Imaginate una novela donde una novela empieza cada capítulo con “el taxista recién me dijo...”, como un diario personal, no sirve para el libro.
Ayer escuché un dialoguito muy absurdo en una editorial, de dos empleados que hablaban de sus peceras, que me llevó a una reflexión de lo bien que está escrito el mundo, lo bien que escribe el azar, porque si quisieras escribir un buen diálogo creíble y vivo habría que copiar eso. Y me llevó a un cuento, pero el disparador fue ese comienzo anecdótico y creo que tiene que ver con la estructura del blog, una inmediatez con la experiencia. Y es verdad que eso llevado a libro es una pavada.

EL PASADO Y EL CINISMO EN LA LIT ARG.
¿Tenés relación cotidiana con libros?
Me está costando leer libros largos....
Uh, mirá, yo justo la semana pasada terminé El pasado.
¿Qué te pareció? ¿Es “la última novela argentina”, como dicen? ¿Te gustó?
Si tengo que decir sí o no, digo que no. Tiene muchísimas cosas muy buenas. Pero el contenido espiritual de la novela, la perspectiva de vida con la que me conecta, no me gustó nada: una novela canalla.
¿Canalla? ¿En qué sentido?
En el sentido de que hay personajes (la mayoría) creados sólo para ser ridiculizados, para ser burlados con cinismo.
¿El protagonista también?
No, si llega al patetismo es básicamente como víctima del padecimiento femenino. Hay una desproporción brutal en la conducta masculina y femenina [ver: ¿desproporción definida en el personaje Riltse?]
¿O sea que se trataría de una cosa no tanto formal como de lo temático?
Sí, aunque en varios puntos clave de la trama sentí que ese forzamiento del modo de ser y relacionarse de los personajes llevaba a la novela a romper su propio verosímil. Te pongo un contraejemplo: Tantas noches como sean necesarias, de Ricardo Romero. La humanidad de los personajes está labrada desde una profunda compasión, desde un respeto.
Sí, me acuerdo del cuento de un basquetbolista de no sé dónde que cayó en este país donde las canchas tienen uno sobre otro el trazado de líneas de varios deportes, handball, jockey, básquet. El basquetbolista de los ojos más tristes del mundo. ¿Leíste a Casas? Su prosa digo -aunque también es un gran poeta-, por la ternura con la que muestra ese pasado, medio desapegado a la vez porque tampoco se emboba, pero logra algo muy humano. Es raro encontrar eso: la literatura argentina tiene una carga muy fuerte de cinismo, de esa distancia muy grande con sus personajes. Estoy pensando en la crítica que le hizo Viñas a El Aleph, comparándolo con Nota al pie de Walsh, que tiene un progresivo vuelco a la humanidad del personaje, mientras que Borges, según Viñas, se burla de Daneri, tiene una cosa sobradora. Sería interesante investigar en la literatura argentina cuándo aparece esta línea del cinismo, cómo se expande.


EL AÑO DEL DESIERTO
Cuando te dije por mail que iba por la mitad de El año del desierto... me dijiste: “te declaro exento de leer el resto”. Bueno, me quedé intrigado.
Es el único texto largo que tengo y como decía Fontanarrosa, los escritores que escriben libros muy gruesos hacen abuso de confianza con el lector, por qué creen que el lector tendrá todo ese tiempo disponible para leerlo.
¿La novela explora el extremo de lo imaginable desde el miedo?
Sí, fue exagerar, agarrar la paranoia burguesa y llevarla a un extremo de delirio. Siempre bajo la idea de que las cosas iban hacia atrás en el tiempo. La empresa donde trabaja la protagonista se llama Suárez & Baitos porque Baitos fue el soldado de Pedro de Mendoza que se comió al hermano (evento relatado tanto por Mujica Láinez como por Ulrico Schmidl). Le saqué mucho de lo coloquial a la novela, yo me había copado con toda la minucia de la cotidianeidad de cada época. Mucho también sobre la caída de De la Rúa, que me parecía importante pero creo que Fogwill tuvo parte de razón cuando nos criticó que el 2001 fue importante para nosotros por ser el primer quilombito que vivimos, capaz en diez años se repite.
Pero sí fue un acontecimiento que rompió la idea de que nada pasaba; además es es una decisión triste enfocar en lo inespecífico que todo momento tiene, empobrece la vida, es argumento suicida...
Instaló la idea de que las cosas pueden terminarse, de que todo lo sólido se desvanece en el aire. Las cosas pueden no existir más. En esos días capaz llamabas a una empresa y no existía más.
Pero también me permití muchos delirios, en la medida en que el libro va avanzando y yo me fui desprendiendo de lo histórico, me fui soltando más. Hasta Rosas todavía no pude evitar hacerle a la protagonista decir comentarios tipo “escuché que decían que habían bloqueado el puerto”, ¿qué necesidad tenía yo de poner esas frases? Lo que disfruté mucho también fue transformar los momentos históricos en imágenes, hablar de los soldados de Rosas cuando vuelven de la batalla. Salir del big picture y meterme con cómo le repercutió la historia a ese tipo en el cuerpo. El gran cuadro te asfixia mucho, y yo tenía que hacer pasar todo ese telón de historia argentina por la voz de una mina, a lo largo de un año. Por eso me llevó como dos años corregirla.
Y salió en plena “reactivación”.
Sí, cuando estaban todos hablando de eso. La economía depende mucho de lo que creo que llaman el coeficiente de felicidad. No es tanto la guita que tiene la gente en el bolsillo sino la sensación que tiene de sí se va a caer todo o va a seguir teniendo trabajo el año próximo. Recuerdo en 2002 en mi trabajo se cortó internet y hubo uno que dijo “uy, se acabó para siempre”. Tipo: estuvo bueno, pero no hay más. Toda la ilusión de los noventas derrumbado de golpe.

El Quinteto de la muerte

LITERATURA ES ROCK
Publicada, con varias modificaciones, en Rolling Stone, Septiembre 2007

Romero heló toda la sangre presente con su relato verídico de dos sobrevivientes de un micro hundido en el Paraná. Funes lloró por “la muerte del gato Vicente”; Levín está concluyendo un capítulo de las curiosas desventuras de Igor: Canta a capella -con una copa en la que él se sostiene y un brillo que le arenga las pupilas- el tango que su personaje le dedica a Natschenka, la rusa petisa que ama.
La transmisión de literatura, sin la fría distancia consumista que suele revestir al objeto libro, puede ser una experiencia literaria. O, por qué no, rockera. Hay que ver al Tigre Oyola, ya imponente de por sí, envuelto en una vieja sotana franciscana, de esas con una cuerda que rodea la cintura, leyendo la batalla entre el Pastor y los travestis en el patio del penal (casi salpica sangre), o cantando el estribillo de Shakira con el que uno de los personajes de Chamamé goza a quien acaba de balear. O ver a Funes recibir un tortazo de chocolate en plena trucha y leer, sin limpiarse, su libidinoso cuentito, humorizando los obstáculos de la narración en vivo.
“Pensamos el momento de mostrar nuestro trabajo como una celebración”, dicen los integrantes del Quinteto de la muerte, una banda de cinco escritores jóvenes que, heterogéneos en sus estilos, coinciden en la forma de transmitir su obra: leyendo en vivo con liturgia rockera.
“Si a la hora de escribir somos artistas, a la hora de exponer la producción escrita no podemos volvernos 'personalidades de la cultura'”, dicen. “Desde las primeras lecturas dejamos de lado el perfil de escritor sentado, escritorio, micrófono y vaso de agua”. Entonces usan maniquíes, narices de payaso, baldazos de agua fría, caracterizaciones teatrales: los recursos que el texto requiera. Hasta cocinan en escena (y regalan la comida). Apelando a los cinco sentidos, sus relatos pasean al público por las más diversas emociones.
Pero si lo rockero es la diferencia, en esta profusión de recursos el más rockero sería Molina. Se sienta discreto y lee monocorde sus narraciones minimalistas; describe escenas sin exponer la interioridad de los personajes, interioridad que así queda abierta a la sensibilidad del oyente.
Ignacio Molina, Lucas “Funes” Oliveira, Ricardo Romero, Leonardo Oyola y Federico Levín son individualmente riquísimos escritores, cada cual con su universo. Pero el Quinteto no se reduce a sumarlos: el Quinteto muestra un acontecimiento en la forma de vivir la literatura hoy acá.
¿La era Internet renovó el poder de la transmisión oral del relato? Casi todos los escritores que circulan en estos espacios tienen también vida blogger; alianza entre lo virtual y lo presencial. Para el Quinteto, su blog “no es un espacio de producción, sino una invitación y nada más”.


Los cinco tienen sus libros (y están escribiendo venideros): Funes –nato gestor- autoeditó Papel; Oyola publicó Siete y el Tigre harapiento (Gárgola) y, en España, Chamamé; Levín publicó Historias higiénicas (a los 16 años) y recientemente Igor (Gárgola); Romero su novela Hacia ninguna parte (De los cuatro vientos) y el volumen de cuentos Tantas noches como sean necesarias (Gárgola); Molina, el conjunto de relatos Los estantes vacíos (Entropía). Además, participaron en varias antologías de cuentos.
Pero “al convocar a los lectores, El Quinteto hace caer la fantasía del escritor aislado y el lector anónimo”, explican. “Además, a diferencia de la mayoría de los escritores, cuya vida gira alrededor de los libros y si leen en público es para promocionarlos, en nuestro caso en vivo el texto se enriquece muchísimo. Sobre todo cuando vamos leyendo una novela en proceso, como pasó con Chamamé, que cuenta el largo ajuste de cuentas entre dos chorros con un ritmo narrativo para el que fue clave la devolución inmediata en los recitales de 2006, en que Oyola iba leyendo capítulos”.
Si el libro da eternidad a la obra literaria, el recital de narrativa le devuelve la intensidad de lo efímero. Cada lector deja al público preso de una emoción, y como si fuera poco, entre cada texto pasa al frente el asombroso guitarrista que acompaña al Quinteto, un tal Facundo Gorostiza, que a sus 25 años toca como con la sabiduría de un viejo de 70 y la gozosa inocencia de un niño; las noches del Quinteto son casi demasiado. La entrada es gratuita; el sentido, no monetario.